En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

—Devolveremos las telas en Londres. Mételas en la maleta mientras nosotras estamos en el baile de los Amhurst —le indicó la joven a Ross.

Lord Altham también estaría presente en la velada, puesto que se celebraba el cumpleaños de su amigo George Amhurst. Su finca no quedaba muy lejos de las tierras de los Altham, así que Ross podría regresar con facilidad y luego ir otra vez a recoger a sus señores sin que lo echaran en falta.

—Pero, entonces, necesitaremos un carro —opinó Ross, que hasta entonces había dado por hecho que huirían a caballo.

Vivian se frotó la frente.

—Lo necesitaremos de todas formas, aunque todavía no te lo había dicho.

No me gusta la idea de dejar a Holly en cualquier establo de alquiler de Londres y luego avisar a mi padre de alguna manera para que vaya a buscarla.

Todo eso es demasiado complicado y, además, podría enfurecerse y vender la yegua.

¿Quién sabe qué sería de ella? No. Engancharemos tu caballo al viejo cabriolé.

Está acostumbrado a los carros, ¿verdad?

Cargas en él las telas y partimos esa misma noche.

¡Tenemos que ser rápidos! El barco zarpará al mediodía, y para entonces todo ha de estar arreglado.

Lo de las telas es algo arriesgado, lo reconozco.

Devolviéndolas a la fábrica sacaremos mucho más dinero que vendiéndolas en el mercado, sobre todo porque seguramente los comerciantes sospecharán y creerán que hemos robado la mercancía.

A la fábrica podemos decirle que no nos han gustado los tejidos.

Al fin y al cabo, los vendieron como muestra.

Pero eso hará que dejemos un rastro. Si los vendedores preguntan en el castillo, mi padre sabrá dónde estamos.

Ross escuchó sus explicaciones con cierta admiración. No habría creído que su encantadora novia fuese capaz de una imaginación tan desbordante y maquinadora. Él jamás habría podido planear la huida de una forma tan minuciosa.

Por lo menos Vivian podía confiar en él sin reparos en cuanto a la realización de sus planes.

El 20 de marzo, Ross los llevó a su padre, a su prima y a ella a casa de los Amhurst y regresó de nuevo al castillo de inmediato.

Ya había acordado con Vivian cómo sacar las balas de tela sin que nadie lo viera: se limitó a lanzarlas por la ventana en saledizo de la luminosa habitación en la que iba a trabajar la modista y luego las recogió en el jardín.

—¡Pero coloca primero una sábana debajo para que no se ensucien! —le advirtió Vivian, que le dio otro beso antes de ir a su habitación a que la prepararan para el baile.

Ross no creía haberla visto nunca tan guapa como esa noche cuando volvió a la fiesta para recoger a los Altham.

No parecía cansada en absoluto, sino que resplandecía de entusiasmo y expectación.

Él, en cambio, aunque por el momento todo había salido bien, estaba bastante inquieto.

Ya había desenganchado a los caballos y había llevado el suyo a un cobertizo algo apartado donde esperaba el cabriolé, lleno hasta los topes, cuando apareció Vivian.

Se había puesto un vestido de viaje muy decente y cargaba con una maleta pequeña.

Ross estaba dando los últimos toques a las hebillas de los arreos de su caballo.

—¿Todo listo? ¡Piensa que mañana al mediodía tenemos que estar en Londres! —Vivian hablaba deprisa, como siempre que estaba nerviosa.

Ross la conocía lo suficiente para darse cuenta de que no le resultaba tan sencillo abandonar su hogar y a su familia. A pesar de su habitual optimismo, también ella debía de darse cuenta de que estaban a punto de iniciar un viaje hacia lo desconocido.

—Estamos haciendo lo correcto, ¿verdad, Ross? —preguntó mientras se tiraba de un mechón de pelo.

Ross no supo muy bien qué contestar. Para él, esa aventura era sin lugar a dudas lo mejor que podía pasarle. Aun así, siendo sincero, habría preferido dejar a Vivian en Inglaterra y partir solo. Siempre podría regresar a buscarla más adelante.

—Todavía estás a tiempo de pensártelo —señaló al fin.

Vivian se mordió un labio, pero entonces su audacia venció a sus dudas.

—No. No, no hay nada que pensar. ¡Voy contigo! —dijo, esforzándose por transmitir decisión en su tono.

¡De ninguna manera iba a flaquear en el último momento!

El caballo de Ross era brioso y recorrió los veinticinco kilómetros que había hasta la capital sin necesidad de parar ni una sola vez.

Vivian y Ross disfrutaron de un desayuno cerca del puerto antes de que abrieran las casas de empeños.

Ella insistió en ir a preguntar a tres para comparar los precios antes de tomar una decisión.

Los dependientes, todos ellos con un aspecto bastante turbio, le ofrecieron unas cantidades decepcionantes a cambio de sus joyas.

Vivian había llevado consigo tres conjuntos de pendientes, collar y pulsera, e incluso una diadema.

En total, todo aquello debía de valer varios cientos de libras, pero solo consiguieron sacar cincuenta.

—No importa. ¡Con eso pagamos el viaje! —declaró cuando vio que Ross se enfadaba—. Y ahora vamos a ocuparnos de las telas.

El vendedor de tejidos, por supuesto, se mostró muy afectado cuando Vivian le devolvió todo el pedido.

—¿De verdad que no le ha gustado ninguna? —quiso saber—. Lady Louise y la modista estaban tan seguras…

—Es que al final no voy a debutar —alegó Vivian, buscando una excusa rápida—. Voy a casarme. En Francia. Y me haré confeccionar los vestidos en París.

El hombre la miró con decepción, aunque pareció creer su historia.

—Por supuesto, en París, la capital de la moda. No podemos competir con eso.

Al final, le reembolsó el precio sin más dilación: ciento veinte libras que engordaron los fondos para el viaje.

—Y, ahora, ¿me llevas al barco? —pidió Vivian, satisfecha, cuando volvieron a subir al carruaje—. No quiero acompañarte al mercado de caballos. Si vas solo, llamarás menos la atención.

Le resultaba tan difícil separarse de Lancaster, el alegre castrado negro de Ross, como de su propia yegua, Holly, a la que el día anterior todavía había mimado con varias zanahorias de despedida.

Vivian, nerviosa, se tiró de la cinta del sombrero con la esperanza de tranquilizar los fuertes latidos de su corazón.

Hasta el momento no habían surgido contratiempos, pero ¿y si algo se torcía?

¿Y si el United Kingdom no los estaba esperando en el Muelle Cinco?

¿Y si la compañía de la expedición los había engañado y no solo se había embolsado su dinero, sino que además los dejaba tirados en Londres sin ningún plan alternativo?

A esas alturas, seguro que en Altham ya habrían descubierto su ausencia y, cuando comprobaran que también faltaban las telas, lady Louise y su padre sabrían dónde ir a buscarla.

Vivian respiró hondo y casi notó físicamente el alivio de Ross cuando vieron el gran navío en el embarcadero indicado.

Faltaba poco para las diez y todavía estaban cargando el United Kingdom con mercancías para Quebec.

Los pasajeros aún no podían subir a bordo, aunque ellos no eran los únicos que ya estaban allí.

Habría una docena de personas, hombres jóvenes en su mayor parte, esperando con maletas y bolsas de viaje bastante gastadas.

Algunos charlaban y se presentaban entre sí.

Vivian oyó las palabras «oro» y «Columbia Británica» mientras se apeaba y se despedía de Ross hasta dentro de un rato.

Los hombres le dirigieron miradas de curiosidad a la joven dama bien vestida, y solo después se fijaron en su acompañante.

Vivian miró alrededor: Ross y ella, por el momento, parecían la única pareja que iba a embarcar.

¡Y tampoco veía a ninguna otra mujer! Solo al buscar mejor descubrió a una joven, más o menos de su edad, que esperaba algo apartada de los hombres.

Era alta, muy delgada, y ocultaba la mayor parte de su melena rubio ceniza bien recogida bajo un anodino sombrerito marrón.

También su abrigo era marrón y sencillo, y sin duda que había visto días mejores.

Vivian observó su rostro flaco y pálido.

Era algo huesudo pero bien proporcionado, y en él dominaban unos ojos extraordinariamente claros, de un azul muy luminoso.

La joven era de una belleza más bien austera, pero a Vivian le pareció que tenía mucha clase.

O, por lo menos, seguridad y prestancia. Le sonrió.

—¿También va a viajar en el barco? —le preguntó—. ¿A Canadá?

La joven le correspondió a la mirada y asintió.

—¿Usted sola? —quiso saber Vivian.

—Tú también estás sola —constató su nueva conocida.

A Vivian le extrañó un poco que la tuteara, pero enseguida le pareció muy oportuno. Por lo visto, ellas dos serían las únicas mujeres de a bordo, así que estaba bien que se familiarizaran cuanto antes.

—Me llamo Vivian —se presentó—. Y no viajo sola. Espero a Ross, mi prometido, que todavía tenía que encargarse de una cosa.

—De deshacerse del carro —supuso la joven. Debía de haber visto que Vivian se había apeado de él—. Yo soy Colleen.

También ella se presentó solo con el nombre de pila. Vivian se preguntó si, igual que ella, tendría algo que ocultar. Luego asintió con la cabeza.

—Tenemos que vender el caballo —dijo con pesar—. ¿Cómo has venido tú hasta aquí?

—A pie —contestó Colleen—. Mis señores no viven muy lejos. En el barrio londinense de Greenwich. Y ojalá nos dejaran subir ya al barco. Dentro de poco me echarán en falta.

—¿Te has escapado? —preguntó Vivian, tragándose un «también»—. ¿De tus jefes?

Colleen se frotó la mejilla.

—Sí, pero no les he sisado ni nada por el estilo.

Es solo que prefiero ahorrarme el mal trago.

La señora me habría preguntado por qué me marcho, y para qué, y tan de repente, además.

No quería nada de eso. No podría contestar.

De todos modos no me habría creído; nunca te creen a ti. Pero yo lo he prometido.