Capítulo 9 #2
—Solos iríamos más deprisa —comentó Ross el sexto día, un domingo.
Partridge había ordenado descansar el día del Señor. Pronunció un sermón y dirigió la oración, después todos cantaron, pero no avanzaron ni un solo kilómetro, aunque sí perdieron bastante sangre por culpa de los mosquitos.
A Vivian el día de descanso le pareció muy agradable.
Sin embargo, no consiguió quedarse tumbada junto al fuego, recuperando fuerzas.
Michel y un par de hombres más se internaron en el bosque y regresaron cargados con un ciervo adulto que había abatido Matthew Pride, quien casi estallaba de orgullo.
Los hombres despellejaron al animal y lo destriparon, y después Vivian tuvo que asar la carne y prepararla, a poder ser, de forma que aguantara varios días.
Intentó cocinar un estofado con judías, también asó varios cortes al fuego hasta casi carbonizarlos, y durante todo el rato no dejó de sentir auténtica repugnancia.
Le gustaban mucho más los ciervos vivos; a menudo veía a alguno de esos majestuosos animales desde la canoa, bebiendo en la orilla.
Ross, que no era tan sensible, la ayudó a descuartizar al animal.
En Inglaterra había participado en cacerías y sabía más o menos cómo aprovechar la carne.
Ese domingo por la tarde, Vivian estaba más exhausta que después de una etapa de viaje, sobre todo porque los hombres no se reprimían en sus críticas sobre su falta de arte culinario.
El ambiente fue tensándose todavía más a medida que el viaje continuaba.
Los ríos ya no eran tan fáciles de navegar como al principio.
Tenían que atravesar rápidos y había discusiones cada vez más violentas sobre si se podían superar en canoa o era mejor llevar las embarcaciones a tierra.
A veces volcaba una barca y los hombres conseguían llegar a la orilla de puro milagro.
Así perdieron gran parte del equipo, lo cual provocó más frustración.
Por la noche, junto a la hoguera, se pasaban horas discutiendo de quién había sido la culpa.
A menudo, los lugares para acampar eran claros minúsculos.
El grupo no podía dispersarse y, por eso, cada vez eran más frecuentes las peleas entre individuos.
Partridge tuvo que impedir en varias ocasiones que Matthew Pride se pegara con alguien, y Vivian soportaba comentarios vulgares cuando se retiraba con Ross a su tienda por las noches.
Alguna que otra vez se cruzaban con otras personas, sobre todo familias metís que casi siempre se ofrecían a venderles mercancías como tabaco.
Los fumadores del grupo se habían dado cuenta hacía tiempo de que sus pipas y cigarros al menos ahuyentaban un poco a los mosquitos, así que todos se alegraban de comprar un poco de tabaco nuevo cuando podían abastecerse de él.
La ruta los llevó durante varios días por grandes extensiones de agua. Los viajeros habrían podido avanzar más deprisa y sin dejarse tanto la piel si Partridge no hubiese insistido en realizar siempre el descanso dominical, así como sus ejercicios religiosos.
Las diferentes posturas de los integrantes de la expedición estaban bastante enquistadas cuando por fin alcanzaron a ver Fort Frances, un pequeño puesto comercial.
Allí pudieron reaprovisionarse, conversar con otros grupos y lavarse por fin más a fondo que en los ríos y los lagos del camino, cuyas aguas solían estar heladas.
Matthew Pride se fijó en el fuerte en un hombre silencioso que llevaba un caballo y un mulo cargados de pieles hasta los topes.
Para su sorpresa, el trampero obtuvo muy buen precio por ellas.
Cuando la expedición reemprendió la marcha, en cada tramo complicado que se encontraban, Pride proponía abandonar la ruta hacia la Columbia Británica y, en lugar de eso, hacerse ricos cazando y comerciando con pieles.
Soltaba peroratas junto a la hoguera sobre la posibilidad de comprarles pieles baratas a los nativos —como llamaban a los indígenas— y luego vendérselas más caras a las compañías comerciales.
—Para eso, primero tendríamos que aprender el idioma de esa gente —repusieron algunos, más sensatos—. Y habría que saber qué tribus son amistosas y cuáles son más bien hostiles. Seguro que no faltan los peligros.
Pride opinaba que, en tal caso, también podían cazar ellos mismos los animales.
Los intentos en ese sentido por parte del propio Pride y de otros cazadores entusiastas volvieron a suscitar discrepancias.
La dieta a base de pemmican y judías no gustaba a muchos, de modo que algunos hombres empezaron a salir a cazar antes de partir por las mañanas.
Casi siempre regresaban con animales pequeños y se alegraban si, además de la carne, podían sacar una piel que esperaban vender en Fort Garry.
Sin embargo, a otros, Partridge entre ellos, no les gustaban ni los retrasos que eso suponía ni el hecho de que, con el ruido de los disparos, llamaran mucho la atención.
Si los oían desde los poblados de los indígenas, a los jefes se les podía ocurrir exigirles los temidos portazgos.
De nuevo se produjeron discusiones interminables, aunque la etapa que iba desde el río Rainy al lago de los Bosques requería de toda la energía y la atención del grupo.
El paisaje era precioso, pero los bajíos y la existencia de muchas pequeñas islas que había que esquivar hacían difícil avanzar en canoa.
A eso se le añadía que la climatología hacía honor al nombre del río, Rainy: ‘lluvioso’.
Llovía a menudo, a veces en aguaceros, a veces de forma constante, y el viento perpetuo también los sacaba de quicio.
El portage desde el lago de los Bosques hasta el río Winnipeg se alargó varios kilómetros y al anochecer todo el mundo estaba exhausto.
Aun así, Vivian se desveló en plena noche al oír ruidos de algo que se arrastraba. Despertó a Ross, nerviosa.
—Será un animal —murmuró este, medio dormido.
Después de la larga marcha soportando el frío y la humedad, por fin había entrado en calor y no le apetecía en absoluto salir de la tienda para comprobar qué ocurría.
—¿En mitad del campamento? —insistió Vivian—. Tenemos que ir a ver. A lo mejor hay alguien merodeando…
Ross masculló algo sobre que no fuera histérica, pero aun así salió de debajo de las mantas. Vivian enseguida lo oyó gritar.
—¡¿Qué está haciendo con nuestra canoa?!
Espantada, también ella asomó la cabeza fuera de la tienda y vio a Matthew Pride intentando llevarse la embarcación.
Los miembros de la expedición habían dejado las canoas en tierra; estaban todas en la playa de arena, dispuestas para volver a llevar a sus dueños por el río Winnipeg a la mañana siguiente.
—No te alteres tanto —replicó Pride con tranquilidad—. El agua ha subido, o no habéis dejado la barca lo suficientemente alejada. El caso es que estaba en peligro de irse flotando. Solo la he puesto a salvo.
—¡Sí que la había alejado lo bastante! —protestó Vivian.
Esa tarde había asegurado la canoa con mucho cuidado mientras Ross montaba la tienda, pero uno no se había fijado en lo que hacía el otro porque estaban demasiado cansados.
—Bueno, muchacha… —comentó Pride con una sonrisa torcida—. ¡La próxima vez pon más atención!
Levantó la mano con desenvoltura para despedirse y se metió en la tienda que compartía con otro tipo de su misma calaña.
—Menos mal que se ha dado cuenta —rezongó Ross al agacharse para entrar otra vez en su tienda.