En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Por fin, hacia el mediodía de un soleado día de abril, el United Kingdom atracó en la ciudad de Quebec.

En el puerto reinaba una gran actividad, el aire olía a madera, alquitrán y los aromas que salían de los diferentes puestos de comida y sencillos restaurantes de pescado que había en el muelle.

Barcos de vapor y veleros, pero también pequeñas barcas de pesca aguardaban allí amarrados.

Los hombres conducían carros con troncos de madera que cargaban en las embarcaciones.

Más allá del puerto, la ciudad subía en una cuesta pronunciada. Había casas construidas con piedra gris por entre las que se veían unas escaleras que trepaban por la ladera serpenteando, y una sólida fortaleza cuyos cañones apuntaban al río coronaba lo alto del peñasco.

—¡Pero si es una auténtica ciudad! —exclamó Vivian.

Lo cierto era que se había imaginado Quebec como un asentamiento de buscadores de oro. En cualquier caso, pensaba que sería un lugar donde abundarían las cabañas de madera y las casas de como mucho dos plantas.

—Tenemos unos cincuenta mil habitantes —explicó el señor Pinter—.

Y son de raíces francesas e inglesas, así que la ciudad es bilingüe.

Allí arriba, en lo alto del cabo Diamant, se encuentra la sede del gobierno y el ejército.

Esto de aquí es la parte baja de la ciudad, donde se desarrolla la vida de verdad.

Talleres, tiendas… También las viviendas de la gente más sencilla están aquí.

—¿Y dónde está la oficina de la British Columbia Transfer Company? —quiso saber Ross.

—Sí, ¿cómo seguimos viaje desde aquí? —preguntó otro joven buscador de oro que se acercó a ellos.

En los últimos días había hablado varias veces con Ross y parecía un tipo simpático.

—En tren —contestó Vivian—. Aunque, en realidad, tendrían que enviarnos a alguien para llevarnos a la estación.

Los marineros ya habían colocado la pasarela y los pasajeros empezaron a desembarcar.

Los buscadores de oro fueron los primeros en avanzar.

No tenían más equipaje que una bolsa o una maleta.

Los demás se lo tomaron con más calma, ya que de todos modos tendrían que esperar a que descargaran el equipaje que habían facturado.

—A la estación pueden ir a pie —les informó el señor Pinter—. Solo hay que seguir el muelle y cruzar la rue Saint-André. Pero, como ya les he dicho, no hay ningún tren a Fort Garry. Seguramente será mejor que busquen la sede de esa compañía que les ha vendido la expedición.

Tras despedirse de los Pinter, Vivian y Ross bajaron también por la pasarela, seguidos de Colleen.

—Bueno, ¿adónde vamos? —preguntó Vivian—. ¿A la estación, de momento? Tal vez allí nos esté esperando alguien.

Colleen fue más juiciosa. Buscó en la documentación del viaje y, en efecto, encontró la dirección de la compañía. Estaba impresa en letra muy pequeña pero legible.

—Tenemos que ir a la rue Saint-Paul —dijo, contenta—. No será difícil encontrar la calle.

También la rue Saint-Paul iba en dirección a la estación, aunque no estaba ni mucho menos tan concurrida como la rue Saint-­André, que debía de constituir la arteria principal de la ciudad y estaba plagada de tiendas y restaurantes.

Vivian olisqueó el aire cargado de aromas tentadores.

Desde una panadería les llegó el olor a pan recién hecho.

—¿No deberíamos comer algo primero? —preguntó.

Colleen la miró con desaprobación. Tampoco Ross pensaba permitir ningún retraso.

—Antes quiero saber qué pasa —dijo—. ¡Tengo la sensación de que aquí hay gato encerrado! Busquemos primero esas oficinas.

La sede de la British Columbia Transfer Company resultó ser fácil de encontrar. De hecho, era el único local comercial de la calle y estaba asediado por una muchedumbre. Prácticamente todos eran hombres, y uno parecía más furioso que el resto.

—¿Qué quiere decir que no lo sabe? —vociferó este, un hombre fornido, de mediana edad y con un tono de voz acostumbrado a dar órdenes—. ¿Trabaja usted para la compañía o no? Aquí dice que esto es la sede de la British Columbia Transfer Company, ¡de manera que díganos ya cómo seguir el viaje!

Vivian se dirigió a un joven que estaba algo apartado y no parecía tan agresivo, sino más bien decepcionado.

—¿Ha contratado usted la expedición a los yacimientos de oro? —le preguntó—. ¿Y todos los demás también? En nuestro barco no había tanta gente…

—No hemos llegado en ningún barco —repuso el joven—. Todos los de aquí somos canadienses. Yo soy de Lévis, que queda al otro lado del río, y he venido en tren. Los demás son del campo o de otras ciudades. La expedición debía partir de la ciudad de Quebec e ir en tren hasta Fort Garry.

—¡Y ahora parece que el único que está en el local no sabe nada de eso! —intervino otro de los que esperaban fuera—. Como le pongamos las manos encima…

El supuesto representante de la British Columbia Transfer Company, un hombrecillo delgado y con el pelo ralo, se había atrincherado prudentemente en la oficina y se comunicaba solo a través de una ventana.

—¡Pero déjenme que les explique! —exclamó, algo afónico—. Si quisieran escucharme, podría…

—No queremos palabras. ¡Queremos nuestros billetes de tren! —gritó el hombre fornido de antes.

—¡Pues aquí no los van a conseguir! —contestó el hombrecillo, levantando también la voz.

De nuevo se hizo un silencio de asombro, aunque enseguida estalló otra vez la indignación. Un par de hombres intentaron incluso tirar abajo la puerta de la oficina.

—¡Créanme, de verdad, que no tengo nada que ver con esa compañía!

—vociferó el hombrecillo, con la voz temblorosa a causa del miedo—.

Solo soy el arrendador. Esta casa y el local comercial son míos y, como los vecinos se han quejado porque todos los días hay gente armando escándalo, hoy me he acercado a ver qué ocurría.

—¿Y bien? —preguntó un hombre, desilusionado.

—El local está vacío —explicó el arrendador—.

A mí me pagaron el alquiler de todo el mes, por eso no me había dado cuenta de nada, pero los inquilinos se han marchado.

Parece que la compañía se ha disuelto. Y, si estoy entendiendo bien lo que me dicen, les han vendido billetes para una línea férrea que ni siquiera existe.

No hay ninguna conexión ferroviaria con Fort Garry.

Un nuevo arrebato de indignación estalló en respuesta.

—¿A qué distancia está Fort Garry de aquí? —preguntó Ross, que observaba la escena con la misma incredulidad que Vivian.

Fue Colleen quien respondió, sin inflexión alguna en la voz y, por una vez, sin burlarse de su ignorancia.

—A dos mil doscientos cincuenta kilómetros —dijo en voz baja.

Algo después, Colleen, Vivian y Ross estaban sentados en un café de la rue Saint-André, intentando que se les pasara el sobresalto con un poco de té caliente. Gran parte de los demás se habían dirigido a los pubs cercanos para consolarse con bebidas más fuertes.

—Da igual. Solo tendremos que hacer un par de transbordos —dijo Vivian, resumiendo su situación antes de darle un bocado a un sándwich—. Preguntaremos en la estación. Primero hay que ir a Montreal, ¿verdad?

Colleen negó con la cabeza.

—Para mí, el viaje termina aquí. Pagué por adelantado. He perdido todo mi dinero. Si a vosotros aún os queda algo, podéis probar suerte.

Vivian y Ross tenían todavía suficientes reservas para atreverse a continuar el viaje. Sin embargo, el dinero se les agotaría en cuanto llegaran a Fort Garry o, como muy tarde, a la Columbia Británica.

—¿Y qué vas a hacer? —le preguntó Vivian.

Le entristecía mucho pensar que iba a perder tan pronto a su nueva amiga, aunque a Ross seguía sin caerle demasiado bien.

«¡Siempre se las da de lista! —le había dicho cuando Vivian le preguntó al respecto—.

Y no es una buena mujer. Parece despreciar a todos los hombres.

Se comporta como si fuera mejor que los demás.

¡Y eso que solo es una criada que ha escapado de sus señores!

Seguramente habrá robado el dinero del viaje… ¡Deberías alejarte de ella, Viv!».

Vivian no le había contado nada sobre los motivos por los que Colleen no se fiaba de los hombres.

De todos modos, eso no habría cambiado en nada su postura ante ella.

Además, Colleen parecía intimidarlos a casi todos.

Excepto Matthew Pride, que lo intentaba con todas, ninguno de sus compañeros de viaje le había dirigido la palabra siquiera.

—Me buscaré un trabajo —contestó Colleen—. Volveré a ahorrar. Esta es una ciudad rica, seguro que necesitarán niñeras o sirvientas. Y algún día también yo iré a los yacimientos de oro.

No parecía tener muchas dudas al respecto, a pesar de que Vivian calculó que le tocaría trabajar durante años para volver a reunir el dinero suficiente para el viaje. La mención de la ciudad y sus posibilidades, sin embargo, le dio otra idea.

—Es cierto: esto es una auténtica ciudad. Aquí podríamos casarnos, Ross. ¡Antes de seguir viaje, nos casaremos!

La ruta hasta el ayuntamiento, donde también se encontraba el registro civil, llevó a Vivian y a Ross hasta el cabo Diamant.

Allí, sin embargo, los informaron de que no podrían solicitar una licencia matrimonial hasta el día siguiente, dado que el funcionario responsable no se encontraba ya en la oficina.

Después de eso se dirigieron a la estación.

Estaba cerca del puerto, y de camino pasaron por delante de un par de almacenes de maderas, tabernas y pequeñas tiendas.

Tras cruzar de nuevo la rue Saint-André, se encontraron en un andén donde un tren humeante estaba preparado para salir.

En un rústico cobertizo expuesto a las corrientes de aire colgaba un horario ante el que se apretaban varios de los buscadores de oro que Ross y Vivian habían conocido en el barco, o más adelante, en la sede de la dudosa compañía.

Un empleado del ferrocarril responsable de la venta de billetes estaba explicándoles las posibilidades que tenían.