En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Antes de marcharse a Francia, Vivian a menudo había acompañado a su padre a Ascot y a otras carreras. Los Altham no poseían ningún caballo que compitiera, pero el lord estaba considerado un gran experto y contaba con muchos amigos entre criadores y propietarios.

Vivian miró alrededor y vio al duque de Carleton, whisky en mano, comentando asuntos de entendidos con otros caballeros.

El hombre le sonrió, pero no parecía tener intención de delatarla.

Ella correspondió a la sonrisa con un alivio enorme, aunque se puso algo nerviosa cuando, al terminar la cuarta carrera, el duque se le acercó.

Había tenido que esforzarse por no proferir gritos de alegría cuando Sweet Eagle se erigió vencedor.

—Su amigo ha ganado —dijo el duque con afabilidad—. Y yo también, por cierto, ya que ese semental es mío. A nadie le parecerá extraño que baje a felicitar al yóquey y al entrenador. Si le apetece acompañarme, podrá ver a su yegua en el cercado de exhibición.

Vivian asintió con alegría y se apresuró a felicitarlo.

—Ross Wallett sabe mucho de caballos —le comentó al hombre cuando lo siguió, con permiso de su padre—. Es nuestro caballerizo.

—Y también ha corrido en las carreras —repuso el duque—. Creo que antes ha ido a informarse sobre Sweet Eagle, así que no se ha arriesgado mucho. En cambio, usted, señorita Vivian…

Antes de que pudiera seguir hablando, se encontraron con Ross, que quería ir a cobrar su apuesta. La innegable satisfacción que se le veía en la cara se convirtió en un profundo respeto cuando el duque lo saludó con simpatía.

—¿Tiene más caballos que corran hoy, señor? —preguntó Ross con una reverencia.

El hombre se echó a reír.

—Oh, sí, joven, pero no espere ningún soplo por mi parte.

En las siguientes carreras tendrá que valerse de su conocimiento de los caballos.

Con todo, acompañe primero a la señorita Vivian al cercado y no se exceda consolándola en caso de que su yegua pierda.

Le he prometido a lord Altham que cuidaría de su hija.

Le guiñó un ojo a Vivian y luego se volvió en dirección a otro cercado, donde realizarían la entrega de premios.

Ella lo siguió con la mirada, casi con una leve decepción.

De haber ido con él, sin duda le habrían permitido acariciar a Sweet Eagle.

Sin embargo, ¡ahora tocaba cruzar los dedos por su yegua!

Cuando reunieron a los participantes de la sexta carrera en el cercado de exhibición, Vivian reconoció a Ballerina por el número de su dorsal.

Era una yegua negra, más bien pequeña y delicada, con unos ojos enormes y asustados.

Se removía nerviosa, sobre todo cuando los demás caballos se le acercaban demasiado; era evidente que no se sentía cómoda entre todos esos animales y esas personas a las que no conocía.

—Parece tímida —comentó—. Seguro que no quiere estar aquí.

Ross se rio.

—¿Y qué caballo quiere? Seguro que todos preferirían estar en una pradera y solo echarían una carrera con sus compañeros de juegos.

Aun así, la pequeña yegua negra parece muerta de miedo.

Para mí es un misterio que la hayan inscrito siquiera en la competición.

Yo la habría entrenado unos cuantos meses más para que no tire al yóquey de la montura en cuanto la obligue a pasar de largo por las primeras florecillas que vea junto a la pista.

Ballerina no parecía tenerles ningún miedo a las flores del borde de la pista.

Solo se la veía a punto de estallar cuando se le acercaba otro caballo, en especial si este levantaba las orejas con agresividad.

Su yóquey intentaba mantenerla a cierta distancia de los demás competidores.

Había sobre todo dos grandes sementales que parecían provocarle auténtico terror, y precisamente entre ambos se colocó entonces en la línea de salida.

—No lo conseguirá. No arrancará siquiera —comentó Ross—. En el mejor de los casos, echará a correr tras los demás cuando ya hayan salido todos, o buscará un rincón donde esconderse enseguida.

—No hables así de ella… —empezó a decir Vivian, pero calló en cuanto se oyó el pistoletazo de salida y Ballerina los sorprendió a todos.

Antes de que los caballos que la flanqueaban pudieran echar a correr, ella ya estaba galopando por la pista a toda velocidad, impulsada a todas luces por el pavor que sentía.

—No aguantará así hasta el final —opinó Ross.

A Vivian, la imaginación ya la hacía volar por la pista junto a su animal.

Se le habían encendido las mejillas solo con ver cómo se sobreponía al miedo la pequeña yegua en su intento de huida.

Los dos sementales habían salido como favoritos y sus yóqueis intentaban mantenerlos en el centro de la pista hasta llegar a la recta final.

Ballerina, por el contrario, no miraba ni a izquierda ni a derecha.

Lo único que quería era alejarse de allí, así que se mantuvo en cabeza durante todo el recorrido.

Ross daba por hecho que quedaría rezagada en cuanto los demás caballos cogieran velocidad de verdad, pero, en lugar de eso, no hizo más que acelerar, en especial cuando el semental que llevaba detrás intentó morderla; la antipatía entre ellos parecía ser mutua.

Vivian tomó aire cuando Ballerina cruzó la línea de meta al galope y siguió corriendo hasta que su yóquey logró detenerla por fin.

—¡Ha ganado! ¡Ha ganado!

Casi no podía contener su entusiasmo. Corrió hacia el cercado al que llevaban a los caballos para que los yóqueis pudieran desmontar con tranquilidad y allí vio al duque de Carleton, que debía de haber seguido la carrera desde ese lugar.

El hombre los llamó a ella y a Ross con la mano, y entonces los guardas los dejaron pasar.

—Su amiga entiende mucho de caballos —le comentó el duque a Ross—. O tiene muchísima suerte. ¡El beneficio de esa apuesta no será nada desdeñable! ¿Qué ha pensado hacer con todo ese dinero?

Vivian le sonrió.

—Tal vez compre la yegua para que no tenga que competir en ninguna otra carrera… Pero, bromas aparte, no le diga nada de esto a mi padre, por favor. No quería que apostara.

El duque enarcó una ceja.

—Ya me he dado cuenta, joven dama, de que ha sido aquí su amigo el que ha pagado la apuesta.

Ahora, la distancia social entre ustedes dos es aún mayor, porque acaba de hacerse usted más rica todavía.

Y eso que antes ya existía bastante diferencia: es usted hija de lord Altham, y usted, joven, es hijo de William Wallett, el caballerizo mayor del conde de Somerset, ¿verdad?

Dele recuerdos a su padre de mi parte. ¡Y no seduzca a esta muchacha! No llegarían a buen puerto.

Cuando se despidieron de él, Vivian parecía algo decepcionada, y no solo a causa de los comentarios del duque.

Después de ver el miedo de Ballerina cuando le colgaron la corona de la victoria en el cuello, casi se sintió un poco culpable.

El yóquey saludaba con el trofeo y el propietario parecía no acabar de creerse su suerte, pero Vivian sintió lástima por la pequeña yegua.

Le supo mal haber sacado provecho de hacerle pasar ese terror y ese espanto en aras de la gloria y el dinero.

Le habría gustado comentarlo con Ross, pero todavía se lo veía afectado por las palabras del duque de Carleton, puesto que se había tomado la pulla de este mucho más a pecho que ella.

—¿Qué se ha creído ese engreído? ¿Cómo se atreve a aconsejarme sobre a quién puedo amar?

—El duque hablaba más bien de seducir —lo calmó la paciente Vivian—. Y, en realidad, ha sido muy simpático. ¿Cuánto hemos ganado al final?

Enseguida anunciaron cómo había quedado la apuesta: cien contra uno.

—Es… es increíble —tartamudeó Ross—. Eso son mil chelines. ¡Cincuenta libras!

—¿Y qué haremos con todo este dinero? —preguntó Vivian, insegura, cuando le entregaron el fajo de billetes—. No puedo explicárselo a mi padre…

Ross negó con la cabeza.

—Claro que no. ¡No dejaría que lo invirtiéramos en nada! ¿O acaso lo quieres todo para ti, Viv? ¿Para tu ajuar o qué sé yo? —También a él se lo veía algo vacilante delante de tantísimo dinero.

Ella le dedicó una sonrisa deslumbrante.

—Claro que será para mi ajuar. Sigues queriendo casarte conmigo, ¿verdad?

Ross se limitó a cogerla de una mano, porque allí, en público, no podían abandonarse a mayores demostraciones de cariño. Aun así, ambos necesitaban sentirse un poquito más cerca el uno del otro.

—La pregunta es si tú sigues queriendo casarte conmigo, Viv.

A pesar de tu padre y de todos esos agoreros como el duque de Carleton.

Tienes que pensarlo bien, porque aquí, en Inglaterra, no llegaremos a nada.

En eso Carleton tiene razón. Para construir algo juntos aquí, no nos bastaría con cincuenta libras.

Tendrías que estar dispuesta a vivir conmigo en algún otro lugar.

Vivian asintió con seriedad.

—¡Ya te lo prometí! —exclamó—. ¿Crees que este dinero será suficiente para emigrar?

Ross se frotó la frente.

—¿Para comprar un pasaje a América? ¡Seguro que sí! —contestó—. A Nueva York, por ejemplo…

—¿Y qué haremos allí? —preguntó Vivian en un arrebato de realismo—. Tal vez haya alguna escuela de ballet donde podría…

—Yo buscaré trabajo —prometió Ross—. Uno en el que se gane mucho dinero. O probaremos suerte de verdad y nos haremos buscadores de oro.

—¡Eso es lo que deberíamos hacer! —exclamó Vivian, asintiendo—. Ya lo ha dicho el duque: ¡tengo mucha suerte! Y tú también, porque tu caballo también ha ganado, al fin y al cabo. ¡Solo tenemos que creer en ello!