En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

En su primera clase particular a Joana ya no se le notaba el disgusto.

Entró en la sala con una sonrisa, y Jean-Luc se esforzó en tenerla contenta interpretando para ella la pequeña función que había improvisado meses antes para las otras chicas: los andares de princesa y príncipe, la reverencia, así como la inclinación perfecta.

Cuando se inclinó ante ella, Joana estaba radiante y se esmeraba en imitar sus movimientos.

—Pero ¿no debería guiarme? —preguntó cuando Jean-Luc la animó a caminar con gracia—. ¿Como el otro día?

Jean-Luc sacudió la cabeza.

—Eso era en la polonesa —aclaró él—. Ahí la dama va del brazo del caballero. Pero si usted, por ejemplo, acude a una presentación en casa de la señora Astor, va sola. O, mejor dicho: ¡camina!

Tal vez Joana se pareciera un poco físicamente a Vivian, pero carecía de su gracia natural.

Jean-Luc necesitaba paciencia para limar los movimientos, y mucha diplomacia.

Joana se ofendía con facilidad cuando la corregían.

Por supuesto, aprendía, tampoco es que el resto de sus alumnas hubieran nacido para ser bailarinas, pero requería un apoyo constante.

Jean-Luc respiró tranquilo cuando por fin llegó a ser lo bastante buena para dejar de llamar la atención entre las demás chicas.

Por fin se acercaba el baile de debutantes y era el momento de asignar a las chicas los anhelados compañeros de baile masculinos.

Madame LaRue había formado las parejas tras unas complejas reflexiones, y estaba informando a las jóvenes damas cuando Joana regresó al salón de baile al terminar la clase y se dirigió a Jean-Luc.

—No voy a ir al baile con ese Richard Sinclair —aseguró. Le habían asignado al joven, un estudiante de Harvard. Era un poco mayor que los demás y se consideraba un buen bailarín—. ¡Yo bailaré con usted!

Jean-Luc reaccionó molesto.

—Pero, Joana, yo no soy su pareja de baile. Soy su profesor. No puedo acompañarla al baile de debutantes.

—No es mucho mayor que los demás jóvenes que ha seleccionado madame LaRue —apuntó Joana—. Pero baila mucho mejor. Para mí es un placer bailar con usted. Me siento ligera como una pluma. Como debe ser. Así que bailaré con usted.

—Pero yo…

Jean-Luc se sintió del todo abrumado ante semejante descaro. Joana hablaba como si no hubiera duda de que él fuera a conformarse.

—Joana —volvió a intentarlo a continuación—. Este baile sirve para que las damas y los caballeros jóvenes de la alta sociedad se presenten entre sí. Yo no pertenezco al círculo en el que un día se casará usted. En eso mi edad carece de importancia.

—Es cierto, se trata de dar la mejor imagen posible —tergiversó Joana sus palabras—. Si voy de su mano lo conseguiré. Con quien me case algún día…

Dejó de hablar, pero a Jean-Luc le dio la sensación de que ahí podría ir un «… ¡eso lo decido yo!».

Tragó saliva.

—Joana, como le he dicho, no es posible…

—¡Pues consiga que sea posible! —ordenó Joana, y se fue como una exhalación.

Jean-Luc pidió de nuevo hablar con madame LaRue. Ella lo volvió a escuchar en silencio, pero no pudo evitar que los rasgos de la cara la delataran en cierta manera.

— Mon Dieu , ¿qué se cree esa chica? —exclamó al final.

—En mi opinión, mademoiselle Oberman cree que puede conseguir todo lo que se le antoje —puntualizó él—. Ahora depende de usted, madame LaRue, decidir si queremos darle la razón o ponerle límites.

La directora suspiró.

—Los límites debería ponérselos su padre —dijo—. ¿En prin­cipio usted estaría dispuesto a llevar a la joven dama al baile? ¿Por el bien de nuestra escuela? Además…, bueno, lo que quiero decir es que… después todos la perderemos de vista para siempre.

Jean-Luc se detuvo un momento. ¿De verdad la solución era plegarse a la voluntad de esa joven nueva rica?

Tragó saliva y observó a madame LaRue al otro lado del lustroso escritorio, pulido y siempre ordenado.

Nunca había visto a la directora de la escuela, por lo general muy segura de sí misma, tan aturdida y resignada. Al final se encogió de hombros.

—Si es su deseo, madame LaRue, puedo hacerlo, por supues­to. Y tenga por seguro que pondré todo mi empeño en ello, por el bien de su escuela. —Hizo una pausa—. Sin embargo, debo confesarle que no dispongo del vestuario adecuado.

—Hablaré con monsieur Oberman —le prometió madame LaRue—. Tal vez consiga que su hija entre en razón.

Al día siguiente por la mañana la directora de la escuela convocó a Jean-Luc en su despacho en la primera pausa.

—Monsieur Frederick Oberman celebra que usted lleve a su hija al baile. Las palabras exactas fueron «mejor un bailarín que un jardinero», desconozco qué quería decir con eso. En todo caso, está dispuesto a pagarle un bonus considerable.

Jean-Luc se puso rígido.

—¡No voy a permitir que me paguen por ir con una mujer a un baile! —dijo él con mucho pundonor—. ¿Cómo se sentiría la chica? Joana es una niña mimada, pero también tiene su dignidad.

Madame LaRue arrugó la frente.

—Pero si siempre le han pagado por bailar.

—A mi pareja también le pagan —repuso Jean-Luc—. En cambio deduzco que mademoiselle Oberman ignora que su padre me «alquila», por así decirlo.

La directora enarcó las cejas.

—Espero que no se equivoque, monsieur Dimarche. Pero está bien, como quiera, volveré a hablar con monsieur Oberman. ¿Y su vestimenta de etiqueta?

—La pago yo —aclaró Jean-Luc, y soltó un suspiro apenas audible—. De todas formas, a la larga necesitaré un buen traje.

Madame Briard al final le confeccionó el traje a medida y solo quiso aceptar el dinero de la tela. A cambio él tuvo que escuchar sus simpáticas bromas mientras se lo probaba.

—Ha hecho que la niñita rica pierda la cabeza por usted. —Se rio y siguió hablando de forma confusa, con la boca llena de alfileres—. Muy bien. Si papaíto sigue dejándose mangonear por la pequeña Joana, ¡puede que saque un buen partido!

—¡Pero si yo no quiero casarme! —se defendió Jean-Luc—. No antes de volver a poner un pie en mi verdadera profesión.

—Pie es una buena palabra clave —comentó madame Briard—. ¿Frederick Oberman no tiene una fábrica de calzado? ¡Todo encaja!

Jean-Luc estaba muy elegante cuando se puso en camino hacia la villa de los Oberman la noche del baile con un ramo de flores.

Debía recoger a Joana, y su padre también los acompañaría.

El programa de la velada incluía un baile de las debutantes con sus padres.

Estaba previsto justo después de la polonesa y del vals inaugural.

Frederick Oberman saludó al caballero de su hija en el gabinete y le ofreció un coñac que Jean-Luc rechazó.

—Me impresionó mucho que declinara la oferta del bonus. —El padre de Joana fue directo al grano—. Y eso que al principio no creí a mi hija cuando me dijo que su profesor la había invitado al baile.

Jean-Luc se quedó con la mandíbula desencajada. ¿Que él había invitado a Joana? ¿Madame LaRue no lo había aclarado? Pensó en qué contemplaban los buenos modales en ese caso. No podía dejar en evidencia a la chica bajo ningún concepto.

—Su hija es una joven muy guapa —acertó a decir al final.

Oberman esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Eso es verdad! ¡Y sabe muy bien lo que quiere!

Jean-Luc estuvo a punto de confirmarlo, pero luego se refugió en otro lugar común.

—Es una cualidad muy valiosa para una joven moderna —dijo—.

Los tiempos cambian. Hoy en día uno ya no quiere que la mujer sea un mero adorno bonito, también disfruta de una compañera lista con criterio propio.

—Para Jean-Luc era evidente, al fin y al cabo estaba acostumbrado a las bailarinas con aplomo de la Ópera de París.

Frederick Oberman sonrió.

—Por desgracia, no todos piensan lo mismo —comentó. Se levantó e invitó a Jean-Luc a seguirlo al generoso vestíbulo de su casa. El padre orgulloso observó expectante la escalera—. ¡Oh, ahí viene!

Joana bajó con su vestido blanco haciendo gala de lo que había aprendido sobre movimientos gráciles.

Sin embargo, llevaba los cordones tan apretados que tampoco podía hacer otra cosa que mantenerse erguida como correspondía.

El vestido requería una cintura de avispa que la naturaleza no había dado a Joana.

Aun así, lucía un peinado muy bonito, con una diadema sobre el cabello color canela a juego con el vestido, y la sonrisa era radiante a más no poder.

Jean-Luc le devolvió una sonrisa amable.

—Está usted preciosa, mademoiselle Joana —la elogió.

—Y a usted le queda muy bien el traje, monsieur Dimarche —contestó ella—. ¿O puedo llamarle Jean-Luc a partir de hoy?

A Jean-Luc le habría gustado esquivar esas confianzas. No era habitual que las parejas se llamaran por el nombre de pila en esos bailes.

—Como quiera —respondió él formal, y le dio el ramo de flores. Ella lo aceptó con garbo y se agarró con toda naturalidad al brazo de Jean-Luc para que la sacara de la casa.

Frederick Oberman lo observó todo con benevolencia: hacían buena pareja.

Frente a la casa aguardaba un espléndido coche, tirado por cuatro relucientes caballos, el cochero con librea abrió la puerta de los pasajeros y Jean-Luc tuvo la sensación irreal de haber aterrizado en una representación de Cenicienta .

El hada madrina de Joana Oberman había convertido a ese bailarín fracasado en un príncipe. Durante una noche. Decidió disfrutarlo.