Capítulo 3 #2
—Llegué a vivir una temporada en esa zona.
A medio día de aquí hay un pueblo de los dakelh, es donde nació Nahli.
Por aquel entonces, cuando me fui de la misión con los niños, vinimos aquí y los nativos nos acogieron con amabilidad, tanto a Kinmitu como a mí.
Y no era algo que pudiéramos dar por sentado después de lo que habían vivido con los blancos.
Como tampoco es habitual que los nativos acepten criaturas de otros pueblos.
Pero se llevaron una enorme alegría al ver que Nahli había encontrado el camino de vuelta, claro.
Una de sus mayores, debéis saber que las mujeres ejercen una gran influencia, acogió a Kinmitu en su casa, y el resto del pueblo se esforzó en convertirme en un hombre.
—Soltó una risa un tanto amarga—. Aprendí a cazar y a colocar trampas, a curtir pieles, a encontrar plantas comestibles y a defenderme solo.
Era algo impensable para un joven clérigo.
Por supuesto, también me presentaron a sus espíritus.
Mantenían un vínculo muy estrecho con los espíritus del río Fraser: les regalaban salmones.
Sin embargo, sus sabias también conjuraban a otras fuerzas de la naturaleza…
Como ya he dicho, para los nativos todo lo que habita el mundo está animado.
—¿Y ahora quiere que vayamos a ese pueblo para que Vivian dé a luz allí? —le preguntó Ross—. ¿Con esos nativos? —Sonó como si quisiera decir «con esos salvajes».
Vivian lo miró con severidad.
—¿Qué te pasa ahora, Ross? De momento solo hemos topado con personas amables. ¡Piensa en Nula y su familia! Si las mujeres tienen tanto peso y sienten ese vínculo con la naturaleza como dice Teacher, seguro que saben mucho de partos.
—¡Y a lo mejor hasta consiguen hacer de usted un hombre, Ross! —comentó Teacher, y así se enemistó definitivamente con Ross Wallett.
Ross montaba en silencio detrás de Vivian y Teacher, saltaba a la vista que no estaba contento con la estancia prevista con los nativos, sobre todo porque entretanto Teacher les había explicado que el pueblo se encontraba entre Fort George y Quesnel, así que también podrían haber llegado a los asentamientos de los blancos.
Vivian, en cambio, disfrutó de la excursión por ese bello paisaje de ensueño a través de bosques frondosos, pasando por lagos cristalinos en los que se reflejaban las montañas y junto al río Fraser, que nacía en las Montañas Rocosas y desembocaba en el Pacífico.
Teacher se lo había explicado una de las noches que pasaron juntos.
Junto a la orilla del río estaba también el pueblo de los dakelh, y al llegar a Vivian le sorprendió que ahí la gente no vivía en tiendas o tipis, sino en casas espaciosas de madera y barro.
Contaban con entrada en ambos extremos, y del medio salía humo, así que debían de tener chimeneas.
La idea de dormir en una habitación cerrada y con calor le parecía un sueño.
Y, aunque les esperara un fuego y una comida caliente, incluso se imaginaba lavándose bien en la orilla del río Fraser.
Era última hora de la tarde, y los habitantes del pueblo estaban ocupados en sus tareas cotidianas.
Unos cuantos hombres estaban trinchando salmones, y las mujeres atizaban el fuego debajo de un soporte para ahumar donde después colocarían los pescados.
Ya había otros ejemplares ahumados listos, y el olor era muy aromático.
Las mujeres estaban sentadas delante de sus casas raspando pieles mientras charlaban entre ellas y vigilaban a los niños que jugaban.
Vestían unas túnicas largas de cuero, con una decoración preciosa de ribetes coloridos.
Los delantales protegían las prendas durante el trabajo sucio.
Otros lugareños se ocupaban de los mimbres, que también estaban en soportes de secado y, cuando ya estaban secos, los trenzaban en forma de cestos.
Para Vivian, esa vida comunitaria apenas se distinguía del día a día en los pueblos de su padre en Inglaterra.
Por supuesto, todos los vecinos vieron llegar a los forasteros.
Sin embargo, enseguida reconocieron que Teacher era uno de los suyos cuando los saludó a gritos.
Acto seguido se vio rodeado de hombres y mujeres que le dieron la bienvenida.
Un perro viejo saltó encima de él entusiasmado, y su dueño, un joven con el pelo oscuro hasta los hombros, le dio un abrazo afectuoso a Teacher.
Los hombres también llevaban túnicas, además de unos pantalones ceñidos de piel de caribú.
En verano vestían ropa más holgada. Hacía buen día, pero el frío era intenso.
Muchas mujeres y hombres se habían colocado encima más pieles.
—Este es Nahli —presentó Teacher al joven—. Y su perro.
Luego mencionó los nombres de Vivian y Ross y dijo algo a su antiguo protegido, que les hizo una reverencia.
—¡Bienvenidos! ¡Los amigos de Teacher son nuestros amigos!
Vivian se sintió aliviada de que Nahli aún hablara inglés.
Luego salió una chica joven de una de las casas, más o menos de la edad de Vivian, y se abalanzó sobre Teacher, aunque en el último momento cambió de opinión y se acercó a él gritando, con la espalda recta y el semblante serio.
—¡Me alegro sobremanera de verte, padrino! —exclamó en tono formal, y luego olvidó su pose solemne y se lanzó a sus brazos.
—¡Kinmitu! —Teacher se dio la vuelta, de pronto parecía más joven y relajado de lo que Vivian y Ross lo habían visto en todo el viaje—. ¡Te has convertido en una mujer maravillosa!
No era mentira. Kinmitu tenía un rostro enjuto, dominado por unos brillantes ojos castaños un poco rasgados.
La tez era aceitunada, con un suave brillo dorado, y tenía los labios gruesos.
Vivian recordó las imágenes de faraonas egipcias que colgaban en los salones ingleses de la alta sociedad.
Aun así, el rasgo más llamativo de Kinmitu era el cabello negro y liso, tan largo que le caía por toda la espalda hasta los muslos.
Ninguna mujer de los dakelh se le acercaba en belleza y expresividad.
Vivian recordó que Teacher había mencionado que Kinmitu pertenecía a otro pueblo.
—¿Por qué no has venido antes? —le preguntó Kinmitu en un inglés fluido—. Tú no eres de los blancos…
Teacher sonrió.
—Yo no soy de ningún sitio, hija mía —dijo él con amabilidad—. Durante los últimos años he seguido el camino de los cazadores y ahora… a lo mejor pruebo suerte en los yacimientos de oro.
Una mujer mayor había seguido a Kinmitu.
Se movía con elegancia y una extrema dignidad.
Se mantenía erguida, con una expresión seria pero no antipática, llevaba el pelo suelto, ya un poco ralo.
Cuando se acercó a Teacher, levantó los brazos y parecía que fuera a lanzar una especie de bendición a los recién llegados.
Luego pronunció un saludo que sonó muy solemne.
Teacher respondió algo y señaló de nuevo a Ross y Vivian, que estaban a su lado un poco cohibidos.
La anciana saludó a la joven pareja, como había hecho antes Nahli.
Después hizo un gesto con la cabeza a la embarazada y llamó a unas cuantas mujeres de entre la multitud, que enseguida se sumaron a ellos.
Envueltas en una alegre cháchara en su idioma, acompañaron a Vivian a una de las casas.
Ross no estaba muy seguro de si debía seguirlas, pero entonces decidió quedarse con los hombres.
Ahora que las ceremonias oficiales de saludo habían terminado, Teacher se fue con Nahli, que lo llevó a su casa.
Vivian, que lo había visto, deseó que Ross también fuera bienvenido.
Ella recurrió de nuevo a la lengua de las señas y enseguida se hizo amiga de las chicas, que la ayudaron a desvestirse e incluso calentaron agua para que se lavara.
—Camino montaña difícil —chapurreó una de ellas—. Frío. ¡Bebé fuerte!
—¡Sí, bebé fuerte! —coincidió Vivian—. ¡Vivo!
El bebé acababa de moverse de nuevo. Vivian esperaba que las mujeres le prestaran ropa limpia, pero primero le colocaron solo una manta gruesa encima y le indicaron que esperara junto al fuego, que propagaba un calor agradable en medio de la casa.
Poco después la anciana de antes se acercó a ella, con Kinmitu al lado.
—Esta es T’hoduh, la voz del fuego —le presentó Kinmitu a su compañera—. Es una experimentada curandera y sacerdotisa. Teacher le ha pedido que te ayude a dar a luz a tu hijo.
Vivian les dedicó a las dos su mejor sonrisa.
—Es muy amable, por favor, dale las gracias a ella y a todas las demás, de corazón, por su acogida.
—Los dakelh jamás rechazarían a alguien que vaya con Teacher —dijo Kinmitu con cierta rigidez—. Un hijo de este pueblo le debe la libertad y la vida. Por eso es el segundo padre de Nahli, y forma parte de los dakelh.
«¿Y tú? —pensó Vivian sin querer—. ¿Tú también formas parte de los dakelh?
». Fue capaz de contenerse de preguntar a Kinmitu por su posición en el pueblo.
Teacher había dicho que una mujer sabia había acogido a la niña.
Probablemente fuera T’hoduh. ¿Kinmitu la consideraba su madrina con la misma naturalidad que había llamado padrino a Teacher?
T’hoduh se sentó con Vivian y empezó a examinarla con cautela. Luego le dijo algo a Kinmitu, que tradujo para Vivian:
—Tu hijo empuja para salir al mundo, pronto estará con nosotros. Hasta entonces tienes que comer mucho y descansar. Está sano, pero es muy pequeño. Aguántalo contigo todo lo que puedas.
Vivian asintió y, por primera vez desde que Teacher había descubierto su embarazo, sintió que se quitaba un peso de encima. Ya no era la única responsable, alguien cuidaría de ella y del bebé. Y había cruzado las Montañas Rocosas sana y salva. ¿Lo habría conseguido sin Teacher?
Tal vez su hijo un día también lo vería como su segundo padre.