En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Fort William era un puesto comercial de la Hudson’s Bay Company. Desde el lago mismo se veían las empalizadas de madera que rodeaban el fuerte, así como el gigantesco portón y las torres de vigilancia.

—Parece que alguien le tiene miedo a sus vecinos —comentó Ross.

No se había imaginado un lugar tan desafiante.

Al margen de las fortificaciones, el lugar parecía más bien una ciudad hecha de tiendas o un campamento provisional.

Unos cuantos empleados de la compañía comercial residían allí de manera permanente, pero la mayoría de las personas que lo habitaban estaban de paso hacia los yacimientos de oro o eran comerciantes de pieles, tramperos y cazadores que vendían sus mercancías en el fuerte para luego regresar a la naturaleza salvaje.

Los únicos edificios construidos eran varios almacenes, una tahona y una herrería.

Había cercados para animales y establecimientos en los que uno podía proveerse de cualquier cosa que necesitara para aventurarse hacia lo desconocido.

—Tenemos que conseguir mantas y una tienda —dijo Vivian—. Y también botas recias, si de verdad vamos a caminar tanto.

Los mocasines de los metís le parecían más cómodos, en realidad, pero menos adecuados para caminatas largas.

Después de despedirse de sus compañeros del barco, se acercaron paseando hasta el campamento de tiendas y enseguida se tropezaron con viejos conocidos.

Algunos de los que habían realizado la travesía en el United Kingdom habían acabado llegando allí, y también varios canadienses que, como ellos, habían sido estafados por la British Columbia Transfer Company.

Todos saludaron con alegría a Vivian y a Ross, cuyo entusiasmo disminuyó un poco al descubrir entre ellos a Matthew Pride.

Aun así, no tuvieron inconveniente cuando un hombre de Toronto, de unos cuarenta años y algo rechoncho, los invitó a unirse a su expedición hacia Fort Garry.

—Ya somos cuarenta hombres, y en general se recomienda no emprender solo un viaje así. De esta forma, el guía también resulta más barato, podemos comprar las provisiones en conjunto y conseguir mejores precios. Las barcas seguramente también.

—Pero tendríamos que votar si aceptamos a la muchacha —objetó Matthew Pride—. Podría retrasarnos. Eso por no hablar de lo que hizo en la travesía desde Inglaterra…

Stephen Partridge, el hombre mayor de Toronto, que sin duda se veía como el jefe de la expedición, les dirigió una mirada interrogante a Vivian y a Ross.

—¡Mi mujer no retrasará a nadie! —exclamó este, encendido—. ¡Y tampoco se le puede reprochar que se defendiera cuando la atacaron! —Y explicó de forma resumida el incidente en el United Kingdom.

Partridge se echó a reír.

—Necesitamos personas valientes —repuso—.

La población indígena no siempre tiene buenas intenciones para con los viajeros, y hay un par de jefes de tribus que ya han amenazado con exigir portazgos si cruzamos sus tierras.

Por eso, espero que todos los hombres adquieran un arma.

A la dama la dejaremos fuera de momento…

Vivian lo fulminó con la mirada.

—¡Yo también sé disparar! —afirmó, aunque hasta entonces solo lo había intentado contra platos de tiro, y siempre había errado por poco.

—Esperemos que no sea necesario —dijo Partridge, que sonrió satisfecho. No era fácil alterarlo—. Bueno, ¿estamos de acuerdo?

A la mayoría de los futuros buscadores de oro seguramente les daba bastante igual quién se apuntaba al viaje; solo querían partir cuanto antes.

Esa noche, para la que Ross y Vivian ya se habían comprado una tienda ligera, esteras y mantas, así como un arma de caza, Partridge les presentó al que sería su guía, un metís llamado Michel Boucher.

Era alto, tenía los rasgos muy marcados y los ojos claros.

Parecía fuerte y resuelto. En un inglés bastante rudimentario, le describió al grupo la ruta, la mitad de la cual transcurría por ríos y lagos, aunque a menudo se veía interrumpida por lo que llamó portages , lugares de tierra firme por los que había que cargar con las barcas y el equipaje.

Les entregó también una lista con todo lo que necesitarían.

A Vivian le dio vueltas la cabeza al oír hablar de provisiones, enseres de cocina y herramientas.

Boucher les desveló asimismo a sus clientes que tenían hasta seis semanas de camino antes de llegar a Fort Garry.

Los futuros buscadores de oro estaban bastante desilusionados cuando por fin se retiraron a sus tiendas.

Al día siguiente, lo primero que hicieron Vivian y Ross fue comprar una canoa. El día anterior ya habían localizado a Jean-­Baptiste Lépine y le habían dado recuerdos de su prima. En esos momentos, el hombre les enseñaba una canoa de corteza de abedul, muy estable, que había construido él mismo.

—Hay viajeros que prefieren las canoas de madera, sobre todo si tienen que transportar cargas pesadas, pero en vuestro caso debería bastar con esta.

Es mejor que os reprimáis un poco con el equipaje.

Cuando tengáis que cargar con la canoa, cada kilo cuenta.

—Jean-Baptiste la sacó a la orilla y dejó que Vivian y Ross la levantaran y la acarrearan un par de metros, cosa que no pareció costarles mucho—.

Pensad que hay que añadir el equipo. Vuestro guía debería explicaros qué aconseja llevar.

Y, ahora, intentad remar un poco. Deberíais practicar.

Su guía, Michel Boucher, no estuvo muy contento con su adquisición.

Él habría preferido que todos los de la expedición le compraran sus canoas a un comerciante de su confianza, cosa que sin duda le supondría una comisión considerable.

A Vivian y a Ross no les importó. Enseguida constataron que poseían la mejor embarcación con diferencia, y su codicioso guía ya se embolsó suficiente dinero en los días siguientes, cuando todos se abastecieron de herramientas, provisiones y enseres varios en negocios de amigos suyos.

Los viajeros compraron harina y judías, sal y, sobre todo, pemmican , el alimento principal de la ruta.

Vivian se enteró de que, para hacerlo, se dejaba secar al sol carne de bisonte muy picada y luego se mezclaba con la grasa fundida del animal hasta obtener una masa espesa y sólida.

La mezcla se metía a presión en una bolsa hecha de piel animal o de tela y se dejaba secar hasta que se ponía muy dura, de manera que se conservaba una eternidad.

Tanto Vivian como Ross habrían podido prescindir de su sabor.

—Seguramente hay que hervirlo con judías. Entonces sabrá mejor —opinó Vivian, que deseó tener cerca a Colleen, la genial cocinera.

Por fin llegó el día de cargar todo en las canoas.

En total, partirían con seis barcas. La mayoría se había decidido por grandes canoas comunitarias en las que cabían de ocho a diez personas y que se impulsaban con remos corrientes.

Ya en la primera etapa, que atravesaba espesos bosques a lo largo del río Kaministiquia, quedó claro que las embarcaciones más pequeñas resultaban más rápidas.

Vivian y Ross, así como otros viajeros que habían comprado canoas de dos o de cuatro personas, conseguían coordinarse mejor para remar.

Aunque al final de la jornada Vivian tenía ampollas en las manos, en el fondo le gustó remar.

También a Ross pareció agradarle, pero se enfadaba cuando tenían que esperar a los demás.

Ambos constataron enseguida que era agotador cargar con la canoa de vez en cuando por la vegetación y las piedras del terreno.

Ross maldijo sus botas nuevas. Al comprarlas, le habían asegurado que la marca Oberman era de una calidad óptima pese a su precio baratísimo.

Aun así, no tardó en comprobar que el calzado se desmontaba enseguida si tenía que soportar grandes cargas.

Solo consiguió sujetarse las botas a los pies gracias a ingeniosos remiendos hechos con parches y cintas.

Vivian había adquirido unas botas mejores, pero también tenía una queja: los demás viajeros esperaban que, al ser la única mujer de la expedición, cocinara mientras ellos levantaban el campamento.

El lugar en el que acamparon junto al lago Dog era precioso, pero le resultó mucho más engorroso tener que cortar el pemmican , duro como una piedra, para ponerlo a cocer en agua, que montar su sencilla tienda.

Por si eso fuera poco, a nadie le gustó su comida.

Michel Boucher propuso hacer alguna salida los días siguientes para cazar, y a Vivian se le revolvió el estómago con antelación al pensar que le tocaría a ella desollar y destripar las presas.

Últimamente sentía náuseas a menudo; solo con oler la carne hervida le daban ganas de vomitar.

Sin embargo, esa noche el ambiente fue muy agradable, por lo menos antes de que aparecieran las primeras nubes de mosquitos que se abalanzaron sobre los viajeros sentados junto a la hoguera.

Ella estuvo de suerte porque su amiga metís le había regalado un ungüento de olor espantoso para evitar las picaduras de insectos.

Lo compartió con Ross —que, si no, probablemente no habría aguantado con ella en la tienda— y les fue muy bien.

Eran los únicos que al día siguiente no estaban comidos por los mosquitos.

A partir de ahí fueron encontrándose portages cada vez más prolongados.

A veces tenían que cargar con las canoas durante horas, y Vivian creyó estar llegando al límite de sus fuerzas.

Cruzaban los bosques por senderos llenos de raíces y zonas aún peores, terrenos pantanosos plagados de mosquitos.

Por las noches, se retiraba temprano a su tienda, donde mordisqueaba el pemmican crudo.

Que cocinaran los demás si querían; ella ya había tenido suficiente.

Aun así, en el futuro próximo tendría que acostumbrarse a soportar esas fatigas, igual que todos los de la expedición.

A veces había que remar y a veces cargar con la canoa, pero avanzaban, aunque con una lentitud torturadora.