Capítulo 8
Vivian y Ross bajaron dichosos a desayunar…
Olían a lavanda y a felicidad. Habían empezado su noche de bodas adelantada lavándose el uno al otro.
Se habían tocado sin ningún reparo y habían explorado sus cuerpos para, después, dejarse caer riendo en la cama, donde hicieron el amor con naturalidad.
Vivian casi lo había disfrutado tanto como Ross y estaba contenta de haberse quitado ese obstáculo de en medio.
Colleen les sirvió a ambos té y tostadas, y les dijo que madame Gagnon se había marchado al mercado.
—Si os dais prisa, habréis regresado del ayuntamiento antes de que vuelva a estar aquí. Así, podréis hacer como si os hubierais pasado toda la mañana trabajando —les propuso—. Venga, ya sabéis adónde tenéis que ir.
De modo que Vivian y Ross volvieron a subir al cabo Diamant y entraron en el edificio del ayuntamiento.
Esta vez, el funcionario responsable sí estaba presente.
Era un hombre bajito, ágil y campechano, y se lo puso sorprendentemente fácil.
Ross llevaba consigo su documentación del ejército para identificarse, y el funcionario aceptó también el escrito que el padre de Vivian le había dado en su momento para ir a Francia.
—Pero no la supone bajo la vigilancia de un marido, sino de su tía —comentó el hombre al leer la carta por encima.
Vivian se encogió de hombros.
—Eso fue hace ya dos años, cuando todavía era casi una niña. Ahora, el documento solo es para atestiguar que… Bueno, que aquí estoy.
El funcionario se echó a reír. Tenía que pedirles a los futuros cónyuges que demostraran su identidad, pero en Canadá, al fin y al cabo, igual que en otros países de inmigración, no eran muy estrictos.
Una vez alguien se encontraba allí, ya no se lo podía enviar de vuelta a su familia de origen, por mucho que sospecharan que tal vez era una menor de edad que se había escapado de casa.
—Eso ya lo veo, señorita Altham, y, si me lo permite, es usted una visión de lo más agradable. ¿Se establecerán ustedes en Canadá, señor Wallett?
Ross asintió.
—Queremos ir a la Columbia Británica.
El funcionario enarcó las cejas.
—¿Para buscar oro? Bueno, pues mucha suerte. Enseguida les expediré la licencia matrimonial, que cuesta cincuenta centavos. Una vez la tengan, busquen una iglesia. La anglicana está cerca del puerto.
En la ciudad de Quebec, todo quedaba cerca del puerto. Vivian y Ross encontraron la iglesia enseguida y le enseñaron al pastor, un hombre regordete y bajito, su permiso para contraer matrimonio con la tinta todavía húmeda.
—Puedo casarlos el domingo —les dijo este—. Dentro del servicio dominical. Así, no estarán tan solos en la iglesia. Aunque tendrán que traer ustedes a dos testigos.
Ross y Vivian accedieron con alegría. Entre los buscadores de oro que aún estaban en la ciudad encontrarían sin duda a dos hombres que se declararan dispuestos a hacerles de testigos a cambio de un par de cervezas en la celebración posterior.
De vuelta en la pensión, Colleen llevó a Ross enseguida al patio trasero para enseñarle el gallinero.
—Si vas a afirmar que has estado aquí toda la mañana, ahora tendrás que darte prisa —le dijo.
Vivian, mientras tanto, se puso a limpiar las habitaciones y aprendió al vuelo a hacer camas y fregar los suelos.
Hasta entonces no había tenido que hacerlo nunca, pero con Colleen era hasta casi divertido.
Ross, por el contrario, se presentó esa tarde de mal humor con los brazos cubiertos de pústulas enrojecidas e inflamadas.
—No sé de qué me han salido ni si mañana podré seguir trabajando —comentó.
Colleen le echó un vistazo a la erupción.
—La pulga de la gallina —dijo al reconocerla—. Las picaduras escuecen una barbaridad, pero no te matarán. Acaba de fregar el cobertizo después de cenar y, si mañana lo encalas, con suerte estarán todas muertas.
—Mañana lavaremos tus cosas —añadió Vivian con un tono igualmente falto de compasión—. Eso acabará con las últimas pulgas. ¿No habría que lavar también las gallinas? Si no, volverán a pillar parásitos, ¿verdad?
Madame Gagnon estuvo de acuerdo y, a la mañana siguiente, Vivian fue a una farmacia para comprar polvos contra las pulgas. Colleen y ella se arremangaron para aplicárselos a las gallinas, que se resistían. Ross se negó a tocar a los animales, pero de todas formas se puso a encalar el cobertizo.
Colleen negó con la cabeza al ver cómo pintaba con la mezcla de cal.
—¿No has encontrado un pincel más fino? —preguntó, provocadora, y buscó un rodillo de pintor entre las herramientas que madame Gagnon había puesto a su disposición—.
¡Toma! Y mezcla la pintura en un cubo grande, no en esa latita, que así te será mucho más práctico.
Luego, lo dejas secar y lo pintas todo otra vez.
—Tu Ross no es un artesano muy habilidoso. ¿A qué se dedicaba antes? —le comentó algo después a Vivian.
—Entiende mucho de caballos —dijo Vivian para defenderlo—. Es un jinete extraordinario y solía correr en las carreras. Luego fue caballerizo mayor de mi padre.
—¿Y nunca tuvo que pintar un establo? —se extrañó Colleen—. Bueno, si él era el jefe, el trabajo duro seguramente se lo dejaba a los mozos… ¿No vas a escribir a tu padre para contarle lo de Canadá y la boda?
Vivian se sonrojó un poco. De hecho, también su padre había criticado varias veces a Ross por encargarle al guarnicionero hasta las reparaciones más pequeñas del cuero y considerar que lavar los arreos y mantener limpio el carruaje estaba por debajo de sus atribuciones.
En cuanto a escribir a su padre… En realidad, había tenido intención de hacerlo cuando encontraran oro, pero de pronto parecía que iban a tardar algo más en conseguirlo.
De hecho, tendría que confesarle que habían sido víctimas de una estafa, y seguro que eso no mejoraría la opinión que lord Altham tenía de su nuevo yerno.
Al final, Ross consiguió dejar el gallinero como una patena con la ayuda de Vivian.
Mientras él pintaba, ella limpiaba los nidos y las perchas, y con ello esperó poder ofrecer a las gallinas una vivienda sin rastro de pulgas.
Madame Gagnon les perdonó a ambos casi todo el alquiler y se unió a Colleen con una sonrisa cuando fue a la iglesia ese domingo para presenciar la boda de Vivian y Ross.
Por lo visto, no se había creído que ya estuvieran casados, pero de todos modos se alegró de que decidieran bendecir su relación.
La ceremonia fue preciosa. La iglesia estaba llena y la comunidad y su reverendo celebraron un servicio conmovedor.
Vivian se puso su mejor vestido y también un tocado de flores que confeccionó inspirándose en las coronas de las ninfas del romántico ballet La sílfide .
Estaba preciosa, y caminó con majestuosidad y gracia hacia el altar de la mano de Ross.
—Cuando la pequeña señorita Altham se mueve, siempre parece que baile —le comentó madame Gagnon a Colleen.
Esta se lo contó después a Vivian y con ello la hizo muy feliz.
La mañana después de la boda, Vivian y Ross tomaron el tren hacia Montreal.
La vía férrea de Grand Trunk Railway cruzaba una región boscosa a lo largo del río San Lorenzo.
Algunas de las vistas eran impresionantes, y Vivian y Ross disfrutaron del viaje bien acurrucados el uno contra el otro en su compartimento.
Los asientos eran bastante duros, en realidad, y durante todo el trayecto hubo mucho traqueteo, pero ellos eran felices y se alegraban de tener provisiones de sobra para el viaje, un regalo de madame Gagnon.
Doce horas después, al anochecer, llegaron a Montreal y encontraron una habitación en una pequeña pensión junto a la estación.
Era para dos personas, tenía una cama de matrimonio y en ella se desprendieron del cansancio del viaje, no sin antes amarse en ese entorno casi lujoso.
Ross incluso había olvidado ya la decepción de la estafa de la compañía, sobre todo porque la continuación del viaje estaba yendo bien.
Seguro que conseguirían llegar a Fort Garry sin contratiempos, y luego a la Columbia Británica, tal como la compañía de la expedición les había prometido en un principio.
Montreal parecía ser una ciudad floreciente, pero Vivian y Ross no se quedaron a visitarla.
En lugar de eso, a la mañana siguiente subieron a un tren hacia Toronto, un trayecto de dos días que los llevó a través del corazón de ese país poblado desde hacía tan poco tiempo.
Había pequeñas localidades con casitas de madera y aserraderos; la industria maderera también era una rama importante de la economía.
De vez en cuando veían una iglesia de ladrillo, señal de la creciente prosperidad de las comunidades locales.
El trayecto en tren les hizo cruzar lo que parecían ser interminables bosques de arces y abedules, interrumpidos solo aquí y allá por superficies recién taladas.
Divisaban granjas, casas de troncos rodeadas de vallas hechas con madera partida, también tierras de labranza y prados para el ganado.
A lo lejos destellaban lagos y ríos. De vez en cuando se veían presas de castores, o garzas reales que levantaban el vuelo.
—Qué tierra más bonita… —comentó Vivian algo adormilada. El continuo traqueteo de las ruedas, roto únicamente por el aullido de los silbatos de vapor, resultaba extenuante—. ¡Y repleta de oro, además! Tendremos una vida maravillosa, Ross.