En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Vivian y Ross habían decidido aprovechar al máximo la travesía en el vapor de ruedas, así que pasaban mucho tiempo en la cubierta superior admirando el impresionante lago, donde incluso se formaba un oleaje bastante fuerte.

Contemplaban los bosques y los solitarios asentamientos de la orilla, y se alegraban cuando, por las noches, sus compañeros de viaje sacaban armónicas y violines y se ponían a tocar.

Ross y Vivian bailaban, y ella incluso aceptaba que los jóvenes la sacaran también a bailar esas tonadas alegres.

Después de eso, acababa lo bastante cansada para dormir en la hamaca colgante, que, aunque la primera noche le había resultado interesante, cada vez le parecía más incómoda.

De todos modos, era emocionante dejarse arrullar por los continuos petardeos y silbidos de la máquina de vapor.

La última noche, sin embargo, el oleaje fue tan fuerte y las hamacas se balancearon tanto que todos temieron caerse.

A los buscadores de oro les pareció divertido; los misioneros le rogaron a Dios un clima más benévolo; Vivian y Ross se dieron las manos.

Sault Ste. Marie, la siguiente parada del viaje, estaba en Ontario, a orillas del río St. Mary’s.

Tras tres días de travesía —los marineros describieron la singladura como extraordinariamente tranquila—, llegaron a la frontera entre Canadá y Estados Unidos.

La localidad era una ciudad pequeña pero llena de vida.

También allí había antiguos esclavos, a los que se veía apesadumbrados pero llenos de esperanza tras una larga huida.

Además, Vivian y Ross repararon por primera vez de manera consciente en los metís, un grupo de población de Canadá.

Eran descendientes de comerciantes de pieles europeos —sobre todo franceses, ingleses y escoceses— con mujeres de origen indio.

Tenían la piel y el pelo casi siempre oscuros, y a menudo llevaban una melena larga hasta los hombros o sujeta con una cinta a la frente.

A Vivian, los hombres le parecieron guapos, a lo que contribuía su pose orgullosa y segura.

Iban vestidos con camisas y chalecos de algodón, a menudo decorados con flecos y cuentas, pantalones de cuero y siempre una faja de colores diferentes alrededor de la cintura.

Entre ellos hablaban en su propio idioma, pero casi todos sabían también francés e inglés, o por lo menos una de las dos lenguas.

Algunos se ofrecían como guías, puesto que allí había que decidir si la siguiente etapa del viaje quería hacerse por tierra o si se prefería tomar otro barco.

Ambas rutas llevaban a Fort William, el último puesto avanzado de la civilización al este de Fort Garry.

Vivian y Ross decidieron comprar otro pasaje de barco y ya al día siguiente de su llegada embarcaron en el Northern Belle, que también era un vapor de ruedas.

Los camarotes, puesto que de nuevo escogieron la opción más económica, tenían cortinas en lugar de puertas y literas en lugar de hamacas.

El lago que debían cruzar se denominaba lago Superior, y los pasajeros volvían a ser de lo más variopinto.

Había buscadores de oro del este de Canadá, dos familias metís con cuyas mujeres Vivian se puso a charlar de inmediato, y europeos como Ross y ella.

Las mujeres de las familias metís llevaban faldas largas con bolsillos decorados con cuentas, también toquillas, y una tuvo la amabilidad de ofrecer a sus compañeros de viaje un elixir preparado por ella misma para protegerlos contra el mareo.

La mayoría lo rechazaron al principio, aunque no tardaron en necesitarlo.

Tras su primer paseo por cubierta, Vivian temió que fuera a estallar una tormenta.

El agua del lago estaba oscura y parecía no tener fondo; en el cielo se acumulaban montañas de nubes.

Esa noche, el barco se convirtió en una pelota con la que las olas se dedicaron a jugar.

Los pasajeros temieron lo peor. Solo los metís permanecieron tranquilos: conocían su lago.

Al final, el capitán se dirigió presuroso hacia una bahía donde podrían esperar a que pasase lo peor del temporal.

Vivian contempló con reverencia las paredes verticales que los rodeaban mientras Ross seguía peleándose contra el mareo.

Un par de horas después, reemprendieron la marcha y el Northern Belle avanzó con estoicismo entre las olas y la lluvia.

La segunda noche transcurrió en calma, pero la mañana trajo consigo una niebla espesa y en los camarotes empezó a hacer tanto frío que costaba aguantarlo.

A Vivian le dio rabia no haber comprado una manta que pudiera ofrecerles algo de calor.

Ross y ella se acurrucaron muy juntos en uno de los camastros y rogaron por que el interminable viaje llegara pronto a su fin.

—Tal vez habría sido mejor ir por tierra —comentó Vivian mientras le castañeteaban los dientes.

Ross se encogió de hombros.

—Pero no habría hecho más calor. Y ya has oído lo que dice la gente: que podrían haber sido semanas de camino. Así que es mejor aguantar la travesía en vapor y, luego, solo nos quedará una breve marcha desde Fort William hasta Fort Garry.

La mujer metís entendida en curas medicinales —aquella con la que Vivian había entablado amistad cuando su elixir, en efecto, consiguió evitarle el mareo— negó con la cabeza al oír eso.

—No es un camino corto —dijo en inglés—. La ruta de Dawson Trail. Así la llamáis vosotros. Nosotros tenemos otros nombres, pero conocemos el trayecto y hacemos de guía. Es agotadora. Necesitaréis valentía y fortaleza, una buena barca…

—¿Una barca? —se extrañó Ross.

La mujer asintió.

—Una canoa, a poder ser. Mi primo, Jean-Baptiste Lépine, las construye. Son ligeras pero muy resistentes. El peso es importante, porque a veces tendréis que cargar con ella.

Vivian se quedó con ese nombre y le dio las gracias a la mujer por el consejo, aunque, por mucho que quisiera imaginarlo, no entendía para qué había que comprar una barca si luego iba a tener que cargar con ella a cuestas.