En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

El albergue masculino era tan poco acogedor como Jean-Luc había imaginado: una gran sala con cuarenta camas, cada una de ellas con una taquilla en la que cabían unos pocos enseres personales.

—Aunque es mejor no dejar nada de valor aquí —le advirtió el encargado—. Por triste que parezca, lo roban. Los empleados de Castle Garden solo tienen tiempo de echar un vistazo rápido a la gente. Intentan que no entre chusma, pero, por desgracia, no siempre lo consiguen.

Jean-Luc entendió solo la mitad de todo eso. El hombre era italiano y, cuando reparó en que su nuevo huésped no entendía el inglés, lo intentó en su lengua materna. Se parecía mucho más al francés, aunque tampoco era una solución ideal, desde luego.

El lugar, por lo menos, resultó estar limpio y no tener bichos.

Para alegría de Jean-Luc, podía usar una casa de baños.

Eso costaba un dinero extra, por supuesto, pero en Castle Garden le habían cambiado sus últimos francos por dólares, así que podría pagarse un baño, además de utilizar el servicio de lavandería que ofrecía la mujer del encargado del albergue.

Después de eso se sintió mucho mejor. Se puso el mejor traje que tenía —todas las camisas y los pantalones de diario los dejó para lavar— y, ya al anochecer, se aventuró a salir un rato a la calle para comprar algo de comer y buscar una librería.

En los alrededores del albergue había muchos restaurantes sencillos, bares y locales de ocio, pero allí no se leía mucho.

Sin embargo, Jean-Luc se había enterado de que Manhattan era el centro de la ciudad, así que tal vez hubiera alguna librería cerca de su futuro trabajo.

Paseó un poco más por las calles e intentó leer los nombres de los establecimientos por los que pasaba para adivinar qué se escondía dentro de cada uno.

Al final, resultó que allí sí se bailaba, aunque solo lo hacían mujeres.

Aquel era el barrio de la diversión; los espectáculos de variedades y los teatros de Nueva York de los que había hablado el hombre del registro debían de ser más serios y encontrarse en otra zona de la ciudad.

En las calles de alrededor del albergue, Jean-Luc se sintió cada vez menos a gusto.

La gente que rondaba por allí parecía en parte violenta y peligrosa.

En Castle Garden ya se lo habían advertido: los inmigrantes ingenuos solían ser víctimas de los delitos más variopintos.

Por eso, prefirió regresar a su alojamiento.

Compartía dormitorio, entre otros, con dos irlandeses que a todas luces se alegraron de conocerlo y le hablaron con simpatía en un idioma que le pareció inglés.

—¿Habláis inglés? —preguntó, esperanzado.

Ambos sonrieron.

—Más bien gaélico —contestó uno, pero estuvieron encantados de enseñarle las primeras palabras en su nuevo idioma: cama, mesa, silla, baño, agua, jabón. Y ventana, que pronto sería la más importante para él.

En Manhattan Windows empezaban a trabajar temprano, pero, puesto que se necesitaba la luz del día, por lo menos era después del amanecer.

Jean-Luc le había enseñado su papel al encargado del albergue, quien le había pedido a otro huésped, un hombre que trabajaba en un lugar parecido, que le indicara el camino al joven francés.

Así que se presentó puntual ante el edificio de oficinas en el que la empresa tenía su sede.

Un grupo de hom­bres, cada uno con un cubo y varios trapos, jabón duro y sal amoniacal, estaban subiendo ya a varios carros de caballos.

Jean-Luc no logró identificar entre ellos a ningún otro francés; todos se comunicaban en diferentes variantes del inglés. Había también unos cuantos irlandeses.

Enseñó su papel y le indicaron que primero fuera al local de la empresa, donde el señor Oldfield lo recibió e intentó explicarle en un inglés lo más sencillo posible lo que le esperaba allí.

—Pagamos entre cincuenta centavos y un dólar al día, según lo que te atrevas a hacer. El que tiene miedo de arriesgarse gana menos; un buen escalador se saca un buen dinero. Al mediodía ofrecemos una comida. Tampoco se trata de que os subáis con hambre a las escaleras…

Por lo visto, allí estaban acostumbrados a que los trabajadores no supieran inglés.

El señor Oldfield le enseñó a Jean-Luc un par de dibujos en los que se veía a hombres subidos a escaleras o haciendo equilibrios entre dos ventanas en unos tablones de madera.

También los había que colgaban de una ventana en una especie de columpio para limpiar los cristales de la planta inferior.

Jean-Luc aceptó el trabajo. Esas imágenes no le daban miedo; también en el tejado de la Ópera había corrido el riesgo de caerse.

De manera que firmó un contrato y, acto seguido, formaba parte de un grupo de seis limpiacristales que debían ocuparse de un edificio de oficinas de tres plantas en el distrito financiero.

Todos ellos eran simpáticos. Procedían de Alemania, Noruega y Suecia, y no hablaban mucho mejor inglés que él.

Sin embargo, resultaron ser claramente menos hábiles cuando llegó el momento de limpiar las ventanas desde el exterior.

El capataz, un danés fornido, les enseñó a los nuevos cómo limpiar el cristal con agua jabonosa y amoniaco primero desde dentro, y luego comprobó que estuvieran bien asegurados cuando llegó la hora de descender por cuerdas y mantener el equilibrio sobre unos tablones que se balanceaban.

Se quedó pasmado con la facilidad que demostró Jean-Luc.

La mayoría de los limpiacristales, más que por su talento artístico, se distinguían por su valentía y su atrevimiento.

Ese primer día, Jean-Luc ya se ganó un elogio del señor Oldfield, a quien el capataz informó de la gran habilidad del nuevo.

También le pagaron setenta y cinco centavos por el trabajo, además del sándwich enorme que les había llevado la señora Oldfield al mediodía.

Era un jornal considerable para un trabajador sin formación.

Al salir, Jean-Luc consiguió encontrar una librería e invirtió su dinero en un diccionario y un manual.

A partir de entonces pasaría las tardes estudiando.

Al día siguiente ya empezó a limpiar ventanas en fachadas de edificios de hasta seis plantas.

Su seguridad al caminar, incluso en las circunstancias más difíciles, se hizo legendaria en Man­hattan Windows y casi todos los días ganaba un dólar entero.

Lo de aprender el idioma no resultó tan sencillo.

Limpiando cristales no había que hablar con nadie, de manera que tampoco le servía de nada que sus compañeros dominaran el inglés, y aprender con los libros se antojaba dolorosamente lento.

Le costaba mucho pronunciar, así que a menudo no lo entendían cuando intentaba poner en práctica algo que acababa de aprender.

Tras los primeros días, tan llenos de novedades que por las noches solo quería dejarse caer agotado en el camastro, pronto empezó a sentirse solo y aislado.

Añoraba poder hablar con alguien, mantener una conversación que fuera más allá de good morning , no rain , sunshine u otros conceptos básicos.

Cuando no estaba trabajando o intentando mejorar su inglés de alguna forma, callejeaba por la ajetreada ciudad y pasaba por delante de teatros y locales de baile en los que no se atrevía a entrar.

Las canciones que tocaban allí eran diferentes, más bulliciosas y menos melódicas que la música clásica que él amaba y que seguía oyendo en su cabeza siempre que el ruido constante de Nueva York no le impedía pensar.

De vez en cuando se planteaba dejar el albergue. Su trabajo no lo había hecho ni mucho menos rico, pero seguro que podría permitirse un alojamiento algo mejor que ese dormitorio comunitario. Al final, se le ocurrió regresar a Castle Garden para pedirle consejo al asesor de vivienda.

El centro de inmigración, por suerte, también estaba abierto los domingos, que era el día que Jean-Luc tenía libre.

En esa ocasión no tuvo que esperar una eternidad, sino que fue directo al mostrador y, al cabo de solo media hora, ya le llegó su turno.

De nuevo lo dirigieron al empleado que hablaba francés, y Jean-Luc se sintió tan aliviado que enseguida le expuso todos sus problemas al joven.

Este lo escuchó con paciencia; Jean-Luc era el único francés del centro ese día.

—A ver, si quiere aprender inglés, debería buscar un trabajo en el que se hable más y en el que, a poder ser, se trabaje con hablantes nativos.

Sin embargo, prácticamente no hay nada para trabajadores no cualificados.

Y el inglés que hablan los irlandeses y los escoceses no es el mejor.

En realidad, lo mejor sería que buscara una escuela de idiomas, pero seguro que son caras.

Jean-Luc suspiró. Él ya lo había pensado.

—De todos modos, si lo que desea es estar en contacto con compatriotas y también quiere buscar un alojamiento nuevo, vaya directo al French Quarter, el barrio francés. Es una zona de Lower Manhattan, alrededor de Franklin Street. Los neoyorquinos lo llaman Little France.

—Pequeña Francia… —tradujo Jean-Luc, que hasta ahí sí entendía.

—El caso es que allí viven la mayoría de los franceses que han venido a parar a Nueva York.

Greenwich Village también sería una opción.

Muchos artistas residen en esa zona, aunque es cara y está muy lejos de su actual puesto de trabajo.

Espere, allí tengo una habitación amueblada.

—El hombre rebuscó entre sus expedientes—.

Lower Manhattan, la casera es una viuda muy cultivada.

En realidad, busca a una joven inquilina, pero usted también encajaría en el perfil.

Inténtelo. Franklin Street, madame Briard.

Cuanto más se acercaba Jean-Luc a Franklin Street, más se sentía como en casa.

Empezó a ver que los carteles de las tiendas estaban escritos en los dos idiomas, los artesanos anunciaban sus servicios en francés, en las panaderías y los cafés franceses olía de maravilla y la pequeña iglesia era católica sin lugar a dudas.

La casa de madame Briard tenía dos plantas y, cuando Jean-Luc iba a llamar a la puerta, un gato regordete de tres colores se acercó a él y maulló para llamar su atención.

Jean-Luc sonrió, lo acarició y lo levantó.

Le gustaban los gatos, su elegancia y su agilidad.

Su primera profesora de ballet había tenido dos en su pequeño estudio y siempre se los ponía a sus alumnos como ejemplo de movimientos ágiles y perfectos.

El rostro de la pequeña dama regordeta con mofletes de manzana y rizos plateados bajo una delicada cofia se iluminó al ver el animal en sus brazos.

—Ay, Mimi, diablilla. ¿Dónde te habías metido?

¡Hace rato que ha pasado la hora de comer!

—Le quitó la gata a Jean-Luc con decisión y la acarició—.

Hace lo que quiere. No es capaz de seguir las reglas de la casa, pero ¿qué voy a hacerle?

¡La adoro! —Madame Briard hablaba en francés con tanta naturalidad como si estuviera en París—.

Muchas gracias por traerme a Mimi de vuelta.

Jean-Luc sonrió.

—No la he traído, solo me la he encontrado en la puerta. Iba a abrirme ella misma, pero entonces lo ha hecho usted.

Madame Briard le correspondió a la sonrisa con otra que resultó algo pícara.

—Bueno, verá, no le doy la llave —bromeó—. Quién sabe a quién podría traerme a casa si no. ¿En qué puedo ayudarle, monsieur? Si viene por mademoiselle Françoise, me temo que ya no vive aquí, puesto que…

—Vengo por la habitación —repuso Jean-Luc antes de que la mujer pudiera exponer los motivos del traslado de la inquilina anterior—. Monsieur Bonde, de Castle Garden, me ha dado su dirección. Me ha dicho que podía intentarlo, aunque en realidad busque usted a una dama.

—Bueno, tampoco le cerraría la puerta a un joven caballero cortés y bien educado —contestó madame Briard—.

Sobre todo si Mimi lo recomienda tan encarecidamente.

—Ya había dejado en el suelo a la gata, que se arrimó a las piernas de Jean-Luc—.

Pase adentro primero. Nos tomaremos un café y lo hablaremos.

Poco después, Jean-Luc estaba sentado en un salón de decoración alegre que no podía haber sido más francés y le dio un bocado al primer cruasán que se comía desde su huida de París.

Madame Briard le contó que era modista, que con su esposo había regentado una sastrería, pero que había dejado el negocio a la muerte de este, hacía ya dos años.

—Sola no tenía ningún aliciente —explicó—. Y la casa vacía se me caía encima. Por eso se me ocurrió alquilar una o dos habitaciones.

Por supuesto, con amabilidad y sin resultar nada impertinente, le preguntó a Jean-Luc por sus antecedentes y su vida actual, y quedó encantada cuando le oyó hablar de su antiguo trabajo como bailarín en la Ópera de París.

—¡Un artista! ¡Menuda lástima que aquí no vaya a encontrar un puesto comparable! No es justo que ahora tenga que trabajar casi como escalador de fachadas para sobrevivir.

Jean-Luc le contó que no estaba en absoluto descontento con su ocupación.

—Requiere fuerza y equilibrio, así que practico las habilidades que se necesitan en el escenario. Por lo demás, realizo ejercicios en una barra improvisada siempre que tengo tiempo y encuentro la oportunidad. Desgraciadamente, no es muy a menudo. Donde vivo ahora…

Una hora después ya se habían puesto de acuerdo.

Jean-Luc pagaría un alquiler asumible por una habitación amueblada, diminuta pero acogedora, con vistas a la calle.

Madame Briard no tenía nada en contra de que utilizara el guardarropa como barra de ballet, e incluso prepararía un pequeño desayuno para él y para la otra inquilina, una joven profesora llamada Colette que daba clase en una escuela francesa, no muy lejos de allí.

—No, no. No cuesta más dinero —explicó—. Me alegra tener compañía. Y, si alguna vez tiene algo que coser o remendar, ¡estaré encantada de encargarme!

Por primera vez desde que había salido de París, cuando Jean-Luc regresó a su triste alojamiento no se sintió solo, decepcionado y sin hogar. Presentía que aquello sería un punto de inflexión. A partir de entonces todo iría mejor, y tal vez incluso volviera a bailar algún día.