Capítulo 9 #3
—¿Cómo dices? —se indignó Vivian—. ¿No creerás a ese hombre? No sé qué estaba haciendo junto a los botes en plena noche, pero estoy segura de que dejé nuestra canoa bien metida playa adentro.
—Vamos, Viv, le puede pasar a cualquiera —murmuró Ross, ya medio dormido otra vez—. No te enfades tanto.
A Vivian le habría gustado aprovechar el desayuno para poner al tanto a los demás, pero Ross estuvo en contra.
—Con eso solo te buscarás problemas. Nadie creerá que Pride tramaba algo, y Michel nos echará en cara que nuestra canoa es demasiado ligera y enseguida puede salir flotando a la deriva.
Su canoa era tema de conversación en el grupo de vez en cuando.
La mayoría de los hombres los envidiaban por tener un bote tan ligero que ni siquiera les hacía falta descargarlo para realizar los portages .
Las canoas de madera eran demasiado pesadas para eso, así que antes de cada paso por tierra tenían que repartir las provisiones y guardarlas en las mochilas.
Por otro lado, la canoa ligera requería algo más de habilidad cuando había que atravesar lugares con fuertes corrientes.
Ross y Vivian ya la dominaban bastante a esas alturas, pero los primeros días habían estado a punto de volcar un par de veces.
Al final, Vivian decidió no decir nada, cosa que lamentó a la mañana siguiente, cuando resultó que Pride y su compañero se habían marchado con otra canoa de dos personas.
También se habían llevado consigo gran parte de las provisiones que les quedaban, además de robar dos armas y varios cuchillos que se habían quedado fuera de las tiendas por descuido, porque esa noche no llovía.
—¡Con eso ya tienen todo lo que necesitan para una nueva vida como cazadores y comerciantes de pieles! —comentó con amargura uno de los perjudicados—. ¡Espero que se encuentren con una tribu de caníbales!
No lo dijo con intención de molestar a nadie, pero Michel se tomó de manera personal la ofensa a sus antepasados indígenas.
Mientras, Partridge repartía en otros botes a los que se habían quedado sin medio de transporte y anunciaba que habría que recortar las raciones de comida durante la última etapa del viaje.
—¡No volveremos a hacer esto nunca! —declaró Vivian más tarde, mientras Ross y ella se dejaban llevar por las corrientes tranquilas del río Winnipeg sin tener que remar mucho—.
Si quieres saber mi opinión, el grupo de la expedición me ha resultado más agotador que cargar con la canoa.
A partir de Fort Garry, ¡viajaremos solos!
Ross asintió.
—Tampoco puede quedar mucho después de eso. Desde allí, la compañía iba a llevarnos a la Columbia Británica en carromatos, así que deben de existir caminos bien marcados.
—La compañía también nos prometió que el tren llegaba hasta Fort Garry —señaló Vivian—. Nadie dijo nada de ir en canoa, y mucho menos de cargar con ella. A saber qué sorpresas nos esperan aún.
—¡Bah, deja de ser tan agorera! —exclamó Ross—. De alguna forma saldremos adelante. Mucho peor que esto no puede ser.
Vivian asintió.
—En todo caso, no quiero más discusiones junto a la hoguera. Ni robos. Y también podría prescindir de tanto rezo.
Ross se echó a reír.
—Seguro que eso lo conseguimos. Pero habrá que remar más despacio, porque, si no, alguien volverá a quejarse de que no seguimos un ritmo constante. Dentro de un par de días habremos llegado a Fort Garry. A partir de ahí, ya se verá.
La última etapa del viaje fue de las más sencillas.
Solo hubo que cargar la canoa alguna que otra vez, en tramos cortos donde el agua estaba muy baja.
Y entonces, el día número cuarenta y ocho después de partir de Fort William, tras un meandro del río vieron humo y oyeron sonidos de golpes de martillo.
Algo más allá apareció a la vista Fort Garry, una construcción imponente, igual que Fort William.
Ross puso rumbo a una zona arenosa cerca del puerto para poder arrastrar la canoa más fácilmente a tierra.
Vivian y él saltaron al agua de la orilla y se abrazaron entre celebraciones.
¡Lo habían logrado! Se acabaron el pemmican , los peligros y las discusiones extenuantes.
Ross le dedicó una sonrisa resplandeciente, y ella, por primera vez desde hacía semanas, se preocupó por si él seguía viéndola guapa.
De la muchacha rica y malcriada que Colleen había visto en ella a bordo del United Kingdom, en todo caso, ya no quedaba mucho.
Tenía la piel algo bronceada; los labios, cuarteados; la bonita melena de hada, apelmazada.
Le habían salido callos en las manos. Se había hecho más fuerte, pero también había perdido peso y todos sus vestidos habían quedado desgastados y descoloridos por el sol y la lluvia.
El propio Ross no tenía mejor aspecto, pero ella lo habría amado por muy desmejorado y sucio que estuviera. Por suerte, el rostro de él no dejó entrever duda alguna.
—Ven —le dijo—. Dejaremos la canoa en algún sitio donde esté segura hasta que podamos venderla. Después entraremos en el fuerte y buscaremos algo de comer. Algo rico de verdad. ¡Tenemos que celebrarlo!