Capítulo 1 #3
—Pues son muy bonitos —comentó mientras Ross desmontaba—. El té, por cierto, lo he tomado con mi padre —añadió, porque quería hablarle de su conversación—. Y le he preguntado otra vez por París.
Ross la miró con cierta compasión.
—Pero él no quiere que vuelvas, ¿verdad? —supuso el joven, llegando a la conclusión más evidente—. No es capaz de aceptar que seas bailarina.
Vivian asintió con pesar.
—Ni siquiera quiere que me case contigo —dijo entonces.
El rostro de Ross adoptó una expresión de alarma.
—¿No habrás…? ¡No le habrás preguntado de verdad si puedes casarte conmigo!
Vivian le devolvió la mirada con candidez.
—¿Y por qué no? Me ha salido así, sin más. He pensado que podría allanarte un poco el terreno.
Ross, que estaba amarrando al caballo, retorció el cabestro. Parecía algo descolocado.
—Pero, Viv, si ni siquiera habíamos hablado de ello entre nosotros…
Vivian lo miró y parpadeó.
—¿Acaso no quieres casarte conmigo?
—Claro que sí. —Ross desabrochó la cincha de Blackboy—. Pero quería hacerte la proposición primero a ti y luego…
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Y qué te lo impide? Hazlo cuando quieras.
Te miraré con timidez, me concederé un segundo para pensarlo y luego aceptaré tu anillo con una sonrisa deslumbrante.
Eso no es ningún problema, lo haremos cuando sea.
Lo difícil vendrá después. Mi padre es un hueso duro de roer.
Espera que su hija pequeña encuentre un buen partido y, como tú no eres ni rico ni un príncipe, no te lo pondrá fácil.
Por eso he pensado… Bueno, he pensado que aprovecharía la oportunidad.
Acababa de prohibirme ser bailarina y seguro que eso le ha hecho tener cargo de conciencia.
—¿Qué oportunidad? —preguntó Ross—. Viv, estaba clarísimo que no iba a permitirte bailar en un escenario. Podrías haberte ahorrado la pregunta. Y presentarle después nuestra boda como una especie de premio de consolación tampoco ha sido muy hábil por tu parte.
—¡Tú no eres ningún premio de consolación! —Se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla—. Además, creo que aún no se ha dicho la última palabra. A nuestras familias las une una amistad, al fin y al cabo, así que no hay obstáculos de peso. Solo es una cuestión de dinero.
—Que no tengo —señaló Ross, y suspiró—. No puedo ofrecerte un matrimonio digno de tu posición.
No tenemos ni tierras ni un castillo, y yo ni siquiera soy el primogénito.
Tu padre tampoco necesita un heredero varón, ya que la finca irá a parar a tu hermano, y a ti te casarán con alguien que sea capaz de darte la vida a la que estás acostumbrada.
—La vida a la que estoy acostumbrada es bastante aburrida —apostilló Vivian.
Como noble de campo, ciertamente, ya tenía su existencia predeterminada. Llevaría una gran casa, supervisaría al servicio y de vez en cuando organizaría reuniones. Al menos podría montar a caballo, aunque intuía que, en cuanto se quedara embarazada, también le prohibirían eso.
—Quizá debería irme a vivir a otra parte y buscar suerte allí —dijo Ross, que apenas la había escuchado, pensando en voz alta—. Partir en busca de aventuras. Al fin y al cabo, soy caballero.
Los Wallett, en efecto, poseían el menor de los títulos nobiliarios, el de caballero.
Vivian se echó a reír.
—¿Acaso quieres matar un dragón y quedarte con su tesoro? —preguntó—. A mí no me parece un plan muy prometedor.
—No. ¡Pero podría buscar oro! —exclamó él. Casi parecía aliviado con su ocurrencia—. En América, por ejemplo. Allí podría conseguir una concesión y cavar para extraer el mineral. Dicen que muchos se han hecho ricos de esa forma.
Vivian se quedó impresionada.
—¡Pero no sin mí! —exigió—. ¡De ninguna manera vas a irte a América tú solo! Si emigras, lo haremos los dos juntos.
—Para lo cual, a su vez, necesitaríamos dinero. Los pasajes del barco, las herramientas, el capital inicial… Es la pescadilla que se muerde la cola.
—¡Qué dices! —Vivian meneó la cabeza con vehemencia—. Las pescadillas no hacen eso porque no son tontas, y nosotros tampoco. ¡Ya se nos ocurrirá algo, Ross! Ahora dame un beso de verdad. No lo hemos hecho nunca, ¡y eso que estamos prometidos!
Vivian pensó que el corazón iba a estallarle de felicidad cuando Ross la estrechó entre sus brazos.
Así, por lo menos, era como había leído que podía describirse lo que se sentía con un primer beso.
En realidad, no experimentó mucho más que un hormigueo en el estómago cuando él la apretó contra su cuerpo, y casi le resultó algo extraño notar la lengua de él en el interior de su boca.
De todos modos, le pareció maravilloso tenerlo tan cerca y percibir su aroma a caballo, cuero y virilidad, fundirse con él.
Era un poco como flotar, o como bailar. Como cuando bailaba con Jean-Luc…
Al instante se prohibió pensar en el joven parisino.
En lugar de eso, le contó a Ross lo de Ascot.
—¡Vamos a ir a las carreras! —anunció entusiasmada—. Será muy emocionante. Caballos, sombreros, champán… ¡Pasaremos un día fantástico!
Olvidaba que Ross no iría como acompañante suyo, sino que solo sería el cochero. Y él no se lo recordó… porque tampoco pensaba ceñirse a ese papel.