En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1)
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Capítulo 1
—¡De verdad que algún día deberías ver un ballet, padre! La música, los bailarines… Así entenderías que no se trata de una frivolidad ridícula, ¡sino de un gran arte! —Vivian hablaba llevada por la pasión y, mientras lo hacía, parecía estar contemplando un escenario imaginario.
Su padre sospechaba, y con razón, que allí no solo veía bailar a príncipes y hadas de los bosques, sino sobre todo a sí misma en el papel protagonista.
—Por favor, padre, he trabajado muchísimo. Llegar a bailarina de ballet requiere una gran disciplina, y tú siempre dices que eso es lo que me falta, pero en este caso…
Lord Altham suspiró. Amaba a su hija, una joven preciosa y vivaracha, aunque en ocasiones no sabía cómo tomarse sus ocurrencias y escapadas.
De hecho, dos años atrás la había enviado a París, a casa de su tía, porque no hacía más que rebelarse contra los intentos de educarla por parte de institutrices demasiado complacientes y de una estricta escuela de señoritas.
En aquel momento, su padre había esperado que el ambiente de Francia, país natal de su esposa —fallecida a temprana edad—, encajara más con el espíritu inquieto de la muchacha que los venerables muros del castillo de Altham y el pueblo adscrito a este.
Emmanuelle, su cuñada, había estado encantada de acoger a su sobrina, que había encontrado a una amiga en su prima Mireille, más o menos de su misma edad.
Emmanuelle nunca le había hecho llegar ninguna queja con respecto a la conducta de la joven, pero también había resultado ser una mujer mucho menos convencional de lo que el lord habría deseado y no parecía ver nada de malo en que su hija Mireille estudiara ballet en la Escuela de Danza de la Ópera de París.
Vivian, por supuesto, se había apuntado con ella y enseguida había decidido que quería hacer carrera como prima ballerina .
Aunque lord Altham la obligó a regresar a casa en cuanto se enteró por carta de ese deseo, para entonces Vivian ya había cursado dos años de clases de ballet y, según ella misma escribía, había descubierto que tenía un talento excepcional para el baile.
A quien sí parecía haberle llamado la atención era al joven profesor que le daba clase, por lo visto.
Lord Altham encontraba todo aquello más que sospechoso, así que se había negado en redondo a dejar que su hija volviera a Francia después de las vacaciones de otoño.
—¡Eso no tiene nada que ver! ¡Una Altham no debe ir haciendo piruetas por ahí con vestiditos cortos y dejar que perfectos desconocidos la lancen por los aires para luego, además, agarrarla de la entrepierna! —Al lord, un robusto exponente de la nobleza rural, le gustaba hablar claro.
Vivian se echó a reír.
—Ay, padre… Como bailarina, solo piensas en que los pasos te salgan bien —explicó—, y también esperas que el bailarín se concentre en no dejarte caer.
Lord Altham se llevó una mano a la frente. Por lo menos parecía que su hija, con diecisiete años recién cumplidos, conservaba intacta la inocencia. Aun así, Emmanuelle debía de haber perdido el juicio para exponer a las chicas a semejantes peligros.
—¡Me niego a ello, Vivian! —exclamó con vehemencia—.
Pronto debutarás en sociedad y, entonces, podrás disfrutar de los mejores bailes del país.
Pero vestida como corresponde y junto a hombres que saben comportarse.
Tal vez incluso encuentres a algún príncipe entre ellos, pues tienes belleza y encanto de sobra.
En cuanto al encanto de Vivian, sin duda las clases de ballet habían contribuido a él en gran medida, aunque lord Altham jamás estaría dispuesto a reconocerlo.
Antes de pasar esa temporada en Francia, su hija siempre había sido algo masculina y había preferido los establos y los bosques al salón de baile.
De hecho, había tenido que reprenderla por sus travesuras más a menudo a ella que a su hermano mayor.
Francis, que había sido un niño serio, se había convertido en un estudiante de Derecho excepcional que nunca le daba a su padre motivo para castigarlo, mientras que Vivian…
En lugar de portarse bien y tocar el piano o tomar el té con las damas de la alta sociedad, la muchacha se escapaba en cuanto podía para ir a montar durante horas. ¡Y casi siempre sin acompañante!
—Por cierto, ¿has ido a ver a lady Almquist hoy? —preguntó su padre para cambiar de tema.
La dama había invitado expresamente a Vivian justo después de que regresara de París. La idea que la había movido a ello, por supuesto, era que tenía un hijo de la edad adecuada.
—No, iré mañana —contestó ella a media voz, y se retiró hacia atrás los delicados rizos de color canela.
El pelo le brillaba como el de un ángel, pero se sometía de tan mala gana a las manos de la doncella que lo peinaba como su propietaria a las reglas de la casa—.
Holly necesitaba moverse. Con tanta lluvia, no han podido llevarla a la dehesa, así que he preferido salir a montar con ella.
Pero también ha venido Ross, así que no he cabalgado sola, padre.
—Bueno, al menos… —masculló el lord—. Pero ¿quién diablos es Ross?
Vivian arrugó la tersa frente mientras sus ojos verdes y relucientes lo miraban con reprobación.
—Pues Ross. ¿Quién va a ser? ¡Ross Wallett! ¡Tu caballerizo mayor!
Ross Wallett y el padre de este, sobre todo, insistían en usar ese título tan grandilocuente para el que, en realidad, todavía era demasiado joven.
—Ah, sí, y ya que hablamos de él… —Vivian hizo como si el siguiente comentario acabara de ocurrírsele, aunque eso era del todo imposible—. He pensado que, tal vez, ya que no me dejas seguir haciendo ballet, ¿permitirías que me casara con Ross Wallett, al menos?
—¡¿Cómo?! —Lord Altham se encolerizó—. Vivian, ¿acaso oyes lo que estás diciendo?
Casarte con un hombre al que solo conoces desde hace unos días, que está por debajo de tu posición, que…
¿No me hablabas hace nada de un bailarín de París con el que…
, en fin, con el que trabajabas y que también te gustaba mucho?
—Ah, Jean-Luc. —Vivian se sonrojó un poco y se sintió algo culpable.
En realidad se había encaprichado bastante de ese joven.
¡Bailar con él había sido un auténtico sueño!
Pero jamás habría logrado convencer a su padre para que le permitiera tener una relación con un artista francés que ni siquiera pertenecía a la nobleza, de modo que se había limitado a soñar con una carrera al lado de Jean-Luc Dimarche.
Aun así, de repente le avergonzó haberse olvidado tan deprisa de él—.
Jean-Luc es un bailarín excepcional, pero…
—Dejó caer un argumento definitivo—: ¡Acabas de prohibirme bailar!
A ver, ¿qué tienes en contra de Ross? ¡Los Wallett son nobles!
—Y siguió hablando deprisa porque su padre ya torcía el gesto—: Puede que sean de una nobleza algo más baja que la nuestra, pero, si no entendí mal a la tía Emmanuelle, maman tampoco estaba a la altura de tu posición y, aun así, te enamoraste de ella.
¡Igual que Ross y yo! Solo nos hizo falta mirarnos para entendernos desde el primer momento.
Es el hombre adecuado para mí y, ahora que me has obligado a regresar y no quieres que baile, tarde o temprano tendré que casarme.
Lord Altham volvió a llevarse una mano a la frente.
Podía vivir con que su hija montara a caballo como una salvaje, y lo del ballet ya conseguiría quitárselo de la cabeza, pero ¿que coqueteara con uno de sus empleados?
Vivian no podía haberse equivocado tanto.
Su niña y el díscolo hijo de su viejo amigo William Wallett tenían verdaderamente algo en común: a ambos les faltaba seriedad y disciplina.
Por eso mismo, en un principio su amigo William había querido meter a Ross en el ejército.
Los Wallett pertenecían a la pequeña nobleza y no eran muy adinerados, así que sin duda William había tenido que hacer de tripas corazón para aceptar un puesto de caballerizo; como tal, ocupaba una categoría a medio camino entre un alto cargo administrativo y un criado, según si trabajaba para alguien de la alta nobleza o para un comerciante rico.
De todos modos, William Wallett no tenía nada de lo que avergonzarse, ya que en el castillo del conde de Somerset disfrutaba de gran reconocimiento.
Su hijo podría haber encontrado plaza en una buena escuela, pero no le gustaban los estudios y lo habían expulsado de dos instituciones por jugarles toda clase de malas pasadas a sus compañeros.
Su padre había empezado a verlo más como soldado de caballería que como médico o abogado; Ross era un jinete extraordinario que ya de joven había dado que hablar.
Como aspirante a oficial, había destacado porque se entendía hasta con los caballos más difíciles.
En cambio, las armas de fuego y la esgrima eran menos de su agrado, y la disciplina militar no era lo suyo en absoluto.
Además de servir en el cuartel, Ross había trabajado también como jinete de carreras en Ascot y se había saltado alguna que otra guardia para ir a entrenar a un caballo.
«¿Quién iba a querer entrar aquí? —se defendió con toda tranquilidad cuando lo pillaron—.
¿Y quién iba a escaparse? ¡Es del todo innecesario pasarse horas enteras plantado ahí fuera como un pasmarote! ».