En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Las zapatillas de ballet, monsieur, son calzado de trabajo igual que las botas de los buscadores de oro.

Su producción es extremadamente costosa, y las fábricas de Francia ganan mucho dinero con ellas porque los bailarines utilizan muchísimas zapatillas.

De media se gasta un par en una semana, una prima ballerina o un danseur noble pueden destrozarlo en solo una noche.

Además, los bailarines saben mucho de su fabricación porque las zapatillas les deben ir perfectas, las costuras tienen que sentarles bien.

Muchos vuelven a coserse las zapatillas para que se agarren y se deslicen mejor.

La mayoría son de seda o de cuero ligero…

—Jean-Luc podría haberse pasado horas sentando cátedra, pero sabía que ya estaba aburriendo a su público.

—Ya ve, Frederick, su preciosa hija se ha buscado a un experto en su oficio —comentó la señora Van Rennsselaer, ahora algo menos nerviosa—.

¿No le apetece inaugurar el baile con su encantadora…

eh… acompañante, monsieur Dimarche? Seguro que son la pareja más bonita del baile. ¡Háganos partícipes de su arte!

A Jean-Luc no le apetecía en absoluto, le parecía que ese honor le correspondía al padre de Joana y la señora Delaney, pero Joana ya se había levantado.

—¡Una idea fantástica! —exclamó, y esperó a que Jean-Luc también se pusiera en pie y le ofreciera el brazo. A continuación la guio en los valses que habían ensayado a la perfección para el baile de debutantes, y no le habló hasta que todos giraron también alrededor al ritmo de la música.

—¡Joana, por favor, déjelo ya! No sé qué pretende, pero está dando la impresión a la gente de que estamos prometidos o a punto de estarlo. No es algo en absoluto del agrado de su padre, y a mí me pone en un compromiso. Yo…

Joana se echó a reír.

—¿Y tan grave sería? —le preguntó—. ¿Tan repugnante me encuentra que no es capaz ni de imaginarse pidiéndole la mano a mi padre?

—Sería inapropiado —contestó Jean-Luc—. No pertenezco a sus círculos, su padre jamás me aceptaría…

—¡Pero usted sabe de calzado! —Levantó la cabeza y le sonrió—. ¿Por qué no se arriesga?

—Joana, yo… no la quiero. No quiero ni puedo casarme con usted.

A Jean-Luc su propia reacción le pareció brutal, pero le daba la sensación de que solo servía ser claro. Sin embargo, Joana despachó sus objeciones con una sonrisa.

—En junio, en el baile de la escuela, mi impresión fue muy distinta. Las miradas que usted me lanzaba…, el beso…

—¡Fue un beso en la mano, Joana!

—¡Deberíamos ir al jardín y probar con un beso de verdad! —Esquivó coqueta todas sus réplicas de nuevo—. Hace tiempo que quiero que me bese de verdad de una vez. ¡Venga, Jean-Luc!

Tiró de él hacia el ventanal que separaba el salón de baile de un precioso jardín con una magnífica iluminación. Un pórtico de cristal daba al exterior.

—No, mademoiselle Joana. ¡Por favor, ni puedo ni quiero! —Jean-Luc estaba cada vez más desesperado. Si armaba aún más alboroto y tenía que resistirse en serio a salir con ella fuera… Sería un escándalo si los demás invitados se percataban de su discusión—. ¡Mejor nos tomamos otra copa de champán!

Respiró aliviado cuando ella transigió.

—¡El champán te relajará, querido! —canturreó Joana tuteándolo en un exceso de confianza, con lo que, una vez más, se saltó todos los límites.

Jean-Luc empezó a sospechar que se había animado con la bebida más de lo aconsejable.

No se había fijado en cuánto bebía cada uno en la mesa, pero sí se había percatado de que los camareros no paraban de servir.

Cogió dos copas de la bandeja de uno de los sirvientes y llevó a Joana de nuevo a su mesa.

Cuando los dos estuvieron aposentados, le dio la copa.

Por suerte estaban solos, las demás parejas bailaban.

Jean-Luc esperaba que la joven por fin entrara en razón, asumiera el esplendor de la velada y representara a su familia con dignidad a partir de ese momento.

Se suponía que las clases en escuelas honorables como la de madame LaRue o el centro parecido de la señorita Zimmer las preparaban justo para eso.

Joana Oberman tenía toda la intención de representar a su familia, pero su concepto de la dignidad y la buena conducta difería notablemente del de Jean-Luc. Agarró su copa, la levantó de nuevo y luego invitó a Jean-Luc a seguirla.

—¡Deberíamos saludar a algunos de los invitados! —propuso, y acto seguido fue mesa por mesa hablando con conocidos.

La mayoría eran los invitados más jóvenes, Jean-Luc deseó que lo tragara la tierra cuando reconoció a dos antiguas alumnas sentadas con sus padres y sus acompañantes varones en una mesa.

Una de las damiselas presentó como su prometido al joven oficial que tenía al lado, de lo más apuesto con su uniforme.

El resto de los invitados, fueran jóvenes o mayores, llevaban la curiosidad escrita en el rostro.

¿El profesor de baile de madame LaRue en una celebración de los Oberman?

¿Cuál era su papel? ¿Y por qué la señorita Joana Oberman buscaba su cercanía con tal descaro?

Jean-Luc imaginaba perfectamente todas las preguntas que sin duda se hacían los invitados presentes.

Aun así, aguantó la velada como pudo, con disciplina y contención.

Cuando Joana le exigió al despedirse que se besaran en las mejillas a la francesa, él no se negó, aunque no fuera nada apropiado y no reflejara en absoluto sus sentimientos.

Mientras Joana se despedía con educación de la señora Delaney, que ya tenía el carruaje esperando, su padre se volvió hacia Jean-Luc.

—Joven, creo que tenemos que hablar. ¿Podría venir a mi despacho el lunes? —En realidad la pregunta no admitía réplica.

—Los lunes doy clases —intentó disculparse Jean-Luc de todas maneras. Si algo no le apetecía era una conversación con el padre de Joana.

—Entonces después de las clases —decidió Frederick Oberman—. Haré que lo vayan a recoger.

No toleraba la desobediencia, igual que su hija.

—Bueno, le va a sermonear a base de bien, por supuesto —co­mentó madame Briard cuando le contó la velada en casa de los Oberman a la mañana siguiente.

Era domingo, y su casera lo había invitado a desayunar junto con mademoiselle Colette. Había cruasanes calientes y brioches recién hechos, para él solía ser un festín, pero el día anterior había estropeado el apetito de Jean-Luc. Madame Briard, en cambio, se lo tomó a la ligera.

—Y desde luego no le va a creer cuando le diga que la iniciativa no es suya, sino de su hija —continuó—.

Lo mejor será que aguante como pueda, tal vez podría incluso disculparse, y luego todo habrá terminado.

Apuesto a que monsieur Oberman mantendrá hoy mismo una conversación seria con su hija.

Ese entusiasmo infantil por un profesor es del todo comprensible, pero la chica exagera.

Y perjudica la buena reputación de la familia.

—¿Oberman, dice? ¿El barón del calzado? —Mademoiselle Colette untaba mantequilla en el cruasán. Era una joven menuda y discreta, simpática pero callada. Rara vez aportaba mucho a las conversaciones en la mesa—. El invierno pasado ya pasó algo…

—¿El qué? —le preguntó madame Briard, intrigada.

Colette se encogió de hombros.

—No lo sé exactamente, solo oí algo. La chica se llama Jeanne o algo parecido, ¿no?

—Joana —la corrigió Jean-Luc.

—Estaba en la escuela de la señorita Zimmer, ¿verdad?

Conozco a la profesora que da francés ahí, y mencionó algo.

Nada concreto, claro… La dirección de la escuela exige discreción.

—Colette le dio un mordisco al cruasán—.

Ahora ya ha pasado el tiempo… —No siguió hablando hasta que masticó y tragó el bocado.

Los modales de Colette eran impecables—. Podría preguntar por ahí.

Jean-Luc la miró agradecido.

—Sería todo un detalle —comentó—. ¿Sabe?

Joana Oberman me resulta inquietante. No porque sepa lo que quiere, eso me parece más bien positivo, y estoy acostumbrado por las bailarinas de la Ópera de París.

Pero que su padre le siga el juego… Jamás debería haberme invitado a ese baile en su casa.

De hecho, ya debería haberle puesto coto con el asunto del baile de debutantes.

En París tuve a una alumna de gran talento, hija de un lord inglés.

Podría haber llegado lejos, pero el padre tenía otros planes y obligó a la chica a dejar la Ópera.

Quiso hablar en un tono neutral, pero madame Briard percibió los matices a la primera y le puso una mano en el brazo con suavidad, a modo de consuelo.

—Y no se la puede quitar de la cabeza, mi querido Jean-Luc, ¿verdad? Lo siento. Entonces no hay lugar en su corazón para la pequeña heredera millonaria…