En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Tras la conversación con madame Briard y Colette, Jean-Luc se disculpó, cogió el abrigo y el sombrero, y salió de casa.

Estuvo deambulando por las calles, ensimismado, y pronto dejó atrás el French Quarter.

Hacía tiempo que no se sentía a disgusto ni fuera de lugar en las zonas de la ciudad de Nueva York de carácter inglés.

A esas alturas ya era capaz de leer todos los letreros de los locales, entendía artículos de prensa breves y era capaz de seguir una conversación normal y participar en ella.

Si tuviera que volver a buscar trabajo en ese momento, no solicitaría ayuda.

Esa reflexión le dio una idea. ¿Y si volvía a empezar de cero y se centraba en buscar un contrato de bailarín?

En Nueva York estaban los music halls , las damiselas de la escuela hablaban de los espectáculos que habían visto allí.

En las canciones que se interpretaban también se bailaba.

A veces incluso las alumnas más avispadas aprovechaban las pausas entre las clases para cantar un número y dar saltitos.

¿Por qué no probar en uno de esos locales?

Tal vez podría actuar y conseguir un papel.

Así su decisión estaría clara: ¡ni todo el oro del mundo le compensaría rechazar un trabajo de bailarín!

Jean-Luc recordó los nombres de algunos de los teatros, el más próximo era Niblo’s Garden, en la esquina de Broadway con Prince Street. Decidió ponerse a buscar el edificio. Era demasiado pronto para una función, pero seguro que ya había alguien a quien pudiera pedir una cita para actuar.

Al poco rato estaba delante del edificio de tres plantas de ladrillo adornado con columnas clasicistas.

Sobre la puerta destacaba un cartel luminoso, en la entrada había espacio suficiente para que los carruajes pararan.

A Jean-Luc el edificio entero se le antojó imponente, pero no le intimidó.

Al fin y al cabo, la Ópera de París era una magnífica construcción aún más impresionante, y él entraba y salía de ahí con toda naturalidad.

Dejó a la izquierda la espléndida zona de entrada y buscó un acceso al escenario.

No tardó mucho en encontrarlo. Una puerta austera en un lateral del teatro daba directamente a los camerinos de los artistas.

Jean-Luc entró decidido, echó un vistazo y se vio frente a un portero sentado tras una ventanilla de cristal.

—No le conozco. ¿Se ha perdido? —le preguntó el hombre, sin rastro de hostilidad—. Los espectadores acceden por la entrada principal, pero ahora no se puede entrar.

Jean-Luc se disculpó por la intromisión y explicó sus intenciones.

El portero sacó unos cuantos papeles de debajo de la mesa. Era un señor mayor con poco pelo, de voz potente y rostro expresivo. Actor o cantante en otro tiempo, tal vez.

—¡Ah, la audición del miércoles! Pero llega bastante tarde, joven. Bueno, más vale tarde que nunca. El señor Porter quiere cubrir el papel del barón, además de uno o dos papeles secundarios masculinos. A las diez en la sala de ensayo 3. Y si puede rellenarme esto, por favor…

Jean-Luc miró los papeles desconcertado y leyó que se trata­ba de una audición para el papel protagonista masculino en una función titulada ¿Quién eres tú?

Se exigía experiencia en interpretación y formación en canto y baile.

Jean-Luc estaba seguro de cumplir los requisitos de interpretación y baile.

No podía aportar formación en canto. Por supuesto, había recibido clases de música, incluso sabía leer partituras porque siempre le había interesado la coreografía…

Hizo un esfuerzo, rellenó la solicitud y apuntó que ya había actuado en la Ópera de París y podía aportar un diploma de bailarín.

El portero leyó por encima sus datos, lo escudriñó con la mirada y decidió creerle.

—Muy bien, queda inscrito. Como le he dicho, el miércoles, a las diez, en la sala de ensayo 3. ¡Mucha suerte!

Escribió la información en una hoja, se la dio a Jean-Luc y con eso lo despachó.

Se vio de nuevo frente al teatro, estupefacto. ¡No esperaba que fuera tan fácil! Por suerte el Niblo’s estaba preparando una nueva producción, y había aparecido en el momento justo. ¡Si lograba convencer al director, pronto volvería a pisar un escenario!

Como muchos bailarines, Jean-Luc era supersticioso, así que había preferido mantener en secreto su inesperada oportunidad.

Aun así, necesitaba pedir un día libre a madame LaRue, y no quería mentirle.

Casi le sorprendió su amable reacción. Le concedió el permiso sin poner reparos y le deseó suerte para la audición con toda sinceridad.

Aunque se alegraba de que no le pusiera obstáculos, le sorprendió su conducta. Sabía que estaba muy contenta con su trabajo, y además era consciente de que la escuela de madame LaRue pasaba apuros económicos. ¿Por eso parecía dispuesta a dejarlo ir sin poner objeciones?

El miércoles entró puntual y con ropa cómoda en la sala de ensayo 3, que estaba justo detrás del escenario.

Jean-Luc echó un vistazo y le impresionaron el tamaño del escenario y el despliegue técnico.

En el foso de la orquesta cabían entre diez y quince músicos, menos que en la Ópera de París, pero tampoco necesitaban una orquesta sinfónica.

Sin embargo, lo más impresionante era la sala, con una capacidad de tres mil espectadores con varias filas de asientos, según había leído Jean-Luc.

Eran más que en París, las funciones que se representaban ahí debían de ser muy populares.

El camerino en sí era grande y frío como todas las salas de ese tipo que Jean-Luc había pisado alguna vez.

El suelo estaba formado por tablones de madera, de una pared colgaba un espejo y, por supuesto, no podía faltar el piano.

En ese momento la sala estaba abarrotada por sus contrincantes: hombres jóvenes entre los veinte y los treinta años, algunos ilusionados y exultantes, otros más bien nerviosos.

Una parte de ellos se conocían y se lanzaban bromas.

Jean-Luc contó veinte aspirantes, de los cuales como mínimo unos cuantos parecían haber cursado algún tipo de formación de ballet: empezaron a estirar y calentar en la sala, igual que él.

Al fin entraron tres hombres. Uno de ellos pidió silencio, saludó a los participantes en la audición y se presentó junto con sus compañeros: él era el señor Porter, el director de la obra, y lo acompañaban el señor Grant, el compositor, y el señor Woodrow, el director de producción.

A continuación el señor Grant hizo una breve presentación de la naturaleza de la obra, que era de variedades con una trama bastante superficial: un pequeño estafador de Londres finge ser en Nueva York un barón inglés y corteja a una chica a quien cree hija del dueño de un banco privado.

En realidad, su padre dirige un casino. De esa coyuntura se derivan diversos malentendidos: la chica se enamora del barón, por supuesto, pero se avergüenza de su padre…

Al final todo se soluciona en una gran y feliz reconciliación.

—Nuestro barón Astarton cantará y bailará, en parte con la joven Diana, claro.

Para ver quién nos encaja mejor en este papel, el señor Woodrow practicará con ustedes un pequeño número: la escena en que Joe Astar decide dejar de interpretar al barón Astarton.

Da vueltas frente al espejo, canta y baila.

Creo que una hora debería bastar para aprenderse el texto y la coreografía.

El señor Porter y yo los observaremos durante el ensayo, que también nos servirá para sacar nuestras conclusiones.

¡Así que mucha suerte para todos! Ah, sí, para organizarnos mejor a cada uno se le asignará un número.

Jean-Luc recibió el número tres con sensaciones encontradas y se lo pegó a la camisa. De nuevo un número bajo…, pero esta vez no era la buena o la mala suerte la que decidía, sino la habilidad.

A continuación el señor Woodrow reunió a los aspirantes delante del piano y encargó al pianista que había entrado que tocara y cantara la pieza.

No era complicada, la letra era divertida, los accesorios eran un sombrero de copa y un bastón.

El director de interpretación hizo cantar a los chicos la canción unas cuantas veces a coro para que memorizaran la letra y la melodía.

Luego les enseñó la coreografía prevista.

Era sencilla. Unos cuantos jetés rápidos, pas de bourrée y piruetas.

El mayor desafío era manejar el sombrero y el bastón, que había que lanzar y volver a atrapar varias veces, hacer equilibrios con ellos en la mano y girarlos.

Para Jean-Luc todo aquello no suponía una dificultad, dominó el número de baile prácticamente a la primera.

Lo más difícil era ensayar la letra en inglés y el canto, pues nunca había cantado y bailado a la vez, como mucho había tarareado una melodía.

Estaba concentrado en ensayar y no se percató de que pasaba la hora.

De nuevo fue el señor Porter el que rogó silencio y luego repasó una lista.

—Bien. Nos gustaría invitar a los números 3, 6, 8, 12, 16, 20 y 25 a otra audición. ¡A todos los demás, muchas gracias!

El ensayo del número de baile había sido la primera prueba.

Quien no había conseguido un cierto dominio de los pasos y los accesorios quedaba descartado directamente.

Ahora los que continuaban disponían del gran escenario.

Los examinadores ocuparon sus asientos en la segunda fila para poder seguir la actuación a una distancia suficiente.

Empezó el número 25, un rubio joven y atlético, pero que saltaba con cierta torpeza sobre el escenario.

Aun así, tenía una voz bonita y potente y era muy expresivo, transmitía muy bien la actitud pícara del personaje.

Al número 20 se le cayó el sombrero por los nervios, pero por lo demás era un buen cómico y un cantante decente. Lo mismo ocurría con los números 16 y 12.