Capítulo 64
SECRETOS
—¿ Q ué está pasando? —gritó Liam al entrar en la sala de investigación donde Drew y Garrison estaban trabajando. Eran casi las siete de la tarde y Jake no aparecía por ninguna parte—. ¿Sabe alguien adónde coño ha ido?
Ambos hombres se encogieron de hombros.
—He intentado llamarlo, pero no lo coge —gruñó Liam.
—Ya le dije que debíamos vigilarlo, jefe —dijo Drew en voz baja—. Sabía que ese tipo era un traidor. Más le vale no estar haciendo buenas migas con los de la IPCC. De lo contrario, yo...
—¿Qué? —replicó Liam cerrando la puerta a medias tras de sí—. ¿Qué harás exactamente, Drew? ¿Pegarle? ¿Matarlo? Los días de la brutalidad policial han pasado, colega; así que vas a tener que ser mucho más listo si quieres que cierta persona se fije en ti.
Liam suspiró y tosió repetidamente hasta que el pecho y los pulmones le dolieron.
Al terminar, se inspeccionó la mano y se limpió el pequeño rastro de sangre en la parte trasera de la pernera del pantalón.
—Ahora callaos, y que uno de vosotros lo llame de nuevo; me da igual quién.
Solo aseguraos de que esté aquí antes de una hora.
Drew echó mano al teléfono de su escritorio y marcó el móvil de Jake.
Mientras tanto, Liam regresó a su despacho y cerró la puerta.
Se apoyó contra la madera y descansó la cabeza en la puerta.
Su mente empezó a divagar por un bosque de paranoia donde cada árbol era un pensamiento debilitante distinto.
¿A qué estaba jugando Jake? ¿Dónde estaba?
¿Estaba ayudando con el caso o trabajaba contra ellos?
¿Estaba con Bridger? ¿Trabajaba con la IPCC?
¿Había descubierto lo que estaba pasando?
No. Por supuesto que no. Bridger le había dicho que se mantuviera al margen.
Y Jake era un buen detective, pero no era idiota.
Ingenuo, sí. Un novato, sí. Ajeno a las realidades de Delincuencia Grave, sí.
Pero Jake sabía lo que le convenía y sabía cuándo seguir un consejo.
Al menos eso era de lo que Liam intentaba autoconvencerse, pero no funcionaba; no impedía que los pensamientos entraran en su mente aturdida por la bebida y la asolaran como el cáncer que le devoraba los pulmones.
Mientras Liam regresaba a su mesa, el teléfono de su bolsillo izquierdo sonó. Era el móvil de prepago que guardaba para toda su actividad ilícita. Su teléfono personal estaba en el derecho y, en esta ocasión, no prestó atención a cuál de los dos sonaba.
—¿Tanner? —dijo sin mirar la identificación de llamada.
—No. Soy Martha.
El nombre tardó un poco en registrarse en la mente de Liam. —¿No habíamos acordado que ya no trataría contigo?
—Los planes cambian —habló ella con su habitual determinación gélida y severa que hacía que al hombre se le erizara el vello de la nuca y amenazara con romperse en sudor.
—¿Qué necesitas ahora?
—Es por mi yerno —dijo Martha—. Él...
—¿Dónde está? Hemos estado intentando contactar con él.
—Déjame terminar —le espetó Martha—. Está en el hospital. Mi hija acaba de dar a luz.
Liam tragó saliva, ganando tiempo para intentar pensar qué decir. —Oh... ya veo... felicidades.
—No le daré el mensaje, pero gracias por el detalle —Martha hizo una pausa. A través del teléfono, sonaba como si alguien acabara de pasar y ella hubiera saludado cortésmente, más por necesidad que por otra cosa.
—¿Está todo bien con el bebé? —preguntó Liam.
—Sí. Los dos están bien. Jake podrá contarte todo cuando lo veas. Pero, de momento, necesito que me expliques algo.
Liam hizo una mueca. —¿El qué?
—¿Cómo es posible que a alguien en su posición se le notifique una amonestación bajo la Regulación 13, incluso estando en periodo de formación?
—Yo... él...
—Sabes que eso es una sarta de mentiras, Liam.
—Tu yerno no lo sabe —respondió Liam, sintiendo que recuperaba la voz—. Para ser alguien a quien le gusta hacerlo todo según las normas, no tiene ni idea de la Ley de Regulaciones del Desempeño Policial.
—Tiene una familia que crece y a la que mantener; tiene muchas cosas en la cabeza y no necesita que tú aumentes su estrés.
Liam guardó silencio un momento. Llamaron a la puerta y entró Drew, quedándose en el marco mientras apoyaba el peso de su cuerpo contra la puerta.
—Sigue sin haber nada, jefe —susurró Drew.
—Vale —dijo Liam, consciente de que la mujer le respiraba al oído—. Déjalo por ahora. Ya daremos con él. Aún queda tiempo para el encuentro.
Drew asintió y cerró la puerta.
—¿Encuentro? ¿Qué encuentro? —preguntó Martha en cuanto Liam abrió la boca para hablar.
—El asesino en serie. Lo hemos atraído a una trampa.
—¿Y necesitas a Jake allí?
—A ser posible.
Martha suspiró por teléfono. Sonó tan fuerte que pareció que una ráfaga de viento acababa de entrar en su despacho y se arremolinaba a su alrededor.
—Muy bien —comenzó ella—, esto es lo que quiero que ocurra.
Quiero que lo llames y le pidas que vuelva.
Probablemente diga que no, pero yo lo convenceré para que vaya.
Me aseguraré de que todos entiendan que es necesario.
Después, podéis ir todos y hacer lo que sea que tengáis que hacer.
Una vez que todo este asunto se haya zanjado, quiero que rescindas la amonestación que le diste.
Dile que fue una broma pesada o algo así, o que cometiste un error.
—Lo fue —interrumpió Liam. Disfrutaba interrumpiendo a Martha y bajándola de su pedestal; era una victoria poco frecuente que le gustaba saborear.
—¿Qué fue lo que fue? —preguntó Martha.
—Una broma. Se la di para meterle un buen petardo en el culo. Necesitábamos resolver este caso y pensé que esa era la forma. Era parte de su iniciación.
—Cristo, Liam —dijo Martha. Casi podía sentir cómo ponía los ojos en blanco al otro lado de la línea—. Te hacen falta unas clases de humor. Ahora vete. No me obligues a volver a llamarte, porque la próxima vez las consecuencias serán peores.
A Liam le tembló una ceja. —¿Y cuál es la consecuencia ahora, entonces?
—No hay ninguna. Ese es precisamente el punto. Esta es tu oportunidad gratuita. Y quién sabe cuánta información podría airear. Solo hace falta un error para que los secretitos de todos salgan a la luz.