Capítulo 4
Vivian enseguida se sintió a gusto con los dakelh.
Por fin dejaba de pasar frío, recibía comida suficiente y la gente era amable.
Solo con Kinmitu, la única que hablaba su idioma con fluidez, no acababa de congeniar.
Parecía que hacía de tripas corazón siempre que le tocaba traducir para los blancos, y Vivian tenía la sensación de que no le gustaba hacerlo.
El segundo día que pasaron en el pueblo le preguntó a la chica por qué hablaba tan bien inglés.
—Teacher me contó que en la misión no quisiste aprenderlo y te castigaron por ello —comentó.
Kinmitu torció un poco el gesto.
—No era que no quisiera. Solo que no podía hacer magia. Los misioneros querían que no nos expresáramos en ninguna otra lengua de un día para otro. Quien no supiera inglés, debía callar. Por lo visto no se me daba muy bien callar.
—Pero ahora sí sabes —constató Vivian.
Una vez más, le costó interpretar la expresión de Kinmitu.
—Sí —respondió al cabo de un rato—. Con el tiempo he aprendido a callar.
Vivian no sabía si se estaba riendo de ella o si simplemente se negaba a revelar lo más mínimo sobre sí misma. Pero no iba a rendirse tan rápido.
—Me refería al inglés —insistió—. Tienes que haber aprendido el idioma en algún sitio.
—Tenemos muchos negocios en Fort George y en Quesnel —contestó Kinmitu—.
Alguien tenía que hablar bien inglés. Como yo ya conocía las bases, me ofrecí.
Nahli también habría podido hacerlo, hablábamos con Teacher en su lengua durante el viaje.
Él aprendió nuestro idioma, y nosotros, el suyo.
Pero el pueblo tenía una función mejor para Nahli.
Las últimas palabras sonaron amargas, y calló de nuevo.
Vivian se preguntó qué función tendría Nahli tan importante para los dakelh y por qué se valoraba mucho más que saber lenguas extranjeras.
Parecía que Kinmitu se sentía denigrada al ejercer de intérprete.
Vivian, en cambio, imaginaba un motivo del todo inofensivo para escoger a Kinmitu y no a Nahli como intérprete.
Lo más probable es que la chica hubiera demostrado tener mucha facilidad para los idiomas, pues también había tenido que aprender antes la lengua de los dakelh.
Teacher había montado su tienda en el pueblo de los nativos y Ross había seguido su ejemplo.
Sin embargo, T’hoduh no permitió que Vivian pasara la noche en la tienda.
Le ofreció un sitio donde hacerlo en su propia casa, donde también vivía Kinmitu.
La zona de dormir estaba cubierta de ramas de abeto y pieles, era muy acogedora.
Vivian disfrutó dejándose cuidar un poco.
Admiró la preciosa túnica decorada que le dio una de las mujeres, y se rio cuando Kinmitu le hizo de intérprete y le explicó que los coloridos adornos estaban hechos con pinchos de puercoespín pintados.
El primer día después de su llegada ya procuró participar de la vida del pueblo.
Las mujeres le enseñaron a trenzar cestos, una de las artes manuales características de los dakelh, y cómo decorarlos con motivos animales y humanos.
Además, con huesos, dientes y garras de animales fabricaban joyas que también tenían un carácter espiritual.
T’hoduh le regaló un amuleto para que los protegiera a ella y a su hijo.
Ross aceptó con gusto la oferta de los hombres de acompañarlos a pescar y cazar, pero no acababa de encajar las burlas bondadosas con las que reaccionaron a su torpeza inicial.
Le entraron ganas de ir a quejarse a Teacher, pero le dio miedo que contraatacara con otro comentario peyorativo.
Así que solo quedaba Vivian, que apenas se interesaba por los fracasos de su marido. Y Kinmitu.
Para sorpresa de Vivian, la joven hablaba con Ross.
—¿De qué charlas tanto siempre con Kinmitu? —le preguntó a su marido después de que pasara más de una hora sentado junto a una hoguera en animada charla con la joven nativa.
—¿Estás celosa? —le preguntó Ross con una media sonrisa.
Vivian frunció el entrecejo. En realidad no sentía ningún tipo de celos.
Al contrario, se alegraba de que Ross entablara amistad con alguien del pueblo.
Solo se le hacía raro porque a Kinmitu no le gustaba nada hablar con ella.
Y eso que, a su juicio, la chica tenía más en común con ella que con su marido.
—¡No estoy celosa! —se indignó—. Pero no tengo motivos, ¿no?
Ross sacudió la cabeza y la rodeó con el brazo.
—No, Viv, yo te quiero.
Eso era lo que quería oír, aunque antes su voz transmitiera más pasión.
—Si no estuvieras embarazada, todo volvería a ser como antes —prosiguió Ross—. Solo es que…, bueno, Kinmitu me entiende. Tampoco se ha sentido nunca de aquí de verdad. Los dakelh la miran con desdén, según ella. Igual que a mí.
Vivian no opinaba lo mismo.
—¡Eso son imaginaciones tuyas!
Ross torció el gesto.
—¿Y también son imaginaciones mías que Teacher me mira por encima del hombro?
—Probablemente Teacher mira por encima del hombro a todo el que no pueda estrangular a un oso con sus propias manos —bromeó Vivian—.
Nos considera a todos unos principiantes.
Por otra parte, es cierto. Los dos fuimos bastante ingenuos al caer en el anuncio de la British Columbia Transfer Company.
¿Te acuerdas de cuando llegamos a Fort Garry y pensamos que los yacimientos de oro estaban a la vuelta de la esquina?
—Miró a su marido para animarlo y le cogió de la mano—.
Nos lanzamos de cabeza a la aventura, Ross.
Es lógico que Teacher sienta que nos hace más de niñera que de guía.
—Su sonrisa le quitó hierro a sus palabras.
—¡Pues yo prefiero que me traten como un adulto! —exclamó Ross.
—¿Y de eso hablas con Kinmitu?
—En realidad hablamos más del oro. Kinmitu dice que en su tierra también hay yacimientos.
Ella no es de aquí. Los ktunaxa viven junto al río Kootenay y el Columbia .
Pero nunca he oído hablar de que haya buscadores de oro en su zona, a lo mejor podríamos abrir una zona nueva si vamos con ella. —A Ross empezaban a brillarle los ojos.
Vivian hizo un gesto de descarte.
—Primero vamos a tener el bebé, luego ya decidiremos todo lo demás. Por cierto, ¿qué prefieres, un niño o una niña? —Lo miró con picardía, como si ya supiera perfectamente el género de la criatura que llevaba en el vientre.
Ross se dio la vuelta disgustado.
—¿Es que ya no puedes hablar de otra cosa que no sea el bebé? Por suerte ya no queda mucho para que te deshagas de él.
Vivian lo miró desconcertada.
—Pero, Ross, ¡no voy a deshacerme del bebé! Va a salir de mi barriga, eso sí, pero luego tendremos a un niño pequeño de verdad, ¡vivo! Tenemos que alimentarlo y procurar que no pase frío, y ponerle pañales, jugar con él… ¡y necesita un techo!
—¡Suenas como si quisieras quedarte aquí!
—Durante el invierno, por supuesto —confirmó Vivian—.
En primavera ya podremos pensar en Barkerville.
Está más cerca y es más fácil llegar. Teacher cree que podríamos ir sin problema con las mulas.
Cuando el niño sea un poco mayor, también podremos plantearnos Yale.
Pero ahora aún no. ¿O te parece bien hacer piragüismo en el río con un recién nacido?
Ross no contestó, se limitó a jugar con el mimbre que Vivian estaba trenzando con gran destreza.
—Ya se verá —murmuró al final.
Después de dos semanas en compañía de los dakelh, el niño anunció su llegada. Era una noche fría y plácida de enero, y Vivian oyó el murmullo lejano del río cuando notó las primeras contracciones.
—¡Kinmitu! —La voz sonó ronca y asustada. No esperaba tanto dolor, aunque en Inglaterra corría la voz de que el parto iba asociado a sufrimiento y peligros para la mujer.
A la luz del fuego trémulo vio que T’hoduh se levantaba.
La anciana atizó el fuego, le dio unas cuantas instrucciones en su idioma a Kinmitu, que despertaba poco a poco, y se arrodilló al lado de Vivian.
Volvió a palparle el vientre con dedos habilidosos, y esta vez también los introdujo entre las piernas.
Vivian gritó del susto.
—Necesita comprobar hasta qué punto estás dilatada. —Calentó piedras al fuego, así como una infusión de corteza de sauce—. Bébetelo, te ayudará —le explicó. Para Kinmitu un parto era lo más natural del mundo.
Vivian tragó, obediente.
—¿Puedes… avisar a Ross? Debería estar aquí…
—Si T’hoduh no me necesita aquí.
La anciana pareció entender el sentido de las palabras de Vivian, tal vez su voz transmitía urgencia y añoranza de Ross. Habló un momento con Kinmitu, que acto seguido salió para cumplir el deseo de Vivian.
T’hoduh empezó a hablar en voz baja mientras envolvía las piedras calientes en paños y las colocaba sobre el cuerpo de Vivian.
Ella no entendía ni una palabra, pero pensó que de todas formas sus conjuros iban dirigidos al niño que estaba por nacer.
O a los dioses y espíritus que debían apoyarla como parturienta.
Vivian sudaba y temblaba, cada contracción dolía más que la anterior.
Agarró con fuerza las manos de la partera. T’hoduh aguantó la presión.
—¿Está Ross? —preguntó desesperada—. Quiero… quiero verlo… tiene que…
T’hoduh negó con la cabeza, probablemente no consideraba imprescindible la presencia del padre en un parto.
Vivian sabía que las mujeres en Inglaterra siempre excluían a sus maridos cuando empezaban con las contracciones.
Sin embargo, ella echaba de menos a Ross con todo su ser.
Tenía que protegerla, calmarla… ¿No habían jurado vivir todas las aventuras juntos?
¿Por qué no estaba a su lado en ese momento? ¿O Kinmitu no lo había llamado?
Soltó otro grito y de pronto oyó la voz serena de Kinmitu.
—Tu marido quiere saber si te estás muriendo.
—¿No le has dicho que… que ya llega nuestro hijo?
—Le he dicho que tienes contracciones y que todo va bien —contestó Kinmitu—. Y que es normal que grites.
Entonces la había oído chillar, pero no había hecho amago de acudir en su ayuda. ¿Por qué no quería abrazarla, apoyarla?
—Ahora tienes que empujar —le indicó Kinmitu—. T’hoduh dice que es un niño pequeño. Viene fácil.
—¿Fácil? —dijo Vivian entre jadeos. Tenía la sensación de que llevaba horas con dolores, ¿y la anciana hablaba de un parto fácil?
—Tu marido espera fuera. Teacher también —dijo Kinmitu.
Sin saber por qué, para Vivian fue un consuelo oírla mencionar al trampero. Pero una cosa tuvo clara: si alguien que no fueran esas dos mujeres pudiera hacer algo por ella, Teacher lo habría hecho. ¿Y Ross?
En un momento dado notó una fuerte presión entre las piernas, los dolores fueron en aumento y T’hoduh volvió a darle infusión…
, y de pronto sintió un alivio cuando algo salió de entre sus piernas y se deslizó hacia las manos de la partera.
El dolor remitió, Vivian alzó la vista y vio una sonrisa en los ojos de T’hoduh.
La anciana lo bendijo con un gesto y dejó algo pringoso y húmedo sobre la barriga de Vivian.
Soltó un ruido como si fuera un gatito. Vivian quiso incorporarse para ver a la criatura, pero la partera la empujó con suavidad para que volviera a tumbarse en el catre.
Luego Kinmitu ayudó a Vivian a apoyarse.
—Es una niña —dijo—. Una niña menuda y sana.
La recién nacida parecía consciente de la delicada situación en la que se encontraba después de salir del cálido y cómodo vientre de Vivian. Protestaba al mundo a voz en cuello. Vivian sonrió. Luego esperó a que T’hoduh lavara a la niña y la envolviera en una manta. Bendijo de nuevo a madre e hija.
—K’ah Noh —dijo.
—Es el nombre que ha puesto T’hoduh a tu hija —aclaró Kinmitu—. Significa «llega al amanecer».
En efecto, la primera luz del alba entró por la ventana de la casa cuando Vivian miró por primera vez la cara de su hija.
—¿Tengo que llamarla así? —preguntó en voz baja. Ya había pensado un nombre para su hija.
—No —dijo Kinmitu—, no es una dakelh. A los hijos de los dakelh les pone el nombre T’hoduh.
De nuevo hablaba con amargura. Vivian lo entendió. La propia Kinmitu no tenía un nombre dakelh. Debía de ofenderla que ahora le pusieran uno a la hija de Vivian.
—¡Eso es todo un honor! —exclamó Teacher.
Una hora después de nacer la niña, cuando Vivian volvió a sufrir contracciones y expulsó la placenta, por fin permitieron que los hombres entraran en el cuarto del parto.
Ross observaba extrañado a la niña. Parecía sinceramente perplejo con lo pequeña que era su hija.
Teacher se interesó por el parto y cómo había ido.
—No tengo mucha idea, pero me han dicho que cinco horas es poco tiempo.
Y T’hoduh considera que te has comportado muy bien, y la niña también.
De lo contrario no habría dado la bienvenida a la niña a su pueblo —comentó cuando Vivian, que recuperó las fuerzas a una velocidad asombrosa, le habló de los rituales de la sabia mujer.
—¿Quieres decir que nuestra hija es ahora una dakelh? —le preguntó—. La verdad es que va vestida para ello. —Las mujeres habían envuelto a la niña en un pañuelo de colores.
—Siempre será bienvenida para el pueblo de los dakelh —les explicó Teacher.
—¡Lo que le faltaba! —refunfuñó Ross—. ¿Cómo quieres llamarla ahora, Viv? Mi madre se llama Elizabeth. La tuya se llamaba…
—Se llamará Giselle —dijo Vivian, y acarició la carita aún bastante arrugada de su hija—. Es decir, mi madre se llamaba Sophie, pero ella es Giselle. Giselle K’ah Noh.
Teacher sonrió.
—¿Qué tipo de nombre es ese? —preguntó Ross un poco enojado—. Es francés, ¿no? Suena bastante peculiar.
—Es francés, exacto —informó Vivian con orgullo—. Giselle es una joven campesina en un ballet. Es preciosa. Y nuestra hija será igual de bella. Quién sabe, a lo mejor bailará más adelante… —Aunque ella hubiera renunciado definitivamente a la esperanza de ser bailarina, el sueño seguía ahí.
—¿En los ballets no hay chicas con nombres normales? —Ross seguía distante y enfadado—. ¿Algo como Susan o Ann?
Vivian arrugó la frente.
—Hay una Coppelia, una Ondine y una Esmeralda…, ¡pero nuestra princesa es una Giselle!
Ross no se atrevió a preguntar cómo se habría llamado un príncipe…
—¡Tú podrás escoger el nombre de nuestro próximo hijo! —le concedió Vivian, que solo consiguió que se le ensombreciera aún más el semblante a su marido. Saltaba a la vista que no quería ni pensar en otro hijo—. ¡Y mañana también podrás coger a la niña! —le prometió Vivian.
Ross asintió sin mucho entusiasmo. «¿Se habría puesto aún más a la defensiva de no tener a Teacher al lado?», le pasó por la cabeza a Vivian. El trampero ejercía cada vez más de vigilante de los modales de su marido.
—Entonces vámonos —dijo Ross al fin, aliviado.
Teacher se dio la vuelta una última vez.
—De verdad, es muy bonita —le aseguró a Vivian—. Y Giselle K’ah Noh… No sé mucho de eso, pero suena a que es muy buen nombre para una bailarina.