Capítulo 6
El United Kingdom se encontraba ya al sur del gran banco de Terranova.
Perdieron dos días porque tuvieron que rodear una banquisa, pero entonces…
¡Vivian divisó los primeros rorcuales! Los delfines habían acompañado a la embarcación ya en varias ocasiones, pero, cuando aparecieron esas enormes ballenas que realizaban saltos gigantescos, como si quisieran representar un ballet torpe, la emoción de la joven no tuvo límite.
Corrió al camarote para avisar a su amiga.
—¡Tienes que ver esto, Colleen! Esos enormes animales salen del agua con mucho impulso y parecen muy curiosos. ¡Es casi como si nos miraran con picardía!
A Colleen le encantaría ver las majestuosas ballenas. Vivian lo sabía porque había estado a punto de abandonar su escondite para salir a contemplar los delfines.
—No hay casi nadie en cubierta —insistió, intentando convencer a su amiga—. Fuera hace mucho frío, al fin y al cabo. Ni siquiera Ross ha querido acompañarme. Está con los jóvenes de Yorkshire, hablando de caballos en su camarote.
Por fin Colleen dio su brazo a torcer. Tras ponerse el abrigo y un chal para protegerse del frío, siguió a Vivian a cubierta. Las dos jóvenes, inclinadas sobre la barandilla, contemplaban a las poderosas criaturas que seguían acompañando al barco.
—Van de camino a sus zonas de apareamiento —dijo de pronto una voz tras ellas—. Pero en tierra hay varias estaciones balleneras. No todas consiguen llegar.
Vivian se volvió y reconoció a uno de los marineros. Ya lo había visto otras veces por la cubierta.
—Qué triste —repuso—. Son tan bonitas…
El marinero rio.
—Pero sin ellas las chicas no podríais llevar miriñaques, y el perfume sería muy flojo si no contuviera ámbar gris.
—Yo nunca he tenido un miriñaque —contestó Colleen, pero el marinero, que solo tenía ojos para Vivian, no le hizo caso.
—Además, tú eres mucho más bonita que esas bestias —dijo entonces—. Nosotros dos no necesitaríamos ninguna zona especial de apareamiento. Cualquier sitio de por aquí nos bastaría. —Le dirigió una mirada claramente libidinosa—. ¿Qué te parecería echar uno rápido? Así, de paso, entrarías en calor…
El rostro de Vivian, que se había puesto un chal sobre la cabeza, estaba enrojecido a causa del frío. Ella estaba helada, desde luego, pero en ese momento casi hirvió de indignación.
—Pero ¿qué se ha creído usted? ¡Soy una mujer casada!
El marinero se echó a reír.
—Venga ya, preciosidad, si hace nada decías que solo estabas prometida. Te oí cuando le diste calabazas a ese tal Pride. No te faltan agallas, eso me gusta.
Antes de que Vivian quisiera darse cuenta, el marinero la agarró de la cadera y le plantó un beso en los labios. Cuando intentó defenderse, él la asió de las manos. Colleen gritó, pero Vivian mantuvo la calma.
En cuanto el hombre puso fin al beso y quiso empujarla contra una estructura de la cubierta para levantarle la falda, ella consiguió un poco de libertad de movimientos en las piernas…
y pudo darle un puntapié. Le salió con mucha soltura.
Casi fue más un salto que una patada. Un grand jeté : lo había practicado mucho en sus clases de ballet, lanzándose hacia lo alto a gran velocidad.
En esa ocasión, le dio al hombre en la entrepierna con todo su ímpetu.
La propia Vivian se sorprendió cuando el marinero la soltó dando un grito de dolor y, justo después, se retorció quejándose en el suelo.
—¿Qué has hecho, Viv?
Ross llegó corriendo por la cubierta, seguido de los jóvenes granjeros.
Debía de haber oído los gritos de Colleen, así como los quejidos de dolor del hombre, que también hicieron salir a cubierta a la mayoría de los pasajeros y miembros de la tripulación.
—Esa… bruja me ha dado una patada —se lamentó el marinero, agarrándose la entrepierna.
Mientras otros tripulantes se ocupaban de él, los pasajeros se quedaron mirando a Vivian.
—Ese hombre me ha… faltado al respeto —explicó ella, conmocionada—. Yo solo me he defendido, solo he… —Estaba temblando; no había contado con que su patada tuviera semejante efecto.
—Doy fe de ello —dijo Colleen—. Será mejor que me la lleve de aquí ahora mismo. ¿Y a ese hombre no debería verlo un médico, tal vez?
Otros dos marineros intentaron incorporar al herido, pero resultó imposible. Al final, alguien sacó una camilla. Colleen se llevó a Vivian a su camarote.
—¿Podrías ir a por un poco de té caliente? —le pidió Vivian a Ross.
También a él se lo veía bastante afectado. La evidente capacidad de defenderse de su joven y delicada esposa lo había dejado pasmado.
Colleen envolvió a Vivian en todas las mantas que pudo encontrar para que entrara en calor. Al cabo de un rato, Ross regresó no solo con té y azúcar, sino también con una jarrita de ron.
—Me lo han dado en la cocina del barco. El cocinero de a bordo dice que también han ido a buscar un poco para el herido. Para adormecerlo. Tengo que… tengo que ir a preguntar cómo se encuentra.
Se volvió visiblemente abochornado y salió del camarote.
Colleen sonrió de oreja a oreja y llenó un vaso con té, azúcar y un buen chorrito de ron para Vivian. Esta se lo bebió despacio, poniendo las manos alrededor del recipiente para calentarse. No tardó en sentirse más serena.
—¿Ya te encuentras mejor? —preguntó Colleen. Como Vivian asintió, no pudo contener su curiosidad y preguntó—: ¿Cómo has hecho eso? ¡Esa patada ha sido como un rayo! Y lo has… No era la primera vez que lo hacías, ¿verdad?
Vivian se esforzó por sonreír, aunque su sonrisa fue bastante débil.
—¿Te refieres a si me dedico a tumbar a hombres uno detrás de otro?
No, eso no. Pero el movimiento sí lo había practicado muchas veces.
En realidad es un salto. Durante un tiempo hice ballet, y los bailarines varones tienen buenos motivos para llevar suspensorio.
Es una protección que se ponen en la parte delantera de las mallas, por si una bailarina les golpea sin querer con el pie.
Pero… no pensaba que pudiera conseguir semejante efecto.
—No te habría creído capaz de algo así —confesó Colleen—. En serio, hasta ahora te tenía por una niña rica y malcriada que estaba jugando a vivir un gran amor y no sabía qué hacer cuando tipos como ese tal Matthew Pride intentaban propasarse con ella.
Vivian se encogió de hombros.
—No suelo pensar antes de hacer o decir algo —reconoció—. Mi padre ya me reprendía por ello, pero a Ross le gusta…
Colleen levantó las cejas en actitud dubitativa.
—Pues tu Ross estaba bastante alterado hace un rato. Me temo que a partir de ahora te tendrá miedo.
—Ross no pretende bailar ballet conmigo, y tampoco violarme. En el trato cotidiano soy del todo inofensiva. Seguro que él lo sabe. Aunque… ¡tampoco está mal que me tenga un poco de respeto! —Vivian sonrió y poco a poco fue recuperando la picardía.
Hasta el final de la travesía, Vivian no pudo quejarse de que ninguno de los hombres de a bordo volviera a faltarle al respeto.
Los demás pasajeros también cambiaron la forma en que miraban a esa joven alegre y de aspecto ingenuo.
Incluso las mujeres se mantenían a cierta distancia de ella.
El matrimonio Pinter siguió siendo amable con ellos, aunque también algo distante; no recibieron más invitaciones para tomar el té.
Al menos Ross se recuperó deprisa de la conmoción, sobre todo porque Vivian, por supuesto, le explicó que su reacción había sido puramente instintiva. En la Ópera de París nadie enseñaba defensa personal.
—Pero para los saltos de ballet se necesita tener mucha fuerza, y en los yacimientos de oro también me vendrá muy bien. ¡No soy una muñequita, Ross!
No sabía si esas palabras habían dado que pensar a su prometido, pero Vivian tardó en quitarse de la cabeza el temor de Colleen sobre que Ross pudiera sentir rechazo hacia una mujer demasiado capaz de defenderse sola.
Tampoco olvidaba las palabras que ella misma había pronunciado con tanta precipitación.
¿De verdad quería que la respetara? Hasta entonces solo había pensado en el amor.
El United Kingdom se acercaba poco a poco al final de su travesía.
Por fin alcanzaron la desembocadura del río San Lorenzo, que de todos modos apenas se reconocía como tal.
En su zona inferior, el estuario era tan ancho como un mar.
Los pasajeros solo se dieron cuenta de que habían entrado en él porque el capitán puso rumbo a tierra para subir a bordo a un práctico.
—La península gaspesiana —informó el señor Pinter.
Estaba junto a Ross y Vivian, en cubierta, cuando el barco atracó.
El asentamiento local era poco más que una aldea.
La gente vivía de la pesca y, de vez en cuando, también del comercio maderero y la construcción de barcos.
Allí donde no había pequeñas poblaciones, la península estaba completamente cubierta por densos bosques.
En esos momentos, al ser primavera, los árboles resplandecían de un verde intenso.
—En otoño es cuando es más bonito —dijo la señora Pinter—. Entonces se ven todos los colores, desde el rojo hasta el amarillo y el verde. Es sobrecogedor, en especial por el contraste con el azul del cielo y el mar.
Ese día, sin embargo, el cielo y el mar no parecían azules, sino que estaban más bien neblinosos y no ofrecían muchas vistas.
Vivian entendía que se necesitara a un práctico local para maniobrar la embarcación de forma segura por entre bajíos y corrientes peligrosas.
Una y otra vez aparecían también islas de mayor o menor tamaño, habitadas o sin habitar.
Los faros ayudaban a orientarse, y la emocionada Vivian pudo volver a ver numerosas ballenas.
En esta ocasión incluso orcas, que no eran tan grandes como las demás, pero le parecieron preciosas con su coloración blanca y negra, y más fascinantes aún a causa de sus portentosos saltos.
El paisaje de la orilla se le antojó salvaje. A menudo se veían costas escarpadas, pero también pequeñas calas de aspecto acogedor.
—¡Qué grande es todo! —exclamó Ross, resumiendo sus impresiones—. En comparación, Inglaterra parece un país de juguete.
—Comparada con Canadá, sí es bastante pequeña. —El señor Pinter se echó a reír—. En cambio, está mucho más desarrollada. Aquí todavía faltan muchas cosas. Si al final se quedan y más adelante quieren hacer algo que no sea buscar oro, pueden realizar una auténtica labor de pioneros.
Vivian estuvo a punto de preguntar si ya existía alguna ópera en Canadá, pero Ross se le adelantó interesándose por las carreras de caballos.
El señor Pinter meneó la cabeza.
—¿No querrán hacerse ricos apostando en el hipódromo?
—repuso con cierta burla—. En ese caso, deberían ir a Montreal, donde creo que están planeando construir uno.
Aquí, de momento, solo tenemos las carreras de las Llanuras de Abraham, en la ciudad de Quebec, donde unos cuantos tipos salvajes compiten con caballos locos.
¡Nada comparable al Ascot inglés! A la larga, sin embargo, también Canadá contará con una cultura hípica.
Ya hay quien cría purasangres importados de Inglaterra, y pastos hay de sobra.
—¡Criar caballos sería maravilloso! —opinó Vivian—. Podríamos pensárnoslo cuando hayamos encontrado suficiente oro.
Tener una cuadra propia, de hecho, le parecía una alternativa muy atractiva a una carrera como bailarina.
Aunque había renunciado a su sueño, era incapaz de no bajar de su litera a una hora intempestiva de la mañana para hacer sus ejercicios usando la barandilla como barra, por mucho que al final solo le resultara útil para ahuyentar a hombres demasiado pesados.
Acompañada de Vivian, Colleen también había empezado a salir a cubierta más a menudo; quería ver esa tierra nueva que para ella representaba el futuro.
Al contrario que su amiga, que en un principio había pensado en un posible regreso a Inglaterra cuando Ross y ella hubieran hecho fortuna gracias al oro, Colleen no se hacía ilusiones.
Rica o pobre, viviría y moriría en Canadá.
—Pero ¿tú también quieres ir a los yacimientos de oro? —preguntó Vivian cuando Colleen compartió esa idea con ella. Las dos jóvenes charlaban más a menudo desde el incidente con el marinero—. ¿No te da miedo ir tú sola?
Colleen se encogió de hombros.
—No puedo permitirme tener miedo —repuso—.
No puedo sacarme de la manga a un protector, pero de alguna manera saldré adelante.
Además, también puedo dedicarme a algo que no sea buscar oro.
Vengo de una familia con diez hijos. Yo era la segunda, y mis padres trabajaban los dos en la fábrica.
Sé cuidar niños, cocinar, lavar la ropa, administrar el dinero.
También entiendo de perros, porque nuestro vecino tenía galgos y los hacía correr tras la liebre en el canódromo.
Yo me encargaba de ellos. Los perros me gustan.
Puede que me compre uno, si tengo ocasión. El perro podría cuidar de mí.
—Pero lo que quieres en realidad es buscar oro y hacerte rica como nosotros —subrayó Vivian, algo decepcionada al oír los planes alternativos de Colleen, que no sonaban demasiado aventureros.
Su amiga se echó a reír.
—No siempre se consigue todo lo que se quiere. O, por lo menos, no las personas como yo. En cuanto a ti, Vivian, ¡te creo completamente capaz de construir algún día tu propia ópera en Quebec!