Capítulo 74
—¿ E stás seguro de esto, Jake? —preguntó Liam mientras se apresuraban hacia su coche.
—Al cien por cien.
—¿Por qué no me has dicho nada antes?
—Te lo estoy diciendo ahora... —dijo Jake con timidez.
Liam suspiró—. Si esto no funciona, será culpa tuya.
Jake era plenamente consciente de las ramificaciones de sus actos y de su toma de decisiones.
Si resultaba estar equivocado —y dejaban que Lester se les escapara de las manos otra vez—, estaba preparado para aceptar el expediente disciplinario.
Hasta entonces, tendría que mantener la firmeza de sus convicciones.
—¿Cómo de fiable es la información? —preguntó Liam mientras subían al coche.
—Eso es interpretable, jefe —respondió Jake—. Lester utilizó una agencia cuando mató a Jessica-Anne. Diamond Geezers; la misma que Archie Arnold. Me fijé en que tenían tatuajes en las muñecas que eran casi idénticos.
—Quizá eran muy buenos amigos —dijo Liam. Jake no estaba seguro de si lo decía en broma o si era una sugerencia seria.
En cualquier caso, optó por ignorarlo. Continuó: —Pero esta vez he recibido una llamada de otra agencia, Rough and Tough, diciendo que alguien había solicitado una prostituta que cumpliera con los requisitos específicos de Lester.
Es demasiada coincidencia para que no estén relacionados.
No me imagino que estén en posición de hacer bromas telefónicas a la policía.
—Más vale que no. —Liam metió la llave en el contacto y arrancó el motor—. ¿Cuál es la dirección?
Jake se la dio y observó cómo Liam la introducía en el navegador.
La pantalla del dispositivo se quedó en negro y luego cambió a un mapa de las calles del este de Londres.
Su destino aparecía como un pequeño marcador rojo a menos de un kilómetro de distancia.
Según el aparato, tardarían cinco minutos en llegar debido al tráfico. Era demasiado tiempo.
Mientras bajaban a toda velocidad hacia el otro extremo de Colegrave Road, dando botes sobre los resaltos y los baches, Jake volvió a marcar el número misterioso.
—Soy yo —dijo—. ¿Cuál es el número de la chica? Tenemos que decirle que no entre en la casa.
—Puedo hacerlo yo —dijo la voz de Europa del Este al otro lado.
—No —respondió Jake—. Esto es una investigación policial. Se lo recuerdo por si lo ha olvidado. Ya ha sido más que servicial.
Se hizo el silencio.
—Papel y boli —dijo la voz ronca.
Jake cogió el teléfono de Liam de la consola central, lo desbloqueó e introdujo el número de la prostituta.
—Estará allí a las diez, ¿verdad?
—Sí. Quizá un poco antes.
Jake miró de reojo el reloj del salpicadero.
—Iremos muy justos. Llegaremos tan pronto como podamos. —Jake colgó y miró a Liam—. Va a estar muy apretado. Tiene que estar en la casa a las diez.
—Nuestra hora de llegada prevista son las 22:03.
—¿Crees que podemos arañar tres minutos?
—Podemos morir en el intento.
Liam pisó el acelerador a fondo y lanzó el coche hacia adelante, hundiendo a Jake en el asiento. Su mano se aferró al asidero que había sobre su cabeza, junto a la ventanilla del copiloto, y se le blanquearon los nudillos.
Mientras volaban por la A112, Jake marcó el número de la prostituta.