En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Aun así, no deberíamos ocultar que también nosotras tenemos nuestras dudas —informó entonces madame Thérèse—.

Lo que acaba de señalar nuestro estimado monsieur Allart fue justo lo que pensamos madame LaRue y yo misma.

Tememos que haya ocurrido algo extraño, aunque, por mucho que queramos, no podemos imaginar por qué ha renunciado la señorita Zimmer a que la señorita Oberman siga participando en sus clases.

—¿Quiere decir que la han expulsado? —preguntó Jean-Luc—. ¿Y no pueden preguntárselo a la señorita Zimmer? Seguro que la conocen.

—¡Por supuesto que no vamos a preguntar algo así!

—La voz de madame LaRue adoptó el tono cortante con el que reprendía a sus alumnas cuando expresaban algo del todo absurdo—.

La señorita Zimmer está obligada a la discreción, faltaría más, igual que lo estaríamos nosotros en un caso semejante.

Sea lo que sea lo que haya sucedido en su anterior escuela, mademoiselle Oberman es muy bienvenida aquí y será aceptada en la clase de último curso sin reservas y sin ningún tipo de preguntas.

Jean-Luc tomó nota de la crítica, puesto que en modo alguno quería contravenir las reglas internas del centro. Sin embargo, con la mirada puesta en el próximo acontecimiento, no pudo reprimir un último comentario.

—Entonces ¿mademoiselle Oberman también participará en el baile? —quiso saber con cautela.

Por dentro, se preguntó si no sería precisamente ese baile de debutantes en el mejor hotel de la ciudad y bajo los auspicios de la señora Astor el motivo del cambio de escuela de Joana.

Era posible que tuviera tantas ganas de participar en él que hubiera provocado que la expulsaran del centro de la señorita Zimmer.

—¡Por supuesto! —confirmó madame LaRue—.

Confío en que tenga aptitudes suficientes.

En caso contrario, deberá trabajar con ella aparte, monsieur Dimarche.

Para mí, es de suma importancia que su padre quede satisfecho.

Usted, monsieur Allart, se encargará de las clases de piano y canto de la joven. Parece que tiene un talento natural.

—De modo que Frederick Oberman ha comprado el ingreso de su hija —resumió monsieur Allart cuando salía de allí con Jean-Luc—.

Seguro que madame está contenta y, desde luego, yo mismo certificaré que la joven canta como los ángeles y tiene conocimientos de piano suficientes para hacer carrera como pianista.

Jean-Luc se rio.

—Ándese con ojo, no vaya a convertirse en una cantante de variedades, en lugar de ser buena y casarse. ¡Madame LaRue no se lo perdonaría jamás!

Jean-Luc conoció a la nueva alumna en la clase de baile.

Cuando entró en el aula, la joven estaba hablando con otras chicas, de espaldas a él.

Aun así, Jean-Luc se quedó sobrecogido: una brillante melena rizada de color canela caía por la espalda de la muchacha.

Hasta entonces solo había visto un pelo así en aquella joven inglesa.

Si también se parecía a ella en todo lo demás…

Se sintió superado por unos sentimientos que creía muertos desde hacía tiempo.

Sin embargo, entonces se fijó en que Joana no tenía una espalda tan delicada como Vivian, sino que era de gran estatura, y, cuando se volvió, no vio en ella facciones élficas, sino un rostro más bien ancho y plano, con una barbilla pronunciada.

También esa joven tenía los ojos verdes y grandes, pero estaban muy separados, y su tez era pálida.

Tenía la nariz algo afilada, igual que Vivian, y labios gruesos y de un rojo delicado.

Era innegable que las unía cierto parecido, aunque su nueva alumna carecía del atractivo y la luminosidad que había irradiado siempre la joven Vivian.

Jean-Luc se llamó al orden y saludó con palabras afables tanto a sus alumnas habituales como a la nueva incorporación.

—Creo que primero estiraremos un poco y luego, para calentar, bailaremos un vals. Joana, quizá no esté usted acostumbrada a los ejercicios de calentamiento. La mayoría de las escuelas de baile prescinden de ellos, pero lo cierto es que ayudan a que las bailarinas se muevan con más elegancia.

Jean-Luc le mostró a la joven cómo estirar los brazos y las piernas para calentar, y le indicó que debía mantener la espalda recta al hacerlo.

Ella lo imitó con bastante desgana, probablemente pensando que practicar era innecesario.

Él no dijo nada al respecto, sino que distribuyó a las chicas por parejas.

Madame Thérèse se puso a tocar un vals al piano y las alumnas empezaron a girar.

Doris bailó con Joana demostrando un porte y una elegancia extraordinarios.

Joana también conocía los pasos básicos, por su­puesto, pero resultaba algo torpe y desmañada.

No era comparable a las demás, que gracias a las clases de Jean-Luc habían mejorado su agilidad y su garbo, y tampoco olvidaban sonreír mientras bailaban.

—Siempre sonriendo, Joana —le indicó Jean-Luc con amabilidad, ya que ella seguía poniendo cara de mal humor—.

Así, transmitirá un encanto muy diferente.

Y no lo haga de forma mecánica, sino pensando en algo que le haga feliz.

La sonrisa debe llegar a sus ojos. ¡Solo entonces brilla desde el interior!

Joana miró al profesor con reticencia.

—No sabía que aquí se bailaba con otras chicas —comentó.

—¿No? —Jean-Luc se extrañó—. ¿Cómo lo hacen en el instituto de madame Zimmer? Aquí no tendremos parejas masculinas hasta que ensayemos la polonesa con la que se inaugurará el baile. De momento, practicarán entre ustedes.

Como Joana seguía mostrándose a todas luces descontenta, Jean-Luc decidió cambiar de táctica.

Después de ponerse de acuerdo con madame Thérèse mediante un gesto, le pidió formalmente a la alumna nueva que bailara un vals con él y la tomó del brazo con galantería.

Joana sonrió por fin y se esforzó por seguir su guía experta, aunque le faltaba ligereza y garbo.

Jean-Luc sonrió también y fue muy cauto al exponer sus críticas y correcciones.

Al final, le dio las gracias por el vals y la sacó a bailar una vez más cuando las alumnas formaron para la polonesa.

A sus demás pupilas no les sentó muy bien, y menos aún cuando Jean-Luc encabezó también la danza en corro con Joana, que echó a correr hacia delante como si se tratara de ganar una carrera.

—La cabeza alta, Joana, por favor. Siéntase como si fuera una princesa.

—¡Pero no una a la fuga! —exclamó Doris.

Las demás se rieron y Joana las fulminó a todas con la mirada.

—¡No tiene gracia, Doris! —la reprendió Jean-Luc—. Recuer­do cómo caminaba usted con un libro sobre la cabeza. ¡Tampoco resultaba muy elegante!

Doris soltó una risilla, se hizo con un cuaderno de partituras del piano y, divertida, se lo puso sobre los rizos oscuros.

Con una expresión majestuosa, efectuó los primeros pasos de la polonesa.

Jean-Luc quiso volver a reñirla, pero la imagen y la expresión de la muchacha resultaban tan cómicas que ni siquiera madame Thérese pudo reprimir una sonrisa.

—Esto no va a funcionar —le anunció Jean-Luc a la directora en su despacho después de clase.

Había ido directo a ver a ma­da­me LaRue—.

Mademoiselle Oberman está muy retrasada con respecto a las demás en cuanto a pose y movimiento.

Hoy he tenido que dedicarme casi exclusivamente a ella, lo cual, por supuesto, hace que las otras estén celosas.

—¿Celosas? —preguntó la directora, sorprendida—. En mis clases, las alumnas siempre se alegran de que me concentre en otra. En fin, esta nueva situación es desacostumbrada, lo reconozco, y tendrá usted razón. ¿En qué solución había pensado, monsieur Dimarche?

—Le agradezco su comprensión, madame LaRue —dijo Jean-­Luc—.

Y, por supuesto, he estado dándole vueltas a cómo podríamos restablecer el equilibrio.

Creo que unas clases particulares ayudarían a mademoiselle Joana a ponerse al nivel más deprisa.

Aunque eso conlleva el peligro de que reciba más comentarios impertinentes…

Madame LaRue se irguió y levantó una ceja.

—Sí, mi prima ya me ha hablado del último numerito de Doris. ¡Esa chiquilla es incorregible!

Jean-Luc sonrió.

—Todos hacemos lo posible por preparar a las jóvenes para su vida después de la escuela pese a sus distintos temperamentos.

¿Informará usted a mademoiselle Joanna y a las demás sobre esta reorganización, madame LaRue?

A cambio, podríamos liberarlas de más clases de baile durante las próximas dos semanas.