En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Dicho eso, se volvió hacia un lado y contempló el barco, donde la tripulación estaba colocando ya la pasarela.

—Creo que falta poco. Tu prometido debería darse prisa.

De hecho, los pasajeros empezaron a embarcar enseguida.

Colleen y Vivian dejaron que los hombres subieran primero.

Vivian estaba en ascuas porque su billete lo llevaba Ross en la bolsa, aunque ella por lo menos tenía casi todo el dinero que les quedaba, así que podría comprarse otro si hacía falta.

Pero ¿quería hacer eso? Colleen no parecía tener ningún reparo en lanzarse sola a la aventura, pero Vivian no sabía si ella era lo bastante valiente para algo así.

Al mismo tiempo, se reprendió solo por pensarlo. ¡Ross jamás la abandonaría!

Ya eran las once y media cuando Ross llegó corriendo y sin aliento. Colleen había subido a bordo y Vivian fue a reunirse con ella mientras Ross presentaba los billetes y pagaba la cantidad pendiente. Cuando estuvieron en cubierta, la rodeó con un brazo.

—Lo hemos conseguido, Viv —dijo, feliz—. ¡Vamos a empezar una nueva vida!

Llevado por la euforia provocada por su repentina riqueza, Ross había pagado el recargo de diez libras que les aseguraría a Vivian y a él un lugar para dormir.

Vivian no sabía qué había esperado, pero Ross contempló con cierta decepción el camarote, que consistía en un cuartito diminuto.

Tenía dos literas que ofrecían cuatro plazas para que los viajeros pasaran la noche.

Como la mayoría de los barcos de emigrantes, también el United Kingdom contaba con una entrecubierta de madera en el casco de la embarcación que estaba dividida en camarotes rudimentarios.

Vivian ya temía tener que compartir habitación con dos buscadores de oro desconocidos, pero la única persona que tampoco había reparado en gastos había sido Colleen.

Su nueva amiga escogió enseguida una de las dos camas superiores y pareció querer instalarse al instante, porque dejó ya en ella su raída bolsa de viaje.

Seguramente tenía pensado cambiarse de ropa allí arriba, en caso de que alguien se cambiara alguna vez en ese barco.

—Tú también deberías dormir arriba —le comentó a Vivian, que no acababa de decidirse.

La cama de arriba le tentaba, pero, si escogía una de las de abajo, estaría más cerca de Ross.

—¿Y eso por qué? —preguntó este de mal humor.

Era evidente que había esperado poder compartir cama con Vivian y, claro, con Colleen de espectadora no podría ser.

—Para que los otros tipos no se pongan muy pesados con ella —explicó Colleen—. Si alguno se colara durante la noche, porque va borracho o solo por diversión, primero tendría que pasar por ti, Ross, y luego subir una escalerilla para lanzarse sobre nosotras. Todo eso resulta demasiado trabajoso.

Ross torció el gesto.

—Ya cuido yo de Vivian —afirmó.

Vivian, por el contrario, comprendió la argumentación de Colleen y escogió la otra cama superior. El equipaje que llevaban Ross y ella se quedó en la cama inferior vacía.

Entretanto, parecía que el barco había empezado a moverse, y Ross y Vivian salieron a cubierta para presenciar cómo zarpaba. Colleen los siguió.

—¿Qué ruta seguiremos? —quiso saber Vivian, y se volvió hacia Ross, que, sin embargo, no se había parado a pensarlo.

—Pues iremos por mar hasta Quebec —supuso—. No puede ser muy complicado.

Colleen puso los ojos en blanco.

—Primero bajaremos por el Támesis y cruzaremos el canal de la Mancha, luego seguiremos por el Atlántico Norte.

Ahí hará frío, y al sur del gran banco de Terranova pueden quedar todavía banquisas de hielo que tendremos que rodear.

Eso alargaría el viaje. El plan es llegar al golfo de San Lorenzo sobre el primero de mayo y cruzarlo siguiendo la costa sur de Terranova, o, si el clima es lo bastante bueno, atravesar el estrecho de Belle Isle.

Después subiremos por el San Lorenzo unas cien millas náuticas, cosa que puede llevar hasta dos días, ya que hay que ir río arriba.

Y el tres o el cuatro de mayo, si no ha habido contratiempos, deberíamos arribar a la ciudad de Quebec.

—¡Vaya, sí que estás bien informada! —exclamó Vivian con admiración—. ¿Cómo sabes todo eso?

—Lo pregunté al reservar el pasaje. Además, mis señores tienen un globo terráqueo. Nadie se lanza a un viaje así a tontas y a locas. ¡Tenía que estar bien planificado!

Vivian se avergonzó un poco. Más allá de su huida, no había planificado nada para el viaje, y eso que también en el salón de caballeros de su padre había un globo terráqueo…

Mientras tanto, se les acercó uno de los otros hombres. Era claramente mayor que Ross y muy fuerte, pero su rostro resultaba algo taimado y en él se veían señales de peleas pasadas. Tenía una cicatriz que le cruzaba una de las mejillas y sin duda le habían roto varias veces la nariz.

—Vamos a echarles un buen vistazo a las dos muchachas que tenemos a bordo —comentó en lugar de saludar—. Matthew Pride, me llamo. ¿Y vosotras, guapas? —A Ross no le hizo ningún caso.

Vivian se plantó ante él.

—Vivian, ¡Wallett dentro de poco! —contestó—. Estoy prometida.

Pride se echó a reír.

—¡Caray! ¿Con este de aquí? —Señaló a Ross.

—¡Exacto! —repuso ella, segura de sí misma—. Y eso no va a cambiar de ninguna manera. ¡Así que no hace falta que malgaste sus encantos conmigo!

El hombre rio de nuevo y se volvió hacia Colleen.

—¿Y tú, cielo? ¿También estás adjudicada?

Levantó la mano y acarició con suavidad la mejilla de la joven, que parecía asustada. Vivian le habría apartado la mano en ese mismo instante; Colleen se limitó a retroceder un poco.

—No quiero nada con usted, señor Pride —dijo con calma—. No busco a ningún hombre. —Y dio media vuelta.

Entretanto, Ross posó un brazo sobre los hombros de Vivian como si fuera de su propiedad y se la llevó al otro extremo de la cubierta.

—Qué tipo más desagradable —comentó—. ¡Y ella es una bruja sabelotodo! «Nadie se lanza a un viaje así a tontas y a locas» —dijo, imitando a Colleen—. Como si ya tuviera un mapa de los yacimientos de oro en la bolsa.

—Tal vez no vaya en busca de oro —repuso Vivian—. También podría querer un trabajo nuevo o…

Entonces fue Ross quien se rio.

—Viv, las posibilidades de empleo de las jóvenes que se aventuran solas a los yacimientos de oro, donde estarán rodeadas de hombres, son bastante limitadas. En realidad, solo se me ocurre un trabajo para una mujer así.

Ella lo miró con un interrogante en los ojos. Naturalmente, jamás había oído hablar del oficio de prostituta, que era lo que insinuaba Ross, de modo que solo podía imaginar que en los yacimientos de oro emplearían a las mujeres para cocinar y lavar la ropa de los hombres.

—¿Te refieres a doncella? —preguntó, pero entonces recordó a uno de sus profesores de ballet de París, que siempre aconsejaba a las bailarinas que se esforzaran si querían llegar a actuar en el escenario de la Ópera y no acabar como bailarinas de tres al cuarto en un «teatrillo de varietés », como decía él arrugando la nariz—. ¿O a bailarina?

Ross se rio más aún.

—¡Ay, Viv, qué joven e inocente eres! Se nota que nunca has salido de tu castillo.

—¡Estuve dos años en París! —se defendió ella—. También yo quería ser bailarina. El ballet es un arte muy noble. Y muy duro, porque habitualmente requiere una formación muy prolongada.

En realidad, tampoco ella se imaginaba a Colleen de bailarina. Era delgada, cierto, y tenía poco pecho, cosa que era muy deseable en ballet, pero resultaba demasiado alta y huesuda, y superaría en altura a la mayoría de los bailarines varones.

—No, no tiene nada que ver con el ballet —repuso Ross, algo abochornado en esta ocasión.

Lo que menos pretendía era familiarizar a su prometida con los secretos del amor de pago—.

Pero… ¡por cierto! ¿Crees que nos darán algo de cenar esta noche?

No me he llevado nada más a la boca desde el desayuno y empiezo a tener mucha hambre.