Capítulo 7 #2
—No llegarán hasta Fort Garry en tren, y actualmente no existe ninguna otra combinación para llegar allí, de todos modos.
Pero sí podrían coger un tren a Montreal, que sale cada dos días.
Después siguen hacia Toronto, un viaje largo, y desde allí a Collingwood, junto al lago Hurón, donde podrían subirse a un barco…
Un par de hombres parecían haberse desanimado.
También a Ross se lo veía dubitativo, mientras que Vivian ya estaba preguntando por el precio de ese viaje.
Era asequible, aunque habría que sumarle los costes de las pernoctaciones, puesto que solo hasta el lago Hurón sería por lo menos una semana de viaje.
—Y, aun así, todavía no habremos llegado a Fort Garry, y a la Columbia Británica menos aún —comentó Ross, abatido—.
Tal vez deberíamos pensarnos mejor todo esto, Viv.
Podría buscar trabajo aquí. O en Montreal.
El señor Pinter dijo que allí iban a construir un hipódromo.
A lo mejor podría volver a hacer de yóquey.
—¿Y yo? —preguntó Vivian—. ¿Cómo ganaré yo dinero?
Lo poco que te pagarán montando caballos no nos alcanzará para los dos.
Siendo mujer, como mucho podría encontrar trabajo en una fábrica o en una manufactura pequeña.
De todos modos, debería saber hacer algo de lo que hacen las mujeres.
Coser, por ejemplo. Por desgracia, eso no va mucho conmigo.
Además, no quiero acabar siendo empleada de una fábrica.
Lo que Colleen me ha contado de sus padres me ha parecido horrible.
—¿Y si abrimos una tienda? ¿Como el señor Pinter? —preguntó Ross—. También podríamos intentar conseguir tierra para una granja.
—Para una tienda se necesita dinero, y seguro que no te adjudican tierras de granja junto a Quebec o Montreal.
Te garantizo que aquí ya no regalan nada.
Ya oíste al señor Pinter: las ciudades crecen, la tierra de los alrededores tiene mucho valor.
No, Ross, buscaremos oro. ¡Todo lo demás está descartado!
Y ahora necesitamos alojamiento. Con una cama de verdad…
—Vivian le dirigió una sonrisa seductora.
Ross olvidó todas sus dudas y le sonrió también.
—¿Antes de casarnos? —preguntó.
Vivian levantó las manos.
—A menos que quieras dormir aquí…
La mayoría de los futuros buscadores de oro estaban preparándose para pasar la noche cerca de las vías.
Hacía muchísimo frío, pero al menos no llovía.
Vivian deseó de todo corazón que el tiempo no cambiara.
En el primitivo cobertizo de la estación no cabrían todos, y tampoco resultaba especialmente acogedor.
Justo entonces, un perro pequeño levantó una pata contra uno de sus postes.
En la ciudad de Quebec no había muchas pensiones, o por lo menos no muchas que resultaran económicas y cumplieran con las expectativas mínimas que Vivian y Ross le suponían a un alojamiento decente.
Tras buscar un poco, en una calle secundaria dieron con un pequeño establecimiento llamado Auberge de Saint Georges.
La casa de piedra, de dos plantas y con tejado de pizarra, se encontraba entre la rue Saint-Paul y el puerto.
En el letrero que había sobre la entrada se veía a san Jorge luchando con el dragón.
—¡Preguntaremos si tienen una habitación aquí! —decidió Vivian.
El colorido cartel le había gustado y la casa parecía acogedora.
Entraron en un pequeño salón de huéspedes caldeado por una estufa de hierro fundido.
Había un banco largo y una mesa de comedor, y en una especie de facistol se veía un libro, seguramente para las reservas.
También olía a comida y productos de limpieza.
—¡Enseguida voy! —exclamó desde la cocina una voz que a Vivian le resultó familiar—. Tienen que perdonarme, soy nueva aquí y madame Gagnon… —Desde la oscura cocina salió una joven alta que enseguida se quitó el delantal para presentarse más decente ante los huéspedes.
Desconcertados, Vivian y Ross reconocieron a Colleen, su compañera de viaje.
—¡Caramba, sí que has encontrado trabajo deprisa! —comentó Ross.
Ella les sonrió.
—Sí, ha sido rapidísimo —dijo—. Me he venido en dirección al puerto y en esa ventana he visto un cartel que decía S E BUSCA COCINERA .
He entrado y me han dado el trabajo. Aunque solo lo tengo asegurado hasta esta noche.
Después, la dueña decidirá si mis habilidades culinarias son suficientes.
¿Queréis una habitación? ¡A cambio, tenéis que dejarme por todo lo alto después de cenar!
Vivian se echó a reír y no dejó pasar la oportunidad de abrazar a su amiga.
—¿No necesitará tu señora también una camarera de habitaciones y un mozo? —preguntó—. Parece que tendremos que quedarnos unos días por aquí y, si de paso pudiéramos ganar algo de dinero…
Madame Gagnon, viuda de un carpintero de ribera que había abierto su casa para huéspedes de pago tras la muerte de este, regresó enseguida de hacer unas compras. Le entregó a Colleen una gallina y también muchas verduras para la sopa.
—Con esto tendrás para preparar algo. A poder ser un potaje, que así nos durará un par de días. Ah, ¿y tenemos huéspedes nuevos? —Se volvió hacia Vivian y Ross con simpatía.
—El matrimonio Wallett —los presentó Colleen, y les guiñó un ojo—. ¿Tenemos suite nupcial?
Madame Gagnon arrugó la frente.
—Chiquilla, que no somos el Hilton. Pero, ya que ahora mismo solo hay huéspedes masculinos, podrían dormir los dos en la habitación de las mujeres.
Les explicó que normalmente alojaba a huéspedes que viajaban solos, casi siempre inmigrantes recién llegados y con poco dinero.
Por eso les ofrecía una habitación comunitaria: hasta cuatro hombres o cuatro mujeres podían compartir el espacio.
Y, si alguien estaba dispuesto a dormir en el suelo, aceptaba a más personas aún.
El precio —con desayuno y cena incluidos— era económico, y madame Gagnon no pareció tener mucho inconveniente cuando Vivian se ofreció a trabajar para pagar su estancia.
La dueña repasó a la joven pareja de recién llegados con una mirada crítica, y Vivian temió que fuera a hacer algún comentario sobre su vestimenta, que en su día había sido cara y no encajaba con un par de sirvientes.
Tras el viaje, sin embargo, su ropa tenía un aspecto más bien ajado y poco valioso, y tampoco estaba demasiado limpia.
Vivian ya no llevaba miriñaque y Ross, de todos modos, al partir había decidido ponerse unos pantalones de tela vaquera y una camisa sencilla, de manera que no parecían mucho más distinguidos que Colleen.
—Usted puede ayudar a Colleen a cocinar y limpiar —le dijo madame Gagnon a Vivian—. Ofrecemos servicio de lavandería, así que también podría ocuparse de eso. ¿Y el joven? En el patio de atrás tengo un cobertizo que hace las veces de gallinero. Habría que vaciarlo y encalarlo.
Vivian accedió encantada; Ross parecía menos contento. Mientras Vivian se iba directa a la cocina y empezaba a cortar verduras siguiendo las instrucciones de Colleen, él salió un momento para cambiar algo de dinero a dólares canadienses.
—Este mediodía todavía hemos podido pagar con chelines —explicó Vivian con asombro—. Pero tal vez piensa que la licencia matrimonial costará algo, y seguro que allí tendremos que pagar con dólares.
Colleen no comentó nada al respecto.
Ross regresó con veinte libras en moneda canadiense puntualmente a la hora de cenar. Explicó su ausencia diciendo que por el camino se había encontrado con otros dos buscadores de oro y había ido a tomarse una cerveza con ellos.
Colleen y Vivian les sirvieron a él y a los otros tres hombres que se alojaban en la pensión en ese momento un potaje con gallina al que Colleen le había dado un toque especial con un poco de curry, una especia india que Vivian no conocía.
Madame Gagnon quedó muy satisfecha con su nueva cocinera y Colleen mostró su sonrisa, tan cara de ver.
Después de cenar, la dueña acompañó a Vivian y a Ross a su habitación. Era amplia, aunque carecía de decoraciones. En ella había cuatro camas individuales y Ross se apresuró a unir dos en cuanto madame Gagnon los dejó solos.
—A menos que quieras esperar hasta después de la boda —comentó con la boca pequeña.
Él no se había alegrado tanto como Vivian de volver a ver a Colleen, y la idea de trabajar para la dueña de la pensión tampoco le hacía mucha ilusión.
Sin embargo, Vivian le levantó el ánimo de inmediato al asegurarle que no quería esperar más. Sentía demasiada curiosidad desde que Colleen había hablado con ella. Aun así, antes le habría gustado lavarse un poco.
—Me temo que huelo bastante mal —dijo, algo abochornada—. Y tú…
—¡Cuando olía a caballo no te molestaba! —repuso Ross—. ¡Venga, desvístete!
En ese instante llamaron a la puerta y Ross torció el gesto. No obstante, fue a abrir, y a Vivian se le iluminó la cara cuando, en lugar de a una persona, vio allí dos cubos con agua caliente y un trozo de jabón que, para su deleite, olía a lavanda.