En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Antes de encontrar el establo de alquiler, Vivian vio la oficina del comisionado del oro.

Ató con determinación a Curly enfrente y entró.

Ross la siguió, no con tanta seguridad. Era evidente que la idea de hacerse cargo de la concesión de otro no era de su agrado.

Vivian sospechaba que le parecería estupendo que se les adelantara alguien.

Sin embargo, no ocurrió. Solo tenían a unos cuantos hombres delante que informaron a Ross de que su plan era levantar un campamento nuevo a unos quince kilómetros de la ciudad, y ahora querían registrar sus concesiones.

Por supuesto, Ross se encendió y habría preferido unirse a ellos y excavar en una parte del río que de verdad fuera virgen.

No obstante, Vivian reclamó expresamente la concesión junto al río Willow que había mencionado Alice, y pidió al empleado que preparara los papeles mientras ellos buscaban un comprador para el mulo Fred.

Les resultó muy fácil. A los hombres de la oficina les interesaba mucho un animal de carga, al parecer en Barkerville escaseaban los caballos, las mulas y los asnos.

Al final Ross acordó con ellos un precio decente y prometió visitarlos en un futuro próximo para ver su campamento.

—Primero empezaremos aquí por algo pequeño —le explicó a Vivian—. Más adelante podemos mudarnos, cuando la concesión de ese McLoquesea esté explotada…, aunque lo mejor sería reservar también una concesión ya en el campamento nuevo.

Vivian suspiró.

—Ross, ¿es que no lo has oído? Ahí ni siquiera han medido la orilla del río, el registro es solo provisional, las concesiones aún no son de la gente.

Nosotros, en cambio, podemos empezar en cuanto hayamos montado la tienda.

Y primero vamos a comprar herramientas y provisiones para los próximos días.

Algo fresco. Nunca he estado tan harta de algo como de ese pemmican .

Para su sorpresa, junto a su nueva concesión había una especie de cabaña de madera.

Estaba muy compartimentada y el techo provisional era solo una lona, ¡pero por lo menos estaba cubierta!

Vivian era partidaria de pasar los primeros días en Barkerville arreglando la cabaña y dotándola de muebles provisorios.

Sin embargo, Ross no quería entretenerse.

Mientras ella descargaba su mula y vaciaba también las alforjas que Ross había llevado de la ciudad hasta allí, él se fue con una de las bateas nuevas a Williams Creek.

Estuvo retirando arena y grava del río con cierta torpeza y les daba vueltas en el agua para deshacerse del material más ligero.

Al cabo de un rato Vivian le hizo compañía y se puso a amamantar a la niña sentada en la orilla mientras Ross probaba suerte una y otra vez.

Vivian disfrutó del momento de calma. La niña dormía en paz, y ella dejó vagar la mente.

El entorno de su nueva vivienda le gustaba mucho.

La orilla, el murmullo del agua, además de unos cuantos arces que daban sombra y que el viejo McNeil no había derribado para construir su cabaña, a diferencia de la mayoría de los buscadores de oro, que solían alojarse más bien entre tocones.

Por lo visto el viejo escocés no era el buscador más diligente.

¿O ya estaba demasiado frágil para acostumbrarse a la dura vida en los yacimientos de oro?

Vivian empezaba a soñar cuando un grito de Ross la asustó.

—¡Oro! ¡Viv, el primer oro! ¡Lo hemos conseguido! ¡Vamos a ser ricos!

Se volvió hacia Vivian, que miró exultante los restos brillantes en el fondo de la batea.

No tenía ni idea de cuánto valían las minúsculas laminillas, pero era un buen punto de partida.

¡Vivian sintió un mareo de felicidad! Le entraron ganas de abrazar a Ross, pero Giselle estaba en medio, claro, y Ross tampoco hizo el amago de abrazar feliz a su esposa y su hija.

—¡Es maravilloso, Ross! —exclamó en cambio—. ¡Todo ha valido la pena! ¡Todos vamos a hacer realidad nuestros sueños! Una casa de verdad…, ¡la cría de caballos!

Ross también sonrió y, por primera vez en mucho tiempo, Vivian volvió a sentirse tan cerca de él como durante las primeras semanas de matrimonio. Eufórico, dejó caer las primeras pepitas de oro en el pelo de Vivian, y brillaron al sol como si la joven llevara una aureola.

—¡Eh, no las pierdas! —exclamó Vivian—. ¡Será mejor que las vendamos y esta noche nos demos el capricho de un festín! ¡Celebrarlo de verdad, Ross! A lo mejor… ¿vino? —Hacía meses que no bebía vino. Como mucho habían compartido una pinta.

—No tengo ni idea de dónde se venden —confesó Ross—. Y a lo mejor deberíamos tener unas cuantas más… Aún nos queda dinero de la venta de la mula. Si quieres podemos ir a la ciudad y comprar algo más. Carne fresca o salchichas para asar.

Antes Vivian habría ahorrado y se habría limitado a unas cuantas verduras, además de leche y queso.

En ese momento volvió a irse encantada y al cabo de un rato regresó con una alforja llena de manjares.

Entretanto, Ross había sacado más pepitas de oro del río.

Las guardaba en una bolsa de cuero, se sentía feliz e importante.

Vivian recogió leña para hacer una hoguera, y los dos pasaron una noche feliz y apacible.

Había comprado una botella de vino, y no le había escandalizado el precio.

Para ella, en realidad deberían beber champán.

—Me gustaría saber dónde se ha metido Teacher —comentó cuando por fin se tumbaron relajados junto al fuego que se apagaba, con Giselle por primera vez en el medio sin que Ross intentara apartarla—. Deberíamos haber preguntado si hay una concesión registrada a su nombre.

Ross sonrió.

—¿Te dijo su nombre? —preguntó—. Seguro que no le dejarán registrar una concesión con el nombre de Teacher.

Vivian suspiró. Al día siguiente se lo preguntaría a Alice. Sin duda, un hombre como Teacher llamaba la atención. Tal vez su vecina supiera dónde había montado su campamento.

Alice aún no conocía a todo el mundo en Barkerville, pero le recomendó a Vivian que echase un vistazo y preguntara, tanto por Teacher como por sus mulas. Pocos buscadores de oro eran dueños de dos a la vez.

Vivian pensó que tal vez las había vendido también, aunque le costaba imaginarlo.

Hacía tiempo que Teacher tenía a Shelley y Carrie, formaban un equipo compenetrado y parecían gustarle los animales.

En cuanto tuviera tiempo, se pondría a buscarlo.

Pero primero quería ayudar a Ross a buscar oro para que entrara algo de dinero de una vez.

Se metió con un escalofrío en el río helado, con Giselle en la espalda y la batea en la mano.

Enseguida captó cómo sacudirla para buscar oro, pero era un trabajo agotador.

Al cabo de una hora le dolía la espalda, y tenía los pies descalzos casi entumecidos en el agua fría del río.

Las ganancias eran relativamente escasas.

De vez en cuando aparecían unas cuantas laminillas que se desmenuzaban en cuanto intentaba sacarlas de la batea y meterlas en la bolsa de cuero en la que Ross guardaba su botín.

Al final se rindió y dejó a Ross con la excusa de ir a buscar leña.

Cuando se puso las botas, ensilló a Curly y se dirigió a Barkerville.

Hasta que se le ocurrió que tal vez era mejor dar un rodeo por el asentamiento.

Al fin y al cabo, era bastante improbable que de pronto Teacher hubiera descubierto su amor por la compañía y hubiera plantado su tienda en medio de los demás buscadores de oro.

En efecto, por encima del Creek, con vistas al valle, encontró un cercado delimitado con ramas para las mulas de Teacher y al lado su tienda.

Shelley y Carrie saludaron a Curly con su característico bramido.

La tienda estaba vacía, seguro que a esas horas Teacher estaba trabajando.

Así que Vivian bajó hacia el río y allí lo encontró.

Estaba utilizando junto con dos hombres más uno de los canales de lavado que Alice les había aconsejado construir a Ross y a ella.

Se trataba de una especie de cajón de madera con unos refuerzos en la base en los que, cuando estuviera lleno de arena y grava, debería quedarse estancado el oro si tiraban agua para quedarse con los materiales más ligeros.

Uno de los hombres excavaba el material, otro controlaba la entrada de agua y Teacher revisaba el oro lavado, recogía con cuidado las láminas y las metía en un saquito de lino.

Vivian detuvo a su mula.

—¿Qué? ¿Ya te has hecho rico? —gritó al trampero.

Teacher alzó la vista y en su rostro se dibujó una sonrisa cara de ver.

—¡Vivian! Entonces habéis conseguido llegar. ¡Con todo el equipo! —Salió del agua, se acercó a ella en la orilla y la ayudó a bajar de la silla como hacía durante su embarazo—. ¡Y aquí está Giselle K’ah Noh! ¡Es preciosa, Viv, se parece a ti!

—Bueno, el color de pelo es el de Ross. Y los ojos. ¡Me alegro, es un hombre guapo! —dijo ella, y abrazó a Teacher, feliz.

Él soltó una carcajada.

—Parece que las aguas han vuelto a su cauce. ¿Volvéis a estar recién enamorados?

Vivian se frotó la frente y cambió de tema.

—Tenemos una concesión. ¡Y ayer Ross encontró oro!

—¡Enhorabuena! Entonces ya habrá superado el no haber ido con Kinmitu a buscar a los ktunaxa. Ya empezaba a preocuparme. Ven, voy a delegar el trabajo en los otros chicos y preparo un café. De todas formas, tengo frío. El agua en este río está helada.

Vivian asintió y confesó que ella también había estado buscando oro a primera hora de la mañana, pero luego había huido del frío del agua.

—Entonces ¿Ross aún no tiene socio? —preguntó Teacher.

Vivian negó con la cabeza.

—Tampoco quiere uno: me tiene a mí. En breve construiremos un canal como este. —Señaló el canal del río—. Con la batea es demasiado esfuerzo. ¿Y tú? Pensaba que siempre lo hacías todo solo.