Capítulo 2 #2
No todos los viajeros estaban acostumbrados a navegar, y los de la entrecubierta solo podían disfrutar del aire fresco a ciertas horas.
Normalmente, la cubierta superior estaba reservada para que pasearan los pasajeros más acomodados.
Los pobres solo tenían permitido salir allí después del anochecer, pero lo aprovechaban al máximo.
Un par de ellos habían llevado instrumentos y tocaban preciosas melodías para bailar.
Los compañeros de compartimento de Jean-Luc daban vueltas y vueltas con las hijas de las familias emigrantes y se lo pasaban en grande.
El ambiente más bien abatido de los primeros días —muchos viajeros de la entrecubierta estaban tristes por haberse separado de sus familias y amigos— se transformó en alegría ante un nuevo comienzo.
A Jean-Luc, las dos semanas de travesía le resultaron soportables, aunque lamentó no poder moverse mucho.
En Nueva York tendría que conseguir retomar la práctica de la danza de alguna manera.
Le habría gustado saber más sobre la ciudad, pero sus compañeros tenían unos conocimientos muy vagos sobre ella.
Y entonces, una mañana fresca pero seca, la bocina del barco sonó para llamar a todos los pasajeros a la cubierta superior.
También los de la entrecubierta debían poder disfrutar de la primera visión del Nuevo Mundo.
Jean-Luc se quedó pasmado al contemplar la ciudad de Nueva York, cuyos edificios llegaban hasta el agua misma.
Siempre había pensado que ninguna ciudad del mundo podía ser más grande que París, pero esa apretada aglomeración de casas de ladrillo y arenisca, campanarios de iglesias y chimeneas, escaleras de incendios que subían hasta unos tejados donde estaban instalados los depósitos de agua, casi lo dejó sin aliento.
También los muelles de la zona portuaria, que un hombre de primera clase que estaba junto a él le presentó a su compañero como South Street Seaport, indicaban que Nueva York era un centro comercial floreciente.
Aquel puerto le daba mil vueltas al de Le Havre.
Se veían innumerables mástiles, grúas y vapores.
De las chimeneas de las fábricas salían estelas de humo y por todas partes había personas ajetreadas, carros de transporte pesados y poderosos animales de tiro.
Nada más atracar, oyeron fuertes voces y gritos en una mezcla babilónica de idiomas.
El francés, sin embargo, no parecía hablarse mucho.
Fue entonces cuando Jean-Luc cayó en la cuenta de que tendría que aprender una nueva lengua si quería vivir allí.
Solo conocía unas cuantas palabras en inglés, todas ellas aprendidas de Vivian, y, aparte de please y thank you , poco útiles para el día a día.
Desde luego, también conocía algunas expresiones de ballet, como to stretch para decir «estirar», o the first, second and third position para «la primera, la segunda y la tercera posición», pero no tenía ni idea de gramática inglesa y no sería capaz de mantener una conversación hasta dentro de mucho tiempo.
Solo podía confiar en su espíritu despierto y su ambición.
Mientras sopesaba sus posibilidades, sufrió un mareo a causa de los olores del puerto: alquitrán y bosta de caballo, pescado y hollín, así como los aromas de la comida de los puestos callejeros montados en el muelle, que se mezclaban todos entre sí.
Y entonces, de pronto, llegó el momento de poner pie en esa tierra nueva.
Los pasajeros se apretaron ante la pasarela sin poder estarse quietos de la emoción.
La tripulación hizo bajar primero a los de la entrecubierta, pero, en cuanto estuvieron en tierra, tuvieron que vérselas con varios hombres uniformados que recibían a los inmigrantes en el muelle mismo.
Jean-Luc se asustó al ver los uniformes. ¿Había huido de la sartén para caer en las brasas? Sin embargo, lo saludaron con más o menos cordialidad y, junto con los demás, lo llevaron a un centro de recepción situado allí cerca. Los uniformados eran empleados de la Oficina de Inmigración.
—Castle Garden —dijo uno de ellos, y señaló una fortificación con forma circular que había junto al puerto—. Registro.
No quedaba muy lejos, pero el lugar en sí recordaba al caldero de una bruja.
Los inmigrantes entraron en una sala gigantesca y abarrotada donde olía a sudor y a ropa húmeda.
Las condiciones higiénicas de la entrecubierta habían hecho casi imposible asearse con regularidad; todo el que llegaba allí estaba andrajoso y descuidado.
Los guardias distribuían a la gente a bulto según su procedencia y su lengua materna: personas de países de habla inglesa, alemanes, ciudadanos de la Monarquía del Danubio o de Suiza, italianos y también franceses acabaron repartidos en grupos diferentes.
Cuando Jean-Luc, tras casi dos horas de pie, llegó por fin a un mostrador, comprobó que el funcionario hablaba francés.
Le preguntó su nombre y su ciudad de origen, y lo miró atónito cuando le dijo cuál era su profesión.
—¿Un bailarín de ballet de París? —preguntó el hombre, que tal vez fuera también originario de la capital francesa o de los alrededores—. ¿Y qué hace usted aquí? ¡En Nueva York no hay teatro de danza!
Jean-Luc sonrió con debilidad. Era bonito encontrar a una persona que por lo menos supiera en qué consistía su profesión.
—Pero tampoco me reclutarán para el ejército —se atrevió a responder.
—Ah. —El funcionario no dijo nada más, pero quedó claro que entendía qué lo había llevado a Nueva York—. O sea, que no tiene pasaporte.
—Solo una partida de nacimiento —reconoció Jean-Luc—. ¿Supone un problema?
El hombre negó con la cabeza.
—No, el pasaporte no es obligatorio. Solo debe demostrar de forma fehaciente que no es usted un mendigo ni un ladrón.
A ver, y no parece que lo sea. Ahora tiene que dirigirse al control sanitario y después podrá ir hacia allí para que le aconsejen sobre sus posibilidades.
Le proporcionaremos un lugar donde dormir y un trabajo.
¿Tiene intención de quedarse en Nueva York?
Jean-Luc apenas había pensado en eso hasta entonces. Aun así, se había pasado toda la vida en la ciudad. No era capaz de imaginarse viviendo y trabajando en el campo.
—Por lo menos de momento —dijo, por tanto—. Entonces ¿cree que podré bailar en algún sitio? —Su voz sonó tan apremiante que el funcionario reprimió una sonrisa—. ¿Hay… una ópera?
El hombre asintió.
—De eso sí que tenemos. La Academy of Music. Aunque ahí solo cantan, y ni siquiera tienen un… ¿cómo se llama?, un conjunto propio. Invitan a tocar allí a compañías de ópera de fuera. Sobre todo italianas.
Jean-Luc suspiró.
—Aprenda primero el idioma —dijo el funcionario para consolarlo—.
Así podrá probar suerte en un espectáculo de variedades o en un teatro.
Aunque también tendría que cantar. Cierto es que no son arias operísticas, pero tampoco canciones francesas.
En cualquier caso, ¡le deseo mucha suerte! Bienvenido a su nuevo hogar.
Los inmigrantes pasaron a continuación por un médico que echó un vistazo rápido a su estado de salud y les pidió que le enseñaran la lengua antes de permitir la entrada a la mayoría con un gesto.
Después, algunos de los recién llegados fueron recibidos por familiares o conocidos que ya vivían en Nueva York o alrededores.
El resto se apretaba ante un mostrador en el que varios empleados, algunos de ellos de habla francesa, les asignaban lugares de pernocta y puestos de trabajo.
Jean-Luc explicó que no podía pagar mucho por el alojamiento, de manera que lo enviaron a un albergue masculino, apenas un pabellón con camas y muy pocas comodidades.
—Puede buscarse otra cosa cuando empiece a ganar dinero —le aconsejó el encargado—. De momento solo necesita un techo bajo el que cobijarse, y eso lo tendrá.
Encontrar un trabajo adecuado resultaría más difícil, pero el asesor responsable de ello se esforzó de verdad.
—¿Bailarín? —preguntó con incredulidad—. Hmmm… ¿Qué habilidades requiere eso? Me refiero a qué tiene que saber uno para trabajar como bailarín de ballet.
Jean-Luc empezó a explicarse en detalle, pero el hombre lo interrumpió enseguida:
—¡Algo útil para el día a día, por favor! La musicalidad y la gracia no lo llevarán muy lejos.
Jean-Luc reflexionó.
—Fuerza —dijo—. Equilibrio, una buena conciencia corporal y dominio del cuerpo. Disciplina, trabajo…
—Bueno —repuso el asesor—. Vamos a ver qué hay por aquí. ¿Tiene usted vértigo?
Jean-Luc negó con la cabeza. Como a casi todos los alumnos de la escuela de danza, le había encantado hacer equilibrios sobre el tejado de la Ópera de París.
—Entonces preséntese mañana en la compañía Manhattan Windows y pregunte por el señor Oldfield. Allí buscan limpiacristales y pagan muy bien el trabajo, ¡pero es imprescindible ser ágil y no tener vértigo!
Jean-Luc tragó saliva, aunque de todos modos aceptó el papel con las señas de esa empresa de Manhattan y dio las gracias. Después preguntó cómo llegar a su alojamiento y dónde estaba la librería más cercana.
—Necesito un diccionario —le explicó al desconcertado asesor—. O, mejor aún, un manual. Limpiando cristales no aprenderé inglés.