Capítulo 72
TODO ESTÁ LISTO
L ester salió de la ducha y puso los pies sobre la alfombrilla del baño. El vapor trepaba lentamente por el espejo del baño mientras se envolvía en una toalla. La ducha le había ayudado a relajarse, a calmarse antes de la próxima visita de Los Malos.
Con la toalla aún puesta, se echó al suelo e hizo unas flexiones, apoyando los pies en la tapa del váter para un mejor desarrollo y crecimiento de la región superior de sus pectorales.
Después de hacer cincuenta, limpió el vapor del espejo y se quedó mirando los músculos hinchados que el breve ejercicio había producido.
Era un ejemplar —un magnífico ejemplar— y tenía la intención de que siguiera siendo así.
Salió del baño y se dirigió al dormitorio.
En el centro de la habitación había una gran cama doble en la que nunca se había dormido.
Una fina capa de polvo cubría todo lo que alcanzaba la vista.
Junto a la cama había una mesa. Se acercó a ella, abrió el primer cajón y sacó un teléfono móvil y una tarjeta de visita.
Se sentó en la cama y jugueteó con la tarjeta entre los dedos. La sentía vieja y blanda, como si el prolongado resguardo del oxígeno en el cajón hubiera debilitado el material. Aun así, el contenido era visible.
Era el número de un burdel. Uno que había utilizado hacía años, después de celebrar el décimo aniversario de la muerte de sus padres. Entonces había necesitado una descarga de emoción, y ahora necesitaba otra. De hecho, a Lester le encantaba tanto su servicio que se había quedado con sus datos.
Encendió el teléfono, esperó a que cargara y marcó el número.
La tarjeta SIM estaba registrada a su nombre, pero el uso era tan infrecuente, y el contrato tan barato, que rara vez recibía llamadas de marketing o comerciales para que actualizara su tarifa.
Era casi como si el número no existiera.
Mientras siguiera pagando la factura cada mes, no había problema: el proveedor recibía su dinero y él recibía el servicio.
Y le gustaba que las cosas siguieran así.
Lester miró la silueta de una mujer en la tarjeta y se lamió los labios.
Le evocaba imágenes de su última experiencia con ellos.
Martina. Ese era su nombre. Era preciosa, y ella había hecho que la velada fuera aún más hermosa para él.
Recordaba la mirada de sorpresa y leve excitación en su rostro cuando le había mostrado el esfuerzo que había dedicado al dormitorio.
Quería que ella se sintiera cómoda, que pudiera disfrutar de su primera vez juntos.
Había querido que fuera memorable. Y, para su sorpresa, lo fue.
Para ambos. Martina le había dicho que era la mejor experiencia que había tenido con un cliente.
A día de hoy, seguía siendo uno de sus mayores logros.
—Martina —susurró, y se le puso dura al pronunciar su nombre.
Por un momento, Lester se preguntó si ella seguiría allí y si podría conseguir que fuera a su casa.
Pero sabía que no sería posible. Ella era lo opuesto a Jessica, y no podía empañar su experiencia con alguien que tuviera un aspecto diferente.
El pelo rojo. Las caderas curvas. La cara pecosa.
Los ojos verdes. No estaba bien. No, si se desviaba del patrón ahora, todo por lo que había trabajado se habría echado a perder... y dejaría a Los Malos insatisfechos.
Ella tenía que ser perfecta. Cualquier otra cosa no serviría.
Lester marcó el número.
Saltó el buzón de voz.
Lo intentó de nuevo.
Esta vez, alguien respondió.
—¿Dígame? —Esta vez era una mujer.
—Me gustaría pedir cita para la peluquería —dijo Lester. Esperaba que la frase clave no hubiera cambiado desde la última vez que usó el número.
—¿Cuándo?
—Ahora. Lo antes posible.
—¿Dónde?
—En mi casa. Le enviaré la dirección por mensaje cuando terminemos la llamada.
—De acuerdo. Déjeme ver si tenemos a alguien disponible. ¿Tiene algún requisito específico?
—Sí —dijo Lester con entusiasmo—. Tiene que ser alta, bronceada, delgada y de pelo castaño. Debe tener los ojos marrones y tiene que llamarse Jessica.
—Un momento —dijo la voz de mujer. Hubo una larga pausa y Lester intentó mantener la calma, pero le resultaba difícil. Con cada segundo que pasaba, su ritmo respiratorio aumentaba, al igual que su presión sanguínea.
—¿Hola? —preguntó la voz después de un rato—. Sí. Tenemos una chica que se ajusta a lo que busca y está disponible de inmediato, pero se llama Jennifer. ¿Le parece bien?
—No —espetó Lester—. Jessica. Tiene que ser Jessica. No estaría bien si fuera cualquier otro nombre. Lo siento, pero espero que lo entienda. Su nombre tiene que ser Jessica.
Lester se tocó mientras pronunciaba el nombre.
—Un momento, por favor. —La mujer volvió a desaparecer y Lester esperó. Su momento de erotismo disminuyó y su pene se quedó flácido rápidamente. La sensación había sido fugaz, pero sabía que estaba preparándose para algo mayor.
La voz de la mujer lo distrajo de nuevo.
—Acabo de encontrar a alguien para usted. Es exactamente lo que busca. Alta. Pelo oscuro. Delgada. Y se llama Jessica. Pero tardará una hora en llegar. ¿Le parece bien?
Lester consultó el despertador de la mesita de noche. Eran poco más de las nueve. Una hora serviría.
—Sí —dijo, intentando ocultar la emoción en su voz—. Estará bien. Dígale a Jessica que tengo muchas ganas de verla. Le envío mi dirección ahora mismo. Estaré esperándola. Espero que esté lista. Dígale que no necesita traer nada. Ya tengo todo aquí.