Capítulo 5
Giselle evolucionaba bien. Comía mucho, engordaba, demostraba potencia en la voz, y Vivian interpretaba sus pataleos como los primeros ejercicios enérgicos de una bailarina nata.
Las mujeres de los dakelh mostraban un entusiasmo absoluto con ella.
Vivian la sometió con gusto a más rituales a cargo de T’hoduh para integrar a Giselle en su pueblo.
—Cuando volvamos a estar con blancos, la podremos bautizar igualmente —dijo relajada cuando Teacher se burló de los dos Wallett por entregar a su hija de buena gana a los espíritus de los nativos. De hecho, ni siquiera Ross se había opuesto a las bendiciones.
—Puede que su creencia en los espíritus tenga cierto sentido —meditó—. Kinmitu dice que incluso hay ceremonias que ayudan a encontrar oro.
Vivian se rio de él.
—Creo que si fuera el caso Kinmitu sería rica hacía tiempo —repuso—. ¿Qué la retiene aquí? Por supuesto, T’hoduh le proporciona todo lo necesario, pero parece que no se siente del todo a gusto con los dakelh. ¿Por qué no se va y vuelve con su pueblo?
Intuía que Ross sabía muy bien por qué. Kinmitu no se atrevía a hacer el viaje sola.
Era la discípula de T’hoduh, estaba aprendiendo a curar, a traer niños al mundo y tal vez también a tratar con los espíritus.
La supervivencia en los bosques no era una de sus competencias.
Y ahora esperaba, o esa era la sensación de Vivian, que Ross la acogiera bajo su manto.
Él no parecía tener inconveniente en renunciar al plan original y no continuar hacia las ciudades de buscadores de oro ya conocidas como Yale o Baskerville, sino dirigirse hacia el río Columbia.
Otro viaje infinito hacia lo desconocido.
Vivian sabía que no quería hacerlo, ni siquiera aunque Teacher les hiciera de guía.
El trampero, por su parte, ya estaba con los preparativos para abandonar a los dakelh durante la época del deshielo.
Quería ir a Williams Creek para probar suerte en Barkerville con la búsqueda de oro.
—Necesito volver a ganar algo —comentó cuando unas semanas después se despidió de Vivian—. Y estoy un poco harto del pueblo. Primero el viaje con vosotros, luego estos meses con los nativos. Es demasiado. Quiero volver a estar solo, además Kinmitu… —Dejó de hablar.
—¿Qué pasa con Kinmitu? —le preguntó Vivian. No le había pasado por alto que la relación entre Teacher y su ahijada llevaba un tiempo enturbiada.
Teacher suspiró y se frotó la frente.
—Es infeliz aquí y quiere que la lleve con su pueblo. Se supone que también se puede buscar oro ahí.
—¿Y tú le has dicho que no?
El trampero asintió.
—Sí, porque no es tan fácil. Está lejos, a cientos de kilómetros, y ni siquiera sé con exactitud dónde encontrar a los ktunaxa.
Además…, ¿quién sabe cómo nos van a recibir?
¿Cuál es su actitud hacia los blancos? Y, después de viajar durante meses con Kinmitu en plena naturaleza, al final nos considerarían marido y mujer.
Tal vez incluso lo seríamos antes de llegar, ya no es una niña, y yo solo soy un hombre.
Han pasado más de diez años desde que arrancaron a Kinmitu de su pueblo, y prácticamente ha olvidado su idioma.
Buscar cobijo ahí ahora es un sueño, pero no un plan.
Sin contar con que se puede buscar oro por todas partes, claro, pero en Barkerville ya han encontrado un poco… —Teacher estaba decidido.
—¿Le has comentado tus dudas? —le preguntó Vivian—. A mí me suenan razonables.
—Desde luego que le he dicho todo eso —continuó Teacher—. Pero Kinmitu no me hace caso. No para de decir una y otra vez lo injusto que fue que yo llevara a Nahli a casa y a ella no. Kinmitu no solo es infeliz: está llena de ira. Hacia Dios y el mundo…
—Pero ¿por qué? Aquí con los dakelh está bien. Tiene sus funciones, que son importantes… —Vivian no acababa de entender la insatisfacción que sentía la chica.
Teacher se encogió de hombros.
—Dice que se siente como una extraña. Incluso quería que yo la llevara a Barkerville, ¡pero eso sí que sería absurdo! ¿Qué haría ahí? Es un sitio de buscadores de oro. No necesitan ni parteras ni chamanas…
—¿Has sido tan claro cuando la has despachado? —Vivian lo miró con la frente arrugada, le daba pena la chica—. No me extraña que esté enfadada.
—No digo más que la verdad —comentó Teacher—. Como mucho me la podría haber llevado a Barkerville como mi esposa. Si hubiera querido…
Guardaron silencio durante un rato, hasta que Teacher se animó a hacer una advertencia.
—Tienes que andarte con cuidado con tu marido —aseguró—.
Kinmitu está intentando hacerle perder la cabeza.
—Cuando Vivian lo miró con incredulidad, añadió—: No me refiero a que le ponga ojitos, aunque tampoco lo descartaría.
Pero todo ese discurso de los espíritus que le van a desvelar dónde hay oro…
—¡Eso Ross no se lo creerá! ¡No puede ser tan tonto! —Vivian se echó a reír, aunque algo la asfixiaba.
Teacher se encogió de hombros de nuevo.
—No sería el primer hombre a quien la codicia le nubla el sentido. Y la lujuria…
Vivian se mordió los labios. Había estado tan ocupada con el parto y la niña que se le habían escapado unas cuantas cosas. Levantó la cabeza y observó a Teacher.
—Ojalá te quedaras. Esperaba que nos acompañaras a los yacimientos de oro. ¡A saber si los encontramos sin ti!
—Lo conseguiréis, Vivian. Es fácil encontrar el camino a Barkerville.
—Teacher la animó con una sonrisa—. Hasta tu Ross lo hará, ¡y es urgente que asuma la responsabilidad!
Eso no me preocupa. Lo principal es que escojáis la ruta más segura y conservéis las mulas.
También os lo recomiendo si decidís ir a Yale.
Puede que en balsa vayáis más rápido, pero ir en mula es más prudente para la niña que navegar por aguas bravas.
¡Piénsalo, Vivian! Además, las mulas os pueden ser útiles en la búsqueda de oro.
¡Alguien tiene que cargar con el tesoro!
—Le guiñó el ojo, algo muy poco habitual, y Vivian supo en ese momento lo mucho que lo echaría de menos.
—¡Nos vemos en Barkerville! —dijo con más coraje del que sentía—. Si para entonces aún quieres saber de nosotros. ¡A lo mejor ya te has hecho inmensamente rico!
La ruta hacia los yacimientos de oro se convirtió en otro motivo de disputa entre el matrimonio.
Ross prefería Yale. Ahí habían encontrado oro hacía poco, así que esperaba yacimientos que dieran más que las minas de Barkerville, que llevaban más tiempo con excavaciones.
Por tanto, quería cabalgar recto hacia el sur, por la ruta de Cariboo Trail.
—¡Si el sendero ya tiene nombre, estará trillado! —afirmó él—. Y puede que de camino a Yale nos encontremos con los primeros campamentos pequeños de buscadores de oro. Seguro que sería más fructífero buscar fuera de los asentamientos más grandes.
Vivian, en cambio, prefería un sitio donde fuera más fácil cuidar de la niña. Y tampoco quería alargar el viaje de manera innecesaria.
—¡Pero hasta Yale aún quedan semanas de viaje con las mulas!
¡No podemos vivir siempre de pemmican y alubias!
Giselle tiene que alimentarse bien, y a lo mejor necesita un médico…
No, iremos muy lentos y por los caminos más transitados de Quesnel al Este.
Hacia Barkerville, a las minas de oro más cercanas.
Así no nos agobiaremos. Llevamos mucho tiempo de viaje, Ross, unos cuantos días más ya no importan.
—O podéis venir conmigo a mi pueblo —intervino Kinmitu, que no iba a rendirse tan rápido—.
Ahí la niña estaría tan bien cuidada como aquí.
—Estaba detrás de ellos triturando plantas para T’hoduh con el mortero—.
Y no está tan lejos, solo hay un poco más de naturaleza que alrededor de Yale o incluso de Barkerville.
A cambio hay mejores perspectivas con el oro.
—Y el paisaje debe de ser muy bonito —añadió Ross—. A lo mejor por fin ves un oso, Viv. ¡Antes te habría gustado!
Vivian, que sujetaba a Giselle en el pecho mientras la niña mamaba satisfecha, empezaba a perder la paciencia.
—¡Por el amor de Dios, Ross! ¿Cuándo vas a entender de una vez que ya hemos encontrado nuestro oro?
—Separó a la niña con suavidad del pecho y se la dio—.
¡Aquí, tu hija! ¡Es mucho más valiosa que todo el oro del mundo!
¡No vamos a poner en peligro a la niña con un viaje durante semanas en plena naturaleza salvaje!
«No está tan lejos», ¡lo que me faltaba por oír!
Teacher habló de ochocientos kilómetros, tal vez mil quinientos…
Primero era Yale, y el trayecto ya dura semanas, ¡y ahora quieres ir a una tierra ignota!
Ni siquiera Teacher se atreve a ir en busca de los ktunaxa.
¿Y vosotros queréis encomendaros a la buena suerte sin más y salir a buscarlos?
¡Ni hablar, Ross! ¡Y ahora coge en brazos de una vez a tu hija!
Ya verás que es la mejor sensación que has tenido jamás. ¡Y si la meces un poco, deja de gritar!
Le dio con energía a la niña, que había empezado a berrear a modo de protesta.
—¡Y aguántale siempre la cabecita! —añadió antes de levantarse para irse. Vio por el rabillo del ojo que Ross le pasaba la niña a Kinmitu.
Al cabo de unos días, las mulas caminaban lentas por un sendero bien reconocible que conducía al Este.
Al final Vivian se había impuesto. En Barkerville hacía años que se buscaba oro, era una ciudad con tiendas, un médico y un puesto de correos: no era un baluarte de la civilización, pero sí un sitio donde poder criar a una niña.