Capítulo 10
Entre el puerto y el fuerte había almacenes, tiendas de suministros para barcas y pesca, y también algunos pubs, por supuesto.
Vivian y Ross escogieron uno que les pareció bueno cerca de la entrada del fuerte y esperaron que los dejaran entrar pese a lo descuidado de su vestimenta.
El dueño, sin embargo, les sonrió con simpatía y les asignó una mesa junto a la ventana.
—Parece que acaban de salir de la naturaleza salvaje.
Vivian le correspondió a la sonrisa.
—¡Sí, señor! —contestó, animada—. ¡Venimos desde Fort William, a pie y con canoa! ¡Cuarenta y ocho días a través de la naturaleza y listos para los yacimientos de oro!
El hombre los miró un instante con asombro y luego les ofreció su selección de platos.
—Les recomiendo los pastelitos de carne. El pescado con patatas fritas también está muy bien, pero seguro que últimamente se habrán hartado de comer pescado.
Ross y Vivian se miraron desconcertados y comprendieron que sus compañeros de expedición, pese a ser consumados cazadores, nunca habían pescado. Y eso que los lagos y los ríos estaban repletos de peces.
—No, no queremos pescado —confirmó Ross—. Pero sí cerveza: una buena jarra de cerveza bien grande. ¿Para ti también, Viv?
Ella asintió. Justo entonces se dio cuenta del hambre y la sed que tenía.
El dueño del pub tardó solo unos minutos en reaparecer y dejar en la mesa dos platos con unos pastelitos de carne calientes que olían de maravilla. A Vivian se le hizo la boca agua, pero Ross quiso cerciorarse primero de que por fin habían alcanzado su destino.
—¿Y, desde aquí, se llega enseguida a los yacimientos de oro? —preguntó.
El dueño arrugó la frente.
—No, claro que no. ¿Quién les ha dicho eso? El oro está en la Columbia Británica, y hasta allí hay todavía unos mil quinientos kilómetros.
Vivian lo miró con horror.
—¿M… mil quinientos kilómetros? ¡Pero si eso es más aún que desde Fort William hasta aquí! La British Columbia Transfer Company iba a traernos a Fort Garry. Todo el mundo quiere venir aquí, así que creíamos que…
—Pues creían mal, joven —dijo el hombre con pesar—. O, mejor dicho, lo creían demasiado cerca, para ser más exactos. De hecho, este es el punto de partida de la auténtica expedición hacia los yacimientos de oro. Somos, por así decir, el último poste avanzado de la civilización.
—Creía que eso era Fort William —repuso Ross, que estaba tan horrorizado como Vivian—. Porque desde allí, de hecho, ya no se puede seguir camino ni en barco ni en tren.
—Y hemos llegado atravesando la naturaleza virgen. —Vivian, que normalmente era optimista, llevaba escritas en la cara las penurias pasadas—. Ha sido todo tan difícil, tan agotador…
—Hmmm… En comparación con lo que tienen por delante, no ha sido más que un viaje de placer —afirmó el dueño del pub—.
Han llegado siguiendo la ruta de Dawson Trail, ¿verdad?
Existe desde hace ya tres o cuatro años.
Seguro que no es sencillo recorrerla, pero sin duda está muy bien marcada.
A partir de ahora, tendrán que atravesar una tierra que todavía está por explorar.
Hasta la fecha solo la han frecuentado tramperos y aventureros.
Se sabe que cruzando las Rocosas se llega a la Columbia Británica y, por supuesto, por todas partes hay asentamientos de nativos, si es que no están en movimiento, pero no hay nada cartografiado.
Ross lo miró con incredulidad.
—Y… ¿cómo se orienta uno?
El dueño sonrió.
—Con una brújula. Por la posición del sol, o de las estrellas. A mí no debería preguntarme, que no soy trampero. Pero los cazadores de búfalos y de pieles siempre encuentran la forma de volver, así que deben de existir caminos.
—No sé si me atrevo —le confesó Ross a su mujer cuando el hombre los dejó solos, y Vivian, hambrienta pese a todo, dio un mordisco a su pastelito—. Adentrarnos en los bosques solo con una brújula… ¿Y si ese trasto se estropea?
—Yo ni siquiera sé cómo funciona —dijo Vivian, reconociendo una ignorancia aún mayor—. De ninguna manera podemos hacerlo solos, Ross. ¿No deberíamos unirnos a otra expedición, o buscar a un guía para nosotros dos?
Cuando el dueño pasó otra vez por su mesa y les dejó dos jarras de cerveza, Vivian le preguntó al respecto.
—El último grupo partió hace dos semanas —explicó el hombre—. Era bastante numeroso. Incluso llevaban a mujeres y a niños. Ahora mismo son ustedes los únicos que quieren emprender el viaje. Tal vez deban esperar un par de semanas.
Ross y Vivian se miraron. Partridge y su gente volverían a ponerse en marcha, desde luego, pero la idea de continuar el viaje con ellos no les hacía ninguna gracia.
—Si esperamos más, será invierno —reflexionó Ross—. Y dicen que aquí nieva y hiela.
El dueño se echó a reír.
—¡Ya lo creo, joven! ¡Eso se lo puedo asegurar! En invierno, la ruta no es ninguna broma. Aunque tampoco lo es en verano, la verdad.
—¿Y no hay algún guía al que podamos contratar? ¿Alguien que viaje solo con nosotros? —añadió Vivian, pensando con preocupación en el dinero que les quedaba.
Esperaba poder vender bien la canoa, al menos.
—Bueno, hay un par de metís que se dedican a ello profesionalmente, aunque más bien con grupos grandes.
Ustedes dos solos no podrían pagarlos. Aun así, pregunten por ahí.
Es posible que algún trampero acepte el trabajo.
Podrían ayudarlo a colocar trampas o algo así.
Pero no sé quiénes de ellos se encuentran aquí en estos momentos.
—Lo pensó unos segundos—. Esperen. Ayer vi a Old Jim, que hace veinte años que recorre las llanuras.
Aunque él no querrá ir tan lejos. Skinny Pete también está aquí, cada noche en un pub diferente.
Él sabrá guiarlos hasta la Columbia Británica si llevan suficiente whisky. Bebe como un cosaco.
Ross y Vivian cruzaron una mirada de desesperación.
—Teacher sería otra posibilidad —siguió enumerando el hombre—. Pero es muy huraño. No me lo imagino atravesando el territorio con unos novatos.
—¿Y por qué se llama Teacher? ¿Es acaso profesor? —preguntó Vivian.
—Porque parece ser que estudió. Dicen que en un principio llegó aquí como misionero, pero luego debió de pasarle algo.
En cualquier caso, hace lo que todos los demás: cazar y colocar trampas.
También comercia con los nativos. Teacher se lleva muy bien con ellos. Bueno, por preguntar no se pierde nada.
Vivian y Ross volvieron a centrarse en su comida, más bien callados y con una sensación de inquietud. Ambos debían asimilar las novedades.
—¿Sabría Colleen todo esto? —Vivian apoyó la cabeza en las manos y miró a Ross con tristeza.
Él le acarició la mejilla un instante y se encogió de hombros.
—No lo creo. Tampoco tenía más documentación que la de la compañía. Un trayecto en carromato hasta los yacimientos de oro, ¡y un cuerno! Menuda estafa. ¡Cuesta de creer!
—No deberíamos haber sido tan ingenuos, tendríamos que haber consultado un globo terráqueo. —El suspiro de Vivian fue insondable—. Aunque… a Colleen eso tampoco le sirvió de nada. Qué más da. ¿Qué hacemos ahora?
—Primero montaremos la tienda en algún sitio —propuso Ross—.
A ser posible bien lejos de Partridge y los demás.
Que descubran ellos solos lo que les espera.
Yo, por lo menos, no tengo ninguna gana de más peleas.
¿Y luego? —Dejó el cuchillo y el tenedor en su plato y dio un gran trago—.
¡Tenemos que pensar muy bien si de verdad queremos hacerlo, Viv!
Estas últimas semanas han sido rematadamente duras, y ahora habrá que pasar por todo otra vez, por lo menos.
Tal vez deberíamos regresar a Montreal. O probar suerte en Nueva York.
Vivian puso los ojos en blanco.
—Eso tampoco debe de ser fácil. Las distancias son demasiado grandes, y quién sabe si habrá trenes.
Además, tampoco nos queda mucho dinero. ¡Y yo no quiero regresar por Dawson Trail!
¿Pasar otra vez por todas esas penurias?
¡Ni hablar! Creo que, para el caso, más nos vale seguir adelante, y al menos estaremos donde queríamos.
Ross se frotó la frente.
—Consultémoslo con la almohada —repuso—. Mañana buscaremos a ese Teacher. No me hago muchas ilusiones, pero nunca se sabe.
Vivian y Ross decidieron acampar cerca de un par de casas de troncos.
Allí había una tienda en la que pudieron comprar alimentos y comprobaron que, por supuesto, tenían pemmican a la venta.
Sin duda, también en la nueva ruta tendrían que alimentarse sobre todo de eso, y Vivian ya temía volver a sufrir ataques de náuseas.
Sin embargo, de momento compró pan, queso y una botella de cerveza.
De todas formas querían celebrar que volvían a estar solos.
Si no había nadie más que montara una tienda por allí cerca, y si el alcohol les hacía entrar un poco en calor, tal vez se atrevieran a amarse otra vez.
No obstante, cuando Ross hubo encendido un fuego delante de la tienda y Vivian, que tenía el frío metido en el cuerpo, se sentó cerca para calentarse, un hombre salió de entre las sombras de las casas de troncos.
Estaba muy flaco y tenía la cara llena de arrugas y quemada por el sol.
Su chaqueta de pieles y los pantalones de cuero le abrigaban sin lugar a dudas, pero ambas prendas estaban viejas y manchadas.
A Vivian le pareció notar también un olor algo fuerte que procedía tanto de él como de su ropa.
Olía un poco a tabaco y a… ¿sangre? En cualquier caso, a una persona que hacía mucho que no se lavaba y que tampoco lavaba su ropa.
Para su sorpresa, el desconocido hizo una ligera reverencia ante ellos y les habló con educación y en un inglés sin acento ni peculiaridades dialectales.
—¡Buenas noches! ¿Son ustedes el matrimonio Wallett?
Ross asintió.
—Ross Wallett, y esta es Vivian, mi mujer.
El hombre se señaló un instante.
—Teacher —se presentó. No parecía querer darles su verdadero nombre, o quizá lo había olvidado—. ¿Me han dicho que quieren ir a los yacimientos de oro?
Vivian sonrió de oreja a oreja; de pronto, ya no le importaba el olor.
—Sí, y buscamos un guía. Es probable que suela hacerse el viaje en un grupo más grande, pero…
—Yo no soy amigo de los grupos grandes —aclaró Teacher—. Pero me gustaría probar suerte con el oro. Ya estoy harto de matar bestias. Lo haces una temporada y luego empieza a parecerte mal. Sobre todo porque les quitamos los búfalos a los nativos. Pronto no encontrarán nada que comer…
—A mí tampoco me gusta cazar —explicó Vivian—. A mi padre sí, pero a mí nunca me ha hecho gracia. ¿Querría guiarnos, entonces? ¿Hasta los yacimientos de oro? El dueño del pub nos ha dicho que el camino es dificultoso.
Teacher asintió y se sentó sin pedir permiso.
—Normalmente no me llevaría a ninguna muchacha —repuso con sinceridad—. La gente del último grupo está loca. ¡Una mujer y tres niños! Pero he oído que ustedes han llegado por Dawson Trail.
Vivian asintió con orgullo.
—¡Y yo no retrasé al grupo! —aclaró.
Teacher no hizo ningún comentario al respecto.
—En tal caso, estaría dispuesto a intentarlo con ustedes. Pero tendrán que pagar el equipo, porque yo no tengo dinero.
Vivian se preguntó si de verdad un cazador de búfalos y pieles ganaría tan poco, sobre todo porque Matthew Pride estaba convencido de lo contrario. Aun así, Ross y ella accedieron a correr con los gastos.
—Aunque tampoco puede subir mucho —objetó Ross—. El viaje hasta aquí ya nos ha costado más de lo que creíamos.
Teacher se encogió de hombros.
—Yo no tiro el dinero, y sé qué comerciantes no inflan los precios. Tampoco pretendo hacerme rico a su costa. De todas formas quería ir a la Columbia Británica.
Vivian lo creyó. Parecía ser muy diferente a Michel, que siempre había dejado claro que sus clientes le daban igual: guiarlos era un negocio, ni más ni menos.
—Tenemos una canoa. Bastante buena —informó con orgullo.
Teacher asintió con reconocimiento.
—La he visto. Mejor que las de los demás.
De manera que ya los había investigado a conciencia. Vivian no sabía si eso era bueno o si debía inquietarla.
—Pero iremos por tierra —dijo el hombre—. Podríamos seguir los ríos en algunos tramos, pero las etapas por tierra firme son demasiado largas para cargar con una canoa. Mañana venderemos su barca. En lugar de eso, compraremos mulos o caballos. —Le tendió una mano a Ross—. ¿Socios? —preguntó.
Este se la estrechó, y Vivian también le ofreció sus dedos pequeños y callosos.
—¡Socios! —exclamó, decidida, cuando el hombre le dio la mano con cuidado.