En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Teacher la llevó hasta el fuego apenas ya vivo que había frente a una tienda grande que compartían los otros dos hombres, lo atizó y colgó una olla encima para calentar agua para el café. También añadió un poco de tabaco porque los mosquitos volvían a activarse.

—Hace tiempo que conozco a Hank y Don —aclaró a continuación—.

También se dedicaban al comercio de pieles, siempre viajaban juntos.

Ellos se bastan el uno al otro, yo me basto solo.

Trabajamos juntos, pero no hace falta que pasemos las noches los tres junto al fuego contándonos historias de nuestra vida.

—¿No como con nosotros? —le preguntó Vivian.

Sonrió y le dio una taza de café.

—Ahí me has pillado. Yo nunca quería hablar de la misión, pero tú…

—¡Soy curiosa, no tengo remedio! —Vivian se rio al tiempo que acariciaba con ternura la cabecita de Giselle. La niña parpadeó somnolienta—. Pero dime: ¿qué tal por aquí? ¿De verdad se puede hacer uno rico? ¿Y cuánto vale el poco oro que tanto nos cuesta sacar del río?

—Algunos se hacen ricos, pero son pocos.

Los demás nos ganamos el sustento, siempre y cuando consigamos tres onzas de oro a la semana.

A veces sale bien, otras no. Pero nos contentamos con poco, todos hemos vivido el tiempo suficiente como tramperos.

Incluso podemos ahorrar algo, eso es importante para Hank y Don, ya no están en la flor de la vida.

Estaría bien que algún día pudieran construirse una casa o algo así.

Establecerse en algún sitio cerca de una población, pero no tanto como para que la gente chismorree sobre dos viejos que viven juntos.

Y yo seguro que en algún momento seguiré mi camino.

Los hombres más jóvenes y las familias sufren más presión.

Tienen que hacer fortuna antes de que se agote la concesión, o probar con otra mientras tengan dinero suficiente para el nuevo registro.

—Hasta ahora siempre hemos tenido suerte —comentó Vivian distraída—. A lo mejor se mantiene…

Teacher desvió la mirada hacia ella, preocupado.

—No deberías trabajar demasiado —apuntó—.

¿Has visto a las mujeres de por aquí? La mayoría no llega a los treinta años, pero parece que se acerquen a los sesenta, si es que llegan a esa edad.

El frío y la humedad son la norma en estas viviendas tan precarias, y encima casi siempre están embarazadas.

—En mi caso es bastante improbable —comentó Vivian, y se mordió la lengua.

No era necesario que Teacher supiera que Ross no la había tocado desde el nacimiento de Giselle—.

El caso es que le dije a Ross que lo haríamos juntos, lo de buscar oro.

Cuando estábamos en Inglaterra. Al principio quería ir solo, yo insistí en venir. Ahora tengo que ayudarlo.

—Espero de verdad que sepa apreciar lo que tiene contigo. ¿Te apetece más café?

Vivian negó con la cabeza.

—No, debería volver. A buscar un poco de oro antes de que anochezca.

Teacher la miró con escepticismo, luego le cogió la taza vacía de la mano, la ayudó a subir a la silla y levantó la mano para despedirse.

—¡Vuelve por aquí! Por mí, ven con Ross. Tenéis que conocer a Hank y Don. A lo mejor podrían daros unos cuantos consejos: ya han buscado oro antes, saben mucho más del tema que yo.

Durante los días siguientes, Vivian y Ross construyeron un canal para lavar oro, y no fue fácil porque Ross no tenía ningún tipo de experiencia en trabajos manuales ni una formación adecuada para trabajar con madera.

Lo único que había aprendido era a montar a caballo.

Todas las demás tareas relacionadas con los animales, entre las cuales se encontraban, por supuesto, construir vallas, establos y henificar, tanto en los establos señoriales como en su escuela de equitación militar, corrían a cargo de los mozos.

Así que Ross no era el más hábil con las sierras, los martillos y los clavos, y, aun contando con la ayuda de Vivian, solo logró una estructura rudimentaria.

El titular de la concesión vecina, un irlandés fornido llamado Petey O’Doole, les avisó de que los travesaños del fondo del canal eran demasiado planos.

—La pieza de oro tiene que pesar mucho para atascarse ahí. Y las partículas más ligeras pasarán de largo —les explicó.

Ross le restó importancia con un gesto.

—Pero con las piezas grandes funcionará —informó—.

Para conseguir esas minúsculas pepitas que hemos sacado con las bateas hay que trabajar durante días para lograr unos ingresos considerables.

—A esas alturas ya había vendido sus primeros hallazgos en la ciudad y estaba bastante desilusionado con los exiguos beneficios.

Petey se encogió de hombros.

—Vivimos de las minúsculas pepitas hasta que llega el trozo grande —apuntó—. Pero, bueno, eso ya debes de saberlo. No es mi intención convencerte.

Durante las semanas siguientes los días transcurrieron idénticos uno tras otro, y, con cada hora que pasaba en el agua fría extrayendo lodo o grava en el canal de lavado.

Vivian iba perdiendo la fe en poder enriquecerse rápido.

Casi siempre empezaban a trabajar al alba, hacían pocas pausas y a menudo por la noche solo habían conseguido unas cuantas virutas de oro.

Pronto Vivian empezó a sufrir un dolor insoportable en la espalda, pues, además de trabajar mucho, cargaba con la niña.

Tenía la piel de los pies agrietada y maltrecha.

Cuando pensaba en lo que Jean-Luc predicaba entre sus alumnas de ballet —«¡Los pies son la posesión más importante del bailarín!

¡Así que tratadlos bien!»— le entraban ganas de llorar.

Luego alguien recomendó a Ross excavar a poder ser debajo de rocas caídas o junto a la ribera del río erosionada, pues era donde se acumulaba antes el oro.

A partir de entonces, Vivian se arrodillaba en el río, intentaba sacar arena de debajo de los tocones o los terraplenes de la orilla y lavarla en su batea mientras Ross llenaba el canal con una azada y una pala. No siempre daba buenos resultados.

Pese a todo, normalmente conseguían entre los dos sacar una onza escasa de oro a la semana.

Siempre era un gran día cuando podían llevar su botín a la Oficina de Ensayos, donde un anciano con gafas de níquel y camisa de cuadros dejaba el oro en una delicada balanza con unos diminutos pesos de plomo y comunicaba el resultado al angustiado buscador.

Una onza de oro valía unos dieciséis dólares, pero a veces Vivian y Ross salían de la oficina con solo diez o doce dólares.

Por lo general daba para una compra semanal: harina, café, verduras, tal vez una pomada para los pies y rodillas destrozados de Vivian o una jarra de cerveza para bebérsela de noche junto al fuego y por lo menos relajarse un poco.

Nunca era suficiente para comprar muebles nuevos, un vestido o juguetes bonitos.

Vivian intentaba remendarse sus prendas y coser vestiditos holgados y bragas para Giselle con tela barata.

La niña crecía a un ritmo casi más rápido que el que ella era capaz de seguir con la costura.

Además, había cambiado algo con lo que Vivian no contaba.

Ross buscaba su cercanía y había vuelto a dormir con ella, aunque seguía sin prestar apenas atención a su hija.

Por un lado, Vivian se alegraba de que Ross ya no estuviera enfadado, pero por otro le daba miedo otro embarazo.

Además, procuraba importunarlo lo mínimo posible con los cuidados de Giselle.

Volvían a tumbarse juntos, pero el amor había perdido ese carácter alegre y desenfadado para los dos.

Para evitar volver a concebir, Ross intentaba retirarse justo antes de eyacular.

Estaba siempre alerta, ya no se tomaba su tiempo como antes para unos preliminares cariñosos y después no la abrazaba un rato, solo estaba deseoso de limpiarse enseguida para que ningún espermatozoide acabara en la vagina.

Así que en realidad Vivian nunca alcanzaba el clímax porque siempre estaba esperando a que Ross interrumpiera con brusquedad el juego amoroso.

No podía relajarse, y por supuesto también estaba pendiente de los ruidos que hacía Giselle mientras dormía.

La niña solía dormir a su lado como antes o entre ellos dos.

A Vivian le parecía más seguro porque así la criatura no podía rodar de su cuna al hogar.

Había trenzado ella misma el cesto, así que no era muy firme.

Además, por el campamento rondaban perros salvajes que siempre deambulaban en busca de alimento.

A veces incluso entraban en las cabañas de los buscadores de oro, que casi nunca cerraban bien.

Entonces se oían disparos, los hombres intentaban matar a los animales o por lo menos alejarlos de sus provisiones.

Por supuesto, también había ratones y ratas, y estas últimas podían ser muy peligrosas para un bebé.

Vivian, que antes tanto disfrutaba de compartir cama con Ross, ahora se alegraba cuando la dejaba en paz.

Además, muchas noches estaba tan agotada que únicamente quería dormir.

Por eso ya solo en raras ocasiones visitaba a Teacher, que cada vez parecía más preocupado al verla.

Ella se avergonzaba de su aspecto sucio y abatido, y le contaba desanimada los escasos beneficios que daba su concesión.

A Teacher y sus amigos les iba mucho mejor. Tampoco se estaban haciendo ricos, pero Hank y Don habían buscado oro de jóvenes en California y sabían lo que hacían. Su concesión conjunta, eso lo sabían desde hacía tiempo, no ocultaba riquezas, pero el oro que daba lo extraían con facilidad.