Capítulo 9
El corazón de Jean-Luc latía con fuerza cuando, en efecto, el lunes vio que un carruaje de los Oberman esperaba frente a la escuela.
No se había sincerado con nadie más, ya tenía suficiente con que madame LaRue lo interrogara el siguiente día lectivo.
Seguro que se había fijado en el landó, un coche tirado por dos caballos.
El cochero saludó escueto y desvió al tiro en dirección a Brooklyn.
La empresa Oberman Shoes había erigido ahí una fábrica moderna, Jean-Luc suponía que las oficinas contaban con unas bonitas vistas del East River.
No vio obreros, pero de las chimeneas salía humo, así que el turno estaba a pleno rendimiento.
La gran entrada de la fábrica estaba cerrada.
El cochero mostró a Jean-Luc el camino a una entrada lateral, donde lo recibió un secretario.
—El señor Oberman le atenderá enseguida —aclaró, y lo llevó a una sala de espera.
Luego llamó a la puerta del despacho del jefe, y se oyó la penetrante voz de Oberman que dijo de inmediato: «¡Pase!».
—Venga, señor Dimarche, acérquese —lo saludó el padre de Joana. Estaba sentado tras un imponente escritorio, pero se levantó y le dio la mano a Jean-Luc. No parecía enfadado—. ¿Un whisky, señor Dimarche? Y siéntese.
Jean-Luc rechazó la copa, pero se sentó muy obediente en una cómoda silla enfrente de la butaca del jefe. Oberman sacó una botella de un armario y se sirvió una copa. Luego él también se sentó.
—Deberíamos hablar sobre mi hija —empezó sin más preámbulos—. Y sobre su futuro.
—¿Está hablando del futuro de mademoiselle Joana? —preguntó Jean-Luc.
El dueño de la fábrica suspiró.
—Bueno, en cierto modo se trata del futuro de los dos. A mi hija se le ha metido en la cabeza casarse con usted, señor Dimarche.
Jean-Luc tragó saliva.
—Yo… yo… Me sorprende, señor Oberman —dijo al fin, aunque no le sorprendían tanto las pretensiones de Joana como la reacción de su padre.
Parecía que Oberman estaba considerando en serio cumplir los deseos de Joana—.
No sé qué decir. No le he hecho ninguna proposición a su hija…
Jamás me atrevería a mantener una relación con ella.
Oberman bebió un trago largo de la copa. Luego se volvió de nuevo hacia Jean-Luc.
—Estoy convencido de ello, señor Dimarche. Tampoco lo considero un cazafortunas. Al contrario, me impresionó mucho que rechazara el bonus por acompañar a Joana al baile de la escuela en junio, como le dije. Su conducta fue intachable en todos los sentidos.
Jean-Luc se preguntó a qué venía entonces toda la conversación. Esperó, aunque la cabeza le daba vueltas y el corazón le latía desbocado.
—Pero, mire —retomó la palabra Frederick Oberman—. Si se casa con mi hija, no tendrá que esperar a la herencia. Joana ya es propietaria a día de hoy del cincuenta por ciento de mi empresa. Tendría unos ingresos mensuales asegurados…
Jean-Luc se incorporó, reunió todo el valor e interrumpió al padre de Joana.
—¡Señor Oberman! ¿Por qué me ofrece a su hija?
—preguntó sin tapujos—. Hasta ahora me daba la impresión de que no era el yerno que usted deseaba.
Y lo entiendo perfectamente. Seguro que preferiría casar a su hija con el vástago de otro fabricante, tal vez con el hijo de un abogado de renombre o de una respetable familia de médicos.
Oberman suspiró sin disimulo.
—Habría preferido un enlace con mi futuro sustituto. Un joven con instinto empresarial, hábil y que sea de mi cuerda. Por desgracia, Joana no muestra ningún interés…
—Podría imponer su autoridad —comentó Jean-Luc, animado por la sinceridad de su interlocutor—.
Eso no significa que Joana se abra a ser su futuro reemplazo.
Pero podría encontrar a otro joven que se adapte mejor a su idea, señor.
Sin duda yo no soy el adecuado. Deje claro a su hija que debe tomarse su tiempo antes de comprometerse.
Envíe a Joana un año a París. Páguele un viaje por el mundo…
Oberman se rio con aspereza.
—Si quisiera hacer un viaje por el mundo, se lo podría pagar ella.
Pero veo que debo ser sincero con usted.
—Bebió otro trago del whisky—. Más de lo que ya he sido hasta ahora.
Mire, entre mi padre y yo hubo algunas diferencias antes de su muerte en relación con la empresa.
Yo quería ampliarla y guiarla hacia la producción mecanizada, mi padre quería conservar las antiguas estructuras de la manufactura.
Se enfadó y se obcecó y, para impedir que llevara a cabo la reorientación, nos dejó en herencia Oberman Shoes a Joana y a mí a partes iguales.
Así que Joana habría podido detener cualquier innovación y ponerme muchos palos en las ruedas.
Resulta que he tenido la suerte de que nunca sintiera verdadero interés por la empresa.
Me deja hacer y deshacer a mi antojo. Sin embargo, desde que ha entendido las posibilidades que se le abren siendo la titular de su participación, aprovecha su derecho a voto para presionar.
—Volvió a coger su copa—. Eso significa que Joana consigue lo que quiere…
casi siempre. He tenido que intervenir una o dos veces como tutor legal, pero en mi opinión un matrimonio con usted no sería ningún drama.
Usted podría contribuir a la empresa o simplemente estar disponible para Joana.
—¡Pero, señor, yo no soy una mascota! —se indignó Jean-Luc. Se estaba empezando a hartar de las reflexiones estratégicas de Oberman—. ¡Ni mucho menos un siervo!
—Nadie dice eso —intentó calmarlo Oberman—.
Solo quiero decir que no tendría obligaciones.
Pero, ya que lo menciona, yo tampoco creo que usted sea un hombre de dormirse en los laureles.
Por eso me gustaría ofrecerle un puesto en mi empresa.
Así podría aprender de qué va esto y ganarse a Joana de la forma más clásica.
Puede que ella cambie de idea. O que usted se enamore de verdad, es una chica lista y guapa.
Podría ascender hasta un puesto de directivo.
Así nadie diría que Frederick Oberman le ha comprado un marido a su hija.
¡Piénselo, señor Dimarche! No puedo obligarle a nada, pero tampoco le perjudicaría.
—Soy bailarín —dijo Jean-Luc.
—Usted era bailarín —precisó Frederick Oberman—. Pero jamás podrá volver a Francia.
Jean-Luc se preguntó cómo lo sabía, probablemente había hecho indagaciones sobre él.
—Y aquí… Como le he dicho, piénselo. Y hágamelo saber cuando haya tomado una decisión.
Jean-Luc estaba como en trance cuando el landó lo llevó de vuelta al barrio francés. No sabía si alegrarse de que Colette llegara casi al mismo tiempo y le dedicara una sonrisa alentadora cuando abrió la puerta de casa de madame Briard.
—Me alegro de encontrarme con usted, monsieur Dimarche —dijo.
Ya había pasado el mediodía, pero aún llevaba la triste falda negra que exigían en su escuela a las profesoras—.
Quería hablar con usted. Después de clase me he encontrado con Jacqueline, mi amiga que trabajó en la escuela de la señorita Zimmer.
Jean-Luc prestó atención.
—¿Y ha hablado con ella sobre Joana Oberman?
Colette asintió.
—Ahora mismo se lo cuento, pero tenemos que incluir a madame Briard. Ya sabe lo curiosa que es.
Lo dijo con una sonrisa indulgente, y a Jean-Luc también le animó el comentario. Los dos querían a su casera y les divertía el vivo interés de madame Briard por los chismorreos.
—Puedo preparar un café —se ofreció él.
Poco después estaban sentados en el acogedor salón de madame Briard dando sorbos al café intenso. Entre ellos había unos dulces que desprendían un olor tentador.
—¡Bueno, primero usted, Jean-Luc, y luego usted, Colette! —estableció la señora, ansiosa, y mordió una galleta de mantequilla—. ¿Con qué le amenaza monsieur Oberman si aparta sus garras hoy mismo de su hija?
—Quiere convertirme en un hombre rico —aclaró Jean-Luc— siempre y cuando acceda a casarme con su hija.
A continuación resumió a las dos mujeres su conversación con el padre de Joana. Ambas escuchaban embelesadas. Luego Jean-Luc y madame Briard desviaron la mirada hacia Colette.
—¿Su historia puede arrojar algo de luz en la oscuridad, Colette? —preguntó madame Briard—. Quiero decir, está claro que la chica es muy dominante, pero su padre debería estar contento de que sus sentimientos no sean correspondidos por Jean-Luc. Sin novio no hay boda…
—De hecho, habría que tener en cuenta otra cuestión.
—Colette esperó un momento y bebió otro sorbo de café—.
El escándalo por culpa del cual Joana Oberman tuvo que abandonar la escuela de la señorita Zimmer fue un amorío con el jardinero.
Es un joven irlandés y, según Jacqueline, sin duda iba detrás del dinero de Joana. Seguro que sedujo a la chica…
Jean-Luc arrugó la frente. Después de su experiencia con Joana Oberman, tenía sus dudas.
—El caso es que los pillaron besándose en el jardín de la escuela. La señorita Zimmer se puso hecha una furia. Despidió al chico de inmediato y sugirió al señor Oberman que sacara a Joana de la escuela y la casara lo antes posible.
—Pero ¿por qué tiene que afectarme a mí ahora? Encima después de tantos meses —preguntó Jean-Luc.
—Deje que Colette continúe, por favor —dijo madame Briard, y se volvió de nuevo hacia su inquilina—. Entonces los separaron…
—Por desgracia, según Jacqueline, eso no supuso el fin de su aventura —prosiguió Colette—.
Al contrario. El joven se buscó un trabajo nuevo, esta vez muy cerca de los Oberman, y siguió viéndose con Joana.
Su padre le cantó las cuarenta, como es lógico, pero ella estaba decidida a casarse con el irlandés en cuanto lo tuviera permitido sin la aprobación de su familia.
Entonces el señor Oberman insistió en que siguiera yendo a la escuela para que por lo menos pasara una parte del día bajo vigilancia.
Bueno, así llegó a su escuela, Jean-Luc, y se enamoró de usted.
De pronto Jean-Luc lo entendió todo, incluido el peculiar comentario de Oberman delante de madame LaRue: «mejor que un jardinero».
—Soy el mal menor, por así decirlo —resumió su miseria.
—¿Y qué va a hacer? —Colette le lanzó una mirada compasiva.
Jean-Luc guardó silencio. No sabía qué responder.