Capítulo 4
La habitación en casa de madame Briard era tranquila, y tanto la casera como mademoiselle Colette resultaron ser agradables compañeras de piso.
Jean-Luc se sentía aliviado y, como por fin tenía una dirección fija y bien considerada, escribió a su madre por primera vez.
La mujer se alegraría de saber de él, y, al haber pasado tanto tiempo desde su huida, seguro que ya no la vigilaban.
Cuando madame Briard se enteró de eso, insistió en dirigirle ella también un par de líneas a Marie Dimarche, aun sin conocerse.
—¡Debe saber que con nosotras está usted bien cuidado y que se alimenta bien! Para una madre es importante, ¡créame!
Jean-Luc sonrió y aceptó el ofrecimiento. Madame Briard era una mujer encantadora.
Sin embargo, solía caer presa del miedo cada vez que Mimi se escapaba, y tanto Colette como Jean-Luc se pasaban horas buscando a la gata.
Fue así como Jean-Luc llegó a conocer el barrio y constató que en sus calles no corría más peligro que cuando salía de noche por la capital francesa.
De manera que empezó a asistir a veladas musicales, lecturas literarias y representaciones de teatro de aficionados, a menudo junto a madame Briard, que coqueteaba con su joven y apuesto caballero.
Volvió a relacionarse con gente de su edad y a veces incluso le sonreía a alguna chica.
En realidad, nunca había imaginado que pudiera encontrar a la mujer de sus sueños fuera del mundo del ballet, pero tal vez debía dejar de pensar en los gráciles ports de bras y tendus de la joven Vivian.
También ella habría tenido que olvidarse de París.
Además, solo las estrellas sabían si su antigua alumna pensaba alguna vez en él con tanto afecto.
El trabajo como limpiacristales seguía siendo exigente y peligroso, pero él dominaba tanto la escalada de fachadas —como seguía llamando madame Briard a lo que hacía— que cada vez se fijaba más en lo que se veía al otro lado de las ventanas que limpiaba.
Atisbó la lujosa decoración de hoteles como el Astor House, observó a los criados entregados a su trabajo en las casas particulares de los ricos de Midtown y Greenwich Village, y también a sus habitantes en su día a día o, alguna que otra vez, en situaciones más bien subidas de tono.
Un día, los limpiacristales se toparon sin querer con la visión de una pareja en la cama, y después el señor de la casa les dio una propina generosa a cambio de que guardaran silencio en cuanto a la identidad de su acompañante.
No debía de tratarse de su señora esposa.
Seguro que en Manhattan había empleos peores y más sucios que trabajar para el señor Oldfield. Al principio Jean-Luc estaba contento… hasta que entrevió un mundo que se parecía mucho más al suyo.
—Bueno, hoy a lo mejor vemos un poco de sangre joven —comentó el capataz cuando el conductor del carro hizo bajar a los hombres frente a un discreto edificio de ladrillo en Bleecker Street.
Estaba algo retirado respecto a la calle y tenía un pequeño jardín delantero, rodeado por una valla de hierro forjado. Dos plantas llenas de altas ventanas se erguían ante los limpiacristales.
M ADAME L A R UE’S F INISHING I NSTITUTE
FOR Y OUNG L ADIES
M ADAME L A R UE
É COLE SUPÉRIEURE
POUR DES JEUNES DEMOISELLES
¡Una escuela para las hijas de familias importantes!
Jean-Luc conocía esa clase de instituciones de París, pero casi le extrañó que en Nueva York hubiera algo comparable.
Por otra parte, allí no solo vivían inmigrantes pobres, sino también otros que ya habían hecho fortuna, así como estadounidenses de segunda o tercera generación que deseaban preparar a sus hijas para desenvolverse en la alta sociedad.
Jean-Luc y los demás cargaron con los cubos de la limpieza y las escaleras, así como con los tablones con los que las unían entre sí.
Empezaron por las ventanas de la planta baja, a través de las que vieron despachos y una especie de biblioteca.
En la planta superior se encontraban las aulas de clase.
Ocho muchachas, a las que Jean-Luc echó entre doce y catorce años, escuchaban con atención a una profesora de cierta edad.
La mujer había escrito flexiones nominales francesas en la pizarra, y Jean-Luc oyó cómo las chicas las leían en voz alta a coro, casi tarareando.
No parecía que el francés fuera la lengua materna de ninguna de ellas.
La escuela, de hecho, se encontraba en los límites del French Quarter, pero en ella estudiaban señoritas nacidas en Estados Unidos.
Los limpiacristales habían accedido a la planta superior desde el tejado.
Pasando por delante de varias aulas cerradas, una doncella los condujo hasta el desván, donde había tragaluces para salir al exterior.
Los hombres descolgaron cabos de cuerda hasta la altura de las ventanas y los ataron a unos tablones en los que esperaban poder sostenerse.
Jean-Luc se deslizó con habilidad por las cuerdas y se acercó a la primera ventana.
Cuando miró dentro con curiosidad, la escena casi le hizo perder el equilibrio.
Al otro lado de los grandes ventanales había una sala de baile, muy parecida a las salas de ensayos de París, solo que sin barras de ballet en las paredes.
Tampoco había música de piano, pero sí oyó unas instrucciones en francés.
—Caminar, Jennifer, caminar. No acechar. Una dama se mueve con elegancia pero con resolución.
La joven rubia a la que iba dirigida esa instrucción estaba intentando recorrer una línea marcada en el suelo con todo el garbo posible mientras sostenía un libro sobre la cabeza.
—Con el Manuel du savoir-vivre en la cabeza no puedo ir más deprisa —se disculpó.
Las demás soltaron risillas.
—¡Jenny haría mejor poniéndose en la cabeza una bonita novela! —exclamó una morena.
—¡Lo peor es que todavía no tiene el Manuel dentro de la cabeza! —se burló otra.
La profesora, una mujer esbelta cuyo corsé la mantenía erguida sin compasión, llamó al orden a sus alumnas.
—Un libro que explica la etiqueta requerida en sociedad tiene muchas utilidades —insistió.
Jean-Luc imaginó que el libro que debía mejorar la postura de Jennifer era el Manuel du savoir-vivre ou l’art de se conduire selon les convenances , un tratado de buenas maneras que también las jóvenes bailarinas de París —o al menos las de casa buena— llevaban siempre encima.
—¡Doris! —La profesora dejó tranquila a Jennifer en cuanto llegó al final de la pasarela imaginaria y realizó una reverencia con la que por fin se le cayó el libro.
Doris, la morena que acababa de entrometerse, se hizo con el manual y, con cuidado, consiguió mantener la cabeza alta con él encima, aunque para no perder el equilibrio echaba las caderas hacia delante y caminaba con las piernas ligeramente dobladas. Recordaba un poco a los andares de un pato.
A Jean-Luc casi le dieron pena todas esas muchachas, que debían de tener entre dieciséis y dieciocho años.
Por supuesto, una bailarina sabía moverse con gracia incluso con un libro sobre la cabeza, pero el equilibrio debería haberlo aprendido antes.
Tal como lo practicaban allí, el ejercicio no servía de nada y la reverencia que hacían las chicas al final era un auténtico desastre.
Con tal de no perder el manual, giraban el cuerpo en todas las direcciones posibles, y la profesora no tenía la menor idea de cómo enseñarles a dominar el cuerpo y tomar conciencia de él.
Mientras contemplaba embobado el aula y la clase que daban en ella, Jean-Luc se acercó tanto a la ventana que casi pegó la nariz al cristal.
No se le ocurrió ocultarse de algún modo, o por lo menos fingir que no le interesaba lo que sucedía al otro lado de las ventanas que limpiaba, de manera que fue inevitable que una de las chicas se fijara en él.
Jennifer, la rubia de antes, soltó un grito agudo al ver su cara.
—¡Hay… hay un hombre en la ventana! —exclamó, horrorizada.
La profesora ni siquiera se volvió.
—Tonterías, Jennifer. ¡Tendría que saber volar!
—¡Pues será un ángel! —señaló Doris con una risita—. ¡Porque ahí está!
También las demás habían seguido la mirada de Jennifer, y Jean-Luc casi perdió el equilibrio cuando de pronto se volvieron todas hacia la ventana parloteando con alegría.
—¡Solo es el limpiacristales! —dedujo por fin una castaña bajita.
También la profesora había visto ya a Jean-Luc. Se acercó a la ventana con decisión y la abrió de golpe. Él se balanceó tanto que tuvo que sentarse a horcajadas en el tablón colgado de las dos cuerdas.
—¿Qué se ha creído usted? ¿Es que no tiene nada mejor que hacer que ofender a unas jóvenes inocentes con sus miradas lujuriosas?
Las chicas se rieron al oír esa palabra. Jean-Luc, que la había entendido perfectamente porque la mujer seguía hablando en francés, se sonrojó.
—No, no, madame, lo siento. No pretendía quedarme mirando a sus alumnas.
Y menos aún con… lujuria. —En otra situación, casi se habría reído de esas acusaciones.
Estaba acostumbrado a ver el cuerpo femenino con una ropa mucho más ligera que los uniformes de escuela de manga larga de esas muchachas, por no hablar de que unas chiquillas con libros en la cabeza no resultaban demasiado atractivas—.
Es solo que… que… —En lugar de seguir hablando con la profesora, se volvió hacia Jennifer sin saber qué otra cosa hacer—.
Es solo que la reverencia resultaría mucho más elegante si estirase la pierna y el pie libres y los llevase hacia atrás trazando un semicírculo antes de doblar la pierna en la que está apoyada.
Y usted… —dijo, dirigiéndose a Doris—. Debería erguir todo el cuerpo.
No basta con mantener la cabeza levantada como sea.
Imagínese que le tiran de ella hacia arriba con un hilo, como a una marioneta.
El cuerpo la seguiría de forma natural. Y para caminar…
—¡Demuéstrenoslo! —exclamó una de las chicas más atrevidas—. ¡Queremos verlo! Si sabe hacerlo todo tan bien…
Jean-Luc no se lo esperaba, pero de pronto las manos de cinco o seis muchachas tiraron de él para hacerlo entrar en la sala por la ventana.
En lugar de impedírselo, accedió al deseo de las alumnas, dobló una pierna y apoyó un pie en el tablón para, a pesar del balanceo, pasar de estar sentado a estar de pie con un movimiento ágil.
Después puso un pie en el marco de la ventana, tomó impulso y aterrizó en el suelo del aula con un salto elegante.
A pesar de los pesados zapatos de trabajo, apenas hizo ningún ruido al caer.
—¡Pero qué se ha creído usted!
A la profesora le faltaba el aire, pero Jean-Luc pensó que la mejor forma de defenderse sería, efectivamente, haciendo una demostración. Con la cabeza bien alta y la espalda estirada, avanzó por la pasarela imaginaria con pasos medidos y calmados, irradiando seguridad y grandeza.
—Así es como se movería una bailarina que interpreta a una princesa —les explicó a las muchachas—.
Y así se inclinaría después ante el público.
A esto lo llamamos révérence . —Para regocijo generalizado, realizó el ejercicio con una elegancia perfecta.
Su entusiasmo por el baile y la enseñanza lo había envalentonado—.
Un bailarín, por supuesto, se mueve de otra forma —explicó.
Con grandes pasos y una pose masculina, recorrió la distancia establecida y les mostró a las chicas la révérence du danseur noble : dio un pequeño salto y luego se inclinó con un equilibrio perfecto.
—¿Podría hacerlo también con un libro en la cabeza? —preguntó Jennifer con descaro.
Jean-Luc se echó a reír.
—El salto no, porque se me caería, pero los pasos…
Pidió que Doris le acercara el manual de etiqueta y repitió una vez más la salida a escena de la princesa. Después regresó a la realidad.
—Lamento mucho haber interrumpido la clase —le dijo a la profesora—. Madame…
—LaRue —repuso ella, casi sin aliento e igual de impresionada que sus alumnas—. Soy la directora de esta escuela. ¡Y esto ha sido de una impertinencia inaudita! Tanto por su parte, demoiselles, como por la suya, monsieur…
—Dimarche —se presentó él—. Jean-Luc Dimarche. Yo… solo quería hacerles ver que en modo alguno las miraba con lujuria. De verdad que solo pretendía limpiar el cristal.
—¿Por qué limpia usted cristales? —preguntó la directora.
Jean-Luc levantó las cejas.
—Porque me pagan por ello —respondió con dignidad—. Un dólar al día.
La directora respiró hondo.
—Pues yo le ofrezco más. ¡Venga a verme a mi despacho mañana a las nueve!