En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Vivian jadeaba mientras subía junto a su mula por un sendero pedregoso.

Tenía la sensación de no haber estado tan exhausta en toda su vida, y eso que en realidad el día había ido bien.

Teacher no había insistido en salir pronto, así que cuando cargaron las mulas hacía frío, pero no helaba.

Al principio la pendiente era ligera, pero luego el camino se fue volviendo más empinado y pedregoso, se fue estrechando cada vez más hasta convertirse en un sendero angosto entre paredes de roca y precipicios.

Los campos de nieve también abundaban más, y cuando las sendas estaban tan congeladas o eran tan rocosas que las mulas podían tropezar, tenían que bajar y caminar.

En un momento dado Vivian se planteó si aún estaba guiando a Curly o solo se sujetaba a las bridas y se dejaba llevar.

Cada vez le costaba más respirar, y cada movimiento era un suplicio.

Tanto Vivian como Ross respiraron cuando Teacher hizo una pausa al mediodía e insistió en encender una pequeña hoguera. Calentó agua, metió unas hierbas y luego les dio a cada uno una taza con un caldo amargo.

—Se supone que da fuerzas cuando falta el aire —aclaró.

Por lo menos la taza les calentó un poco las manos heladas.

Vivian y Ross habían comprado guantes y abrigos gruesos en Fort Garry como les habían dicho, pero Vivian ya no podía cerrarse la chaqueta.

Estaba más que agradecida por el chaleco de piel que Teacher había negociado con Nula.

Todos masticaron con desgana un poco de pemmican y tortas de harina que habían cocido el día anterior en el fuego.

A las mulas les dieron avena y Teacher la remojó con un poco de ese té raro.

A los animales pareció gustarles. Poco después de la pausa se levantó viento, y luego encima empezó a nevar.

Los viajeros se esforzaron por continuar hasta que la visibilidad era tan escasa que Teacher ordenó detener antes de tiempo la marcha.

Encontró un sitio medio protegido junto a una pared rocosa y mandó a Ross que solo montara una de las tiendas.

—Tendremos que hacernos entrar en calor entre nosotros —comentó—. Esto va a acabar en tormenta de nieve. Y no, ahora no vas a ayudar con la tienda, Vivian, lo haré yo con Ross.

A Vivian le pareció muy bien. Estaba temblando de frío y agotamiento, y seguro que la altura no ayudaba.

Sin comer nada más, se metió en la tienda y se puso encima todas las mantas y pieles que pudo.

A continuación notó a Ross y a Teacher en ambos lados, y entró un poco más en calor.

Aun así, no podía dormir de lo agotada que estaba.

La fuerte tormenta la mantenía en vela; los olores a pieles mojadas, cuero húmedo y cuerpos sin lavar le provocaban mareos.

Hacía tiempo que notaba al niño en el vientre, pero ese día estaba quieto.

Tal vez necesitaba toda su energía para mantenerse en su cueva cálida y acogedora…

, o se estaba muriendo. Vivian no se calmó hasta que volvió a notar los leves movimientos espasmódicos. ¡Estaba vivo!

Con cuidado de no molestar a los chicos, se puso una mano en el vientre para tranquilizar a la criatura.

Deseaba poder compartir con Ross la felicidad que sentía pese a todos los inconvenientes cuando lo notaba en su interior.

Sin embargo, él no mostraba ningún interés.

Vivian tuvo que reconocer que su marido se estaba comportando como un niño tonto, enfadado con el bebé porque retrasaba el cumplimiento de sus deseos.

Por lo menos no había vuelto a enfrentarse a Teacher cuando interrumpió la marcha con antelación.

Aceptó que la tormenta de nieve era un impedimento.

Aun así, añadió que habrían llegado más lejos de haber salido a tiempo por la mañana.

Ahora Ross estaba tumbado junto a ella mientras Teacher dormía como un tronco y roncaba.

Vivian no estaba tan segura de que Ross durmiera también.

Tal vez solo fingía dormir para no tener que hablar con ella…

Al amanecer por fin Vivian se sumió en un sueño inquieto y despertó con un ligero dolor de cabeza.

Se le levantó el ánimo al ver que la ventisca había parado.

Alrededor de la tienda no había quedado mucho, la tormenta se había llevado la nieve.

Delante ardía ya un fuego, y Teacher estaba preparando su té amargo.

—¿Qué es, por cierto? —le preguntó cuando le dio una taza—. ¿No le hará daño al niño?

Teacher, que también había obligado a Ross a aceptar un poco del brebaje, aunque este habría preferido café, negó con la cabeza.

—No, que yo sepa. Me lo dio una curandera metís, ellos lo beben todos.

Contiene corteza de sauce, ginkgo y una o dos plantas secas más.

Sirve para combatir el cansancio, el dolor de cabeza, las náuseas…

, todo lo que nos aflige a gran altura. Bebe un poco más y come algo.

He hecho caldo de pemmican , no es una gran cocina, pero esa cosa también ayuda a entrar en calor.

Las mulas no habían sufrido daños con la tormenta.

Iniciaron la marcha de nuevo relajadas y con ganas de trabajar, siempre cuesta arriba.

Ahora el paisaje se componía casi en exclusiva de rocas, de vez en cuando crecían unos cuantos helechos; el terreno era demasiado inhóspito para todas las demás plantas.

En algún momento alcanzaron una cima, pero la niebla tapaba las vistas.

—Lástima, suele ser una bonita recompensa a las dificultades del camino —comentó Teacher—. El valle, las montañas…

—¿Eso quiere decir que a partir de ahora es cuesta abajo? —le preguntó Ross esperanzado.

Teacher asintió.

—Hoy sí. Montaremos el campamento en el valle, y espero poder cazar unas cuantas liebres. Eso no significa que hayamos pasado lo peor. Aún nos quedan días de trayecto, unas veces cuesta arriba, otras de bajada: hay varios puertos que superar. Este ha sido el primero, pero no el más difícil.

Vivian y Ross se llevaron una decepción, pero agradecieron al cielo que a continuación tocara un valle y pudieran cabalgar.

Sin embargo, las pendientes eran tan escarpadas que las mulas solo las podían afrontar sin correr un relativo peligro sin nadie encima, así que ellos las seguían entre resbalando y bajando agachados.

Ross ayudó a Vivian, aunque a regañadientes.

No quería arriesgarse a que le cayera otra reprimenda de Teacher.

Esa noche Vivian durmió mejor, pero los escollos no habían terminado ni mucho menos.

Pasaron por bosques densos, atravesados por arroyos y ríos que transportaban el agua del deshie­lo de los glaciares.

Teacher siguió colocando sus trampas y capturaba animales pequeños, y además encontraron arbustos con bayas que Vivian saqueó con un hambre de lobos.

Tras esos breves respiros llegaron otras pendientes, la nevada tapó la vista a los jinetes y de nuevo descendieron por caminos, algunos muy escarpados, que los animales recorrían tanteándolos paso a paso.

Vivian se acostumbró a cerrar los ojos para no molestar en absoluto a Curly tirando sin querer de las riendas por miedo.

Tardaron semanas en atravesar las Montañas Rocosas. Vivian demostró un gran arrojo, pero cada día se sentía más torpe y asfixiada.

—Creo que pronto nacerá el niño —anunció cuando estaban sentados junto a la hoguera saboreando la carne y el pescado asados.

Era el primer banquete en varios días. El último puerto había supuesto otro desafío, y para colmo la mula Carrie, que cargaba con sus provisiones, se había caído al cruzar un río que bajaba con ímpetu por el agua del deshielo y las alforjas habían quedado colgadas en las ramas de un árbol que se llevó la corriente.

Antes de que el animal entrara en pánico, Teacher saltó al agua y cortó con un cuchillo el soporte de las bolsas.

Así que los viajeros tenían que vivir de lo que les daba la naturaleza, y durante unos días había sido muy poco.

En la última etapa, Vivian había llegado a temer a la muerte en ocasiones.

Ya tenía bastante con someter al niño a las constantes oscilaciones de la temperatura y a una madre exhausta de caminar.

¡Encima hacerle pasar hambre era demasiado!

—Me da la sensación de que no falta ya ni un mes para el parto. —Vivian tenía las manos sobre el vientre, como para proteger a la criatura.

—¿Crees que podrías perderlo ahora? —le preguntó Ross, incrédulo.

Vivian se encogió de hombros.

—Noto que está vivo. Pero ya está harto de mí y de tanto subir y bajar.

—Entonces deberíamos pensar definitivamente en dónde pasar el invierno —propuso Teacher.

Ross lo interrumpió de inmediato.

—¡Pero yo pensaba que cruzaríamos el río hacia Yale!

Desde que poco antes se habían encontrado con un metís con el que Ross habló de las distintas opciones para llegar a las ciudades de los buscadores de oro, estaba empeñado en cruzar el río Fraser.

El hombre había propuesto que se construyeran una balsa, luego solo había que dejarse llevar por el río.

Era más rápido y cómodo que ir por tierra hasta la ciudad más próxima de Barkerville.

Sin embargo, Teacher sacudió la cabeza con vehemencia.

—Ya no hay viajes en balsa, Ross —aclaró—. Tampoco iremos en las mulas a Quesnel o Fort George, ni mucho menos hasta Barkerville o incluso Yale.

—¿Quieres decir que no llegaremos a Barkerville? —preguntó Vivian decepcionada. Esperaba poder dar a luz en la ciudad de buscadores de oro más cercana, mientras Ross ya empezaba a excavar. Sin embargo, el viaje era para ella cada vez más arduo, y en su fuero interno sintió alivio al oír a Teacher.

Su guía lo negó.

—De todas formas sería muy justo. Y quién sabe cómo está eso. Si hay médicos o comadronas… Los tramperos y los buscadores de oro no son conocidos precisamente por ser especialistas en atender partos.

—¡Pensaba que había estado ahí! —exclamó Ross.

Teacher pasó por alto la provocación.