Capítulo 6 #3
—Sin ánimo de ofender, a lo mejor no sois muy hábiles buscando oro —comentó Teacher un día—. La suerte es lo principal, desde luego, pero una técnica adecuada también contribuye. A lo mejor Hank y Don podrían echar un vistazo y aconsejar un poco a Ross.
Vivian suspiró.
—No sé si querrá escucharles. Hace poco le dije que probablemente nuestro canal de lavado no servía de nada.
Nuestro vecino nos avisó desde el principio, y es que apenas retiene nada.
Tal vez sería mejor volver a utilizar las bateas.
Es laborioso, pero se consigue más oro, y a estas alturas ya domino la manera de filtrarlo.
Sin embargo, Ross está convencido de que su canal solo filtra las pepitas de oro más grandes, pero que es fiable.
Y cuando dé con un gran hallazgo, será más rápido explotarlo.
La mirada de Teacher transmitía escepticismo. Vivian le leía perfectamente el pensamiento.
—Bueno, tal vez sería mejor otra concesión para nosotros, pero ¿mudarnos con una niña?
Y puede que tuviéramos que acampar de nuevo en una tienda…
, ahora que pronto será otoño y luego invierno…
—Se sentía impotente y decaída. Le sentaba bien sincerarse, pero no albergaba ninguna esperanza de que su situación mejorara.
Teacher guardó silencio, pero tres días después, a principios de agosto, Vivian y Ross se llevaron una sorpresa.
Ya estaban trabajando cuando oyeron el característico saludo a base de bramidos de las mulas.
Luego vieron a Shelley y Carrie. Las mulas tiraban de un carro, el de Teacher, que contenía las pertenencias de Hank y Don.
Los tres caminaban al lado y se dirigieron con determinación hacia la cabaña que Petey, el vecino de Ross, había construido junto a su concesión.
Ross dejó de trabajar de inmediato para ver que todo fuera bien.
—¿Qué hacéis aquí? —les preguntó, no muy amable—. Es la concesión de Petey O’Doole.
—Ya no —aclaró Teacher, después de saludar a Ross y a Vivian—. La hemos intercambiado. Mis socios preferían buscar más cerca de la ciudad, de noche les gusta ir a tomar una cerveza al pub. Así que Petey se ha hecho cargo de nuestra concesión río arriba, y nosotros de esta.
Ross hizo una mueca de disgusto.
—Petey debería haberme ofrecido la concesión primero a mí, si quería irse. Podría haber trabajado bien en dos concesiones adyacentes, esta da poco por sí sola.
—¿Dos? —preguntó Vivian—. ¿Para trabajar aún más? Ross, yo pronto no podré más…
Esa mañana no había sacado ni una sola pepita de oro del río, y la idea de tener que trabajar el doble fue la gota que colmó el vaso.
Estaba a punto de deshacerse en lágrimas.
Giselle percibió el estado de ánimo de su madre y se puso a llorar.
Vivian asintió a los hombres y se retiró con la niña para darle de mamar.
Cuando terminó, Ross ya estaba de nuevo en el río, trabajando con el pico en una roca, con la esperanza de encontrar oro debajo.
Parecía enfadado, pero no le dijo cómo había seguido la conversación con los nuevos vecinos.
Al lado los hombres construyeron su canal de lavado.
Hank y Don trabajaban en el río mientras Teacher descargaba el carro y luego se ponía a construir un cercado para las mulas.
A continuación ensilló a una y se fue hacia el bosque.
Al anochecer regresó con los cadáveres de tres liebres que había apresado.
Mientras la hoguera ardía y la carne chisporroteaba, invitó a comer a Vivian y Ross.
—Queremos celebrar nuestra llegada —aclaró—. Dadnos esa alegría y venid a cenar.
Ross no parecía muy entusiasmado, pero esa noche Vivian solo podía ofrecerle guiso de colinabo. Los vecinos servían liebre asada y cerveza.
—Iremos con mucho gusto, claro. —Vivian se anticipó a su decisión y sacó unas cuantas patatas de su cabaña—. Ten, podemos hacerlas a la brasa, ¡así será un buen banquete! Tenemos que traer a nuestra hija, claro.
Giselle seguía en el soporte que llevaba a la espalda; acababan de terminar de trabajar.
—La pequeña Giselle K’ah Noh es bienvenida, por supuesto. —Teacher sonrió—. La futura bailarina…
Antes Vivian habría reaccionado con una sonrisa al comentario, pero en ese momento esbozó una mueca triste.
Hacía mucho que no pensaba en los focos de un escenario, en la sensación de flotar en brazos de un profesor de baile llamado Jean-Luc.
Qué lejos quedaban la ópera, la emoción de aprender coreografías complicadas, la alegría cuando lo conseguía.
Veía muy lejanos los maravillosos vestidos, las cenas en casa de la tía Emmanuelle, las charlas con su prima Mireille.
El resplandor de las farolas de gas que iluminaban las calles, bordeadas de espléndidas construcciones.
¡París! Casi se estremeció al ver lo remota que le parecía esa época feliz…
Ahora, en cambio, tenía los pies en la tierra, estaba atrapada en un río que cada día odiaba más. Tampoco concebía sueños para la niña que tenía en brazos. Hacía tiempo que solo se trataba de sobrevivir, no de ser feliz.