En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

— Tendu, jeté, rond de jambe, en dehors!

Jean-Luc Dimarche les indicó los pasos a sus ocho alumnas, que los realizaron lo mejor que pudieron mientras el pianista tocaba una música de ejercicios.

—Estira más la pierna, Claudine. Mantén la cabeza alta, Denise. ¡Julie, no te olvides de respirar!

Jean-Luc corregía a las jóvenes bailarinas con amabilidad pero con firmeza, y no dejaba que se le notase que ese día se debatía en un intenso desasosiego.

Aunque en realidad le gustaba enseñar, le habría encantado poner fin a la clase antes de tiempo.

Tenía un grupo de jóvenes bailarines cuyos padres podían pagar clases privadas y todos los cuales, sin excepción, soñaban con ser aceptados como discípulos en la Escuela de Danza de la Ópera de París.

La probabilidad de que sucediera eso era mínima, ya que todos tenían unos quince años de edad y, por lo general, la institución solo aceptaba a niños más pequeños.

Y en cuestión de aptitud, Jean-Luc solo le había visto habilidades para pasar el examen de acceso a una de sus alumnas, pero la pequeña inglesa Vivian Altham se había marchado hacía tiempo por motivos familiares.

Aun así, las muchachas y el único chico del grupo se aplicaban con denuedo y estaban muy orgullosos de que Jean-Luc les diera clase en una de las salas de ensayos de la Ópera.

Los bailarines que querían ganarse algún dinero además del exiguo salario básico lo tenían permitido, y así sus alumnos podían sentirse importantes.

De esa forma pertenecían por lo menos un poco al mundo del ballet, aunque jamás les dejaran bailar en el escenario de la Ópera.

El caso de Jean-Luc era muy diferente. Él había terminado sus estudios en la Escuela de Danza de la Ópera de París hacía unos meses y había conseguido un contrato con el cuerpo de baile de la institución.

Era un gran honor, y su contrato mencionaba incluso unos primeros pequeños papeles en solitario.

Era muy buen bailarín y amaba su profesión, aunque era muy exigente y se obligaba a privarse de ciertas cosas.

Jean-Luc había soñado con bailar desde niño.

¡Jamás había ni querido ni podido imaginar nada más!

—Bueno, ahora repartíos por la sala, por favor. Échappé sauté, glissade et changement. Que el movimiento tenga soltura, Marius. ¡Sin pausa entre los saltos!

Jean-Luc alababa los progresos de sus alumnos por mucho que también mencionaba sus debilidades, aunque en sus clases nadie se había movido jamás con tanta gracilidad como la joven inglesa, su antigua alumna preferida.

La muchacha había aprendido con una rapidez increíble y parecía tan prendada de la danza como él mismo.

Sin embargo, el destino había tenido otros planes para ella.

Por mucho que Jean-Luc intentaba distraerse con el recuerdo de Vivian Altham, continuamente volvía a sentir la espada de Damocles que pendía sobre él.

Había estado todo el día en la Ópera, el cartero habría pasado hacía tiempo y tal vez su madre sabría algo.

Jean-Luc creyó que temblaba de nerviosismo.

La clase terminó por fin. Las chicas le dieron las gracias a su profesor con una delicada reverencia y Marius se inclinó un poco, igual que Jean-Luc.

Era importante demostrarse respeto unos a otros.

Alumnos y profesor, a fin de cuentas, se esforzaban juntos para crear auténtica belleza, elegancia y gracia.

La danza clásica casi tenía algo de sagrado para él.

De pronto, no pudo resistirlo más. Le dirigió apenas una breve despedida al pianista y corrió a los vestuarios para cambiar el maillot de ballet por su ropa de calle.

Después se dirigió casi a la carrera hacia la rue de l’Échiquier, donde compartía un pequeño piso con su madre, viuda desde hacía tiempo.

También para ella sería una catástrofe que Jean-Luc tuviera que marcharse.

¡Aquello no podía ser! Él no estaba hecho para el ejército, para la guerra.

Había trabajado muchísimo y no era justo que de pronto tuviera que dejar el ballet porque lo llamaran a filas.

Sin embargo, sabía muy bien que aquello no tenía nada que ver con la justicia, desde luego.

Napoleón III, el sobrino del corso legendario, necesitaba soldados para sus guerras: en esos momentos estaba enviando tropas a México.

A tal fin reclutaba a hombres en edad apta para el servicio militar, y la decisión de a quién le tocaba la determinaba el sorteo.

Un conocido de Jean-Luc había recibido su llamada a filas hacía unos días y pronto tendría que presentarse al servicio.

Aunque para él no era un cambio tan inmenso; François era herrador y seguro que en el ejército lo emplearían como tal, en lugar de enviarlo directo al frente.

Si no tenía demasiada mala suerte, sobreviviría los siete años de servicio y luego retomaría su profesión y formaría una familia.

Jean-Luc, por el contrario… Los bailarines tenían una carrera profesional muy corta.

Era impensable que pudiera regresar después de siete años de guerra y subirse al escenario de la Ópera de París.

Con los veintisiete años que tendría entonces, ni siquiera podría empezar de cero, y eso si sobrevivía a su paso por el ejército.

Jean-Luc no era un luchador, ni siquiera de niño se había pegado con nadie.

¿Y de pronto tenía que clavarles la bayoneta en las tripas a otros hombres?

No era capaz de imaginarse ni disparando a un animal.

Sin embargo, hacía varios días que sabía que la probabilidad de librarse era escasa.

En el sorteo público que se realizó en la capital francesa le había correspondido un número bajo.

Y, cuanto más bajo era el número, antes era llamado a filas su portador.

Siguió andando apesadumbrado, más despacio cuanto más se acercaba al piso. Un momento antes todavía había querido saberlo; de pronto, habría preferido dejarlo para más adelante. Su inquietud rayaba en el miedo puro.

Marie Dimarche, la madre de Jean-Luc, estaba en su cocina, sentada en una silla y mirando fijamente la carta que había sobre la mesa.

Llevaba así desde que el cartero se la había entregado esa mañana, aunque ni siquiera pensaba abrirla.

¿Para qué, si su contenido se adivinaba solo con ver el destinatario?

La oficina de reclutamiento no escribiría a su hijo para comunicarle que el ejército prescindía de sus servicios, muchas gracias.

Solo los llamados a filas recibían esas cartas tan delgadas y, sin embargo, tan cargadas de significado.

Marie no quería ni tocar el sobre, pero ahí estaba; no podía negarlo.

Cuando Jean-Luc llegara a casa y lo abriera, ante ellos se abriría también un abismo.

Él tendría que despedirse de todos sus sueños, y ella, Marie, perdería a su hijo.

De una forma u otra moriría en el campo de batalla o, en el mejor de los casos, sería un hombre diferente al regresar.

No obstante, su madre no creía que fuera a pasar eso último.

Jean-Luc no sobreviviría en el mundo del cuartel, lleno de gritos, violencia e inhumanidad.

Marie se resistía a lo que el destino les tenía deparado a ambos.

Aun así, tras mucho reflexionar, había encontrado una solución que tal vez a ella le rompiera el corazón, pero que a su hijo le permitiría seguir con vida.

Por fin oyó la llave en la cerradura y se preparó para lo inevitable.

— Maman? —preguntó Jean-Luc sin inflexión alguna en la voz al entrar en la cocina.

Vio la carta al instante y quiso cogerla, pero Marie le puso una mano encima.

—No —dijo—. No la abras. La devolveré. No irás allí.

Él se frotó la frente.

—Pero, maman , ¡enviarán a la policía militar! Me apresarán y eso solo empeorará las cosas. En el peor de los casos, me colgarán por desertor.

Marie negó con la cabeza. Con una mirada cariñosa pero decidida, contempló el rostro delgado de su hijo, que estaba pálido y no habría expresado demasiado de no ser por esas dos grandes cejas castañas que contenían tanta dulzura y en las que a la vez ardía un fuego con el que derretía al público cuando bailaba.

Sus labios eran suaves, su cuerpo esbelto y de extremidades largas; tenía los músculos fuertes y bien definidos de un bailarín, no la musculatura de un matón.

Marie deseó memorizar su expresión, la felicidad que iluminaba sus rasgos en cuanto escapaba de la gravedad gracias al sonido de la música.

—No has llegado a recibir esta carta porque hoy no has regresado a casa —expuso—.

Les diré que eso sucede a menudo, que no he visto ningún motivo para denunciar enseguida tu desa­parición.

Pasado mañana devolveré la carta, o iré a entregarla en mano, si me atrevo.

Les diré que no sé dónde estás, e incluso será cierto, porque puedes decidir adónde ir cuando llegues a El Havre.

Súbete al primer barco que zarpe. ¿Tal vez rumbo a Norteamérica?

Si parte hacia la India, pues a la India. Mientras sea lejos de aquí…

Jean-Luc se mordió el labio.

—No tengo dinero, maman .

—Sí que lo tienes. —Marie se levantó, fue al armario de la cocina y, de una jarrita que había muy al fondo, sacó un puñado de billetes—.

He estado ahorrando, Jean-Luc. Desde hace mucho tiempo, desde que empezaste en la escuela de danza.

Esperaba poder comprar tu libertad cuando llegara el momento.

—Los hijos de los ciudadanos ricos rara vez acababan de soldados rasos en el ejército.

O bien iniciaban una carrera de oficial por propia voluntad, o bien sus familias pagaban a alguien para que se presentara en su lugar—.

Pero no alcanza para eso, me he informado.

Sin embargo, sí debería poder pagar un pasaje en barco. Tienes que marcharte, mi niño querido.

Jean-Luc empezó a contar el dinero mecánicamente.

—Pero ¿no te pondrán problemas si huyo? —Despertó como de un trance, porque todo aquello, aunque llevara semanas esperando ese día, resultaba irreal.

Marie se encogió de hombros.

—¿Y qué van a hacerme? A la guerra no pueden enviarme. Tampoco me colgarán, puesto que no hay pruebas. Tendrán que resignarse al hecho de que no estás. Un enfant perdu. Se llevarán al siguiente de la lista y ya está. Hay jóvenes de sobra.

—Pero entonces estaré condenando a otro a que se sacrifique por mí —dijo Jean-Luc en voz baja.

Su madre levantó las manos.

—Jean-Luc, te quiero y te creo capaz de muchas cosas.

Pero, en lo tocante a la guerra, pienso que casi cualquier otro tendrá más probabilidades de sobrevivir que tú.

Eres un artista. No te perteneces solo a ti mismo: perteneces al mundo entero.

¡Tu público quiere verte bailar! Estarías traicionándolo si te rindes ahora.

Jean-Luc lo pensó. El director artístico de la Ópera le había dicho algo parecido cuando había ido a pedirle ayuda, presa del pánico después del sorteo.

El hombre no había podido prometerle nada, y oficialmente no se excluía del reclutamiento a ningún joven apto para el servicio.

Con todo, el director había afirmado que la diosa del Arte protegería a Jean-Luc con su mano.

Casi se echó a reír. Si hubiera tenido que imaginarse a la diosa del Arte o la santa de la Música, ¡seguro que no les habría puesto la cara de su madre!

—¡Venga, prepara tus cosas, mon cher ! —exclamó Marie con aflicción—. El tiempo apremia. Es posible que te esperen mañana mismo en el cuartel. Ve con Dios, hijo mío, ¡y cuídate mucho!

O con santa Cecilia, pensó Jean-Luc, que según decían había ido cantando hacia su ejecución.

Él iría bailando.