Capítulo 5
La oferta culinaria del United Kingdom no era muy variada. Por la noche, cada pasajero recibía un mendrugo de pan y un poco de queso.
—¡Por lo menos no son galletas marineras! —comentó Vivian, siempre optimista—. Según lo que he leído, en estos barcos nunca hay nada más y casi siempre están agusanadas.
Ross se llevó una mano a la frente.
—El viaje durará solo unos diez días. A esas galletas marineras no les dará tiempo a ponerse malas, sean lo que sean.
—Son unas galletas secas hechas con harina de centeno —informó Colleen.
Tal como Vivian había supuesto, se había instalado en la esquina exterior de la litera de arriba y agradeció mucho que Vivian le llevara su ración de comida.
—Muchas gracias, doña Sabelotodo —dijo Ross con un tono cortante—. Muy generoso por tu parte permitirnos compartir tu sabiduría.
—¡Pues yo no sabía eso! —le increpó Vivian—. Pensaba que las galletas marineras estaban hechas con agua de mar y que por eso no estaban buenas. Además, me gusta aprender cosas nuevas. ¡Así que no seas malo con Colleen!
—¡Tienes que plantarle cara cuando se porta así contigo! —le dijo a Colleen cuando Ross salió del camarote para ir al retrete—. Y a los demás también. A ese Matthew Pride de antes deberías cantarle las cuarenta. ¡Si no, hará lo que quiera contigo!
Vivian irguió la cabeza con seguridad. Ella siempre se había defendido con firmeza, incluso ante su padre.
Su madre la había animado a ello desde pequeña, y también su tía Emmanuelle, que se había quedado viuda muy pronto y vivía sola con su hija en París.
Igual que esta, Vivian se servía de su encanto para conseguir sus objetivos, pero también sabía ser clara cuando alguien se sobrepasaba.
En ese momento le extrañó oír la risa de Colleen como reacción a su comentario.
—¡Vivian! Los hombres siempre hacen lo que quieren con las mujeres —dijo con amargura—.
Puedes intentar no cruzarte en su camino, y tal vez resulte más fácil siendo una dama distinguida como tú.
Porque eso es lo que eres, ¿verdad? Te has escapado con el jardinero de una escuela para señoritas o algo parecido.
¿Tengo razón o tengo razón? —preguntó, e intentó ofrecerle una sonrisa de complicidad.
Vivian, indignada, quería contestarle que Ross no era precisamente un jardinero, pero entonces él regresó al camarote y Colleen guardó silencio. Además, Ross traía noticias.
—Un marinero me ha contado que no viajamos directos a Quebec. Primero haremos escala en Liverpool, donde embarcarán más pasajeros. En Londres no han llenado el barco.
—Pues a mí me parece que va bastante lleno —comentó Vivian—. Sobre todo con tantos hombres durmiendo en cubierta y en los pasillos de los camarotes. Creo que un par de ellos iban algo borrachos esta noche.
Colleen rio de nuevo.
—¡Los primeros ya iban como cubas a primera hora de la tarde!
Espero que eso mejore a lo largo de la travesía.
Seguro que en el barco no se puede comprar ginebra.
Y también espero que en Liverpool no embarquen más buscadores de oro.
Desde ese puerto zarpan más transatlánticos que desde Londres, así que tal vez haya también hombres de negocios y otros viajeros entre el pasaje.
—A mí eso me da igual —comentó Ross—. Lo principal es que el capitán sepa lo que se hace y nos lleve a la Columbia Británica lo más deprisa posible.
Tanto Vivian como Colleen habrían podido decirle que tenían varios trayectos en tren y en carromato antes de llegar a los yacimientos de oro, y que el capitán del barco era tan poco responsable de ellos como del tiempo que encontraran durante la travesía atlántica.
Sin embargo, guardaron silencio. Vivian, a causa de una ligera decepción con la ignorancia de su prometido; Colleen, para no meter más el dedo en la llaga.
Ambas tenían muy claro que Ross no se había leído bien la descripción del viaje.
Se fiaba por completo de la British Columbia Transfer Company.
Seguro que la mayoría de los hombres de a bordo habían hecho lo mismo.
No pensaban en el territorio enorme al que iban a entregarse; solo veían el oro.
Cuando los tres despertaron por la mañana, el United Kingdom había anclado en Liverpool, donde la tripulación estaba cargando más equipaje.
Parecía que todavía no habían llegado todos los pasajeros, de modo que Vivian, recordando lo que había pensado el día anterior tras el feo encuentro con Matthew Pride, le pidió a Ross que bajara un momento a tierra para comprar unas alianzas baratas.
—Será mejor que viajemos ya como el señor y la señora Wallett —opinó—. La gente como ese Pride nos respetará más si cree que estamos casados.
En Liverpool, también Colleen abandonó su litera, pero solo para usar el retrete, mientras Vivian subía a cubierta con curiosidad para ver a los nuevos pasajeros y Ross estaba fuera, comprando los anillos.
Cuando los dos regresaron al camarote juntos, Colleen contempló con una expresión entre desconcertada y divertida la ceremonia que Vivian improvisó para el intercambio de las alianzas.
—¡Con este anillo te tomo como esposo! —le prometió a Ross, y le puso la alianza de plata sin decoraciones en el dedo—. ¡Ahora tú!
—Con este anillo te tomo como esposa —declaró Ross, complaciente—. Hasta que la muerte nos separe.
—Bueno, de momento hasta el final de la travesía —precisó Vivian—. Después tendremos que casarnos de verdad. ¡Pero ahora ya puedes besarme!
Ross lo hizo con generosidad mientras Colleen negaba con la cabeza.
—Espero que no tengáis pensado consumar el matrimonio en este camarote —les soltó entre burlona y preocupada—. Porque entonces tendría que buscarme otro sitio. Lo siento, pero no quiero enterarme de nada.
Vivian arrugó la frente. La consumación del matrimonio tenía lugar en la cama, eso lo sabía, y tenía que ver con que al final la mujer quedara embarazada.
Hasta el momento nadie se lo había explicado con mayor detalle.
Sin embargo, había crecido en una finca y había visto cómo se cubrían los caballos y los perros.
Las personas debían de hacer algo similar para tener descendencia, solo que, por lo visto, había que estar tumbado.
—Estas camas son demasiado estrechas —comentó con más seguridad en la voz de la que sentía en realidad—. No cabríamos los dos.
—Tampoco hay por qué hacerlo en la cama —repuso Ross con gelidez, mirando a Colleen—. Podríamos buscar algún sitio en cubierta. Debajo de los botes salvavidas, por ejemplo. Extendemos un par de mantas y…
—¿En cubierta? —preguntó Vivian—. ¿Donde podría pasar alguien en cualquier momento? Pero ¿cuánto… cuánto dura eso en total?
Colleen sonrió con compasión. Debió de comprender que Vivian no tenía ni la menor idea de lo que le esperaba.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó.
Ross soltó un comentario bobo casi a la vez que ella.
—Ay, Viv, cielo… —dijo con una sonrisa enorme—. ¡Seré rápido!
Vivian lo miró sin entender nada; Colleen, furiosa.
—¡Me parece que tendré que hablar a solas con tu mujer! —le soltó—. ¿Qué te has creído, Ross? Primero le haces perder la cabeza y luego le pones un anillo. ¡Como dos críos jugando a casarse!
—¡Tengo diecisiete años! —exclamó Vivian, indignada—. ¡No soy ninguna cría!
—Su padre la habría casado pronto de todos modos —añadió Ross.
—¡Pero, antes, tal vez su madre o alguna otra mujer de la familia se la habría llevado aparte para explicarle el funcionamiento básico del tema! —A Colleen se le había agotado la paciencia—. De eso me encargo yo ahora mismo. ¿O prefieres explicarle tú lo de las flores y las abejas?
Ross salió del camarote, aunque no sin lanzarle una mirada colérica a Colleen.
Esta bajó entonces de su litera y rodeó a la desconcertada Vivian con un brazo. Las dos jóvenes se sentaron en una de las camas inferiores y Colleen empezó a explicarle lo que tenía lugar entre un hombre y una mujer cuando «consumaban el matrimonio» o «compartían cama».
—Para referirse a ello existen muchas expresiones, más o menos eufemísticas o indirectas, pero al fin y al cabo se trata de que el hombre entra en tu cuerpo y derrama su semilla en ti. —Colleen le describió entonces el acto con objetividad y sin miramientos.
—¿Y no duele? —quiso saber Vivian, que la había escuchado con los ojos muy abiertos.
Su amiga se encogió de hombros.
—Depende. Si amas al hombre, dicen que no debería doler. Mucha gente lo hace incluso por gusto, según he oído.
—¿Y cómo sabes todo eso? —preguntó Vivian—. ¿Tú… lo has hecho?
—Mi madre y mi padre lo hacían siempre a oscuras, pero mis hermanos y yo los oíamos porque nuestro piso era muy pequeño —explicó Colleen, y suspiró—. Los amantes hacen ruidos durante el acto. Y luego, más adelante… Vivian, no todas las mujeres lo hacen por voluntad propia.
Vivian recordó un par de comentarios que había oído sin querer en París.
Una vez, una bailarina había salido del despacho de un coreógrafo llorando desconsoladamente y otras se la habían llevado al baño.
Ella se había extrañado de que las chicas tuvieran que hablar ahí dentro, si por lo visto solo estaba decepcionada por un papel que se le había escapado.
Cuando le sacó el tema a una de las chicas, sin embargo, esta le explicó que el coreógrafo la había «tocado de forma indecorosa», pero ella no supo qué quería decir eso.
En otra ocasión, su tía y las amigas de esta habían murmurado sobre una joven a la que habían «deshonrado».
Colleen asintió cuando Vivian le habló de ello.
—Ahí lo tienes.
Vivian se frotó la frente.
—¿Agreden a las mujeres?
Colleen se encogió de hombros.
—O las presionan. Yo misma era niñera en casa de una familia rica desde que cumplí los quince y, una noche, el señor entró en mi cuarto… Al principio no sabía que lo que hacía conmigo no estaba bien. No me defendí, así que siguió haciéndolo.
—¿Tú has…? ¿Te han…? —Vivian no sabía qué decir.