En la Raya (DC Jake Tanner 2) Capítulo 75
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Capítulo 75

CUARTO DE BAÑO

—¿ E s aquí, amor? —preguntó el hombre al volante.

—Sí. Aquí estará bien, gracias —respondió ella.

—¿Segura? No me importa dejarte justo en la puerta.

—No hace falta. Con esto vale. —Tenía por costumbre bajarse siempre cerca de su próxima cita, pero nunca delante de la puerta.

Era una superstición que se le había quedado grabada.

De ese modo, nadie sabía a dónde iba, por si acaso la seguían.

Había tenido un acosador en una ocasión, y eso fue suficiente para que comprobara todo tres veces cada vez que iba a visitar a un cliente, fuera nuevo o antiguo.

—Tú mandas —dijo el taxista, deteniéndose a un lado de la carretera.

Ella buscó en su bolso los veinte pavos que le había costado el trayecto, se inclinó hacia delante y se los entregó al conductor.

—Un placer hacer negocios con usted... ¿?

—Jessica —dijo ella.

El taxista le guiñó un ojo mientras ella salía del coche y sintió un escalofrío de repulsión.

Odiaba a los viejos verdes. Y esperaba que su próximo cliente fuera alguien más joven, más maduro, diferente a su clientela habitual.

No sabía por qué, pero le parecía que siempre solían preferir a las chicas más jóvenes.

Tal vez fuera la manifestación de algún complejo que habían desarrollado en su vida adulta.

Casi le dice al taxista su nombre real: Jennifer. Pero se detuvo a tiempo al recordar que, esta noche, era Jessica. Ese había sido el requisito específico del cliente. Dimitri había insistido mucho en ese punto. Pasara lo que pasara, su nombre era Jessica.

Debería haberle parecido extraño, pero no fue así.

No era la primera vez que recibía una petición inusual.

En su experiencia, había visto el lado más oscuro de la naturaleza humana y, concretamente, de los hombres.

Cuando se trataba de sexo, mostraban una faceta completamente distinta.

Animal. Ritualista. A veces la asustaba.

Otras veces, no. Todo formaba parte del oficio; algo que había llegado a aceptar con los años.

Jessica avanzó por la calle sin prisas, con sus tacones de aguja repiqueteando sobre el pavimento.

Llevaba un bolso de mano bajo el brazo con lo esencial: su cartera, el móvil, las llaves de casa y varios preservativos.

Tenía por norma examinar a todos sus clientes antes de entablar cualquier actividad física con ellos.

Era beneficioso para ambos y tenía sentido empresarial: cuanto menos probable fuera que se contagiara de algo, a más clientes podría atender y más dinero podría ganar.

Mientras caminaba, se ajustó el tanga para que no se le subiera.

Llevaba su lencería favorita después de que su jefe le dijera que se trataba de un cliente muy especial.

Tenía requisitos particulares y estaba dispuesto a pagar el precio más alto por ellos.

Y ella estaba más que encantada de recompensárselo.

Comprobó la dirección en su teléfono y fue contando los números de las casas hacia atrás.

Cuando por fin vio la puerta con el 126 grabado, se apresuró hacia ella y llamó con los nudillos contra uno de los paneles de madera.

Mientras esperaba, le sonó el teléfono. Miró la pantalla, vio que era un número desconocido y lo ignoró. Estaba trabajando; era poco profesional aceptar llamadas. La puerta principal se abrió en cuanto volvió a meter el móvil en el bolso de mano.

—¿Jessica? —dijo una voz suave. Era entrañable y sonaba casi asustada. Como si fuera la primera vez para su cliente.

La puerta se abrió del todo y le reveló al hombre con el que pasaría la próxima hora o dos.

Vestía pantalones cortos, pero no llevaba nada en la parte superior, dejando a la vista un cuerpo sorprendentemente bien esculpido.

Calculó que andaría por los cuarenta y pocos, y se conservaba muy bien.

Estaba claro que se cuidaba. Su rostro era relativamente atractivo —aceptable, teniendo en cuenta que ella tendría los ojos cerrados la mayor parte del tiempo, de todos modos— y no le dio la impresión de ser un tipo raro.

—¿Y cómo debo llamarte? —dijo ella, tras darse cuenta de que se había pasado un tiempo considerable mirándole a la cara.

—Puedes llamarme Steven —dijo él, apartándose para dejarla pasar—. Por favor, entra. Debes de estar pasando frío. Y te estarás mojando.

Steven cerró la puerta tras ella y le tomó la mano. Estaba cálida y suave, y ligeramente húmeda. Un olor a gel de ducha y champú flotaba en el aire y agudizó sus sentidos.

—Espero que no te importe —comenzó ella—. He llegado un poco antes.

—En absoluto. En absoluto.

—Tienes un sitio muy bonito —dijo ella, observando lo que la rodeaba.

Steven sonrió, desapareció en la cocina y regresó con dos copas de vino y una botella en la mano. —¿Espero que te guste el tinto?

—¿Estás intentando emborracharme? —dijo ella antes de soltar una risita juguetona.

No sabía qué le estaba pasando. Normalmente no era así; siempre iba directa al grano, «entrar y salir».

Pero había algo en este hombre que era diferente.

Quizás era su encanto. Quizás era esa sonrisa desarmante.

O quizás era porque parecía tan dulce e inocente que casi sentía lástima por él.

—Tal vez sí. —Él se sonrojó—. ¿Qué me harás como castigo?

Jessica le lanzó una mirada sugerente. —Lo que tú quieras que haga.

—Esperaba que dijeras eso. —Vaciló—. Sabes, hace poco estuve en casa de alguien y ni siquiera me enseñaron el lugar. ¿Te gustaría que te hiciera un recorrido?

Jessica miró de arriba abajo el hueco de la escalera. —No veo qué daño podría hacer. Siempre que seas rápido. Tengo hambre. —Le guiñó un ojo.

—Por aquí entonces.

Steven sirvió el vino en las copas, le entregó la suya a Jessica y luego la condujo al salón antes de enseñarle la cocina.

No era nada del otro mundo. Tenía todos los electrodomésticos y las comodidades que ella tenía en su propia cocina.

Lo mismo ocurría con el resto de la casa: un despacho pequeño, un armario para la ropa blanca, un cuarto de baño.

Nada de aquello resultaba espectacular. Después de la enorme cantidad de casas que había visto, la novedad se perdía al cabo de un tiempo; al final, todas empezaban a parecer iguales.

Finalmente, Steven le enseñó el dormitorio.

—¿Estás lista? —preguntó él, de pie con la mano aferrada al pomo de la puerta.

Ella asintió.

Cuando Steven abrió la puerta, el móvil de ella volvió a vibrar. Miró rápidamente la identificación de la llamada y colgó.

—¿Alguien importante? —preguntó Steven, cambiando ligeramente de actitud. Se volvió más rígido, preocupado.

—Mi representante. Le gusta asegurarse de que llego bien a mis citas.

—Qué detallista —dijo él—. ¿Quieres cogérselo?

—No, no. No pasa nada. Soy mayorcita. Sé cuidarme sola.

Steven volvió a sonreír con sorna, mostrando sus dientes blancos. —¿Tienes muchos clientes?

—Tengo mi buena ración.

—¿Has tenido a alguien como yo antes?

Ella se acercó más a él, subiéndose la falda por el muslo. Apenas unos centímetros los separaban; entonces, ella puso el brazo sobre el hombro de él y lo bajó hasta su pecho.

—Cariño, nunca he tenido un cliente como tú —dijo ella.

Steven presionó el pomo y abrió la puerta. Una pared de color rojo la golpeó en la cara y, desde fuera, vio una serie de látigos, cadenas y juguetes sexuales en la pared y sobre la cama.

—Siempre hay una primera vez para todo —dijo Steven y, antes de que Jessica pudiera reaccionar, la agarró del codo y la empujó al interior de la habitación.

Sus sentidos se pusieron en máxima alerta.

Nunca había experimentado nada sádico ni masoquista en su vida.

Las fantasías de otros clientes habían sido mansas, reservadas...

normalmente implicaban los pies o ponerla en posturas incómodas.

Nunca nada como esto. Nunca algo tan perverso.

Jessica intuyó que esto iba a cambiar su vida sexual para siempre.

Y, en ese momento, de pie a pocos palmos de aquellos instrumentos, no sabía si sería para mejor o para peor.

Lester cerró la puerta. La habitación se oscureció con un tono de rojo más profundo. —¿Qué te parece? —Alzó su copa en el aire.

—Yo... yo...

—Sin palabras. Imaginé que te quedarías así. Por favor, ponte cómoda. Tenemos una larga noche por delante.

—Ah, sí —dijo Jessica—. Sobre eso...

Lester metió la mano en el cajón de la mesita de noche y sacó un fajo de billetes.

—Lo sé: quieres el dinero por adelantado. Me parece bien.

Se lo entregó; esa era su parte favorita del trabajo.

—Eso es por las primeras horas. Hay un poco más de tu tarifa habitual. Y hay mucho más de donde ha salido eso, dependiendo de cuánto dure nuestra velada juntos.

Jessica guardó el dinero en su bolso. —Por tu bien, espero que dure mucho tiempo.

Lester dejó su copa sobre la mesa. —Voy a introducirte en un mundo de dolor y placer; una de las combinaciones más letales que existen.

—Estoy deseando...

El teléfono de Jessica empezó a sonar de nuevo. El rostro de Lester decayó. Frunció el ceño y entornó los ojos.

—Lo siento —dijo Jessica, sintiéndose ligeramente intimidada—. Es mi jefe otra vez. Probablemente debería cogerlo. Solo para quitármelo de encima.

—Está bien. Pero sé rápida —espetó Steven. Todo su semblante se había agriado.

Jessica salió apresuradamente del dormitorio y se dirigió al baño, donde cerró la puerta tras de sí y se sentó en la tapa del váter.

—¿Diga?

—Jennifer, soy el agente Jake Tanner, de la policía. Actúa con normalidad.

Ella hizo una pausa de un segundo, procesando la instrucción. —Oh, eh... hola, cielo. ¿Estás bien?

—El hombre con el que estás ahora mismo es increíblemente peligroso.

—Sí, sí. Todo va bien. —Jessica saltó del asiento y se acercó de puntillas a la puerta—. He llegado bien, aunque el taxista intentaba ligar conmigo por el camino.

—Tienes que mantenerte lo más lejos posible de él.

Conteniendo el aliento, deslizó con cautela el cerrojo hasta su posición. Exhaló con fuerza al oír cómo bloqueaba la puerta.

—¿Estás en un lugar seguro?

—No sé cuánto tiempo tardaré —dijo ella—. He pasado un momento al baño antes de empezar.

—Estamos de camino, Jessica. Tienes que mantenerte fuera de su vista y asegurarte de que no se te acerque bajo ningún concepto.

—Creo que vas a tener que cancelarme los otros clientes de esta noche.

—Habló en voz alta, por si Steven estaba escuchando detrás de la puerta del baño—.

Tengo la sensación de que esto va a durar toda la noche.

Incluso tiene juguetes y armas para que los usemos... No, yo tampoco los he probado nunca.

—Resiste, ¿vale? —dijo Jake—. Estamos a un minuto.

—No te preocupes, cariño. Estaré a salvo. Llevo en este negocio el tiempo suficiente para saber lo que hago.

Jessica colgó el teléfono. Su cuerpo había estado funcionando a base de adrenalina durante toda la conversación y, ahora que había terminado, esta desapareció por completo.

Su cuerpo se quedó paralizado por el impacto y su mente se disoció de todo.

Quería respirar, pero no podía. Quería moverse, pero no podía.

Quería gritar y salir corriendo y desear no haber venido nunca, pero no podía.

Su mano aflojó el agarre sobre el teléfono, dejándolo caer al suelo. Se hizo añicos contra las baldosas. Fragmentos de cristal salieron despedidos y rebotaron contra su pierna. Jessica soltó un pequeño grito ahogado y se inclinó para recogerlo.

En una fracción de segundo, llamaron a la puerta.

—¿Va todo bien ahí dentro? —preguntó Steven. Casi podía sentir el aliento de él sobre ella, reptando por su cuello, moviéndose alrededor de su oreja hacia el lado de su cara.

—¡Estoy bien! —gritó—. Bien. Bien. Solo se me ha c-caído el móvil, nada más. —Se puso en pie, buscó en su bolso y sacó una barra de labios y una máscara de pestañas. Le temblaban las manos violentamente—. No tardaré mucho, solo me estoy ret-tocando.

Silencio. Creyó oír sus pasos alejándose de la puerta, pero por el ensordecedor sonido de su corazón y su respiración agitada, no podía estar segura.

Quitó la tapa de la barra de labios y se la pasó por los labios.

Sus manos seguían temblando de forma incontrolable, emborronando la cera roja por su boca.

Se detuvo y se quedó petrificada. Lentamente, giró la cabeza hacia la puerta. La fina línea de luz que recorría la parte inferior se distorsionó y cambió. Ahora había dos sombras oscuras de unos pocos centímetros de ancho. Él estaba al otro lado. Estaba allí, listo, esperando.

Le resultaba difícil de asimilar. Había sido tan calmado y reservado, y a la vez discretamente seguro de sí mismo. Había parecido encantador y carismático... ¡y guapo!

Se quedó perfectamente inmóvil y aguzó el oído. La respiración de Steven se había acelerado y, con cada segundo que pasaba, se volvía más y más pesada, hasta convertirse en un gruñido hueco.

—¿Qué estás haciendo ahí dentro? —preguntó Steven, con una voz más profunda que los abismos más oscuros del océano.

—Y-yo... —tartamudeó Jessica.

—¿Conoces el cuento de los tres cerditos?

Antes de que Jessica pudiera responder, un golpe seco la sobresaltó, haciéndola caer de espaldas sobre el váter. Una parte de la puerta se hundió, revelando una rendija de luz procedente del pasillo.

Al sonido le siguió otro golpe.

Y luego otro.

Y luego otro.

Y entonces Jessica lo vio. El martillo, y la montaña de maldad en los ojos de su cliente.

Él arremetía repetidamente contra la puerta, lanzando trozos de astillas y plástico al interior del baño.

Jessica gateó por encima de la bañera y se acurrucó en posición fetal, esperando que aquello la protegiera.

Intentó gritar, pero sus pulmones no funcionaban.

Unos segundos después, Steven metió el brazo por el hueco que había creado en la puerta y giró el pomo.