Capítulo 2
Vivian llevaba un vestido verde claro de encaje con unas mangas largas y anchas.
Debajo, una blusa verde oscuro cuyo cuello y cuyas mangas de puño vuelto, que sobresalían de las del vestido, constituían un encantador contraste con el otro verde, más claro.
Como complemento, se había puesto un elegante sombrerito de lo más particular sobre el moño holgado del pelo.
Estaba preciosa cuando subió al carruaje.
Una doncella le acercó entonces también una mantilla verde oscuro.
—Por si refresca, milady —dijo con afecto.
Vivian le sonrió. Tenía buena relación con el personal de la casa, sobre todo con las doncellas, que por regla general no eran mucho mayores que ella, e incluso las había más jóvenes. La arrogancia era algo del todo ajeno a Vivian.
—¡Gracias, Dora! ¡Pero hace un día maravilloso!
En efecto, era un soleado día de septiembre, los caballos resplandecían delante del carruaje y Ross estaba muy gallardo en el pescante.
Sin embargo, en lugar de ponerse la librea de cochero, se había ataviado más bien como un joven señorito que iba a las carreras acompañado de su familia o de unos amigos.
Lord Altham frunció el ceño al verlo y pareció plantearse si reprenderlo, pero decidió no hacerlo.
El día había empezado muy bien, su hija estaba de buen humor y seguro que sería una compañía agradable si no la contrariaba.
Soltarle una reprimenda a Ross delante de ella estropearía sin lugar a dudas el ambiente, que de todos modos no era el mejor desde que había hecho llamar a su caballerizo para preguntarle por sus intenciones matrimoniales.
Ross se había mostrado extremadamente avergonzado al respecto y había contestado, con evasivas, que de momento su relación con Vivian no estaba tan avanzada.
Le confesó a su señor que todavía no le había pedido la mano, aunque desde luego ella era una mujer de lo más encantadora.
«Veo que en ese punto estamos de acuerdo —había contestado lord Altham con severidad—.
En adelante, no deje que la cosa prospere más.
¿Nos hemos entendido? Vivian es todavía una niña. No sabe lo que hace».
Esa última apreciación había llegado a oídos de su hija, que después se había pasado todo el día enfurruñada. Solo el vestido nuevo y el sombrerito habían conseguido que volviera a perdonar a su padre.
—Partamos ya, Wallett —se limitó a ordenar lord Altham—. Por su vestimenta, deduzco que tiene pensado unirse al público de las carreras. ¡No pierda todo su dinero!
Ross no contestó. Quería apostar, por supuesto, y primero iría a los establos para recabar información.
Al fin y al cabo, él mismo había trabajado allí como jinete.
Si se encontraba con algún conocido, podría sacarle algún dato interesante.
Los trabajadores del hipódromo solían disponer de más detalles en cuanto a la forma física y las probabilidades de victoria de los caballos que cualquier aficionado a las apuestas externo.
Vivian, a quien desde luego le había explicado eso, habría querido acompañarlo.
Sin embargo, en cuanto Ross detuvo a los caballos ante la entrada del hipódromo para dejar bajar a sus señores, comprobaron que no tendría ocasión de hacerlo.
Lord Altham mostró su invitación y un ujier lo dirigió enseguida al palco de propietarios.
Su hija tuvo que seguirlo, por supuesto.
Fue entonces cuando Vivian descubrió que desde allí se disfrutaba de una vista excelente de la pista, pero no había ningún acceso directo a las gradas donde la gente corriente seguía la competición.
Aun así, debía de existir alguna salida hacia las ventanillas de apuestas.
Resolvió que lo investigaría más tarde; de momento tenía que dejarse ver al lado de su padre.
Saludó a los amigos de este, contestó con educación las preguntas sobre su próximo debut en la corte y recibió sin sonrojarse los numerosos cumplidos que le dedicaron.
Dio unos sorbos a una copa de champán, pero luego decidió pasarse al té, ya que todavía era por la mañana y en el palco habían preparado un amplio desayuno para los espectadores de las carreras más distinguidos.
Algo después servirían un almuerzo, luego habría pasteles…
y el champán empezaría a correr sin mesura en cuanto los primeros propietarios celebraran las victorias de sus caballos.
Mientras lord Altham entablaba una animada conversación con un criador, Vivian vio su oportunidad y salió del palco sin llamar la atención.
Siguió a unos hombres que iban a ver a sus animales a los establos o al cercado de exhibición, y tal vez también a las ventanillas para realizar alguna apuesta.
Los primeros caballos se dirigían ya a la línea de salida.
Ella sabía que por la mañana no tenían lugar carreras con apuestas muy altas, sino que más bien competían los purasangres de segunda categoría.
Sin embargo, quizá esos hombres quisieran ver de todas formas a sus animales y comentar sus probabilidades con los yoqueis y los entrenadores.
En efecto, encontró una escalera que bajaba a la zona pública y semipública del hipódromo.
Mientras que cualquiera podía acceder a las ventanillas de apuestas, la entrada a los cercados de exhibición solo se permitía a personas autorizadas.
Vivian se cruzó con Ross entre los cercados y las ventanillas.
—Vaya, ¿ya has conseguido escapar de los lores y las ladies? —le preguntó él, sonriendo de oreja a oreja—. Lástima que no puedas venir conmigo a los establos, porque los yoqueis y los entrenadores son mucho más interesantes que esos ricos de frac en su palco.
—En los establos, lo más interesante son los caballos —repuso Vivian—. Me encantaría montar uno de esos purasangres algún día. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Vemos juntos una carrera mientras todavía no me echan en falta? ¿O querías ir a apostar?
—Por supuesto que quiero ir a apostar —afirmó Ross, y sacó su cartera—. Si no, esto no es divertido. ¡Además, me han dado un soplo segurísimo! Sweet Eagle en la cuarta. Será el ganador.
Ross había llevado a Vivian a una de las ventanillas, donde se volvió hacia el hombre que aceptaba el dinero y anotaba las apuestas.
—Diez chelines a Sweet Eagle, cuarta carrera —dijo Ross.
Ella tomó aire de golpe.
—¡Pero eso es muchísimo dinero! —señaló.
La mayoría de la gente que había apostado lo había hecho por un máximo de cinco chelines.
—Es que estoy muy seguro —contestó Ross con aplomo—. ¿Y tú? ¿No vas a hacer ninguna apuesta?
Vivian, pesarosa, negó con la cabeza.
—No, no tengo dinero. Tendría que pedírselo a mi padre y acabo de escapar de él. De hecho, debería regresar pronto al palco…
Ross le sonrió.
—¿Sabes qué? Te regalo una apuesta. Aquí tienes diez chelines tú también para que escojas un caballo. Lo mejor sería que apostaras por Sweet Eagle y, así, luego juntaríamos las ganancias y tendríamos un primer dinero ahorrado para irnos a América.
A Vivian se le iluminó la cara.
—¡Ay, sí, sería maravilloso! Ganaremos el dinero para el viaje. Pero ¿será suficiente?
Hizo un cálculo rápido y vio que a Sweet Eagle no lo consideraban precisamente un perdedor. En todo caso, muchos habían apostado ya por él, lo cual haría disminuir las posibles ganancias.
—Por lo menos será un comienzo —afirmó Ross—. Mis amigos me han dicho que no hay duda alguna de que ganará.
Vivian arrugó la frente.
—Aun así, si los dos apostamos por el mismo caballo, ¡será muy aburrido!
Y tampoco deberíamos apostar en la misma carrera, porque no pueden ganar dos caballos diferentes.
No. Voy a escoger un caballo para mí. —Examinó con interés el programa y enseguida tomó una decisión—.
¡Yo apostaré por Ballerina en la sexta carrera!
Antes de que Ross pudiera objetar nada, Vivian se acercó a la ventanilla para apostar. Un caballero de edad avanzada y muy bien vestido que acababa de registrar su propia apuesta contempló con simpatía a la guapa y emocionada muchacha y le sonrió.
—¿Lo ha pensado usted bien? —preguntó con cordialidad—. Esa yegua es una perdedora irredenta.
Vivian, segura de su victoria, le devolvió la sonrisa.
—¡Pero tiene un nombre precioso! —dijo para justificar su elección.
—Bueno, entonces nada puede salir mal —repuso el hombre con afabilidad—. ¡Mucha suerte, joven dama!
—¡Lo mismo le deseo a usted! —contestó ella, radiante.
Justo entonces reparó en que Ross miraba con admiración al caballero, que ya se alejaba de ellos.
—¡Caray, Viv, ese era el duque de Carleton! Un reconocido experto en carreras, además de gran criador de caballos. ¡Tendrías que haberle pedido consejo!
Vivian sonrió.
—¡Ya tengo mi caballo! —exclamó—. Y ahora voy a reunirme con mi padre, que seguro que empieza a echarme de menos. Pero espero poder bajar al cercado de exhibición antes de la sexta carrera. ¡Así por lo menos conoceré a Ballerina!
Le dio un beso en la mejilla a Ross y corrió en dirección a la escalera del palco de propietarios, donde subió los escalones con pasos ligeros.
El miriñaque y el corsé no eran ningún obstáculo para ella, que pese a su rígida vestimenta se movía con el mismo garbo que si llevara los delicados vestidos de sus clases de ballet.
Llegó al palco sin que le faltara el aliento, cogió un sándwich y una limonada del bufet y se acercó a su padre, que se encontraba junto a varios caballeros, discutiendo sobre los favoritos de las grandes carreras de la tarde.
—Espero que no estés aburriéndote mucho, Vivian —dijo el hombre con alegría—. Si quieres, después podemos bajar a los cercados de exhibición.
Ella negó con la cabeza.
—No hace falta, padre. Desde aquí arriba se tiene una vista estupenda. Estudiaré bien el programa y cruzaré los dedos por los caballos que compitan. Todo esto es muy emocionante. ¡Me encanta el hipódromo!