Capítulo 8 #2
Tras dos días de incómodo viaje en tren, ambos acordaron tomarse una jornada de descanso en Toronto, una ciudad floreciente con calles anchas, llenas de carruajes y jinetes.
Muchos edificios eran todavía de madera, pero en el centro ya había fachadas de ladrillo levantándose hacia lo alto.
Vivian contempló fascinada las farolas de gas de las calles; no había esperado encontrar algo así allí, en los confines del mundo.
También en Toronto se oía tanto inglés como francés, y por primera vez vieron a personas de piel oscura.
Eran esclavos huidos de los estados sureños de Estados Unidos, según les explicó la dueña de su pensión.
El ambiente de la ciudad no era comparable a la atmósfera más bien envarada que Vivian conocía de Londres.
Allí había bullicio, la gente era algo tosca, pero al mismo tiempo se quedó prendada al descubrir un local de baile donde Ross la hizo girar, en esa ocasión no al ritmo del vals, sino de piezas más rápidas, como reels y jigs , ya que el encargado del local y muchos de los clientes eran irlandeses.
—Casi querría quedarme aquí —le confesó a Ross mientras recogían sus cosas para iniciar la última etapa de su viaje en tren.
La estación de Toronto estaba muy concurrida y era sin duda más grande que la de Quebec, pero el ferrocarril que tomaron esta vez era un convoy regional, bastante pequeño. Llevaba a los pasajeros a Collingwood, una localidad portuaria de la bahía Georgiana, que formaba parte del lago Hurón.
—Aquí hay bastante actividad —comentó Vivian unas horas después, cuando se apearon del tren.
Estiró las extremidades, ya que, aunque el trayecto había sido relativamente corto, se resentía de los asientos de madera.
El andén estaba lleno de gente: mozos que cargaban maletas y cajas en carretillas, vendedores ambulantes que ofrecían sándwiches y bebidas a los viajeros…
Además, debía de haber un puerto no lejos de allí, porque olía a alquitrán y madera húmeda y detrás de los edificios de la estación se veían sobresalir los mástiles de los barcos.
—¡Tenemos que ir para allá! —exclamó Vivian, y se puso en camino hacia el agua.
Las calles todavía no estaban pavimentadas y tuvo que arremangarse las faldas para no ensuciarse los bajos del vestido. Sin embargo, olvidó esa preocupación nada más ver a las gaviotas volar sobre una imponente superficie de agua.
—¿Eso es un lago? A mí me parece más un mar.
Ross se echó a reír.
—Sí, es verdad. En Canadá todo es más grande que en Inglaterra.
Eso no incluía la localidad. Collingwood estaba hecha de sencillas casas de madera entre las que se extendían calles de tierra.
Tenía almacenes, alguna que otra fonda, una oficina de correos y una iglesia recién construida.
Por todas partes bullía la actividad; estaba claro que era un centro de transbordo de mercancías.
Los ganaderos llevaban a sus reses por las calles y todo parecía dirigirse al puerto, al que sin duda se llegaba en un periquete desde cualquier punto de la ciudad.
Vapores y veleros esperaban allí a sus pasajeros o su cargamento.
Los comerciantes de madera supervisaban la carga de imponentes troncos, los estibadores hacían rodar barriles llenos de carne en salazón hacia las gabarras.
Los vendedores ambulantes anunciaban sus mercancías y desde los puestos de comida llegaban tentadores aromas a pescado recién asado.
Vivian y Ross se concedieron una buena comida antes de ponerse a buscar un barco con el que proseguir el viaje. Al final, se detuvieron maravillados ante un enorme vapor de ruedas.
—Zarpa esta misma tarde —dijo Ross después de preguntar a uno de los marineros—. Hacia Sault Ste. Marie. Podemos embarcar, aunque solo en tercera clase. Volverá a ser duro.
—Pero es barato —repuso Vivian—. ¿Cuánto tiempo durará la travesía?
Ross no había preguntado eso, claro, pero pronto descubrieron que sería un viaje de por lo menos dos o tres días, tal vez incluso cuatro o cinco.
—Como posibilidad para dormir ofrecen hamacas —informó Ross, algo angustiado.
Vivian se rio.
—¡Eso es fantástico! Nunca he dormido en una hamaca colgada. ¡Hagámoslo, Ross! Si quieres una forma más cómoda de viajar, tendremos que volver a esperar, pagar un hotel… Poco a poco nos vamos quedando sin dinero. ¡Venga, que será un aventura!
Acabaron compartiendo un camarote de tercera clase con cinco jóvenes de ánimo optimista que también se dirigían a los yacimientos de oro y con tres hombres muy serios, vestidos de traje oscuro, que nada más zarpar propusieron una oración para garantizar un viaje seguro.
Según uno de ellos le confesó a la curiosa Vivian mientras los demás la miraban como si fuera la tentación personificada, se dirigían a una misión que quedaba al oeste de Fort Garry.
«Para llevarles la salvación a los indígenas», según lo expresó el hombre.
A Vivian le pareció muy loable, pero durante los días siguientes el carácter avinagrado de los misioneros los sacó de quicio tanto a ella como a Ross y a los demás.
Desaprobaban la venta de bebidas alcohólicas y las mesas de juego que había en la cubierta superior, mientras que los jóvenes aventureros más bien lamentaban no disponer de dinero suficiente para gastarlo allí.
Uno se quejó del olor de la cubierta inferior, donde transportaban animales, y, sobre todo, no dejaban de darle las gracias a Dios por los alimentos, con cuya deficiente calidad los demás estaban más bien indignados.