Capítulo 5 #3
Barkerville se encontraba junto a un estrecho cauce de río, el de Williams Creek, en medio de las montañas de la región de Cariboo.
La ciudad daba una imagen desordenada, era un centro en auge de la fiebre del oro.
Había casas, cabañas y tiendas en ambos lados del río, unidas por puentes y pasarelas que parecían provisionales.
Solo tenía una calle principal, de tierra y en consecuencia completamente embarrada, que a esas horas estaba abarrotada de carros, animales y personas.
Cuando Vivian y Ross cruzaron el mar de tiendas de campaña del principio, aparecieron unos edificios de madera que bordeaban la calle, y solo unos cuantos eran de dos plantas.
Vieron tiendas con letreros pintados a mano que ofrecían productos diversos o herramientas, había un peluquero e incluso una consulta médica.
Se veían muchas fondas que en parte funcionaban como hoteles modestos.
Vivian deseó poder ocupar una habitación sin más como al principio de su viaje. ¡Sería maravilloso dormir de nuevo en una cama de verdad! Sin embargo, no podían ni planteárselo, debían conseguir dinero ya de alguna manera, y Vivian no tenía ni idea de cómo hacerlo.
Para su sorpresa, Ross se había informado con antelación.
—Deberíamos delimitar una concesión. Un tramo del río… Será mejor que lo recorramos durante unos cuantos kilómetros para ver dónde hay un terreno libre.
Vivian no creía que fuera tan fácil como se lo imaginaba Ross.
En las inmediaciones de la ciudad las orillas del río ya estaban ocupadas por tiendas o sencillas cabañas de madera, seguro que ahí vivían los dueños de las concesiones.
Y no parecía que quedara nada libre. De hecho, se fueron alejando cada vez más del centro de la ciudad, hasta que de pronto la calle principal se acabó y dio paso a una acumulación desordenada de alojamientos provisionales.
Cuando ya se encontraban a casi un kilómetro de Barkerville, Vivian le preguntó a una mujer de aspecto abatido que estaba colgando la colada delante de una cabaña.
—¡Buenos días! Disculpe, queremos… encontrar oro. ¿Quedan concesiones libres por aquí?
La mujer torció el gesto y esbozó una sonrisa cansada.
—Todos estamos aquí para encontrar oro, y las concesiones más cercanas que nadie ha probado aún están todas a unos cuantos kilómetros de aquí, río arriba.
—Se acercó, con una expresión más amable al ver a Giselle en su espalda—.
¡Qué niña tan bonita! ¡Y qué pequeña! Debe de haberla tenido durante el viaje hasta aquí. Seguro que ha sido duro.
—Entonces deberíamos continuar —comentó Ross, impaciente—. Vamos, Viv, si queremos encontrar algo hoy, tenemos que darnos prisa.
La mujer meditó un momento.
—Tal vez no debería decirlo, pero seguro que por aquí hay muchos tipos que están ansiosos por conseguirlo y estaban antes que vosotros.
Pero ir con la niña pequeña en plena naturaleza…
La concesión más próxima, justo después del meandro, está libre.
El viejo McNeil se ha rendido. Se ha hartado del frío y la humedad, dice.
En todo caso es un kilómetro y medio del curso del río, y nunca registró la concesión.
Así que si vais ahora mismo a la ciudad, a la oficina del comisionado del oro, y firmáis unos cuantos papeles, es vuestra.
Vivian sonrió esperanzada a la desconocida.
—¡Lo haremos ahora mismo! Muchas gracias, señora…
—Murphy. Pero puedes llamarme Alice —se presentó la mujer. Vivian también quiso decir su nombre, pero Ross la interrumpió.
—No sé, una concesión usada…, seguro que ya se lo han llevado todo…
Alice se encogió de hombros.
—McNeil era un hombre mayor y estaba solo. Lo buscaba con una sartén y no todo el día. Seguro que queda algo que recoger. Pero si no queréis…
—¡Claro que queremos! —exclamó Vivian—. Entonces ¿adónde deberíamos ir? ¿Y cuánto cuesta el registro?
Se enteró de que el registro costaba unos cuantos dólares, y Alice tenía un mapa del que se podía sacar la ubicación de la concesión.
—Esta es la nuestra —dijo ella, y señaló otra parte del curso del río, muy cerca de su cabaña—.
Mi marido y mi hijo están construyendo un canal para batear oro.
Ya es nuestro segundo intento en Williams Creek, la primera concesión estaba más arriba de la ciudad, pero no fue lucrativa.
Aquí esperan encontrar más. Y yo gano algo como lavandera.
Así aporto más que cuando me planto en el río y agito la batea.
A Vivian esa explicación no le pareció muy alentadora, pero… a lo mejor Ross y ella tenían más suerte con su concesión. La cuestión era de dónde iban a sacar el dinero para el registro, las herramientas y la madera para construir una de esas bateas que fueran buenas.
—Venderemos una de las mulas —contestó Ross cuando le planteó la pregunta—. Así volveremos a tener dinero.
—¡Pero no mi Curly! —repuso Vivian—. Giselle y yo nos hemos acostumbrado a ella. Y necesitaremos uno de los animales para ir a la ciudad. La concesión está cerca de Barkerville, pero no quiero recorrer el tramo a pie cada vez que haya que comprar algo.
Ross torció el gesto.
—Pues entonces la mía. Aunque el macho castrado es más fuerte que la pequeña yegua. Da igual. Preguntaremos dónde hay un mercado de animales por aquí o algo así. ¿Has visto un herrero o un establo de alquiler en la zona?