Capítulo 2
Jean-Luc corrió a la Gare Saint-Lazare y esperó no llamar mucho la atención con su fardo.
Estaba anocheciendo y, en el breve trayecto hasta la estación, las calles se veían muy concurridas.
La mayoría de las tiendas estaban abiertas todavía, los carruajes llevaban a elegantes damas y caballeros al teatro o a la Ópera, o los acercaban a distinguidos restaurantes delante de cuyas puertas pedían limosna los pilluelos.
Jean-Luc apenas reparaba en la vida que lo rodeaba.
Luchaba contra su miedo y su inquietud por tener que abandonar a su madre y su hogar. Tenía los ojos arrasados en lágrimas.
La Gare Saint-Lazare era una de las estaciones más antiguas de la ciudad y en ella había mucho ajetreo.
De vez en cuando se veía a algún gendarme, pero no parecían interesados en los viajeros.
Jean-Luc consultó el panel informativo y constató que había un tren nocturno hacia El Havre; para viajar a Marsella, en cambio, tendría que esperar a la mañana siguiente, de modo que su destino estaba claro.
Compró un billete para los vagones con asientos de madera y poco después ya estaba en el tren.
Ni cinco horas antes, todavía había dado una clase.
Veinticuatro horas antes había bailado en la Ópera.
En ese momento intentó relajarse, aunque los duros bancos no eran precisamente cómodos y el tren, además, iba muy lleno.
Eso, sin embargo, también tenía algo positivo, puesto que era poco probable que esa noche pasaran a revisar si había algún desertor en el vagón.
Jean-Luc le dio las gracias a su vecino de asiento, que le ofreció un trago de su botella de vino.
La familia que se sentaba frente a él también le dejó compartir sus provisiones para el viaje.
Se preguntó cuántas de esas personas no tendrían pensado emigrar a algún rincón del mundo que consideraran una tierra prometida.
Él mismo se sentía más bien como si lo hubieran expulsado del Paraíso.
Las capitales mundiales del ballet eran París y San Petersburgo.
Por unos instantes se planteó si debería intentar llegar a Rusia y hacer una prueba para el ballet del Bolshói, pero los franceses no estaban muy bien vistos en la Rusia zarista.
No, haría lo que le había aconsejado su madre: tomaría el primer barco que saliera con emigrantes, y ya vería adónde lo llevaba el viento.
Para distraerse, volvió a pensar en la muchacha inglesa a la que, igual que él, le habían robado sus sueños.
¿Dónde estaría ahora Vivian, con su melena de hada, a quien tan bien había podido imaginar como primera bailarina en su ballet preferido, La sílfide ?
Cerró los ojos y creyó verla ante sí. Esa sonrisa, esa felicidad casi tangible cuando la escogía para que bailara con él.
Por fin, pensando en ella, se quedó dormido a pesar de los duros bancos de madera.
Seis horas después, el tren llegó a El Havre.
El siguiente barco de emigrantes zarpaba del puerto esa misma mañana en dirección a Nueva York.
Jean-Luc consiguió una de las últimas plazas en la entrecubierta, la clase más barata, y enseguida se dirigió al muelle indicado.
La Renommée era un vapor imponente que también contaba con mástiles de velas.
En cubierta había varios miembros de la tripulación ocupados con los preparativos de la partida.
Estaba claro que Jean-Luc había llegado demasiado pronto, porque la pasarela todavía no estaba colocada.
En parte aburrido y en parte alarmado, se puso a pasear por el muelle a lo largo del barco y así descubrió una escotilla abierta que daba a la bodega, sin duda por debajo de la cubierta superior, por la que subirían a bordo los pasajeros.
En realidad, quedaba bastante a nivel con el muro del muelle y una distancia que para Jean-Luc no comportaría más que un salto mediano.
Al principio fue solo una idea divertida, pero una especie de intuición le dijo que no haría mal poniéndola en práctica.
Por supuesto, la tripulación no estaría contenta cuando lo pillaran ahí abajo. Probablemente creerían que se trataba de un polizón y lo someterían como mínimo a un severo interrogatorio antes de comprobar que tenía pasaje. No sería lo mejor, si su intención era pasar lo más desapercibido posible.
Y, sin embargo… Jean-Luc volvió a mirar alrededor.
Otros pasajeros, hombres en su gran mayoría, esperaban ya en el muelle y entonces, para horror suyo, divisó a dos individuos vestidos con guerreras azul oscuro y botones plateados.
El chacó con el águila napoleónica que llevaban en la cabeza no dejaba lugar a dudas.
¡Gendarmes! Se acercaron con aspecto indiferente al grupo de los pasajeros que estaban esperando.
Jean-Luc no se lo pensó dos veces: un salto ágil lo catapultó hacia una espaciosa sala que quedaba por debajo de la cubierta y a la que poco después llevarían los baúles de los viajeros más adinerados.
Desde la seguridad del vientre del barco, observó con el corazón acelerado cómo los gendarmes se dirigían con seguridad a los hombres que viajaban solos y parecían pedirles la documentación.
Al final, se llevaron a uno de ellos. Jean-Luc se puso a temblar solo con pensar que, si su presentimiento no le hubiera advertido, en esos momentos podría estar yendo con él a la gendarmería.
Se dejó caer en el suelo respirando con dificultad y se quedó allí sentado hasta que oyó unos ruidos metálicos.
Estaban colocando la pasarela. Al cabo de poco, los primeros pasajeros subirían a bordo y la escotilla por la que él había saltado se uniría también al muelle mediante un puente para que los mozos de carga pudieran entran y salir.
¡Tenía que desaparecer! Esperó unos minutos más, hasta que embarcaran las primeras personas.
Si alguien lo descubría entonces, por lo menos podría afirmar que se había perdido en la enorme embarcación.
Entonces corrió hacia la puerta que comunicaba la bodega con otras dependencias del servicio que suponía que habría allí abajo.
Los emigrantes más humildes viajaban en la entrecubierta; con suerte, habría un pasillo directo hasta ella.
Sin embargo, pensándolo mejor, eso sería extraño.
Los baúles de los pasajeros de primera y segunda clase contenían sin duda objetos valiosos, de modo que representarían una tentación demasiado grande para los más pobres de entre los pobres, apiñados en la entrecubierta.
En efecto. De hecho, la puerta que tenía delante llevaba a los camarotes de la tripulación: un pasillo conducía a los dormitorios de los oficiales y los marineros del barco.
Jean-Luc lo recorrió todo lo deprisa que pudo y, al final de este, encontró una empinada escalera de hierro, más bien una escalerilla…
¡pero que llevaba directamente a cubierta!
Respiró tranquilo al incorporarse a un grupo de emigrantes.
—¿Entrecubierta? —le preguntó un instante después un marinero que debía de ser el responsable de dirigir a los pasajeros a sus alojamientos.
Los ricos viajaban en elegantes camarotes con salón propio.
En segunda clase, sin embargo, había camarotes más sencillos, de varias camas, y las comidas se servían en un comedor.
Los emigrantes más pobres compartían la entrecubierta.
A las pocas mujeres que viajaban solas las pusieron delante del todo, en la proa.
Jean-Luc y los demás hombres encontraron lugar para dormir en la popa.
—¡Pasad hasta el final del todo! —les indicó el marinero.
Jean-Luc avanzó por un pasillo estrecho, medio obstruido por los integrantes de las familias que estaban ubicadas en el centro del barco. La entrecubierta se dividía en compartimentos, y en cada uno cabían seis pasajeros que dormían en literas, tres arriba y tres abajo.
El compartimento de Jean-Luc ya tenía casi todos los camastros ocupados, solo encontró un sitio libre arriba del todo.
Sus compañeros de viaje eran unos jóvenes que encaraban el futuro con gran optimismo.
Dos de ellos querían seguir camino hasta Canadá para buscar oro en la Columbia Británica, uno tenía un tío en Nueva York del que esperaba recibir ayuda para empezar, y los demás solo decían que su objetivo en el Nuevo Mundo era «hacerse ricos», ya fuera en Nueva York o en alguna otra parte.
De momento habían escapado de sus familias, que a menudo vivían en los estrechos y abarrotados barrios obreros de las grandes ciudades, y todavía estaban asimilando el sobresalto de haber pasado el control de los gendarmes en el último minuto.
Todos tenían diecisiete o dieciocho años como mucho: eran demasiado jóvenes para la leva.
El muchacho al que se habían llevado detenido tenía diecinueve, ese mismo año cumplía los veinte y ya debería haberse presentado a revista.
De hecho, su intención era huir, pero había fracasado.
Eso había impresionado a sus amigos, desde luego, que, sin embargo, se alegraban de su libertad y de tener un futuro prometedor al alcance de la mano.
Jean-Luc no contó mucho de sí mismo: seguro que, a los demás, la profesión de bailarín les resultaba extraña, y no quería distinguirse por su exotismo.
En general, no obstante, no podía quejarse de sus compañeros.
Mantenían el compartimento más o menos limpio y cumplían con sus obligaciones.
La comida, escasa y no muy sabrosa, había que bajarla al compartimento por turnos, y los viajeros también tenían que limpiar ellos mismos las letrinas.
En cualquier caso, eran casi siempre las mujeres las que se ocupaban de las tareas de limpieza.
Aunque ellas también se quejaban de la falta de espacio y de los olores a cuerpos desaseados, alquitrán y sopa de la entrecubierta, a los que había que añadir el hedor a vómito cuando la marejada era fuerte.