Capítulo 5
Jean-Luc aguantó con indiferencia la guasa de sus compañeros de trabajo, que por supuesto empezaron a especular con lo que podría haberle sucedido durante esos quince minutos en una escuela de señoritas cuyas alumnas lo habían invitado a entrar por la ventana.
Él, sin embargo, solo pensaba en la oferta de la directora y esperaba haber interpretado bien su comentario.
¿Lo había entendido mal, o de verdad quería madame LaRue ofrecerle un trabajo?
En todo caso, no fue a presentar todavía su renuncia al señor Oldfield. Solo le pidió que le diera libre la mañana siguiente e hizo oídos sordos a sus expresiones de descontento.
¿Debía contarle a madame Briard cómo le había ido el día?
Era probable que la mujer se escandalizara, aunque por otro lado también parecía tener sentido del humor.
Jean-Luc recordó su primer encuentro con la gata Mimi.
Aun así, decidió que por el momento se guardaría la historia y ya vería cómo terminaba el asunto.
Se puso su mejor traje, aunque de todos modos ya no estaba muy presentable, por mucho que madame Briard había intentado adecentarlo con un cepillado, un lavado y algún remiendo, y se presentó con puntualidad en el acogedor edificio de ladrillos donde se encontraba la escuela para señoritas a la hora en que empezaban las clases.
En esta ocasión no llamó a la puerta del servicio, sino que cruzó el imponente portal.
Varias alumnas entraron entonces en tropel y se lo quedaron mirando.
Entre risitas y susurros, siguieron al joven desconocido, que preguntó con timidez y mucha educación dónde se encontraba el despacho de madame LaRue.
Un señor mayor que recorría los pasillos con unas partituras debajo del brazo, seguramente uno de los profesores, le indicó por fin el camino.
Madame LaRue tenía su oficina en la planta baja, justo delante de la entrada principal.
Seguro que no se le escapaba la entrada ni la salida de nadie, a menos que fuera por una ventana.
Jean-Luc no pudo evitar sonreír al pensarlo, cosa que lo relajó un poco.
Llamó a la puerta con decisión y enseguida lo hicieron pasar.
La directora estaba sentada a un escritorio de aspecto alegre, aunque lo miró con la misma severidad que el día anterior.
—Bueno, cuénteme, monsieur Dimarche —le pidió a Jean-Luc tras un breve saludo—. ¿Cómo ha acabado en Nueva York un bailarín de la Ópera de París? Espero que no se trate de una especie de huida. ¿No habrá cometido algún delito?
Jean-Luc tragó saliva.
—En cierto sentido, sí —confesó—. Aunque tal vez… tal vez me lo perdone usted.
Le resumió en pocas y objetivas palabras lo de su llamada a filas y le habló de su madre, que le había aconsejado que se marchara.
—Quería que bailara —dijo con sencillez—. Y que viviera. Por lo menos hasta ahora he conseguido eso último, aunque gracias a sus ahorros. Lo de bailar, en cambio…
Le explicó sus intentos, por el momento fallidos, de aprender bien el inglés para presentarse en un teatro o un cabaret.
Madame LaRue lo escuchó con atención.
—En cuanto al inglés, no veo ningún problema —comentó entonces—.
Aquí las clases se imparten en francés, aunque las chicas hablan inglés entre ellas, por supuesto.
También enseñamos conversación en el idioma del país.
Somos una escuela muy pequeña que suele preparar a una veintena de chicas de entre doce y dieciocho años para un estilo de vida distinguido.
Nuestras alumnas son hijas de comerciantes, fabricantes, médicos.
Todas de casa rica, aunque no siempre de familias cultivadas.
Nueva York tiene poca nobleza de dinero viejo.
Muchos de los padres de nuestras chicas son inmigrantes que han llegado a lo alto por sus propios medios.
Y por ello, naturalmente, les tengo mucho respeto.
A sus hijas, sin embargo, les falta la educación que en Francia sería normal entre las hijas de la alta sociedad.
Música, etiqueta… Suelen tener carencias en esas áreas, y mi escuela se esfuerza por ponerle remedio.
Damos clase de francés, etiqueta y conversación, piano, dibujo y bordado.
Y me gustaría aumentar la oferta con unas clases de baile.
No obstante, pensaba más bien en bailes de salón.
Si se le ocurriera a usted tentar a alguna chica, o a varias, a convertirse en bailarina de ballet en lugar de seguir el camino que corresponde a su posición…
—Su rostro dejó muy claro que eso sería una catástrofe que podía perjudicar a la escuela para siempre.
Jean-Luc seguía esforzándose por entender.
—¿Quiere que les dé clase de baile? —preguntó, lleno de esperanza.
La directora asintió.
—Siempre que se atenga a mis reglas y siga mis instrucciones —añadió con severidad—.
Los fundamentos de su arte, me refiero a lo que supo transmitir ayer de una forma tan impresionante, podrían ayudar a las chicas a ganar en elegancia y garbo.
Y de todos modos tendrán que aprender bailes de salón.
Hasta ahora las enviábamos a una escuela externa, pero la dirección de ese centro no satisface del todo nuestras expectativas.
Por eso, hace algún tiempo que buscaba a un profesor o, mejor aún, a una profesora. Podríamos intentarlo con usted.
El corazón de Jean-Luc se aceleró de emoción.
—Yo… ¡No la decepcionaré! —prometió—. Siempre seguiré las reglas y no seduciré a las alumnas, ni para convertirlas en bailarinas ni de ninguna otra forma.
—Todavía le dolía la acusación de que había mirado a las chicas con lujuria—.
De todos modos, son demasiado mayores para empezar una formación como bailarinas profesionales.
Mientras hablaba, veía a Vivian ante sí.
Ella había empezado a bailar muy tarde, pero su talento extraordinario la había ayudado a ponerse al día.
¿Y si allí se encontraba con otra Vivian?
Pero, no, hizo a un lado esa idea. No le había parecido que ninguna de las muchachas a las que había conocido el día anterior llevara una bailarina dentro ni muchísimo menos.
Y también Vivian había acabado acatando los deseos de su familia. Nadie pudo impedírselo.
El sueldo de Jean-Luc en la escuela de señoritas era considerablemente mayor que su jornal como limpiacristales, así que casi se sentía triunfal cuando informó a su madre por carta. Marie Dimarche también estaría aliviada al saber que su nuevo trabajo no le suponía un peligro de muerte.
—¡Será peligroso para el alma y el corazón, como mucho!
—comentó con vehemencia madame Briard, que también se alegró mucho al saber que, en adelante, su protegido tendría los pies en el suelo—.
¡No se me enamore, Jean-Luc! Esas chicas no están a su alcance.
¿Y sus padres? ¡Yo no me metería con ninguno de ellos!
¡Tal vez quiten de en medio a los pretendientes de sus hijas que no les gusten hundiéndolos en el Hudson con un bloque de cemento en los pies!
Los padres de las futuras alumnas de Jean-Luc podían haber amasado sus fortunas de maneras algo sospechosas, pero sus hijas resultaban muy corteses y bien educadas.
En ocasiones se pasaban un poco de la raya —quizá las alumnas de un internado francés no habrían hecho entrar a un limpiacristales en el aula— e incluso soltaban alguna que otra broma durante las clases.
Sin embargo, madame LaRue ya les había dejado claro que solo toleraba semejante comportamiento en contadas situaciones, y de todas formas Jean-Luc estaba acostumbrado a vérselas con la adulación y los celos de las jóvenes bailarinas de París.
A la mañana siguiente, la directora le presentó al pequeño grupo de profesores.
Ella misma daba clase de francés, así como de conversación, tanto en francés como en inglés.
Tenía un dominio perfecto de la lengua del país, aunque la hablaba con acento.
Su prima mayor, Thérèse LaRue, a quien llamaban «madame Thérèse» para diferenciarla de ella, introducía a las muchachas en el fino arte de las labores manuales y les transmitía otros conocimientos y habilidades importantes para una futura ama de casa.
Entre ellos, cómo vestir la mesa con elegancia, las decoraciones florales y el trato amable pero firme con el personal.
También daba clase de piano, igual que el profesor de música, monsieur Allart, que impartía además un poco de canto.
Todos eran muy estrictos y exigían mucha disciplina en unas clases que a menudo eran aburridas.
Jean-Luc tenía la intención de que las suyas fueran algo más distendidas, y se moría de ganas por hacerse con la sala de baile de la planta superior.
Primero, sin embargo, debía poner a prueba sus aptitudes como profesor: o madame LaRue o madame Thérèse supervisarían sus clases.
A él no le importaba. Empezó por el grupo de alumnas más jóvenes y las hizo trabajar con la imagen de que eran marionetas a las que manejaban desde el tejado del edificio.
Al seguir sus instrucciones, las chicas se movían inmediatamente con la cabeza más alta y de una forma más acentuada.
Practicó con ellas una pequeña danza popular a la que llamó «baile de títeres».
La melodía era pegadiza. Jean-Luc la tocó al piano con una mano, pero madame Thérèse lo sustituyó enseguida.
Después de la clase, las chicas estuvieron tarareando la melodía con alegría por los pasillos de la escuela, medio enamoradas ya de Jean-Luc.
Con las alumnas mayores practicó el paso elegante y la révérence , y para ello les hizo poner las piernas como una bailarina. Desde esa posición básica, les explicó, podrían recoger del suelo con mucha más gracia, por ejemplo, un pañuelo que se les hubiera caído.
—Y siempre hay que cuidar de que la espalda esté recta. Eso otorga prestancia de manera automática. —Se echó a reír—. Miren bien a su directora. La pose de madame LaRue siempre es modélica. ¡Tómenla a ella como ejemplo!
—¡Pero también la de usted! —señaló Jennifer entonces, con lo que se ganó una mirada severa por parte de la profesora.
—Sí, es cierto —reconoció Jean-Luc con naturalidad—. Porque he practicado durante años. También ustedes lo aprenderán. Así, si algún día un príncipe las toma de la mano, su madre quedará impresionada, aunque no sean ustedes nobles.
—¡Bah, los títulos pueden comprarse! —exclamó Doris, despreocupada—. Si se presenta un príncipe, mi padre me conseguirá un ducado.
Madame LaRue carraspeó.
—Sin embargo, la gracia y las buenas formas no pueden adquirirse con dinero, Doris.
Como tampoco la discreción. Una duquesa jamás se jactará de sus posesiones.
Se mostrará humilde y discreta, por lo menos durante su juventud.
Así que conténgase un poco, mademoiselle, y ahora vuelva a hacer una reverencia ante la reina.
—La directora se sentó con la espalda bien erguida y recibió con pose regia la révérence de su alumna.
Jean-Luc sonrió. Su nueva jefa empezaba a gustarle.
El tercer día le preguntó con cautela si le permitiría practicar él solo en la sala de ensayos, antes o después de la clase.
De nuevo se ganó una mirada cortante.
—Siempre que no interrumpa el funcionamiento normal de la escuela y, sobre todo, no deje que las alumnas lo vean brincando como una liebre, no tengo nada en contra.
Jean-Luc se tragó la ofensa a su arte y prometió realizar sus sesiones de práctica a primera hora.
El instituto tenía horario de medio día: las chicas llegaban sobre las nueve de la mañana y casi siempre se marchaban hacia las dos.
Las mayores, sin embargo, en ocasiones tenían clase a la hora de comer.
A madame Thérèse no le gustaba abordar los modales a la mesa de una forma solo teórica, así que mandaba preparar menús enteros para sus pupilas, con quienes practicaba entonces la corrección durante la comida.
También el piano y el canto se impartían a veces por la tarde.
De manera que, en realidad, no podía garantizarse que alguna chica no entrara sin querer en la sala de ensayos mientras Jean-Luc estaba allí.
A primera hora de la mañana, no obstante, la escuela estaba vacía y Jean-Luc se encontró fascinado en el centro de la sala, que era toda para él.
Le pasaron por la cabeza cientos de piezas musicales y decenas de coreografías, pero se contuvo y se concentró primero en los estiramientos y el calentamiento exhaustivo de los músculos.
Bailó descalzo; de París solo se había llevado un par de zapatillas de ballet, y sabía que, si entrenaba con ellas, las desgastaría en una semana.
Realizó los primeros giros con cuidado, también los movimientos más importantes de las cinco posiciones básicas y luego ya no pudo resistirse.
¡Tenía que bailar! Los solos de James en La sílfide y de Albrecht en Giselle , los que siempre había soñado bailar alguna vez con Vivian.
Al final lo intentó con El corsario , pero enseguida comprobó que ya no poseía la agilidad y el carisma necesarios.
Tenía que ejercitarse más, y ahora podría hacerlo.
También el corazón le bailaba por dentro cuando regresó esa tarde al French Quarter.