Capítulo 10 #2
El número 8 era de momento el mejor intérprete, sin duda tenía conocimientos básicos de danza clásica y una voz cálida y sonora. El número 6 ni se le acercaba.
Al final le tocó el turno a Jean-Luc, que se sentía muy optimista. Lanzó con elegancia los accesorios, expresó la frivolidad y la gracia de Joe Astar, sonrió y abrió los ojos cuando convenía. Tampoco olvidó la letra, pero, ahora que oía su propia voz en solitario, le pareció un poco floja.
Los tres examinadores estuvieron deliberando y miraron los formularios de solicitud.
—¿Señor Dimarche? —Para sorpresa de Jean-Luc, el señor Porter se dirigió a él—. ¿Es usted francés? ¿De verdad tiene formación en la Ópera de París.
Jean-Luc asintió.
—Sí, señor. Ya tuve un contrato en París en la compañía de ballet con unos cuantos papeles protagonistas garantizados.
—Se nota —comentó Porter—. Su interpretación del baile ha superado con creces la de los demás aspirantes. No queríamos dejar de decírselo…
—¿Pero? —dijo Jean-Luc con resignación. Ya sabía que era una negativa.
—Pero su voz no es suficiente para este tipo de teatro musical.
Su acento aún interfiere, aunque seguro que eso se puede trabajar, y con muchas horas de canto también podría ganar potencia vocal.
De todas formas, eso exige seguir estudiando, sin garantía de éxito.
El caso es que ahora mismo en segunda fila prácticamente no se entiende ni una palabra, ¿cómo iba a llegar a arriba, a la galería?
Lo siento mucho, señor Dimarche, pero no podemos contratarlo para un espectáculo de variedades.
Jean-Luc agachó la cabeza.
—También me gustaría estar en el cuerpo de baile, señor —se ofreció, aunque sabía que los bailarines grupales solían estar muy mal pagados. Si en un futuro próximo no había alguna oportunidad de ascenso, le resultaría difícil asegurarse el sustento.
—No contamos con una compañía de ballet propia —le informó Porter en tono lastimero—.
Por lo menos ningún bailarín es empleado fijo.
Hay unas cuantas bailarinas que necesitamos para números de baile o de fondo en los espectáculos de variedades.
Pero para el clásico danseur noble para el que usted se ha formado no tenemos ningún puesto.
Jean-Luc se mordió los labios.
—Entonces ¿no tengo ninguna posibilidad de trabajar de bailarín en este país?
Porter se frotó la frente.
—Ahora mismo en Nueva York no porque el ballet aún no es importante como expresión artística.
Por supuesto, puede presentarse en teatros de variedades más pequeños, tal vez su voz alcance a llenar salas más pequeñas, aunque no lo creo.
Por lo demás…, no sé si usted está abierto al burlesque .
Tal vez para travestirse, tiene usted una vena muy cómica.
Pero creo que no era lo que tenía en mente cuando escogió la formación en danza clásica.
A Jean-Luc casi le dio un vahído. ¿Papeles en los que tenía que vestirse de mujer y burlarse de sí mismo y de su arte? ¿Actuaciones frívolas y risas sucias entre el público?
—No —dijo a media voz. Y pensó también en su madre, que lo despreciaría por ello. Luego recobró la compostura—. Le agradezco que haya sido tan claro. —Se volvió hacia el jurado—. Y les deseo mucha suerte con su obra.
Cuando salió a la calle se permitió derramar unas cuantas lágrimas. Probablemente jamás se acercaría al baile profesional más que en la escuela de madame LaRue. De vuelta en Franklin Street, se refugió en su cuarto.
Al día siguiente por la mañana madame LaRue lo llamó a su despacho antes de clase. Pese a que ya debía de saberlo por su actitud, le preguntó por el resultado de la audición. Jean-Luc le contestó con sinceridad.
—¿Y cómo fue con monsieur Oberman? —le preguntó.
—¿Sabe que estuve en su oficina? —Jean-Luc imaginaba que ella habría sacado sus conclusiones al aparecer el landó frente a la escuela, pero le sorprendió que lo mencionara con tanta franqueza.
La directora asintió.
—Y también me hago una idea de por qué quería hablar con usted. Conozco los antecedentes.
Jean-Luc suspiró.
—Entonces sabrá cuáles son mis opciones. Puedo quedarme como profesor de baile en su escuela o convertirme en el títere de Joana Oberman. ¿No utilizó usted también la palabra «juguetear» para mi arte?
La directora sonrió.
—Dije «brincar» —le corrigió—. No deja de ser un movimiento activo en comparación con el de una marioneta.
En cuanto a trabajar para mí, por desgracia no tengo buenas noticias.
Al parecer mi prima y yo tendremos que cerrar la escuela después de este semestre.
La señorita Zimmer y unas cuantas escuelas más admitirán a nuestras alumnas.
Ya no puedo mantener el edificio, y, a decir verdad, Thérèse y yo ya estamos hartas de niñas bobaliconas.
Queremos volver a Francia. Tal vez al sur.
Vivir en una casita cerca de Cannes, Niza o Grasse: buen clima, flores, cerca del mar.
A lo mejor seguimos dando algunas clases de piano o inglés, pero ya no todo el día. Creo que nos lo merecemos.
Así que su intuición no le había fallado: la escuela estaba a punto de desaparecer. Jean-Luc miró a la directora y asintió, mientras lidiaba con el nudo que sentía en la garganta.
—Desde luego, madame LaRue, y le deseo suerte de todo corazón. —Se inclinó un poco, luego reunió el valor necesario y planteó la pregunta inevitable—: ¿Cree que la señorita Zimmer o alguna de las otras escuelas podría contratarme?
La directora respondió apenada sacudiendo la cabeza, y le dio un buen consejo que no se podía rechazar:
—Jean-Luc, si ofende ahora a los Oberman, ya no podrá volver a poner un pie en Nueva York.
Ha aparecido varias veces en público con la chica; seguro que ya corren rumores sobre eso, puede apostar por ello.
Y quién sabe lo que Joana dirá sobre usted si acaba con todo esto ahora.
Una mujer ofendida y que se siente rechazada, y encima una como Joana…
Hágase un favor y acepte la oferta de monsieur Oberman.
Estoy segura de que lo ha pensado mucho, y conoce a su hija.
¿Qué cree él que debe hacer usted? Seguro que no anunciará un compromiso directamente, ¿no?
Jean-Luc sacudió la cabeza.
—Me ofreció un puesto en Oberman Shoes. Y yo debería cortejar a Joana con todas las formalidades… —Enmudeció.
Madame LaRue le puso una mano en el brazo.
—Hágalo, Jean-Luc. ¡Y pruebe a querer a esa chica!