Capítulo 8
El baile para las jóvenes debutantes era de ensueño.
Astor House, el mejor hotel de la ciudad, ya resplandecía desde fuera bajo la luz de las lámparas de gas, y unas arañas de cristal de Bohemia iluminaban el enorme salón de baile.
El parquet brillaba pulido y los invitados aguardaban en el borde de la pista de baile y en la galería.
Una orquesta de salón tocaba de fondo sobre la tarima, bajito al principio, pero aumentó el volumen cuando las debutantes y sus caballeros se colocaron para entrar.
Jean-Luc encabezó la polonesa con Joana, y justo detrás iba Doris Morissey de la mano de un apuesto estudiante de Harvard de la conocida familia Schuyler.
Tras una breve danza de pasos sonó el primer vals, que las debutantes exhibieron aún en formación.
Desde la galería era una imagen deliciosa.
Luego Doris y su padre, un hombre corpulento, inauguraron la danza de las señoritas con sus padres, y a continuación se abrió la pista de baile.
Jean-Luc invitó de nuevo educadamente a Joana para luego disculparse diciendo que seguro que madame LaRue quería bailar una vez.
Para entonces se alegraba de no estar sentado con los profesores, a los que se habían unido también los padres de las chicas que aún eran demasiado jóvenes para participar en el baile.
Madame LaRue, su prima Thérèse y monsieur Allart mantenían una conversación educada con ellos mientras el champán ya corría entre las filas de las debutantes y sus padres.
Madame LaRue giraba un poco rígida en brazos de Jean-Luc; en cambio Thérèse, que era mayor, mostró mucho más entusiasmo.
Después llegó el momento de la presentación de las jóvenes damas «en la corte», y la señora Schermerhorn Astor se aposentó en su palco de honor como una auténtica reina.
Doris Morrissey era la primera en hacerle la reverencia, y lo hizo con tanta gracia que sin duda la primera dama de Nueva York olvidó que hasta entonces el apellido de Doris se había asociado más a las casas de juego y los cuadriláteros de boxeo que al encanto y la elegancia.
La señora Astor dedicó una palabra amable a cada debutante y una sonrisa benévola: ninguna verdadera monarca lo habría hecho con más estilo.
Así terminaron las formalidades y el baile siguió su curso. Más tarde se abrió un bufet, si bien solo de pequeños refrigerios. De todos modos, las damas de la sala iban todas tan ceñidas que apenas podían tragar nada.
Jean-Luc, en cambio, en un momento dado empezó a sentirse un poco embriagado por el alcohol, la música y el baile, y a manifestar sentimientos más afables hacia Joana.
Hasta entonces le había parecido agresiva, pero en ese momento casi le agradecía que hubiera insistido tanto en imponer su voluntad.
En todo caso, lo había ayudado a pasar una velada fantástica, y, cuando bailaba con él, la sonrisa se le contagiaba también a los ojos.
Si cerraba los suyos, él se imaginaba guiando a Vivian Altham por el parquet.
No obstante, la sensación de flotar esa noche se debía más al champán que a la gracia de la joven que tenía en sus brazos.
Cuando por fin el carruaje los llevó de vuelta a la mansión de los Oberman, el beso que le dio en la mano a modo de despedida le salió de dentro, su sonrisa era sincera y la siguió una mirada casi lastimera mientras entraba en la casa del brazo de su padre.
El hechizo se rompió cuando regresó dando un paseo por las calles nocturnas hacia el French Quarter.
Había sido bonito, pero no le entristecería no volver a ver a Joana Oberman y a su padre.
Fredrick Oberman le había dejado muy claro cuál era su sitio al no pedir a su cochero que llevara a casa al caballero de su hija después del baile.
Habían tocado las doce, y Cenicienta debía volver a la cocina…
Después del baile, madame LaRue cerró la escuela para las largas vacaciones de verano, y en septiembre admitieron a una nueva promoción de alumnas.
Eran solo cinco chicas jóvenes, de entre doce y trece años, y eso inquietaba a la directora.
Había tenido que aumentar la matrícula ese curso para poder salir adelante económicamente, y eso implicaba que familias que contaban con unos buenos ingresos, pero que no eran ricas, ya no podían permitirse su escuela.
Jean-Luc empezó a preocuparse por su trabajo, aunque acudió a su puesto con ánimo renovado para transformar a los patitos torpes que daban tumbos por el salón de baile en orgullosos cisnes.
Sin embargo, poco después del inicio de curso, le llegó de improviso la invitación a una cena con baile.
Para Frederick Oberman era un honor ofrecer un banquete seguido de un baile.
Jean-Luc, sorprendido porque hubieran pensado en él, quiso declinar el ofrecimiento, pero madame Briard le aconsejó que no lo hiciera, y madame LaRue tampoco puso reparos.
—Joana Oberman ya no es alumna nuestra. Si va o no a ese baile es un asunto personal suyo, monsieur Dimarche.
Pero yo en su lugar procuraría no ofender a los Oberman.
Esta ciudad vive de los buenos contactos, mantener una relación amistosa con una casa como la de los Oberman podría salirle a cuenta algún día…
Jean-Luc iba a preguntarle con picardía si creía que el empresario Oberman pretendía inaugurar un teatro de baile en un futuro próximo, pero se contuvo. Madame tenía razón: los Oberman le ofrecían una entrada a la alta sociedad. Sería una locura rechazarla.
Así, el día del baile Jean-Luc se enfundó otra vez el traje nuevo, compró un ramo de flores bastante más grande que la última vez y se dirigió puntual a la mansión de los Oberman en Washington Square.
No le sorprendió que el salón de banquetes de Frederick Oberman estuviera casi a la altura del de Astor House en elegancia.
En casa de los Oberman habían dispuesto alrededor de la pista de baile seis mesas decoradas con gusto y sitio para ocho invitados cada una.
Frederick Oberman, su hija y una mujer mayor que ejercía de compañera de mesa de Frederick saludaban a los invitados en la entrada de la sala.
Joana llevaba un vestido color verde manzana para la ocasión a juego con los ojos, pero que no le favorecía y resaltaba que había engordado un poco desde que había terminado los estudios.
Ni siquiera el corsé tan ceñido lo ocultaba.
Aun así, Jean-Luc le aseguró que estaba arrebatadora, hizo una reverencia cortés y agradeció la invitación como correspondía.
—Puede quedarse aquí, será usted mi acompañante de mesa —aclaró Joana.
Jean-Luc se sintió muy incómodo. ¡No era apropiado que saludara a los invitados que ni siquiera conocía casi como si formara parte de la familia!
Por otra parte, no podía ocupar su sitio en la mesa delante de su dama, y los Oberman serían los últimos en sentarse, por supuesto.
Así que se colocó con discreción detrás de padre e hija, se limitó a amagar un saludo a los invitados y no se tomó como una ofensa que el anfitrión no lo presentara.
Al final siguió a Frederick Oberman y a su compañera de mesa Margaret Delancey, una señora de buena familia que había enviudado de forma prematura.
Joana Oberman caminaba orgullosa como una novia junto a Jean-Luc.
Ya se arrepentía de haber aceptado la invitación. Prometía ser una velada difícil.
De todas formas la comida era deliciosa, y tanto los Oberman como la señora Delaney conversaban educadamente, aunque se dirigían más bien al matrimonio Van Rensselaer, que también estaba sentado a su mesa y pertenecía a la muy apreciada familia Schuyler-Van Rensselaer.
Eran originarios de los Países Bajos y se habían asentado en la ciudad cuando Nueva York aún se llamaba Nueva Ámsterdam.
La conversación giraba en torno a una finca junto al río Hudson que Frederick Oberman quería comprar como residencia de verano.
Solo Joana implicaba de vez en cuando a Jean-Luc en la charla.
—¿Le gusta la vida de campo, Jean-Luc? ¿O prefiere la ciudad? ¿Echa de menos París?
París fue un buen apunte, los Van Rensselaer habían estado y se deshicieron en elogios de la ciudad y su cultura.
Jean-Luc les dio la razón y les informó de los conciertos y funciones a los que había asistido.
No mencionó su profesión, y Joana también lo evitó.
Solo Frederick Oberman, que esa noche parecía bastante irritado, comentó que, en su ciudad natal, Jean-Luc formaba parte más de los artistas creadores que de los admiradores de las bellas artes.
La señora Van Rennsselaer sonrió al joven.
—¿De verdad? ¡Déjeme adivinar! ¡Usted podría ser pintor! ¿O se dedicaba a la poesía? ¡No hay nada más rápido para ganarse el corazón de una dama! —Al decirlo lanzó una mirada a Joana.
A continuación Jean-Luc reveló cuál era su profesión, y la conversación enmudeció un segundo. La pintura y la poesía se consideraban ocupaciones respetables para los jóvenes haraganes de familias acaudaladas, pero ¿el ballet? Al final la señora Van Rennsselaer soltó una risa afectada.
—Bueno, por lo menos en el sentido más amplio tiene que ver con el calzado —comentó, nerviosa.
Su marido soltó una carcajada atronadora.
—Entonces ¿crees que Frederick cambiará en breve su producción de zapatos de trabajo por las zapatillas de ballet?
A Jean-Luc no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación, y a Frederick Oberman parecía que le bullía el cerebro. Lo mejor habría sido cambiar de tema, pero Jean-Luc tampoco estaba dispuesto a permitir que alguien se burlara de su arte.