En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Jean-Luc no tardó en convertirse en el profesor más querido de la escuela y, en general, no estaba descontento.

El trabajo le divertía, aunque sin duda el plan de estudios lo limitaba mucho.

A menudo no sabía qué más hacer con las chicas cuando ya habían aprendido a caminar en lugar de simplemente moverse hacia delante, a dominar la révérence perfecta y a recoger un pañuelo del suelo con tanta gracia como lo habría hecho una bailarina.

De manera que también les enseñó a atrapar una pelota con la misma elegancia y a realizar danzas de pasos, o en corro, en las que se ondeaban cintas.

La asignatura de bailes de salón era algo más variada, aunque seguía siendo frustrante que las chicas solo pudieran bailar unas con otras.

Competían entre ellas por el honor de que Jean-Luc las escogiera alguna vez para hacer las demostraciones de los pasos, igual que le había ocurrido en su día con las bailarinas de París.

Él se veía obligado a enseñarles tanto la parte de la mujer como la del hombre de cada baile, y las muchachas más seguras, como Doris, sin duda acabarían metiendo la pata porque no estaban dispuestas a someterse a la guía de su pareja de baile.

Hacia el final del curso escolar, madame LaRue reunió al profesorado para transmitirles a todos una solicitud poco común que había recibido de padres y alumnas.

—Me gustaría conocer su opinión. A mí me parece un poco caprichoso, aunque, por otro lado, para las alumnas de último curso sería el punto culminante de su paso por la escuela.

—Y tal vez nos conseguiría también más matrículas —apuntó madame Thérèse, siempre práctica.

Jean-Luc aguzó el oído. Ya había oído rumores de que la escuela de madame LaRue estaba pasando por problemas económicos.

El edificio que ocupaban era de alquiler, y en Nueva York los alquileres subían a un ritmo vertiginoso.

De no contar con ayuda financiera regular por parte de los padres de las alumnas, aparte de las cuotas de la escuela, hacía tiempo que habrían tenido que cerrar.

—Exacto, Thérèse —confirmó madame LaRue—. Aun así, evidentemente no queremos contravenir las normas de la etiqueta y tomarnos la libertad de…

—Pero ¿de qué se trata? —preguntó por fin monsieur Allart.

La directora carraspeó.

—De un baile de debutantes. Nuestras alumnas están descontentas, y con toda la razón, porque deben realizar la misma formación que las debutantes europeas, pero nunca tienen la oportunidad de ser presentadas ante un rey o algún otro dignatario, ni de debutar en sociedad para la temporada de bailes siguiente.

Ahora, el padre de Doris ha propuesto financiarles un baile así en Astor House a su hija y sus compañeras cuando terminen la formación en la escuela.

Ha pensado en el mes de junio, después del último día de clase antes de las vacaciones.

A Jean-Luc se le iluminó el rostro.

—¡Pero eso es maravilloso! —dijo, dándole voz a su entusiasmo—.

¿Qué pega podría haber, madame LaRue? Es evidente que no podemos sacarnos de la manga a ningún rey, pero ¿no existe algo así como una eminencia en Nueva York?

Tal vez una dama de edad avanzada que ocupe un alto rango en la sociedad y ante la cual pudieran hacer una reverencia las chicas.

Yo podría preparar con ellas una coreografía para la ocasión y, de todas formas, tarde o temprano tendrán que probar a bailar con una pareja masculina.

En un acontecimiento así, por lo menos tendríamos un poco más de control.

Pensó en Doris y en otras alumnas suyas que estaban más hechas para llevar que para dejarse llevar.

—Entonces ¿no les parecería indecoroso que, como escuela, apadrináramos un baile de esas características? —preguntó madame LaRue, y miró a sus compañeros de trabajo con vehemencia.

Monsieur Allart negó con la cabeza.

—En modo alguno —repuso este—. La escuela de la señorita Zimmer, a la que asisten muchas chicas de origen alemán que todavía no tienen un inglés perfecto, ya organizó el año pasado algo similar en el Union Club.

Entre otras cosas, para que sus alumnas entablaran conocimiento con jóvenes de la alta sociedad estadounidense.

Dicen que fue muy bonito y les comportó numerosas invitaciones a acontecimientos en buenas casas de aquí.

Aunque, desde luego, en nuestro caso no se trataría tanto de reunir a parejas de orígenes diferentes…

—Con todo, invitaríamos preferentemente a jóvenes caballeros de familias de dinero antiguo —señaló madame Thérèse—. Porque sí deseamos tender puentes para nuestras alumnas.

Jean-Luc no pudo evitar acordarse de Doris y de su ducado.

Su señor padre le estaba comprando a su hija un debut con la esperanza de que tal vez mordiera el anzuelo algún Astor, algún Schuyler o algún Roosevelt: representantes de fortunas legendarias de las que incluso Jean-Luc había oído hablar.

Bueno, por él que no quedara. Bajo su tutela, la hija de uno de los reyes del hampa de Nueva York se convertiría en una de las debutantes de aire más principesco que nadie pudiera imaginar.

Siempre que controlara esa boca tan suelta que tenía.

Jean-Luc apreciaba a esa chica y le deseaba mucha suerte.

Durante los días siguientes estuvo trabajando en una coreografía para inaugurar el baile.

Mientras tanto, madame LaRue se puso en contacto con la señora Caroline Schermerhorn Astor, la principal autoridad de la sociedad neoyorquina.

Si ella auspiciaba el acontecimiento, sería una sensación, y la idea de encarnar el papel de reina ante las debutantes la tentaría sin lugar a dudas.

Madame LaRue también se dedicó en cuerpo y alma a la selección de jóvenes que estuvieran dispuestos a acompañar a una debutante al baile.

Fue a informarse al Columbia College, a clubes y a bufetes de abogados.

También los aspirantes a oficiales eran una posibilidad.

Las familias de las alumnas —no todas las cuales procedían de hogares de nuevos ricos, desde luego, sino que también las había que pertenecían a la alta sociedad más arraigada— ayudaron en la búsqueda, de modo que a menudo sería el primo o el hermano de otra alumna quien llevaría a una muchacha al baile.

Gracias a ello, el ambiente de la escuela se volvió más alegre y festivo.

Las chicas comentaban la confección de sus vestidos —todos blancos, por supuesto— y hablaban de sus acompañantes, a los que conocerían en los últimos ensayos de la danza coreografiada.

Las más jóvenes discutían sobre si les permitirían asistir por lo menos desde la galería del salón de baile.

A Jean-Luc, todo aquello le recordó la preparación para los exámenes finales de la Ópera de París.

También allí se percibía optimismo en el ambiente desde meses antes, además de cierto miedo al fracaso.

En la escuela, no obstante, las alumnas no tenían nada que temer.

Les entregarían unos diplomas de graduación, claro, pero después nadie se los exigiría.

Su verdadero examen empezaría una vez hubieran acabado la escuela: de ellas se esperaba que aplicaran todo lo aprendido para conseguir casarse con alguien de una familia de renombre… y rica, naturalmente.

La señora Astor aceptó finalmente, y también todo lo demás salió a pedir de boca. Por ello, tanto Jean-Luc como monsieur Allart se extrañaron cuando madame LaRue, pocas semanas después, convocó otra reunión del profesorado.

Jean-Luc, que esperaba que le preguntaran por la marcha de las clases de baile, llevó consigo los bosquejos de la coreografía, mientras que monsieur Allart aportó sus partituras. Sin embargo, madame LaRue no les preguntó por los preparativos del baile, sino que tenía una petición muy diferente.

—Va a llegarnos una alumna nueva —informó a los profesores—. A la clase de último curso.

—¡Pero si solo quedan dos meses! —exclamó monsieur Allart, sorprendido.

Madame Thérèse, que parecía estar ya al tanto de todo, guardó silencio. Su expresión, no obstante, era de preocupación.

—¿Y qué va a aprender en tan poco tiempo? —añadió el profesor de música.

—Se traslada a nuestro centro desde el instituto de la señorita Zimmer —explicó madame LaRue—. Por tanto, no debería ir demasiado rezagada.

Los planes de estudio de las escuelas superiores para señoritas, en efecto, eran en su mayor parte idénticos.

Los institutos de la señorita Zimmer y de madame LaRue se diferenciaban principalmente por los idiomas preferentes en los que se impartían las clases, aunque las alumnas de la señorita Zimmer también recibían clase de francés, de manera que la joven nueva debería poder comunicarse en esa lengua.

—Aun así, ¿de qué le servirá cursar las últimas ocho semanas con nosotros? —insistió monsieur Allart una vez más.

—La familia está decidida —repuso madame LaRue—. El padre, mejor dicho, porque la madre murió hace tiempo, al parecer. Se trata de Joana Oberman, la hija del fabricante de zapatos.

A Jean-Luc ese nombre no le decía nada, pero monsieur Allart soltó un tenue silbido entre dientes.

Entonces le explicó a Jean-Luc que el padre de Joana producía calzado a gran escala.

Su abuelo Hans había llegado hacía muchos años como inmigrante desde Pirmasens, la capital alemana de la fabricación de zapatos, y había fundado una manufactura.

Su hijo Frederick la había ampliado gracias a la maquinaria moderna y se había especializado en botas y zapatos recios para trabajadores del campo y buscadores de oro.

Con ello había encontrado su propia mina de oro, tal como lo expresó monsieur Allart.