En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Lord Altham no llegó a saber que su hija había ganado una apuesta.

El dinero, por el momento, fue a parar a una cuenta bancaria que abrió Ross, y donde también ingresó las ocho libras que había ganado él.

Ross y Vivian se sentían más tranquilos gracias a esa nueva riqueza, aunque sin duda estaban más vigilados que antes de que ella anunciara su deseo de casarse con el joven Wallett.

En los meses siguientes, lord Altham lo intentó todo para que su hija ocupara el tiempo en algo más útil a sus ojos.

Incluso invitó a una prima lejana, mayor que ella, que estaba viuda y vivía en una casa en Londres, a pasar un par de semanas en el castillo de Altham a fin de preparar a Vivian para su debut en primavera.

Lady Louise también la acompañaría al acontecimiento y se la presentaría a la reina.

Esa labor recaía siempre en una pariente de la debutante que, de joven, había pasado por la misma experiencia.

La temporada estival del año siguiente, Vivian viviría con ella en Londres, donde asistiría a todos los bailes, pícnics y demás entretenimientos en los que se suponía que las jóvenes de edad casadera conocían a pretendientes adecuados.

Lo primero que hizo la dama fue comprobar la buena educación general de su joven pariente y darle consejos sobre el comportamiento correcto en sociedad.

La acompañó a inauguraciones y a conciertos y confirmó que Vivian era capaz de conversar con gracia y sin preparación previa sobre arte y música, aunque se mostraba reservada y no llegaba a expresar opiniones del todo concretas.

Por supuesto, también había planeado numerosas pruebas de vestuario.

Aunque el debut no tendría lugar hasta varios meses después, se esperaba que las jóvenes realizaran unas primeras apariciones en bailes regionales y otros acontecimientos sociales, como cacerías o paseos en trineo durante el invierno.

Todo ello requería de unos modelos muy concretos, tanto para Vivian como para lady Louise, puesto que esos últimos años había vivido bastante retirada y su vestuario había quedado un poco pasado de moda.

—Mi padre va a gastarse una fortuna —le comentó Vivian a Ross con cierta crítica—. Si hubiese dejado que nos casáramos y me hubiera dado todo ese dinero como dote, fácilmente podrías haberte establecido por tu cuenta montando unos establos o una cuadra de carreras.

Aun así, en el fondo le resultaba muy estimulante saberse el centro de atención como próxima debutante.

Le gustaban los vestidos bonitos, sobre todo por la expresión de admiración de Ross cuando la veía aparecer luciendo alguno.

También le apetecía mucho asistir a su primer baile, aunque estaba algo nerviosa porque nunca había ido a clases de bailes de salón.

—¿No sabes bailar el vals? —preguntó Ross cuando se lo confesó—. ¡Venga ya! ¡Será broma! Si en París bailabas varias horas todos los días y aquí sigues practicando, aunque ya no te hace falta. ¿Y un simple vals te parece demasiado difícil?

—No digo que no sea capaz de aprender —repuso Vivian, ofendida—.

Es solo que hasta ahora nadie me ha enseñado.

Yo bailaba ballet, que es muy diferente.

Tienes una coreografía y practicas los pasos con tu pareja.

El bailarín no guía a la bailarina, aunque lo parezca.

Lo que hacen ambos, la forma de moverse y las posiciones que adoptan, todo eso lo determina la coreografía.

En el vals o en otros bailes de salón, sin embargo, el hombre le indica los movimientos a la mujer. Bueno, si lo he entendido bien.

Ross negó con la cabeza.

—No del todo —señaló—. Los pasos son siempre los mismos, más o menos, pero cada pareja los realiza de una manera diferente. Una buena bailarina se adapta y un buen bailarín lleva a su pareja con destreza. Yo podría bailar contigo alguna vez.

Vivian se puso contentísima. En el fondo era lo que esperaba.

Ross había ido a un internado y, por supuesto, entre las asignaturas que impartían allí estaban los bailes de salón, de modo que debía saber bailar e incluso resultó ser muy buen profesor.

Ella aprendió los pasos enseguida y siguió su delicada guía de buena gana.

Se divirtió y disfrutó dando vueltas entre sus brazos por la explanada del establo mientras él contaba para marcar el ritmo.

Aun así, no era comparable a bailar con Jean-Luc en París.

Le faltaba la ligereza, esa sensación de escapar de la gravedad cuando saltaba y él la atrapaba en el aire como si tal cosa.

Jamás lo olvidaría, aunque en realidad no había bailado tantas veces con él.

Jean-Luc era el profesor de su curso de ballet y se costeaba sus propios estudios dando clase a alumnas de pago, ya que era discípulo de la Ópera, una formación para la cual debía pasarse una prueba de entrada muy estricta.

Después de eso, la carrera era gratuita, pero también había gastos, por supuesto, como las zapatillas de ballet o la manutención.

Muchos bailarines se ganaban la vida dando clase, y para ello les permitían utilizar las instalaciones de la escuela.

Jean-Luc, que casi había terminado su formación, estaba convencido de que le ofrecerían un contrato en la Ópera cuando aprobara el examen final.

En la clase de Vivian acababan de empezar a bailar en pareja justo cuando ella tuvo que marcharse de París.

Jean-Luc les estaba enseñando una danza campesina inspirada en bailes populares y la había escogido a ella como pareja para hacer la demostración de los pasos.

Vivian estuvo a punto de perder el compás del vals al recordar lo orgullosa que se había sentido de aquello.

Seguro que, a esas alturas, Jean-Luc bailaba ya todas las noches ante un público y en las clases hacía las demostraciones de combinaciones de pasos con otras chicas.

El primer baile de Vivian resultó decepcionante.

Su carné se llenó enseguida, cosa que no era de extrañar, ya que estaba preciosa con su nuevo vestido de fiesta de tafetán brillante, de un rosa palo y con una banda rojo oscuro.

Los jóvenes presentes, oficiales o hijos de la nobleza rural, se peleaban por bailar con ella, aunque se revelaron completamente torpes casi sin excepción.

Uno no seguía el compás, otro estaba tieso como un palo y no hacía más que pisarle los pies, el siguiente la agarraba de la cintura con tal fuerza y la empujaba con tanta decisión en la dirección por la que quería llevarla que Vivian tuvo la sensación de que podría haber levantado los pies y dejarse arrastrar por toda la pista.

No lo disfrutó en absoluto, y el hecho de que lady Louise, su dama de compañía, la vigilara con cien ojos no hizo nada por mejorar su humor.

Por eso se rio cuando Ross, un día después, le confesó que estaba celoso.

Había tenido que llevar a Vivian y a lady Louise al baile y se había pasado toda la velada sentado en el pescante, bullendo por dentro.

Le parecía injusto no poder participar en los acontecimientos sociales de los alrededores.

Como hijo del bien considerado caballerizo mayor del conde de Somerset, a menudo había asistido a invitaciones similares, ya que los Wallett también pertenecían a la nobleza, al fin y al cabo.

Trabajar de caballerizo mayor en el castillo de lord Altham, sin embargo, no era comparable con hacerlo para el conde de Somerset.

A pesar del ostentoso título, Ross no era más que un criado, cosa que hasta entonces había conseguido pasar por alto, pero que de pronto le hirió en su orgullo.

—De verdad que no tienes nada que temer de los jóvenes de la zona —le aseguró Vivian—.

A la mayoría los conozco desde siempre. De pequeña, me tiraban de las trenzas cuando nuestras familias se visitaban.

Esto no es la temporada de Londres, Ross, solo un par de invitaciones entre amigos y vecinos.

¡Nadie piensa en casarme con ninguno de ellos!

Ross se dijo que tal vez lord Altham sí se lo estuviera planteando.

Algunos de esos jóvenes de la nobleza rural heredarían las casas solariegas, las propiedades y los títulos de sus familias.

Seguro que el padre de Vivian estaría encantado de que su hija se decidiera por alguno de ellos y, con eso, se casara sin alejarse mucho de su hogar familiar. ¡Tenía que impedirlo como fuera!

Ross estaba deseando que llegara la primavera, cuando los barcos volverían a zarpar hacia América.

Entretanto, había intentado informarse sobre la búsqueda de oro.

Los terrenos más prometedores eran sin duda los que todavía estaban intactos y en los que se acababa de descubrir el mineral.

En cuanto se corría la voz de que en algún lugar había algo que rascar, enseguida estallaba lo que se conocía como «fiebre»: buscadores de oro del mundo entero llegaban en tromba a la región y los yacimientos se agotaban en poco tiempo.

Por otro lado, dedicarse a la búsqueda de un yacimiento nuevo en solitario era muy arriesgado.

Sobre todo si se entendía tan poco sobre ello como le ocurría a Ross.

Sin duda había formaciones del paisaje que podían señalar la presencia de oro en determinadas regiones, pero ni él ni Vivian sabrían reconocerlas.

Entonces, no obstante, la suerte volvió a ser benévola con ambos.

Una tarde, Vivian entró emocionada en el establo después de que lady Louise la hubiera acompañado a la modista local.

Mientras su prima se explayaba sobre un par de modificaciones que quería hacerle al vestuario que se había traído de Londres, y con las que la joven modista del pueblo no podía complacerla, Vivian había hojeado el London Times que algún cliente se había dejado en el establecimiento de la señorita Tempest. La modista también realizaba pequeños arreglos en trajes de caballero.

—¡Mira lo que he encontrado! —exclamó Vivian, y le enseñó a Ross un anuncio que había arrancado y se había guardado sin vacilar.

Expedición a la Columbia Británica

a través del territorio de Canadá

La expedición hacia los yacimientos de oro de la Columbia Británica partirá el 21 de marzo de 1862, a las doce del mediodía en punto, en el potente buque de vapor United Kingdom, comandado por el capitán James Clarke.

Viajará hacia Quebec, Canadá, desde donde se tomarán diferentes líneas férreas hasta los asentamientos del río Rojo, y, por último, se alcanzará la Columbia Británica en carromatos.

La ruta más rápida, más segura y más rentable para llegar a los yacimientos de oro.

Cuarenta y dos libras esterlinas por persona de Inglaterra a la Columbia Británica, todo incluido, plaza para dormir cinco libras extra.

—¡Ya está! —exclamó Vivian—. ¡Nos iremos con ellos! Canadá todavía no está tan explotada como California porque los yacimientos de oro de la Columbia Británica acaban de descubrirse. Hasta ahora seguramente era muy difícil llegar allí, pero con esto…

Junto al anuncio había también un artículo sobre la región de la Columbia Británica.

En ese texto, un agente de la British Columbia Transfer Company explicaba lo agradable y nada peligroso que resultaba el viaje a esas alturas.

Por supuesto, se esperaba que pronto hubiera una gran afluencia de personas hacia los yacimientos de oro recién abiertos, y por eso mismo el hombre aconsejaba a los posibles interesados que viajaran en el primer barco disponible.

Ross leyó el artículo por encima.

—Suena bien, pero nos faltan casi veinte libras todavía —señaló.

Vivian hizo un gesto negativo con la mano.

—Ya lo he pensado —dijo—. El 20 de marzo hay un baile en casa de los Amhurst, y a esa clase de recepciones me dejan llevar las joyas de mi madre.

Puesto que solemos regresar a casa tarde, y de noche nadie va a robarlas de mi habitación, casi siempre se las devuelvo a mi padre al día siguiente para que las guarde a buen recaudo.

—¿Y pretendes que las robe entonces? —preguntó Ross.

Vivian puso los ojos en blanco.

—Por supuesto que no. Simplemente me las llevaré. Nos las llevaremos. —Su rostro se iluminó al pensar en la próxima aventura—. Podemos empeñarlas en Londres. Seguro que sacaremos esas veinte libras o incluso más. Y tú también tienes un poco ahorrado, ¿no?

Ross asintió.

—Claro. Además, si vendo mi caballo, podemos sumar lo que me den por él.

Aunque al llegar a Canadá estaremos a dos velas, porque seguro que no sobrará mucho.

Viv, tal vez sería mejor que primero fuera yo solo.

Después, en cuanto encontrara algo de oro, vendría a buscarte.

Según este agente, el viaje dura solo cinco semanas, así que no tendrías que esperar mucho…

Vivian lo miró y parpadeó.

—¡Ya te gustaría! ¡Tú disfrutarías de toda la parte divertida, mientras que yo me quedaría aquí, haciendo reverencias ante la reina como una niña buena y bailando aburridísima toda la temporada! ¡De ninguna manera! ¡Aún serías capaz de encontrar a otra!

—O tú de enamorarte de algún príncipe —replicó él.

Vivian sacudió la cabeza con decisión.

—¡No, no y no! De alguna forma conseguiremos el dinero.

—Como quieras… —Ross no parecía demasiado convencido.

—No es que lo quiera, ¡es que estoy decidida!

—declaró Vivian—. ¡Lo conseguiremos! Mañana vas a Londres y hablas con la compañía de esa expedición.

Nos apuntas, dejas una señal y te enteras también de por cuánto podríamos vender los brillantes y las perlas.

Yo diré que no acabo de decidirme e intentaré llevarme a mi cuarto tantas joyas como pueda.

Los trámites con la compañía de la expedición resultaron no ser nada problemáticos.

Por lo visto, los aventureros ingleses no se peleaban precisamente por conseguir un pasaje hacia la Columbia Británica.

Ross dejó un adelanto de sesenta libras y le presentó a Vivian los billetes con una expresión a medio camino entre el orgullo y la preocupación.

—Conseguiremos el resto —le aseguró ella, convencida—. Ya lo verás. ¡Tenemos buena suerte!