En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

A Vivian le parecía que su guía había exagerado en exceso al hablar de las contrariedades del viaje de Fort Garry a la Columbia Británica.

En realidad había sido sorprendentemente agradable.

Los últimos días antes de partir los habían pasado comprando provisiones: harina, legumbres, azúcar y unas cuantas especias, así como el imprescindible pemmican .

Teacher había insistido en comprárselo a una señora muy concreta, una mujer metís, y, para sorpresa de Vivian y Ross, sabía mucho mejor que la mezcla que conocían.

—Los metís incluyen bayas secas —aclaró Teacher—. Eso añade sabor. Cada mujer tiene su propia receta. La de Janine es la mejor con diferencia.

En general Teacher sabía lo que se hacía.

Había vendido la canoa a muy buen precio y recomendado a sus clientes adquirir a cambio dos mulas.

Ross, que había oído que la mayoría de los viajeros usaban carros de bueyes, estaba preocupado, pero su guía viajaba con equipaje ligero y esperaba lo mismo de ellos.

—Con las mulas iremos más rápido y las maniobras serán más fáciles —informó Teacher con cierta desgana. No le gustaba que se cuestionaran sus decisiones—. A veces las tendremos que guiar, pero no habrá necesidad de empujarlas…

En realidad Vivian habría preferido un caballo, pero luego se enamoró rápido de una mula hembra de color castaño claro que, además de las orejas largas, tenía bastante más crin que la mayoría.

Vivian la llamó Curly y comprobó que le encantaba que le rascaran las orejas.

Ella hundía del todo la delicada mano en las enormes orejas, y Curly sacudía el morro ancho de gusto.

Teacher ya tenía dos hembras de mula, se llamaban Shelley y Carrie.

Ross escogió un mulo blanco castrado que el vendedor le presentó como Fred.

Los animales eran todos afables y tranquilos, cargaban unas sillas y alforjas pesadas, y Vivian se acostumbró enseguida a que las orejas largas se balancearan al ritmo del caminar.

Teacher no exigía a los animales más que ir al paso o de vez en cuando un trote muy lento, aunque el terreno era plano.

Su guía cabalgaba hacia el oeste, y Vivian se preguntaba cómo podía estar tan seguro de que mantenía el rumbo.

No había prácticamente ninguna señalización, no se veía más que hierba por delante y por detrás.

Las praderas parecían infinitas, con la hierba amarilla ondulante y el canto de los pájaros; una vez vieron una manada de búfalos a lo lejos.

Al mediodía hicieron un alto junto a un arroyo, dieron de beber a las mulas y se permitieron una comida.

Vivian le dio un mordisco ansioso al pan con pemmican , era increíble que antes apenas pudiera engullir ese mejunje.

A Ross le sorprendió el apetito de su mujer; a él incluso esa mezcla mejor condimentada le repugnaba.

Teacher no decía absolutamente nada al respecto.

Vivian pensó en cómo soportaba montar durante horas al lado de otras personas sin pronunciar una sola palabra.

Al atardecer, cuando la hierba se teñía de dorado y lucía una belleza irreal, montaron el campamento y Teacher encendió una hoguera.

Vivian escuchó el ruido que hacían las mulas al pastar, el crepitar del fuego y no se cansaba de contemplar el firmamento brillante.

Se acurrucó junto a Ross y volvió a sentirse tan feliz como durante la primera parte del trayecto, cuando aún viajaban a salvo en tren.

Era romántico, de ensueño… De hecho, solo falta­ba un poco de música, pero no cabía esperar nada de eso de Teacher.

Estaba ahí sentado, con la mirada fija en las llamas, perdido en sus pensamientos. A Vivian le seguía pareciendo peculiar.

El segundo día de viaje ya no fue tan bonito.

Llovía un poco, era difícil guardar las tiendas húmedas en los animales y el suelo estaba cenagoso.

Vivian entendió en ese momento la ventaja de las mulas respecto de los bueyes de tiro y el carro, pues sería difícil que las ruedas giraran.

Hacia el anochecer la lluvia remitió, pero a cambio aparecieron más mosquitos para acosar a los viajeros.

Teacher mantuvo la calma, encendió una pipa y además sacó un poco de la tintura apestosa que le había dado a Vivian semanas antes su amiga metís.

Era muy eficaz para mantener a raya a esos pesados, pero el olor era casi igual de molesto.

Teacher había vuelto a encender una hoguera, y cocieron pan plano y luego hirvieron alubias.

No era el día de disfrutar de un ambiente romántico. Vivian estaba más bien irritada.

—Para ser profesor, es asombroso lo poco que habla —comentó cuando Teacher de nuevo se sumió en un silencio.

Él sonrió.

—Hace mucho que no lo soy.

—El camarero de Fort Garry dijo que era usted misionero —prosiguió Vivian con el interrogatorio.

—Hace mucho de eso —dijo Teacher.

—Pero usted no reza. —Vivian no se iba a detener tan fácilmente—. La gente con la que partimos de Saint-Paul rezaba todo el tiempo.

—¿Sirvió de algo?

Vivian lo miró pasmada.

—Bueno, sí —contestó Ross—. Todos hemos llegado bien. No ha muerto nadie ni nada de eso.

—Entonces por mí adelante, si así se siente más seguro. Pero a mí ahórrenme todo ese número. Pueden ir al bosque.

Estaban acampados bajo unos árboles.

—¡Pero eso no sería seguro! —apuntó Vivian—. ¿No dicen que aquí hay osos?

—Pueden confiarse a Dios —respondió Teacher, y sonrió de nuevo.

Vivian puso cara de pocos amigos.

—¡Usted no cree en nada! —le reprochó.

El trampero se encogió de hombros.

—Digamos que yo dejo en paz a los espíritus y ellos a mí. Así, todos contentos.

—¡No hay espíritus! —aseguró Vivian.

—Si da crédito a los nativos, hay incluso bastantes —comen­tó Teacher—.

Para ellos todo está animado. Y yo también creo más en la voz del viento en la hierba de la pradera que en un anciano en el cielo que tolera que se les clave la lengua al paladar con agujas a unos niños solo por hablar su propia lengua.

—Pero ¿qué dice? ¿Quién hace algo así? —preguntó Vivian horrorizada—. ¡Vamos, ahora tiene que contarnos su historia! ¿Qué le arrebató la fe? Al fin y al cabo, debía de ser muy creyente para ir de misión.

Teacher se encogió de hombros.

—Era joven y tonto. Creía lo que me contaban. Personas de todas partes del mundo que nunca habían oído hablar de nuestro Dios y estaban ansiosas por convertirse.

—¿No le apetecía también vivir alguna que otra aventura? —intervino Ross—. Ver otros países…

—Sí, eso se sumó después. Mi familia era pobre.

Eran trabajadores del campo en Escocia. Tenía ganas de salir de ahí, y gracias a la misión recibí algo de formación escolar.

En realidad mi familia quería que yo fuera cura, pero luego buscaban gente para ir a Canadá para llevar la salvación a los nativos.

—Soltó una carcajada maligna—. Me fui con ellos.

Se suponía que íbamos a fundar una escuela y enseñar a los niños.

A leer, escribir, inglés… Me pareció muy razonable.

—Y lo es —comentó Vivian.

Teacher soltó un bufido.

—Solo que no les preguntaron antes a los niños ni a sus padres.

La escuela estaba a unas horas al sur de Fort Garry, y los niños a los que trasladaron ahí procedían de zonas muy alejadas.

Se los quitaron a sus padres y nos los llevaron.

No había opción de huir y volver a casa.

Los misioneros eran estrictos, ninguno tenía niños ni les gustaban.

Les quitaban la vestimenta a las criaturas, y las insignias de su pueblo.

Tenían que olvidar todo lo que habían aprendido sobre sus antepasados y sus espíritus.

Les endilgaron unos uniformes escolares y les prohibieron hablar en otra lengua que no fuera el inglés.

Por la más mínima falta imponían castigos duros.

Pegaban a los niños y los encerraban. Sí, y cuando un niño violaba la prohibición varias veces de hablar su propio idioma, le clavaban agujas en la lengua.

Además, la comida era mala y escasa, muchos niños murieron…

—Eso… ¡eso es horrible! —Vivian no podía creer lo que estaba oyendo—. ¿Y nadie protestó?

—¿Quién? La misión estaba sometida a la Iglesia. Rara vez recibíamos visita, y, si venía alguien, solo veían niños limpios y formales. Cuando moría uno, recibía un entierro cristiano, por supuesto, en un cementerio decente. —Teacher dio una calada a la pipa y volvió a llenarla de tabaco.

—¿Y usted participó en eso? —preguntó Ross, igual de horrorizado que su mujer.

—Era joven y tonto —repitió Teacher—, pero en algún momento no pude seguir creyendo.

Planteé preguntas y me castigaron. Estuve de rodillas durante horas en bancos de iglesia para reflexionar, hacía las tareas más viles.

Recé, pero Dios no me contestó. Permitía todo lo que se les hacía a los niños, y entonces, un día…

No, no quiero seguir contando, hoy ya he hablado más que durante los tres días anteriores. ¡Vamos a dormir! —Se puso en pie.

—¡Pero mañana tiene que terminar de contarnos su historia! —le pidió Vivian—. Queremos saberlo todo, también lo de los espíritus. ¿Cómo empezó a creer en los espíritus?

Teacher sacudió la cabeza.

—No creo en los espíritus. Pero tampoco voy a impedir a nadie que lo haga. Es más, si os ayuda de alguna manera, cambiaos y rezad una oración nocturna. ¡Load al Señor!

Vivian y Ross estaban conmocionados; no se encontraban de humor para loas y agradecimientos. Se arrimaron el uno al otro y pensaron en los niños que habían arrebatado a sus padres en nombre de una religión cruel.

—Si algún día tenemos un hijo, cuidaremos bien de él —murmuró Vivian medio dormida, y de hecho solo quería consolarse.

Ross calló. En ese momento no quería ni pensar en tener su propia familia.