En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

A partir de ese momento Vivian no se sintió muy impedida por el embarazo, sufría mucho más con las observaciones hirientes de Ross.

La actitud de rechazo hacia ella no cambió, sobre todo porque sus suposiciones se confirmaron.

La verdad era que su esposa ya estaba ralentizando el viaje, aunque la culpa fuera de Teacher por tenerla en consideración.

Partían más tarde por la mañana porque primero quería revisar las trampas que había colocado la víspera, donde casi siempre encontraba conejos o aves acuáticas que por la noche cocinaba para todos.

Introdujo un alto en zonas boscosas, recogía bayas y setas para Vivian y le sujetaba la mula al subir y bajar porque a Curly no le gustaba estar quieta.

Ross no hacía nada de eso. Más bien se dedicaba a refunfuñar enfadado para sus adentros mientras atravesaban el paisaje.

Vivian se alegraba al ver de vez en cuando animales salvajes, y le apetecía avistar algún día osos o alces, pero Teacher le explicó que solo habitaban zonas boscosas densas.

El ambiente era tenso cuando llegaron a Fort Edmonton, el último puesto avanzado de la civilización.

De nuevo era un punto comercial que ofrecía a los viajeros la posibilidad de reunir provisiones.

Ross necesitaba unas botas nuevas, mejores que las de Oberman Shoes.

Les esperaba la etapa más difícil: cruzar las Montañas Rocosas.

Las majestuosas cumbres se veían desde Fort, las vistas eran preciosas, aunque también infundían respeto.

Vivian insistió en iniciar la etapa montañosa pese a su embarazo.

—¡Seguro que aún me quedan cuatro meses más! —exclamó con gran optimismo—. Es fácil cruzar las montañas en ese plazo.

—No avanzaremos a tan buen paso como hasta ahora —les advirtió Teacher—. Tendremos que guiar a las mulas…

—¡Ay, no lo pinte todo tan negro! —reaccionó Ross enfadado—. Si Vivian cree que puede hacerlo, así será.

—¡No parece usted muy interesado en el bienestar de su esposa y su hijo! —repuso Teacher—. ¡Si es usted sensato, se quedará aquí!

Vivian negó con la cabeza.

—No, partimos juntos, Teacher. Queremos ir a los yacimientos de oro, y así será.

Teacher la escudriñó con la mirada.

—Me encantaría ahorrarte los contratiempos, Viv —dijo muy serio—.

¡Cruzar las Montañas Rocosas, y encima en invierno!

—Desde que le había diagnosticado el embarazo la tuteaba y la llamaba por su nombre de pila.

Muchas veces con el diminutivo que hasta entonces solo utilizaba Ross.

Aun así, no sonaba despectivo, más bien respetuoso.

Había tomado conciencia del camino que ya había recorrido ella.

Los trayectos en canoa y cargar con la barca de Saint-Paul a Fort Garry seguro que habían sido más agotadores que la caravana con las mulas por las praderas.

—¡Pero sabes que puedo hacerlo! —le aseguró Vivian, que tuteó por primera vez a su guía.

—Es que no me gustaría ser el culpable si pierdes al niño —repuso en voz baja.

Vivian se mordió el labio.

—No sería culpa tuya, Teacher. Tuya, seguro que no.

Desde Fort Edmonton hasta Tête Jaune Cache, la última población habitada antes de ascender por la montaña, el camino atravesaba frondosos bosques.

Subía despacio, los senderos aún no eran pedregosos, más bien predominaba el lodo, y de nuevo bandadas enteras de mosquitos atacaron a los viajeros.

Aun así, Vivian estaba muy animada porque ese día sí se habían cruzado con un alce.

El animal se encontraba debajo de los arces en el margen del camino, mirando asustado a las mulas y sus jinetes.

Teacher paró a sus monturas para que Vivian y Ross pudieran observar con calma al alce.

—¡Es grande como un caballo! —se entusiasmó Vivian—. ¡Y mira qué cabeza tan enorme! —Hizo un amago de acercar a Curly, pero entonces el alce salió de su estupor y se fue al galope, cruzando su camino.

—Son unos monstruos muy feos —sentenció Ross.

Ahora que el asunto de las Montañas Rocosas estaba resuelto, debería estar de mejor humor, pero le molestó que Teacher le afeara las prisas y la falta de interés por el niño de Vivian. ¿Con qué derecho lo juzgaba?

—Sin duda hay animales más bonitos —admitió Teacher—. Pero son imponentes. Y la carne es deliciosa. Además, la piel de alce es muy suave y valiosa. Las botas y sillas hechas de esa piel son caras.

—Entonces tal vez deberíamos haberle disparado —comentó Ross. Seguía teniendo su arma, pero en todo el trayecto con Teacher nadie había disparado un solo tiro.

El trampero no contestó al comentario de Ross. Debería haber llegado él solo a la conclusión de que no podían transportar la piel de un animal del tamaño de un caballo en las alforjas cruzando las Montañas Rocosas.

Por fin el bosque se abrió tras una de las muchas curvas que dibujaba el camino, y aparecieron unas vistas estremecedoras de las montañas. Las mulas bebieron de los lagos de alta montaña cristalinos, y Vivian tiritaba de frío. Había bajado la temperatura, se veían las primeras extensiones de nieve.

—Mañana llegaremos a Tête Jaune Cache —dijo Teacher—. Es vuestra última oportunidad de volver antes de que el terreno se ponga difícil de verdad.

—¿Qué tipo de sitio es? —preguntó Vivian sin hacer caso de su comentario.

—Un lugar de acampada y reunión en la confluencia del río Fraser y el McLennan —les informó Teacher—. Suele haber nativos, tramperos, cazadores de pieles… y personas como vosotros, que quieren llegar a los yacimientos de oro. Ahí, al pie de las Montañas Rocosas, se forman grupos de viaje…

Ross quiso decir algo, pero Teacher lo interrumpió enseguida.

—¡Seguimos juntos! No tengo ganas de oír la cháchara de tipos que siempre saben más de todo, aunque nunca han estado aquí.

—Pero ¿tú ya habías estado aquí? —insistió Vivian, pese a saberlo. Teacher conocía las Montañas Rocosas, eso era innegable. Le encantaría saber qué lo había llevado a esa zona en una época anterior. Teacher siguió cabalgando en silencio.

Por la noche acamparon junto a un lago, Teacher pescó peces y los asó al fuego.

Vivian fue a prender tabaco para combatir a los mosquitos, pero comprobó que por lo visto habían dejado a esos pequeños incordios en campos más bajos.

Bueno, ¡tampoco iba a echarlos de menos!

No obstante, Teacher se rellenó la pipa.

—Por aquel entonces, en la misión, hace más de diez años —empezó a decir, para sorpresa de su público, y reanudó su historia de unos días antes—, hacía tiempo que empezaba a tener dudas y me habría ido encantado, pero no sabía a dónde.

Entonces llegó Nahli a la escuela. Tenía unos trece años y era de muy lejos, como todos los niños, pero de alguna manera había conseguido ocultar un cachorro de perro bajo la ropa y llevárselo.

La mayoría de los críos se llevaban algo de casa, casi siempre eran amuletos o tallas pequeñas, y todo se lo quitaban en el acto.

El reverendo Lawson se puso especialmente furioso con el perrito de Nahli, tal vez porque, además de saltarse las órdenes de los misioneros, había instigado a los demás niños a no delatarlo durante el traslado.

Tenían que haber ayudado a Nahli a alimentar y esconder al cachorro durante el viaje de varios días.

El caso es que pegó al chico y luego me ordenó que lo acompañara al bosque con el perro.

¡Tenía que vigilar que Nahli matara al animal en persona!

Para mí aquello marcó un antes y un después.

—¡Eso es horrible! —intervino Vivian—. ¿Cómo puede ser la gente tan cruel? ¿Y encima un clérigo?

Teacher soltó un bufido.

—La experiencia me dice que la crueldad forma parte del ser humano.

El caso es que me fui de la misión con el chico y el cachorro después de ir a buscar a Kinmitu al calabozo, la niña con la lengua clavada al paladar.

Después nos pusimos en camino. Por suerte Nahli era un niño muy listo.

Enseguida entendió que quería ayudarlo, aunque ni conocía los puntos cardinales ni sabía orientarme con las estrellas.

Además, en Escocia sí había pescado alguna vez y había atrapado conejos, pero construir trampas, fabricar una caña de pescar de madera…

Jamás habría sobrevivido solo con Kinmitu en plena naturaleza.

Nahli y su perro estaban mejor preparados para eso.

Él nos guio con precisión hacia el oeste, sabía encender hogueras, pescaba peces en los riachuelos con la mano y sabía qué plantas y bayas eran comestibles.

Al principio no teníamos un idioma común, pero Kinmitu ya sabía unas cuantas palabras en inglés.

Nos las arreglamos, y durante el trayecto los niños me enseñaron sus lenguas.

—¿Por qué dices lenguas? —se sorprendió Vivian—. ¿Los nativos no hablan todos la misma lengua?

Teacher sacudió la cabeza.

—No, no. Hay docenas de lenguas, y la de los metís es muy particular.

Nahli era del pueblo de los dakelh, al que los ingleses también llaman Carrier people , el pueblo de los portadores.

La pequeña Kinmitu era de los ktunaxa. Sus idiomas no tienen nada en común, sobre todo porque esos grupos viven en zonas muy distintas.

Kinmitu, a sus siete, ocho años, no sabía dónde estaba exactamente su casa, pero Nahli encontró el camino a través de las praderas, los bosques y cruzando las Montañas Rocosas.

—Entonces ¿la primera vez que estuviste aquí fue con esos niños? —preguntó Vivian.

—Sí. En Tête Jaune Cache nos encontramos con nativos que por suerte no estaban enemistados con los dakelh.

Nos ayudaron con las provisiones para cruzar las montañas, y también con pieles y mantas.

Aun así, fue difícil cruzar la cordillera.

Kinmitu estuvo a punto de morir. —Miró a Vivian y a Ross con el semblante serio y repitió sus consideraciones—.

Pensaos otra vez si de verdad queréis arriesgaros a cruzar.

Ross montó en cólera.

—¿Cuántas veces tenemos que decir a dónde queremos ir?