En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Al final, también la caballería de Su Majestad prescindió de los servicios de Ross, un muchacho apuesto, de cabello oscuro y figura algo enjuta, cuyos ojos castaños solían brillar con la misma intensidad que los verdes de la joven Vivian.

Lord Altham se arrepintió de inmediato cuando lo contrató a petición de su padre.

Sin embargo, hasta la fecha había hecho muy buen trabajo en el castillo de Altham, aunque el total de siete caballos de su cuadra tampoco suponían un desafío muy grande.

Tenían un tiro de dos animales para el carruaje y cuatro monturas de cacería, así como el viejo poni de Vivian, del que esta no había querido separarse.

Entrenar a los caballos de cacería era una de las responsabilidades de Ross, pero a lord Altham le gustaba montar casi siempre a su propio caballo y, desde la vuelta de Vivian, su hija sacaba muy a menudo a su yegua, Holly.

A Ross, por tanto, solo le quedaban el potro y el castrado de Francis mientras el hermano de Vivian se encontraba en la universidad.

En ocasiones también montaba a Holly para que no se acostumbrara a llevar solo silla de amazona: otro motivo de discusión entre padre e hija.

Vivian afirmaba que podía montar sin ningún problema en una silla normal, algo que él, sin embargo, consideraba de lo más indecoroso y se lo tenía terminantemente prohibido.

Lord Altham, por el momento, prefería no plantearse cuánta contención habrían demostrado Vivian y Ross después de considerarse almas gemelas tras pasar apenas unos días juntos.

Antes debía poner fin a esa desagradable conversación con su hija.

—Por supuesto que espero que te cases algún día, Vivian —declaró con esforzada calma—.

Pero no con el primero que se presente y, sobre todo, no antes de debutar.

En especial porque, por desgracia, hasta ahora no te estás comportando como se espera de una joven adulta.

Aún tienes diecisiete años, hija, todavía te queda mucho tiempo para…

—¡Eso nunca se sabe! —argumentó ella con dramatismo—. ¡Quiero vivir el presente! ¡Mañana, todo podría haber terminado!

Lord Altham sonrió con suficiencia. A su hija no parecía faltarle talento para hacer carrera en los escenarios.

—Si quieres, puedes acompañarme a Ascot, al encuentro de otoño —dijo como oferta de paz—.

He recibido varias invitaciones y podríamos ver las carreras desde el palco de los propietarios.

Coincidiremos con un par de personas y será una experiencia nueva para ti.

Desde luego, solo si antes no se te ha caído nada en la cabeza, o lo que sea que temas que pueda provocar tu repentino final.

Vivian sonrió.

—¡Ay, qué maravilla, padre! ¿Puedo encargar un sombrero nuevo? ¿Nos llevará Ross en el carruaje?

Solo relativamente contenta con el resultado de la conversación con su padre, Vivian se dirigió a los establos.

Las salas de recepción de Altham Castle, unos espacios formales y con frecuentes corrientes de aire, tenían poco atractivo para ella.

Prefería estancias más luminosas y agradables, como los amplios salones del apartamento de su tía en París, con alfombras de vivos colores en lugar de los antiquísimos tapices descoloridos de la casa de su padre.

El mobiliario imponente de Altham Castle la agobiaba sobremanera.

A veces se preguntaba cómo pudo gustarle todo eso a su madre.

¿Había amado a su padre lo suficiente para dejarse encerrar en esa casa?

Seguro que la tía Emmanuelle no se habría sentido a gusto allí.

Vivian decidió que más tarde le escribiría, pero antes quería tomar un poco el aire, y tal vez coincidiera con Ross.

Recorrió animada el pequeño parque del castillo, en cuyo extremo sur se encontraban los edificios de los establos, y ya de lejos vio a Holly, que sacaba la cabeza por la media puerta de un compartimento.

Al llegar junto a la bonita yegua alazana, le dio la manzana que le había llevado y le prometió que saldrían a cabalgar al día siguiente; ya había olvidado la invitación de lady Almquist. Holly levantó entonces las orejas y relinchó.

También Vivian oyó cascos de caballos, y en ese mismo instante apareció por allí Blackboy, el castrado de cacería de Francis.

Sentado en su silla, tal como había esperado ella, iba Ross.

—¡Viv! —Los rasgos cincelados del joven se iluminaron—. ¿Qué haces aquí? ¿No estás tomando el té con nadie?

Vivian negó con la cabeza.

—Hoy no, para variar. Por suerte, en los alrededores no viven tantas damas a las que deba convencer de que he crecido y me he convertido en un precioso cisne. Eso fue lo que dijo lady Fenton, hablando con total sinceridad, cuando fui a su casa la semana pasada. ¿Tú ves un cisne en mí?

Ross se echó a reír.

—Mejor que un ganso o que un pato —repuso—. Aunque, si me paro a pensar la de veces que te sostienes sobre una sola pierna cuando bailas, casi habría sido mejor compararte con un flamenco.

Vivian seguía tomándose muy en serio su sueño de ser bailarina y practicaba ella sola, casi siempre en los establos, con un madero para amarrar a los caballos como barra de ballet.