Capítulo 1 #2
Durante los días siguientes el camino fue empeorando.
Avanzaban entre ciénagas y lidiaron con el viento, que a veces azotaba sin piedad en las praderas.
Muy de vez en cuando se cruzaban con alguien, por lo general eran metís que viajaban en grupos familiares.
Para Vivian y Ross era un misterio de dónde procedían y cuál era su destino.
Teacher, que intercambió unas palabras con ellos en su idioma, tal vez lo habría podido aclarar, pero, como de costumbre, hablaba poco.
Una vez adelantaron a un grupo de hombres que viajaban con carros de bueyes y estaban reparando un eje roto.
Hacía ya casi una semana que llovía sin cesar, y sus animales pisaban estoicos entre el lodo o las corrientes de agua en las que se transformaban los caminos, según fueran blandos o rocosos.
Cuando por fin dejó de llover y descansaron un poco más a mediodía para secar sus pertenencias al sol, Teacher se alejó del campamento y colocó trampas.
Tiempo atrás vivía de cazar animales por sus pieles, y aplicaba métodos que las destrozaban lo mínimo posible.
Cuando Vivian y Ross le hablaron de los ejercicios de tiro con Partridge, él negó con la cabeza.
—Tuvisteis suerte de que no os pillaran los nativos. No les gusta que los forasteros cacen en su territorio, y mucho menos si encima provocan un miedo terrible en los demás animales.
Volvió pasadas unas horas con dos conejos muertos y los preparó para asarlos.
Vivian se lo agradeció. Solo de ver la carne cruda sentía náuseas.
Aun así, engulló con un apetito de lobos cuando la comida estuvo lista.
De hecho, siempre tenía hambre, mientras que en el viaje de Saint-Paul a Fort Garry a menudo no le entraba nada.
Probablemente se debiera al esfuerzo: a veces incluso tenía que vomitar después de horas de cargar con la canoa para luego encima preparar la comida, que a ella le daba arcadas.
Por fin cambió el paisaje. Se volvió más accidentado, y en lugar de lluvia y viento tuvieron que enfrentarse al viento y el polvo.
Las mulas no acababan de avanzar con el viento en contra, y los jinetes se desmoralizaban al tener que espolearlos todo el tiempo.
Por la noche Vivian estaba tan cansada que apenas se tenía en pie.
Se sentía pesada y torpe, no podía creer que unas semanas antes estuviera bailando en claros soleados.
Sobre todo estaba perdiendo su habitual buen humor.
Empezó a dudar de que llegaran algún día a los yacimientos de oro y, aunque los alcanzaran…
¿Encontrarían oro algún día y se harían ricos?
A veces se sorprendía con ganas de llorar sin motivo aparente, y otras se ponía a pensar casi con nostalgia en Inglaterra y en la vida tranquila en casa de su padre.
Justo entonces Teacher adivinó el motivo de todos esos cambios.
Era un día soleado y estaban descansando junto a un río cristalino donde Vivian y Ross aprovecharon para bañarse.
Se quitaron la ropa, hicieron de tripas corazón y se sumergieron un momento desnudos en la corriente helada.
Entre risas empezaron a lavarse el uno al otro con el último jabón oloroso de Vivian, y luego se vistieron con ropa bastante limpia.
Ella comprobó asombrada que el botón de la falda no se cerraba del todo.
Ross tuvo que prestarle un cinturón para sujetarla en su sitio.
—¡Pues sí que has engordado! —le tomó el pelo él cuando volvieron a la tienda, donde Teacher estaba removiendo un guiso de conejo—. ¡Deberíamos reducir tus raciones!
Teacher miró a los dos jóvenes, y posó la vista en la figura por lo general más esbelta de Vivian.
—Pero eso no sería bueno para la criatura —dijo despacio—. Maldita sea, Vivian, ¿por qué no nos ha dicho que estaba embarazada? ¡Jamás la habría dejado venir a esta expedición!
Vivian lo miró estupefacta.
—¿Embarazada? ¿Yo? Pero… —Se agarró el vientre en un gesto mecánico y por primera vez fue consciente del bulto debajo de la ropa—. Yo… no lo sabía…, pero no puedo…
Teacher puso cara de desesperación y se dio en la frente.
—Estáis casados. Es de suponer que celebrasteis la noche de bodas. Y luego tampoco habéis estado conviviendo como si fuerais hermanos.
—Cuando estábamos de viaje con el grupo de Partridge, nunca lo hicimos —aclaró Vivian—. En todo caso antes y…
—Entonces debió de ocurrir antes, porque llevamos dos meses de viaje —apuntó Teacher—. Pero aún no se vería. Tendría que…
—Hace cinco meses —murmuró Vivian—, cuando estuvimos en ese hotel tan maravilloso. Debió de ser entonces. ¡Oh, Ross, qué bonito! —Se le dibujó poco a poco una sonrisilla en el rostro, que dio paso a una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Fantástico! —comentó Teacher, sarcástico—. Estará muy embarazada cuando pasemos por las Montañas Rocosas. ¡Puede que dé a luz en el monte! ¿En qué estaba pensando?
Vivian agachó la cabeza.
—Nos… nos amamos. No pensamos en un niño ni en el camino. Tampoco el trayecto tenía que ser tan largo…
Con tanto desconcierto no se había percatado de que Ross estaba muy callado. Pero Teacher no paraba de comentar la situación.
—¡Vosotros mismos sois unos críos aún! Ahora tendremos que ver hasta dónde llegamos para que puedas parir en algún lugar civilizado.
Fort Edmonton sería el más cercano, luego están Fort George y Quesnel, una población bastante pequeña.
A partir de ahí tendréis que ver qué hacéis cuando esté el bebé.
—Sacudió la cabeza y los miró a los dos—. Voy a lavarme —anunció.
Vivian se lo agradeció. Era evidente que su repentina necesidad de higiene solo era un pretexto para dejarlos un rato solos. Desde la revelación del embarazo, Ross estaba como paralizado. Se había sentado junto al fuego y contemplaba las llamas con gesto sombrío.
Vivian se sentó a su lado. Estaba helada después del gélido baño y seguía conmocionada por la súbita noticia de que iba a tener un niño. Aun así, ya sentía el primer cosquilleo de felicidad.
—¡Vamos a tener un hijo! —exclamó de nuevo—. ¡Ross! ¿No te alegras ni un poquito?
Ross alzó la vista y la miró disgustado.
—¿Alegrarme? ¿Por qué? ¡Teacher tiene razón! ¡No debería haber pasado jamás!
Vivian lo miró.
—Pero ahora ha ocurrido. ¡Y tú has participado igual que yo! —aseguró—. Así que no hagas como si no te incumbiera. ¿Y qué es lo que te parece tan horrible? Queríamos tener hijos.
—¡Pero no ahora! Viv, por el amor de Dios, ahora solo será un estorbo. Llegaremos a los yacimientos de oro meses después y…
—¿No es lo mismo? —le preguntó Vivian—. Ya llevamos mucho más tiempo de viaje de lo previsto.
—¡Pues por eso! —exclamó Ross—. ¿No has oído nunca que los yacimientos de oro se agotan? ¡Todo lo que no excavemos ahora lo extraerán otros! ¡Al final solo quedarán unos cuantos restos lamentables!
Ella se encogió de hombros.
—Es verdad, eso no estaría bien, y tal vez deberíamos hacer otra cosa.
Pero, mira, ¡no tengo por qué ser un estorbo en absoluto!
Me encuentro bien, hace meses que estoy acostumbrada a hacer esfuerzos, y hasta ahora el niño ha sido una compañía fantástica.
Ya verás, también pasará con nosotros por las Montañas Rocosas. —Se acercó más, intentó arrimarse a él.
—O a lo mejor lo pierdes —dijo Ross con frialdad.
Vivian se apartó como si la hubiera pegado.
—¿No… no te alegrarías? —le preguntó horrorizada.
—No, no, por supuesto que no —contestó, y le acarició la espalda para calmarla.
Vivian supo que mentía.