En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Por eso me marché —dijo Colleen—. Ahorré algo de dinero y lo chantajeé. Le dije que se lo contaría todo a su mujer si no me ayudaba a salir de allí. Él me ha pagado el viaje.

Vivian entendió entonces lo que le había explicado Colleen cuando se conocieron: había salido al amparo de la oscuridad y la niebla porque tenía miedo de que la señora de la casa le hiciera preguntas.

—¿Y su mujer te habría creído?

—Es probable que no. Las esposas nunca lo creen. Por eso hay que andarse con cuidado y estar dispuesta a defenderse. Porque algunos hombres ni siquiera se frenan con sus propias hijas.

Ante Vivian se abrieron abismos.

—Pero con Ross… con Ross todo es diferente —dijo entonces—. Cuando me besa y me acaricia, es increíblemente bonito. Me resulta inimaginable que pudiera hacerme daño u obligarme a nada.

Colleen soltó una carcajada.

—Tampoco le hace falta. Te has casado con él, ¿ya lo has olvidado? Ahora tiene derecho a tomarte cuando quiera.

No obstante, a pesar de esos malos presagios, Ross demostró ser todo un caballero.

Rezongó un poco al ver que no había manera de convencer a Vivian para que buscaran un escondite en algún lugar del barco, pero lo aceptó.

Aun así, ella permitió que sus caricias llegaran más lejos que hasta entonces; quería saber si también le gustaba que la tocara por debajo de la ropa, y su curiosidad creció al notar que se humedecía cuando él la acariciaba entre las piernas.

Le pareció que dormir con Ross no podía ser tan desagradable.

Aun así, quería experimentarlo por primera vez en una cama de verdad y en una habitación cálida de la que pudieran disponer para ellos solos.

Mientras tanto, en realidad, los días eran cada vez más fríos: habían empezado la travesía del Atlántico Norte.

Colleen se pasaba casi todo el tiempo en su camastro, igual que siempre, mientras que Vivian se abrigaba con sus vestidos más gruesos y salía a cubierta aunque lloviera o cayera una nevada ligera.

Los pasajeros que embarcaron en Liverpool, en efecto, no eran buscadores de oro que se hubieran apuntado a la expedición por el anuncio de la British Columbia Transfer Company.

Se trataba de tres matrimonios y cuatro muchachos, unos hermanos de los Yorkshire Dales.

Los jóvenes, así como dos de los matrimonios, soñaban con montar granjas en Canadá.

Los hermanos procedían de una gran explotación agraria, pero eran los más jóvenes de los seis hijos de sus padres, todos chicos.

Aunque habían aprendido el oficio desde abajo, no heredarían nada.

En Canadá existía la posibilidad de que les asignaran tierras y, si se unían los cuatro, dispondrían de una gran extensión.

Pensaban criar animales, tal vez incluso caballos a gran escala.

A Vivian le resultó especialmente interesante el matrimonio mayor, de quienes enseguida supo que vivían en la ciudad de Quebec.

Los Pinter habían emigrado al este de Canadá hacía más de veinte años.

Habían presenciado la transformación de Quebec desde un pequeño asentamiento a toda una capital y regentaban allí un negocio de construcción.

Acababan de visitar Inglaterra para ver a familiares y llevar a sus dos hijos menores a un prestigioso internado.

La señora Pinter, sobre todo, sufría por haberse separado de los jóvenes, a los que no volvería a ver hasta dentro de uno o dos años por lo menos.

La mujer no se cansaba de oír hablar de las experiencias de Vivian y Ross en internados y sintió un gran alivio cuando este último le explicó que en su escuela se había sentido muy a gusto.

No había sido ese el caso de Vivian, que de todos modos no quería explicar mucho sobre sí misma, sino que prefería oír hablar del que sería su nuevo hogar.

Los Pinter se mostraban muy satisfechos con el desarrollo de su ciudad.

—Pero nosotros no nos quedaremos en Quebec —les dijo Vivian a sus nuevos conocidos—. Queremos ir a la Columbia Británica.

—Vaya, sí que tienen un plan ambicioso —comentó el señor Pinter, y se encendió un cigarrillo. El barco contaba con salones caldeados para los pasajeros más adinerados, y los Pinter habían invitado a Vivian y a Ross a tomar el té allí con ellos—. Eso es media vuelta al mundo.

Vivian arrugó la frente.

—Cinco semanas, según la compañía. Cuando lleguemos a Quebec, tomaremos un tren hacia Fort Garry.

—¿Un tren? —El señor Pinter se extrañó—. ¿Desde cuándo existe conexión ferroviaria? Hay una línea a Montreal y otra a Kingston, pero ustedes quieren ir al oeste. La conexión más directa sería pasando por St. Paul, en Minnesota, al otro lado de la frontera. Y ahí termina el tren…

Ross negó con la cabeza.

—No puede ser —dijo—. La compañía nos ha dado información muy precisa y ya hemos pagado la totalidad del viaje.

—La empresa se llama incluso así —explicó Vivian—: British Columbia Transfer Company.

—Quizá haya cambiado algo en este tiempo —dijo la señora Pinter con tono conciliador—. En todo Canadá se construye mucho.

Su marido no parecía convencido. Como empresario, habría tenido que enterarse de la existencia de esas nuevas líneas férreas.

Cuando, más tarde, se retiraron a su frío camarote, Vivian estaba intranquila. Ross, sin embargo, negó con la cabeza.

—Tu amiga la sabelotodo seguramente ha entendido algo mal —comentó, porque daba por hecho que Vivian debía tener esa información a través de Colleen—.

A lo mejor, en lugar de pasarse todo el día encerrada en el camarote, debería salir alguna vez y hablar con la gente.

¡Me gustaría tenerlo para nosotros solos de vez en cuando!

Vivian no dijo nada. Aun así, estaba convencida de que la documentación de la compañía hablaba de líneas de ferrocarril. No había estudiado la ruta del viaje tan a fondo como su amiga, pero sí había leído las descripciones.