En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

El camino hasta allí ya fue bastante arduo.

De vez en cuando debían cruzar zonas montañosas, de manera que el trayecto se demoraba.

Sin embargo, era seguro, y Vivian y Ross se cruzaron por el camino con más gente que en las rutas anteriores.

Muchos eran metís, pero también buscadores de oro que habían recorrido una distancia parecida a la de Vivian y Ross y empujaban con obstinación sus carros de bueyes cuando la vía era difícil de transitar.

Vivian avanzaba sobre la mula, Giselle iba sentada en un soporte de mimbre en su espalda, como los que fabricaban los dakelh para sus niños.

Era ligero y proporcionaba seguridad y calor a la niña porque estaba forrado con pieles.

Un voluminoso gorro de piel le protegía la cabecita.

Vivian se había llevado una gran alegría con ese obsequio de las mujeres, y les regaló un montón de utensilios de cocina y herramientas después de pasar unos días en Fort George para reunir provisiones y hacer buenas compras.

Con eso acabaron de gastar el dinero que se habían llevado de Inglaterra.

En Barkerville Ross tendría que ganar algo nada más llegar, y a Vivian solo le cabía esperar que de verdad saliera bien lo del oro.

Seguro que no sería fácil motivar a su marido a aceptar otro trabajo.

En ese momento ya parecía descontento. Para él, avanzaban muy despacio, otra vez…

Vivian callaba casi siempre que Ross expresaba su disgusto.

Notaba la cabecita de Giselle en la nuca y percibía dichosa su respiración tranquila y los leves ronquidos ocasionales.

Mientras Curly avanzaba lenta paso a paso, ella cavilaba sobre por qué Ross no era capaz de sentir el mismo entusiasmo por su hija y sobre cómo su relación, despreocupada y feliz, había podido convertirse en semejante convivencia tensa.

Y eso después de superar tantos obstáculos.

El engaño de la British Columbia Transfer Company, el agotador viaje con los exploradores, la decepción al ver que Fort Garry no era el destino, sino solo una escala en un viaje de tres mil kilómetros…

Pese a todo, habían conservado el optimismo, se acurrucaban el uno junto al otro por la noche, se reían de los compañeros de viaje o los criticaban.

Habían sido amantes y compañeros, dos rebeldes alegres contra la vida que les habían prescrito.

Incluso la boda fue una señal de protesta contra sus respectivos padres.

Vivian sacudió la cabeza para sus adentros.

¿Qué sentía ahora Ross cuando la miraba?

Ella seguía queriéndole. Al mismo tiempo, comprendía que habían actuado con gran ingenuidad y ligereza.

Y ahora estaba Giselle…

Tener un bebé no entraba en los planes iniciales de Vivian, pero tampoco era algo que hubiera descartado nunca, mientras que por lo visto su concepción y el parto habían hecho que a Ross se le tambalearan los cimientos, ¡y no lo podía evitar!

Por primera vez Vivian fue consciente de que toda la vida anterior de Ross se había centrado en eludir sus obligaciones.

Hasta entonces incluso le parecía divertido que lo hubieran expulsado de dos escuelas por su afición a las travesuras tontas.

También le había parecido muy bien que considerara el servicio militar más bien una actividad secundaria al trabajo en el hipódromo.

Y cuando más tarde trabajó para su padre, amarse en secreto había sido una diversión emocionante.

Luego se escaparon juntos, y desde entonces casi siempre había sido ella quien lo mantenía en vereda, con suavidad, pero con firmeza.

Con Giselle todo había cambiado. Ya no eran compañeros ni rebeldes en busca de aventuras.

Eran padres, y contra la paternidad uno no podía rebelarse, por mucho que lo intentara Ross ignorando todo lo posible a la niña.

A su ritmo tranquilo el viaje se prolongó durante siete días; con el buen tiempo tuvieron que lidiar de nuevo con bandadas de mosquitos, y con el malo, con el frío y la humedad.

La primavera llegó tarde en la periferia de las Montañas Rocosas, donde el paisaje se teñía de todos los tonos de verde imaginables.

En ese momento, en abril, los árboles empezaban a florecer.

Vivian intentó levantar el ánimo a Ross cogiendo flores de la hierba y creando coronas para Giselle y ella.

En la cabecita de la niña había aparecido mucho pelo, tan suave y rizado como el de Vivian, pero moreno.

La niña estaba preciosa con las flores de colores, pero Ross ni se dignó a mirarla.

Si en algún momento reaccionaba a una alusión o un elogio de Vivian, era porque se refería a sus logros con la caza.

Había copiado algunas técnicas de Teacher al colocar trampas, y también sabía despellejar y limpiar a los animales.

En Inglaterra, en las cacerías de los nobles, ese tipo de tareas siempre correspondían a los ojeadores o al personal de caballería, y Ross solía hacer suplencias cuando su padre organizaba una cacería para sus señores.

Por su parte, Vivian a esas alturas sabía asar o cocinar el pescado, lo había aprendido con Teacher y también con las mujeres dakelh.

Cuanto más se acercaban a su destino, más se inquietaba Ross.

Al fin y al cabo, pronto se decidiría si todas las dificultades habían valido la pena.

Entonces descendieron la última colina boscosa y la ciudad se intuyó entre el ruido ambiental, que sonaba a la vez familiar y muy lejano.

Desde Fort Garry habían pasado la mayor parte del tiempo en la naturaleza, ahora oían los golpes de martillo, los chillidos de las sierras, hombres que se gritaban.

Ross colocó su mula junto a Vivian. Intercambiaron una sonrisa… ¡y entonces la vieron!